Un Nobel inesperado

El poeta antioqueño aventura la hipótesis de que a Vargas Llosa, por un asunto de vanidad, le habría gustado en el fondo compartir con Borges la congoja de no haber ganado nunca el premio Nobel.
Un Nobel inesperado

 Todos los premios literarios, y sobre todo el Nobel de Literatura que es una especie de corona real para aquellos que eligieron ese oficio en el que hay que exprimirse el cerebro al decir de Ezra Pound, se conceden al mismo tiempo en justicia al consagrar en un nombre una larga jornada de trabajo vital, y también faltan siempre a la equidad porque pasan siempre por alto personajes con mayores merecimientos para recibirlos, con mejores títulos para ser honrados con la distinción. Por ejemplo, Pound jamás lo obtuvo, pero sí Juan Ramón Jiménez.

Ya es un lugar común recordar cada año que algunos de los más grandes escritores del siglo XX fueron ignorados por los académicos suecos, y que se quedaron sin recibirlo hombres fundamentales como James Joyce y Marcel Proust, por ejemplo, cuyas obras aún resplandecen en el paisaje de la cultura occidental con la condición de cimas imprescindibles e insuperadas, como fenómenos naturales, mientras muchos que resultaron agraciados languidecen ya en los basureros del olvido y han perdido por completo su vigencia. Es extraño que hayan cargado también con el Premio Nobel los españoles José Echegaray y Camilo José Cela, y que se murieran sin recibirlo el ruso Vladimir Nabokov, y el francés Paul Valéry, y Marguerite Yourcenar, y Lawrence Durrell, que lo merecía de sobra después de El cuarteto de Alejandría, una de las novelas más largas y más bien construidas del siglo XX, y una de las más hermosas por lo compleja y por lo bien escrita, con devoción inigualable.

La lista de los escritores que ya pasaron a la montonera de los escribidores de este mundo y que fueron galardonados en Estocolmo es ya tan extensa que debería apenar y avergonzar la perspicacia y el buen gusto literario de los miembros de la Academia sueca. Y debería haber desprestigiado hace tiempos el máximo galardón que un escritor puede desear, fuera del cariño de los lectores y del tributo de la posteridad que son a la larga lo único que avala una obra por sobre los brillos de la vanidad y los oropeles de los honores mundanos.

No es necesario mencionar otra vez a Jorge Luis Borges entre los latinoamericanos que cada año sonaron en vano como candidatos al Nobel que Gabriela Mistral o Miguel Ángel Asturias tuvieron la suerte de añadir a sus hojas de vida, porque Borges es Borges, y él mismo no estaba seguro de merecerlo y si se lo hubieran concedido al fin, habría dicho que se lo daban a otro. El Nobel es otro mito nórdico, dijo una vez con ironía. Pero es preciso preguntarse si no hubiera sido más digno de recibirlo César Vallejo, a pesar de la tristeza y de la parquedad de su obra intensa y esencial, que Pablo Neruda, campeón de la glotonería verbal y del arribismo y estalinista confeso, y aun Vicente Huidobro a pesar de sus versos plagados a veces de juegos gratuitos, pero que fue un revolucionario y un profeta de una nueva expresividad y de una nueva estética.

Dicen que entre gustos no hay disgustos. Pero eso no es más que otra mentira consagrada por el hábito. Es entre los gustos que surgen los disgustos.

El Nobel de Vargas Llosa, como el de Borges, estaba convertido hace años en una expectativa incurable. Él mismo se había acostumbrado a desesperarlo. Y por eso dijo que cuando lo llamaron por teléfono para darle la buena nueva pensó que le estaban gastando una broma. Pero un premio es siempre una broma en la vida. Y se concede por un azar o por alguna falsa perspectiva o por algún interés inconfesable.

De cualquier manera, si no le hubiera llegado el día de pasar a engrosar la lista de los galardonados con el premio gordo de la literatura universal, creo que en el fondo de su corazón Vargas Llosa se habría resignado a equipararse con su muy admirado Borges, complacido en lo íntimo de su vanidad. Con cierta injusticia una vez más puesto que Borges fue un gran escritor a pesar de todo lo que también fue, mientras Vargas Llosa es un escritor desmañado, incomparable con el escritor inglés de origen argentino que fue Borges, cuya prosa está tan cerca del arte de los orfebres y a veces tiene la gracia de las ciencias exactas. A propósito, Vargas Llosa escribió hace años un artículo sobre los grandes novelistas que fueron a la vez escritores mediocres, quizás para curarse en salud, quizás para instalarse él mismo por adelantado en el gremio de los contadores rasos de historias que desdeñan el estilo por concentrarse en el desarrollo de una anécdota, y separándose de las pandillas, o de las capillas, de los escritores sacerdotales como Flaubert, para quienes lo que se cuenta es apenas un pretexto, una ocasión para hacer brillar la lengua, para transfigurarla en un milagro, en fenómeno puro, para explorar en las coincidencias posibles entre la vida ramplona y la belleza y la armonía y el color y la música del habla, como sublimación de la sucia realidad en lo maravilloso. Para quienes lo primero es la forma, el ritmo y la adjetivación, quizás para curar ciertos remordimientos, Vargas Llosa escribió también un ensayo muy reputado sobre el francés que inmortalizó a Madame Bovary, esa provinciana infiel aficionada a los relatos sentimentales que la perdieron como a Alonso Quijano le secaron la cabeza los libros de caballería.

