Una imagen, mil palabras. Discurso de Luis Ospina

El realizadora caleño Luis Ospina recibió el premio Toda una vida dediacada al cine en la entrega de los Premios Macondo. Este fue el discurso que pronunció.
Una imagen, mil palabras. Discurso de Luis Ospina

Palabras de Luis Ospina al recibir el “Premio toda una vida dedicada al cine”

"Agobiado por el desencanto y la desazón suprema, Andrés Caicedo me escribió en una carta, a comienzos de la década del setenta, una frase lapidaria: “…tal vez podamos hacer cine en el año 2000”. Acababa de abortar el rodaje de su película Angelita y Miguel Ángel, codirigida por otro mártir del cine caleño, el inolvidable Carlos Mayolo. Han rodado los años con una velocidad desordenada y muchos han sido los cambios por los que ha pasado el cine desde entonces. El lejano año 2000 de Caicedo es un asunto pretérito. Y este año 2010, hace exactamente cuarenta años comenzó mi carrera cinematográfica, cuando dirigí Acto de fe en la escuela de cine de la Universidad de California UCLA. Aunque ya había hecho muy inocentemente mi primera comunión cinematográfica a los 14 años cuando rodé con la cámara de mi papá el cortometraje Vía cerrada que afortunadamente tengo archivado en la cinemateca del olvido. Un año antes, desilusionado con el cine, Roberto Rossellini había declarado que el cine había muerto.

Aunque desde que comencé a hacer cine estoy viviendo su muerte, me siento afortunado de haber sido un hombre de cine toda mi vida. Para mí hacer cine no sólo ha significado dirigir películas. Además de mi trabajo como realizador, he sido productor, montajista, sonidista, camarógrafo, cronista cinematográfico y hasta actor ocasional.  Como gestor cinematográfico fui director de la Cinemateca del Museo de Arte La Tertulia,  codirigí el Cine Club de Cali y cofundé con Andrés Caicedo y unos pocos buenos amigos la revista Ojo al Cine.  Y actualmente soy el director artístico del Festival Internacional de Cine de Cali, que tendrá su segunda edición la semana entrante. También he incursionado en la docencia aunque siempre he pensado que lo que más educa es el mal ejemplo; por eso mis películas desde Agarrando pueblo hasta Un tigre de papel han servido de estímulo e inspiración para los jóvenes cineastas.

El cine tal como lo conocí a principio de los años cincuenta ya no existe. El cine ha perdido sus templos y su sacralidad. Y, desde luego, ha perdido su misterio. Ya no es ese ritual a la vez tan íntimo y tan colectivo de la sala oscura del teatro de barrio. Hoy igual lo vemos en un multiplex en 3D  que en un teléfono celular o en un computador, en You Tube o en Facebook, en un reproductor de DVD o Blu-Ray o en una copia pirata de mil pesos. O simplemente lo bajamos de la red. Los nuevos cineastas ahora encuentran la mesa servida. Todo es tan fácil. Todo es digital. Todo está al alcance de un dedo. Hoy más que nunca es cierto la consigna expresada por Glauber Rocha en los años sesenta de que para hacer cine sólo se necesita una idea en la cabeza y una cámara en la mano.

Cuando regresé a Colombia en 1972 los cineastas se podían contar con los dedos de la mano. Y del pie porque, la verdad sea dicha, había algunos que hacían cine con las patas. Pero todos por igual teníamos que hacerlo con las uñas. Todo era muy difícil y muy caro. A la película la cobraban como si fuera virgen. Había que tener fe en ella porque “fe es creer en lo que no se ha revelado”, como nos lo enseñó el catecismo del Padre Astete. El cine era un oficio de tinieblas;  desde la lata herméticamente sellada hasta el traspaso de la película virgen a la cámara para luego ser violada por el haz de luz que penetra por un diafragma que se abre o se cierra según las exigencias de la escena. Pero paradójicamente en esa época había laboratorios, cosa que en este momento de bonanza del cine en Colombia no hay. Hoy en día se están haciendo películas como pan pero no hay horno. Ni hay cama para tanta gente porque la industria cinematográfica siempre le ha sido esquiva al cine colombiano. El mercado nacional se satura con una quincena de filmes colombianos. De un tiempo para acá ya ni las películas que se hacen con un franco y abierto ánimo de lucro están amortizando su costo. El presupuesto de las producciones incrementa a medida que el público decrece. Pero jóvenes cineastas no se desanimen por eso. Como bien lo dijo ese profeta del mal ejemplo Jean-Luc Godard: “El cine no se hace para ganar plata, se hace es para gastarla”. Y eso es lo que me propongo hacer con el dinero de este premio; gastármelo haciendo lo que me gusta hacer: un cine de outsider, provocador y a contracorriente, cada vez más alejado del espectáculo y del comercio. El cine que necesito hacer. Antes de morir el bien amado Claude Chabrol  se quejaba de que ‎"hoy día el cine goza de un prestigio bastante chocante. Nuestros contemporáneos no quieren ‘hacer cine’, quieren ‘estar en el cine’, lo que no es exactamente igual. Quienes quieren ‘estar en el cine’ no sienten la verdadera necesidad de hacer una película. No lo necesitan como el aire que respiran..."

Por último, le quiero dedicar este premio a SINCINCO (Sindicato de Cineastas Colombianos), una entidad fantasma que fundé hace años para cobijar a todas esas amistades que me han ayudado de una forma u otra, a hacer cine y a vivir, que para mí viene siendo la misma cosa. Cuando se me comunicó que me había ganado el premio a toda una vida dedicada al cine pensé que era como un “homenaje póstumo en vida” pero, al igual que Groucho Marx, pensé: “¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?” Mejor los homenajes en vida que después de muerto y, si hay plata, tanto mejor".

Les agradezco a todos este premio como una afirmación de la aspiración que tenemos todos los cineastas a ser considerados como trabajadores culturales y, en consecuencia,  poder gozar de todos los derechos correspondientes a la seguridad social y a un programa de pensiones digno. Muchas gracias.

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