El performance está vivo

La retrospectiva de Marina Abramovic en el MoMA de Nueva York es la constancia de que el performance , tan criticado por los puristas, está más vigente que nunca.

La imagen de una persona cruzando una puerta entre dos artistas desnudos parados a cada lado, causó revuelo en los medios hace unos días en Nueva York. En la transgresora capital del mundo, este hecho artístico despertó el morbo de, incluso, figuras del periodismo como Barbara Walters, quien se fue hasta el Museo de Arte Moderno para darse una pasada por la puerta y comprobar qué se sentía rozar cuerpos y estar en medio de un performance.

No ha sido la única. Turistas, expertos y curiosos han hecho lo mismo. Los más pudorosos tienen la opción de ingresar a la sala por otra puerta y ver desde otro ángulo el “obstáculo” artístico que evidencia que en Nueva York el contacto físico o visual incomoda y perturba, aun en un salón del MoMA, considerado el templo del arte contemporáneo en el mundo.

La obra se llama Imponderabilia y fue representada por primera vez en 1977. Hoy, 33 años después, todavía llama la atención de un público ávido de encontrar significados en propuestas artísticas. La responsable de este alboroto es la artista serbia Marina Abramovic, considerada la gran maestra del performance y quien después de 40 años de usar el cuerpo como el medio ideal para transmitir emociones y confrontar realidades, presenta 50 trabajos de fotografías, videos y performances en la retrospectiva El artista está presente.

La exposición involucró a 36 artistas jóvenes, entre ellos la colombiana María José Arjona, todos escogidos por Abramovic. Ella misma los preparó para que representaran algunos de sus performances. Arjona y sus demás compañeros se sometieron a un entrenamiento intenso. Durante cuatro días no comieron, no hablaron; a veces debieron mirarse a los ojos durante siete horas o escribir el nombre sin levantar el lápiz durante una hora. Así quedaron listos para interpretar los trabajos de Abramovic en el MoMA.

Mientras tanto, la serbia está dedicada a explorar los límites del tiempo y del cuerpo sentada en silencio, frente a una mesa de un salón del museo por donde los visitantes pasan, toman asiento e interactúan con la obra. Cuando termine la retrospectiva, el 31 de mayo, Marina habrá completado 716 horas de performance, un nuevo récord en su carrera.

“Esto es histórico”, afirma María José Arjona. Se refiere a que es un hecho importante ver que más de 30 artistas estarán en una misma exposición en el MoMA durante tres meses y también a que ésta es una prueba de que el performance está vivo. La exposición de la obra de una sola artista que sigue activa, demuestra la importancia de esta expresión y abre una posibilidad que antes no se contemplaba: la re-representación de una performance.

La idea ya fue lanzada incluso por expertos que ven en esta “segunda recreación” –que Abramovic pensó, parió y vivió en carne propia, incluso hasta extremos impensables– un punto de partida para que otros nuevos artistas del performance piensen también en vender ideas.

Andrea Scott, crítica de The New York Times, planteó esa posibilidad en uno de los tantos artículos que en mes y medio han analizado la obra de la artista y su repercusión en el público actual. “Un objeto, aunque intangible, puede ser comprado o vendido como cualquier otro. Los museos han recogido amplia documentación del performance y algunas entidades visionarias, como el Tate Modern de Londres, han comenzado a adquirir los eventos como tales para ponerlos en escena después, de acuerdo con el concepto del artista”.

Esto no lo pensaron vanguardistas que exploraron el performance, como Joseph Beuys, Allan Kaprow o Jackson Pollock, quien llegó a usar su cuerpo para pintar lo que llamó “no una imagen sino una acción”; ni Yoko Ono, que después de invitar al público a cortar pedazos de su vestido con unas tijeras, dejó abierta la propuesta de una experiencia entre artista y público en un diálogo en el que el cuerpo es protagonista.

Tampoco lo hizo Abramovic en los años 70, mientras exploraba su realidad en la antigua Yugoslavia. “Después de experimentaciones, Marina encontró que lo más importante era el cuerpo. Ella parió todo esto, gracias a ella muchos podemos hacer lo que hacemos hoy. Su firma en el performance fue darle también un sentido al tiempo, a la resistencia”, opina Arjona.

Pero aparte de estar seis y hasta nueve horas en un hecho artístico, Abramovic añadió a su obra acciones duras como agredir su cuerpo, cortarlo o someterlo a sacrificios. Un trabajo memorable es la estrella dibujada en el estómago con una cuchilla. Fue su forma de protestar contra al Mariscal Tito, entonces dictador de Yugoslavia. Luego de ese autocastigo, mediante el cual mostraba las marcas del sistema opresor en su cuerpo, la artista se flagelaba y después se tendía sobre una cruz de hielo.

Después vinieron otros performances en los que usaba cuchillos o se cortaba y quemaba la piel. Luego encontró a Ulay, un artista alemán que sería además su compañero sentimental. Con él realizó algunos performances, hasta que terminaron su relación precisamente en una acción en la Gran Muralla China. Allí, cada uno caminó desde un extremo opuesto. Cuando se cruzaron, rompieron amorosa y profesionalmente.

Esto es solo una parte del legado de esta artista, que ha recibido atención de los medios como nunca antes y que con el performance puso a prueba una expresión que pocas veces ha estado reunida en un museo del prestigio del MoMA.

La muestra ha puesto sobre el tapete que el lenguaje del performance está en un proceso evolutivo. “Creo que apunta hacia lo mismo, más que cambio hay más aceptación en la gente”, dice Jairo Valenzuela, de la galería Valenzuela Klenner.

Pero es, justamente, el acceso del público, que involucra un contexto, una historia, una experiencia personal, el que le puede añadir otros elementos. “En la historia del performance se hicieron muchas cosas y no vale la pena repetirlas”, dice Arjona. Volver sobre lo dicho por alguien como Abramovic, por ejemplo, no sólo sería un proceso fácil sino dirigido a llamar la atención. “Lo difícil es llamar la atención y hacer pensar, más desde un espacio sagrado como el cuerpo”, agrega la artista colombiana, discípula de María Teresa Hincapié, la pionera de esta expresión en Colombia y quien hizo del cuerpo el mejor medio de expresión.

Ahora este medio está expuesto a una serie de factores como la tecnología, el gusto, el uso que les dan los jóvenes al cuerpo, la música, la danza y hasta la manera de afectarlo o estimularlo. “Pero el cuerpo no se agota, siempre y cuando haya una postura verdadera”, agrega Valenzuela. Quizás el performance deberá trabajar para no dejar que su esencia no se pierda entre accesorios y adquiera visos de espectáculo, algo que convertiría un arte en un simple entretenimiento.

Cruzar una puerta entre dos personas desnudas, en una ciudad como Nueva York donde nadie se toca, es un símbolo. Quizás Marina Abramovic jamás pensó que su trabajo causara semejante prevención en pleno siglo XXI. O quizás sí y por eso lo hizo. Y ahora está allí, con su cara detenida en el tiempo mirando a sus invitados silentes como ella, mirándolos de frente en una ciudad indiferente.