La ex novia de Gabo en Bogotá

Acompañamos a Tachia Quintanar en un día por la capital, mientras preparaba el estreno en Colombia del monólogo Isabel viendo llover en Macondo. Esta española, actriz y recitadora de poemas, que fue novia de García Márquez hace 55 años en París, ahora es una celebridad en la tierra de Gabo.
La ex novia de Gabo en Bogotá
En Bogotá paró sospechosamente de llover. Habían pasado más de una semana de aguaceros y la ciudad era un caos después del medio día, cuando el tráfico quedaba detenido por el agua. Pero esta era una mañana azul y Tachia disfrutaba el sol en la terraza de un apartahotel de La Candelaria, desde donde hace tres semanas ve llover todos los días.

Llegó de París y se convirtió en un personaje que la prensa persigue en busca de un dato revelador. Pero María Concepción Quintanar, más conocida como Tachia Quintanar, no suelta más palabras que las que ha dicho ya muchas veces sobre su noviazgo con Gabriel García Márquez, hace 55 años: que comenzó a orillas del Sena, que duró nueve meses y que terminó como debía ser para poder seguir siendo amigos. Y, sin embargo, nadie queda satisfecho.

Es española, nació en Eibar, un pequeño pueblo del País Vasco, pero su vida ha sido parisina desde que abandonó la España franquista. El acento lo mantiene y se le escapan un “voilà” y un “oui” en su conversación.

Con una sonrisa que casi nunca se borra de su cara, ella disfruta sin ninguna vanidad el aura de estrella que adquirió aquí. Por eso deja salir palabras sin precaución alguna, como de diva que nunca fue. “Soy consciente de que haber tenido esa historia con él me ha hecho famosa. Además soy habladora y relajada, le caigo bien a la gente y soy un buen personaje”.

Sus ojos muestran cierta picardía cuando el sol que la calentó temprano se opaca con los vidrios gruesos y polarizados de una camioneta blindada. Ahora es una celebridad que va escoltada y pasa rápido por entre carros normales, y en su mente lleva dos poemas y algunas anécdotas para los periodistas que la esperan en una rueda de prensa que compartirá con el presidente de la Corte Constitucional de Colombia. Algo que a Tachia le suena rimbombante.

Es un día no rutinario para una mujer de 82 años que ya se sobrepuso al soroche, desde que llegó a ensayar el monólogo Isabel viendo llover en Macondo, escrito por Gabo antes de que se conocieran, y que ella interpretará en Cartagena durante la apertura de un evento tan rimbombante como a ella le suena: Coloquio Internacional Independencias y Constituciones: otra mirada al Bicentenario.

La explicación para que Tachia terminara metida entre académicos y legisladores no viene de Macondo sino directamente de París, donde el embajador Fernando Cepeda se dio cuenta de que ella planeaba estrenar el monólogo allá y no acá, y no le pareció justo.

En ese momento pasó por la embajada el presidente de la Corte Constitucional, Mauricio González, se enteró y tuvo la idea de incluirlo en su evento. De repente, el monólogo de Gabo y Tachia era casi un asunto de Estado, sin valijas diplomáticas pero sí con gestiones altruistas. A punto de inaugurar, sólo puede decirse que un mecenas que quiere mantener su nombre en secreto, les ayudó para que el monólogo se estrenara en el teatro Adolfo Mejía de Cartagena y no en uno parisino.

Ni la anécdota ni el tratamiento VIP la desvían de su objetivo por estos días: ser Isabel. De hecho, ya está habituada a cierto acoso mediático, pues todo el alboroto sobre su vida comenzó el año pasado cuando Gerald Martin reveló su nombre en la biografía de Gabriel García Márquez. “Siempre he existido para él y su familia, pero después del libro comencé a existir para los demás”.

Sin embargo, para una parte del mundo bohemio e intelectual español, latino o parisino, esta mujer menuda de pelo blanco, que atrapa con su palabra y sigue tan libre como cuando embrujó al poeta español Blas Otero y a Gabo, ha existido también por su pasión: recitar poemas.

