En la casa de la embajadora de Holanda

Marion Kappeyne Van de Coppello ama la ciclovía. Es vegetariana y fotógrafa aficionada, dice que le encanta Colombia y que le gustaría quedarse por varios años más.
En la casa de la embajadora de Holanda
Quito. Apenas se abre la puerta de la casa, aparece Quito meneando la cola. Es negro, con una mancha blanca en el pecho y una bola roja que no suelta dentro de la boca. Cuando Marion Kappeyne, embajadora de los Países Bajos en Colombia, se sienta en el sofá de una de las muchas salas que hay en la residencia –cojines negros, chimenea, un espejo grande al fondo–, Quito se hace a sus pies. Luego se acuesta, se pone patas arriba, suelta la bola. Está inquieto; se mueve de aquí para allá. La embajadora lo calma, le da unas palmaditas encima del lomo. “Nos lo trajeron hace dos años de Ecuador –cuenta–. Por eso el nombre”.

Marion lleva puesto un vestido de paño con un pequeño pin en la solapa que tiene las banderas de Colombia y Holanda. Tiene el pelo corto y unas gafas sin marco. Está en el país desde hace dos años (llegó en agosto del 2008), y estará al menos por dos más. Quisiera quedarse –confiesa–, tal y como lo hicieron los dos embajadores que la antecedieron, pero dice que con los puestos diplomáticos nunca se sabe. Ella tuvo suerte: pidió que la nombraran embajadora en Colombia y se lo concedieron. Viajó por primera vez al país en 1997, cuando trabajaba como directora para las Américas en la cancillería holandesa, y se enamoró de esta tierra. Quería regresar. Lo logró.

“Sé que Bogotá no es Colombia. Para conocer este país hay que ver más lejos, recorrerlo. Y yo lo he hecho”, dice.

Y lo ha hecho: ha estado en Nariño, en Leticia, en Cartagena, en pueblos olvidados del Meta. “He ido varias veces al Eje Cafetero –dice–. Subimos caminando al Nevado del Ruiz en dos oportunidades: una con un amigo que vino de Holanda y otra con mi esposo y mis hijos. Yo siempre hago el chiste de que es como el paisaje de la Luna donde los americanos filmaron la llegada de Neil Armstrong”.

Sonríe. Quito suelta la bola a sus pies, la agarra de nuevo, gime. Por poco tumba con su cola el pocillo de tinto que hay en la mesa. La embajadora se levanta y lo acaricia.

“Es como un niño que pide atención”, dice.

Quito, mientras tanto, menea la cola.

Holanda. Hay dos cosas que Marion Kappeyne extraña de su país natal: los quesos y la bicicleta. Los primeros, asegura, se hacen mejor en Holanda; la segunda es una de sus grandes pasiones. “En mi país la bicicleta es el principal medio de transporte; vamos a todos lados en ella. Me gusta, además, porque al montarla uno ayuda al medio ambiente”, cuenta.

En Bogotá es difícil montar pues no muchos respetan a los ciclistas. Ni los peatones –que caminan por la mitad de las ciclorrutas–; ni los carros –que se olvidan de las bicicletas–, ayudan mucho a la hora de andar en cicla. “Cuando puedo me voy al trabajo en ella –dice–. Pero es peligroso porque no hay cultura para respetar a los que montamos. En mi país queremos la bicicleta; aquí son primero los carros, segundo los carros y tercero, los carros”.

Por eso, quizás, prefiere la ciclovía de los domingos, a la que sale siempre que está en Bogotá. Los tres –Marion, su esposo y Quito–, se van por toda la carrera séptima hasta Usaquén, toman café y luego regresan por la carrera 15. En ocasiones enfilan hacia el otro lado y van hasta la plaza de Bolívar. Su bicicleta, traída de Holanda, es marca Gazelle y tiene al frente una bocina que usa para espantar a los peatones que se le atraviesan. “Lo que más me gusta de la ciclovía es el espíritu de igualdad que se ve; toda la gente es igual: con sus perros, sus hijos y las bicicletas. Es un ambiente festivo muy simpático”, confiesa.

Pero sabe que es cuestión de cultura: ya llegará el día en que la bicicleta sea más importante que el carro. Y entonces, tal vez, Marion podrá cumplir su sueño: subir a La Calera montada en su caballito de acero.

Bogotá. No es muy buena para la comida colombiana por una razón muy sencilla: desde hace doce años es vegetariana. “Lo decidí por el medio ambiente –dice–. Comer tanta carne le cuesta mucho al planeta”. Temas como el calentamiento global y el cambio climático le preocupan mucho; tanto que, desde la embajada, trabaja en varios proyectos de cooperación ambiental con el gobierno colombiano.

“Yo no como carne, pero no se necesita ser tan radical: basta comer la mitad o hacerlo apenas dos veces por semana. Si todos lo hiciéramos, habría diferencia”, cuenta.

Ese gusto por la naturaleza, por lo verde, lo tiene presente cuando viaja. París, dice, es una ciudad especial para ella. Incomparable. Pero lo que realmente le gusta es caminar por las montañas: cuando está en Europa viaja a los Alpes suizos y en Colombia no tiene más que salir de Bogotá. Y allí, de paso, aprovecha para desarrollar otra de sus pasiones: tomar fotos. “El verdadero profesional es mi marido”, dice mientras camina por un estudio amplio, en la planta baja de la casa, donde hay fotos enmarcadas tomadas por su esposo. Luego va hasta una pequeña vitrina en la que tiene una colección de cámaras viejas y toma una en su mano. “Mi primera cámara fue un regalo de mi abuelo –cuenta–. Aún funciona, aunque ahora es casi imposible conseguirle rollo”.

Fue su padre, sin embargo, quien le inculcó el gusto por la música clásica. De Colombia le gustan Shakira –cuenta que estuvo con su hija en un concierto en Holanda– y un poco menos el vallenato. “¡Esa música es todo el tiempo energía y yo no tengo tanta!”, dice, riendo. Y dice, también, que ahora está leyendo El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, en español. Ya lo había hecho en holandés hace muchos años, pero releerlo en el idioma original le sirve para practicar. No está de más: la embajadora –que a veces se queda pensando en la palabra precisa para decir–, habla cinco idiomas: holandés, alemán, francés, inglés y español.

Quito no se despega de su lado. Menea la cola, la mira. Salen al patio trasero de la casa –eucaliptos, flores de colores, pasto recién podado– y la embajadora le quita la bola de la boca. Quito la mira, atento. Entonces la tira lejos y el perro corre tras ella. Marion sonríe.