Fernando Garavito: El corazón dividido

Tras la muerte de Fernando Garavito en un accidente de tránsito en Estados Unidos, sus hijos Melibea, Fernando y Manuela recuerdan cómo soportó la soledad del exilio y la frustración por la barrera del idioma.
Fernando Garavito: El corazón dividido

Fernando Garavito Pardo nunca pudo acoplarse a la vida de exiliado en Estados Unidos. Desde que salió del país en marzo de 2002 con su equipaje y su hija Manuela, trató de mostrarse como un hombre fuerte, que podía vivir en un país extraño al que siempre criticó, sin manejar el idioma, sin amigos, sin casa, sin su perro. Tenía la misión de mantener a su familia a salvo de las amenazas de los paramilitares y sufrió en silencio durante los dos meses que esperó a que su esposa Priscilla y su hijo Fernando pudieran salir de Colombia. No tenía claro de qué iban a vivir ni tenía la certeza de poder soportar el desarraigo. Sentía que tantos años dedicados a trabajar por su país sólo le habían dejado una inmensa soledad. Ingratitud.

La tristeza y la nostalgia eran evidentes, pero ante sus hijos siempre fue el hombre fuerte, el que llevaría a su familia al otro lado y el que tenía las respuestas a todas las preguntas. “Él tenía que dar ejemplo de que podía adaptarse. Fue muy arriesgado, siempre estaba listo para todo”, recuerda Melibea, su hija mayor que vive en Colombia pero que ahora está en Nuevo México, acompañando a sus hermanos.

Los tres han estado muy unidos en los momentos difíciles. Hace apenas dos años murió Priscilla, la mamá de Fernando y Manuela. “Esto es como una avalancha”, dice Manuela con su voz ronca al otro lado de la línea. Fue ella quien acompañó a su papá durante los dos meses que duró la gira por Europa y Estados Unidos buscando los votos de los colombianos residentes en el exterior para lograr una curul en la Cámara de Representantes, a nombre del Polo Democrático.

Ese ajetreo de estar viajando, en contacto con sus compatriotas, de construir un consenso alrededor de sus propuestas, le levantó el ánimo. Riguroso al extremo, como lo era con todo, se dedicó con esmero a construir su candidatura, a aprender a hacer política, labor que le costó trabajo teniendo en cuenta su feroz crítica a los políticos de marras de Colombia.

“Mi papá siempre fue un luchador”, replica Fernando. “Él logró hacer que Nuevo México fuera nuestro hogar”. Es cierto. Nunca renunció a la posibilidad de abrirse campo en Estados Unidos, a ser productivo y a vivir con dignidad. Tuvo durante cuatro años una columna de opinión en un semanario, dictó clases en una universidad y luego en un colegio, hizo una maestría, pero sobre todo, se dedicó a escribir.

Fernando se levantaba a las cuatro de la mañana, escribía, se iba para sus clases y en la tarde volvía al computador hasta las 10 u 11 de la noche. Dormía poco. Siempre estaba produciendo. Y fue tal vez ese regresar a la literatura sin el apremio de publicar lo que le dio la fortaleza para seguir viviendo a pesar de haber roto sus raíces.

Estaba muy concentrado en terminar un libro de poemas en homenaje a Priscilla, su gran amor durante los últimos 30 años. Incluso había logrado que la Fundación Lannan le patrocinara su estadía en un pueblo de Texas llamado Marfa, para que se dedicara de lleno a terminar ese proyecto. También estaba escribiendo otro libro, tal vez una segunda parte de Banquete de cronos, en el que reconstruye la historia de Colombia a través de sonetos.

Fernando Garavito tenía mucho qué decir. Su mayor frustración fue no aprender bien el inglés. No lograba comunicarse plenamente y se entristecía porque no podía entablar una conversación cotidiana con un taxista o la gente común en el supermercado. Quería hablar de literatura, de política, enfrascarse en discusiones académicas, pero no podía.

“Para mi papá su gran arma fue el idioma, la palabra. Se puso contento cuando logró que el periódico The Santa Fe New Mexican le diera una columna. Consiguió un señor, Theo Walker, que fue muy importante para él porque traducía sus columnas al inglés, pero sus textos eran tan complejos y eruditos que era imposible captar toda su esencia en otro idioma. Eso fue muy duro para él”, dice Melibea.