Paco Ibañez, el músico español que es su gran amigo, le ha dicho que ya es tiempo de que este par de amores pasados (se refiere a Otero y a Gabo) incluyan en su currículo que fueron novios de Tachia. Ella simplemente se ríe y espera seguir teniendo paciencia para sobrellevar la carga de ser la ex de un premio Nobel.

En realidad, Tachia estudió teatro y esta semana se subirá a un escenario después de muchos años. No se acuerda de cuántos. “No creo que sea una actriz extraordinaria, casi toda mi carrera ha sido decir poesía. A mí no me aburrió la actuación sino que la poesía me conquistó”. Pero cuando conoció en 1988 el texto de Gabo, pensó que la actuación podía reconquistarla. Una carta de puño y letra del escritor donde le regalaba el monólogo, la animó aún más.

El tiempo pasó y sólo ahora pudo hacerlo. Por eso está en Bogotá, la ciudad que vio por primera vez en 1973 para comprobar que no le gustaba y que era fría, gris y triste como se la describió alguna vez García Márquez. La misma que luego empezó a ver con otros ojos después de volver el año pasado a recitar poemas en la Casa de Poesía Silva.

Hubo magia y Tachia regresó para presentarse en el Festival Iberoamericano de Teatro de este año. Y aprovechó para ir a Aracataca. Era obvio. Quiso ir en bus pero sus amigos colombianos la mandaron recomendada. Algunos dirían que estaba loca. Llegó primero a Santa Marta, donde conoció a Polly Castro, la hija de Pedro Castro, al que había conocido en los vallenatos que Gabo cantaba en París y que ella recordaba como una leyenda.

Con la sensación de estar en Macondo, siguió su viaje custodiaba por un chofer que la llevó a la casa museo de Gabriel García Márquez. Cuando llegaron estaba cerrada.

– Es que hoy es lunes, le dijo el guardia.

– No se preocupe que yo estudié con el alcalde, le dijo el chofer a ella.

Fueron a la oficina del alcalde. Adentro hacía tanto calor como afuera: 40 grados a la sombra. Tachia lo recuerda como algo increíble. “Me dijo que no ponía el aire acondicionado porque se le quedaba la gente ahí y que además le gustaba el calor. Y que lo sentía, pero no tenía autoridad en el museo porque pertenecía a una universidad”.

–Mira, ella es una representante de las letras españolas de don Miguel de Cervantes Saavedra, decía el chofer tratando de convencer al guardia.

Tachia recurrió a otros amigos, movieron influencias y a los diez minutos le abrieron la puerta. “Es que mis amigos colombianos son una delicia”, recuerda.

Ahora está parada en el escenario del Teatro Libre con un vestido de lino que compró en un mercado de París, y un chal acorde con la brisa caribeña. Su voz es la de Isabel, que se lanza a pronunciar su monólogo viendo llover en Macondo.

Es, apenas, otro día más de ensayos y, ya de noche, Tachia sale inquieta a pesar de estar casi lista para su papel. Regresa a la pinta negra con la que recorrió el centro y los botines rojos de punta llaman la atención tanto como su pelo blanco. Ambos le dan un carácter de especial vitalidad. “Cuando cumplí 80 años me dijeron que me podía permitir todo”. Y así lo hace, va, viene, no se detiene, dirige y pregunta: no pierde detalle. Por algo Gabo la llamó la vasca temeraria.

El ruido de la noche del viernes la envuelve como a una local en pleno Chapinero. Una parada técnica la detiene en el supermercado antes de volver a su hotel de La Candelaria. Quiere cocinar. “Los aguacates son más baratos en París que en Bogotá”, dice, y luego toca el pan: el blandito colombiano no le gusta, va a la fija con un francés. Después de mirar y calcular en euros, se lleva una coliflor, champiñones, dos toronjas y un plátano maduro. Luego Tachia se pierde entre el bullicio bogotano sin darse cuenta de que ese fue el único día que no vio llover.