Vargas Llosa es un escritor del realismo, más próximo a los folletinistas del siglo XIX que a los experimentadores del XX como Becket, Robbe Grillet, o Claude Simon, Premio Nobel de 1985, y los otros que pretendieron desmesurar los recursos de la novela, ese género burgués que alguien definió como la poesía para leer a solas, y que vino a salvar del puntillismo de los practicantes de la literatura objetal Gabriel García Márquez, único novelista meritorio del piedracielismo colombiano, entroncando con los excesos de los narradores anónimos de Las mil y una noches, y recurriendo a los delirios de la oralidad desenfrenada.

El machismo, la falolatría, el gusto por la soldadesca, los hombres rudos, las almas en estado salvaje, los dictadores, las putas, los vicios todos del trópico, encuentran expresión en Vargas Llosa en una escritura directa, incluso áspera y sin adornos, rápida, mientras en García Márquez se poetizan. El cuidado de la lengua a veces incluso se excede en García Márquez, que además resultó apropiándose la paternidad del realismo mágico fundado por Alejo Carpentier, quien tampoco llegó a Nobel, mientras Vargas Llosa sigue siendo hasta hoy un cronista de la realidad sin más, uno aferrado a las miserias del mundo como es. O del mundo como está.

En últimas todos los premios se conceden siempre a un carisma, a un cierto glamur, y en últimas toda gloria no es más que un malentendido igual que la mala fama. Vargas Llosa desde luego ha trabajado como un galeote. Locutor, actor, guionista, dramaturgo, ensayista, conferencista, columnista de diarios, viajero y dueño de todas las condecoraciones y los premios literarios posibles... En su juventud, cuando dio a luz La ciudad y los perros y La Casa verde, sus dos novelas estelares (es una opinión), incluso ostentaba en las fotografías del papito matador de mujeres ese cadejo propio de los mecanógrafos de oficio que le daba el aire de un Mandrake que acaba de reducir después de ingentes esfuerzos de su “mana” o fuerza interior, un amenazante dragón de las nieves perpetuas a la condición de una tierna salamandra doméstica.

No me atrevería a decir, como tal vez opinan algunos politólogos de nuestra derecha folclórica, que los académicos suecos muchas veces les hacen el juego a los comandantes de las Farc, por más que se sepa que los hijos del Secretariado se educan lo mejor que pueden en humanidades y derechos humanos en esas altitudes con el botín de los secuestros y las rapiñas de sus amorosos padres, pero es cierto. Lo que hizo más inesperado dentro de lo esperado el Nobel de Vargas Llosa es la conocida proclividad de la academia sueca a asignar su millonada (la mezquindad tiene derecho a suponer que la medalla y el diploma importan menos que el bulto de euros a los anfitriones anuales del rey de Suecia), a los escritores situados al lado izquierdo del espectro político. Como Sartre que despreció la presea por primera vez en la historia, y que dijo la Renault es el fascismo, y como Saramago que se declaró hasta el final de su larga vida con candidez ejemplar como un comunista de corazón. Pero desmienten la mala sospecha de parcialidad de los académicos el Nobel del disidente soviético Solzhenitsin. Y el de Pasternak. ¿Serán entonces los académicos suecos una banda de trotskistas?

Algunos todavía piensan que el Nobel se le negó a Borges por sus posturas de reaccionario. Yo me inclino a pensar más bien que Borges mismo torpedeó su derecho al Nobel con sus desvergüenzas de señorito ciego que se meaba los zapatos en el baño según asevera en las reseñas de sus cenas innumerables su amigo Bioy Casares. Al visitar a Pinochet declaró que le había parecido un hombre muy simpático, y dedicó a Nixon sus traducciones de las Hojas de hierba, de Whitman, cuando el Presidente norteamericano se hallaba en lo más bajo de su carrera de mentiroso profesional. Y esas cosas no se hacen cuando uno espera el Nobel de Literatura. Y ni siquiera el premio municipal de letras. Esas cosas acaban por disminuir a cualquiera aun a los ojos de su propia mamá.

Que la peor de las suspicacias se encargue entonces de probar que a Vargas Llosa le llegó el Nobel como una corrección de la academia al habérselo rehusado a la odiosa derecha por tantos años. Ya que todo puede ser en la esfera de los premios humanos. Y acepte que en un pequeño burgués como Borges no hubiera tenido mucha gracia repetir la condescendencia de los jurados con la reacción como habían hecho en 1907 en cabeza de Rudyard Kipling, nacido en la India y gran apologista del imperialismo inglés. Y que Vargas Llosa resultaba una reparación más adecuada después de militar en el izquierdoso boom latinoamericano, de haber sido huésped de Fidel Castro y consumidor de sus langostas privadas y amigo entrañable de García Márquez, uno de los mejores amigos del inefable dictador cubano antes del incidente de la trompada por un lío de faldas. Algunos salen a buscar la verdad y regresan enarbolando unas enaguas, dijo Nietzsche. Después de militar en la línea ortodoxa de la izquierda exquisita para convertirse en el escritor emblemático de los intelectuales del neoliberalismo, defensores de los valores de la burguesía y del sistema capitalista, Vargas Llosa resultaba más adecuado que Borges, que ni siquiera discutía sus posiciones políticas atrabiliarias, mientras el peruano es hoy un ideólogo, un activista, el gran ensayista del error de la derecha que no es más que el error opuesto al error de la izquierda desde siempre y para siempre. Cuando le dieron el Nobel a Albert Camus, Sartre, que al parecer había dejado de querer a su camarada argelino, solo dijo con sorna: lo merecía. Vargas Llosa lo merecía también con creces. Y aún con más derechos que el autor de El extranjero y de La caída.

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