Su satisfacción llegaba cuando podía ver la columna, al día siguiente, publicada en español en La Voz de Nuevo México, semanario que circulaba los lunes con el periódico. A pesar de no sentirse pleno, fue feliz cuando se ganó el premio Cultural Freedom Award-Lannan Foundation en 2006 y cuando vio todos los escritos en un libro que publicado bajo el título Praxis and ambiguity of the enemy (Práctica y ambigüedad del enemigo), en 2007.

En este espacio tuvo la libertad literaria que siempre soñó. “Se sentía pleno porque sus escritos eran abiertos y profundos”, recuerda Fernando. Pero luego vino otra vez la frustración y el desengaño. Como una sombra terca y recalcitrante, la censura lo persiguió hasta Nuevo México. Una vez más, como había sucedido en Colombia cinco años atrás, le quitaron la columna. “Siempre fue muy crítico con Estados Unidos, creo que algunas personas se sintieron ofendidas cuando mi papá hacía referencia a la forma como el gobierno Bush llevaba sus relaciones con nuestro país”.

Con ese tipo de altibajos tuvo que vivir el ‘Señor de las moscas’ sus ocho largos años de exilio. Por ejemplo, cuando había logrado un cupo en la Universidad de Nuevo México para dictar clases de Política colombiana, se le atravesaron las normas estadounidenses que exigen un largo listado de títulos y credenciales que demuestren la aptitud del personaje para ser maestro. Y Garavito, a pesar de haber dedicado toda su vida a la docencia en Bogotá, sólo podía acreditar su título de pregrado en Derecho.

Cargado de buen ánimo y la altivez de siempre, se inscribió en una maestría en el Departamento de Literatura para hacer un estudio profundo sobre El Carnero. Sólo así podía enseñar español. “Mi papá era tan perfeccionista que después de tres años de maestría no se había graduado. Cada tanto aplazaba el examen final diciendo que aún no estaba listo, no podía darse el lujo de dar menos de lo que esperaban de él”.

Además de escribir, la docencia era su otra gran pasión. La traía en sus genes, transmitida por sus padres, maestros de escuela en Madrid (Cundinamarca). Así que en su rebusque para ganarse la vida, no tuvo problema en aceptar un cargo de profesor en una escuela a la que asistían hijos de inmigrantes mexicanos, la Sweeney Elementary School.

Les enseñaba a leer y a escribir y les daba clases de democracia. Todos los días estaba con sus niños de cinco y seis años, entre las siete de la mañana y las tres de la tarde organizando elecciones y sesiones donde deliberaban asuntos de la clase. Melibea cuenta conmovida que sus alumnos y los padres de los niños le rindieron un homenaje afectuoso el pasado martes. “Le hicieron una carta por el Día de los Muertos. Lo recordaban como un maestro alegre y amoroso. Los padres estaban orgullosos porque sus hijos aprendieron a leer bien y tenían letra muy bonita”.

Los tres están muy orgullosos de su papá. Saben que él sacrificó su estabilidad y su felicidad por ellos. “Mi papá tenía el corazón partido en dos”, se lamenta Melibea. “Fernando y Manuela son jóvenes y tienen todo el impulso y la fuerza para seguir su vida en Estados Unidos, en cambio él... él estaba muy enraizado, soñaba con volver a Colombia pero no quería destruir lo que quedaba de la familia después de la muerte de Priscilla”.

Es cierto. Fernando tiene 27 años y dice que su futuro está en Nuevo México. Es músico y tiene un grupo de jazz, Un chat Lunatic, con el que se siente realizado. Manuela tiene 19 y ya hizo primer semestre de Ciencia Política en Maryland. El próximo año cambiará de carrera, “porque la política es muy corrupta”, y se inscribirá en Cine y Relaciones Internacionales. Ninguno tiene planeado venir a Colombia.

Garavito nunca desechó la posibilidad de retornar. Tal vez por eso aceptó ser candidato a la Cámara de Representantes. Era la forma de alimentar y fortalecer ese cordón umbilical que nunca fue capaz de cortar.

De Colombia extrañó todo: la comida, las tertulias con sus amigos y alumnos, los días nublados y los aguaceros de Bogotá, la amabilidad de la gente. Con la campaña descubrió que había gente en su país que lo recordaba, que buscaba sus opiniones y comentarios, su “Polomosca”, en Facebook, superó los tres mil seguidores. Eso le alegró el corazón. Lo hizo sentir, finalmente, que no había estado tan solo como creía, tan abandonado como llegó a sentirse tantas veces.

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