Una nueva vida de los nukak

Los 500 indígenas que sobreviven ya no son nómadas, quieren sembrar yuca pero tienen que raspar coca. Ocultan su desnudez con ropa ajena y tienen que acudir a los centros médicos porque su medicina ancestral ya no funciona. 
Una nueva vida de los nukak

Wembe tiene 38 años y es uno de los pocos miembros de la comunidad nukak makú que todavía sale en las madrugadas a cazar churucos (micos) con cerbatanas y puyos. Cada vez tiene que caminar más lejos para encontrar monos porque los ciervos y los cerdos de monte desaparecieron cuando empezaron a tumbar la selva. En sus caminatas cada tanto se topa con las cercas que protegen los cultivos de coca de los blancos o con las fincas de los colonos que sí tienen animales y comida en sus potreros. Ya no los dejan pescar porque lo hacían con un veneno natural que es prohibido y sus mujeres ya casi no pueden salir a buscar las pepas con las que hacen la chicha. Cada vez más, él y su familia dependen de las ayudas alimentarias que entrega el Gobierno.

Este grupo es el que más cerca está del resguardo de 956.000 hectáreas que les entregó el Gobierno en 1993 y que no ocupan hace más de siete años. Salieron expulsados poco a poco por el conflicto entre guerrillas y paramilitares por los cultivos de coca y por las enfermedades transmitidas por los blancos que los obligaron a buscar ayuda médica del Estado.

“Hasta hace algunos años, los nukak –abuelos, niños y mujeres– no usábamos pantalonetas ni ropa para vestirnos. Sólo guayucos de corteza de árbol. Fueron los colonos los que nos dieron ropa para quitarnos las tierras”, le dice Wembe a Juan Pablo Gutiérrez, un fotógrafo colombiano que se internó en el Guaviare para fotografiarlos y dejar un testimonio vivo de la que fue, hasta hace una década, la última tribu nómada de América.

Su carácter de cazadores y recolectores que recorrían la extensa selva amazónica se empezó a perder a medida que la frontera agrícola se ampliaba y se daba el inevitable contacto con los blancos. Quedaron acorralados en un pequeño espacio que después fue invadido por los grupos armados, hasta que en 2003 se vieron forzados a salir en grupos grandes hacia San José del Guaviare. El Estado se vio obligado a atenderlos, a darles comida, ropa y medicinas. Ese fue el sello de su exterminio.

Aunque encontraron alivio para sus enfermedades, su cultura y sus costumbres desaparecieron en la ciudad. Se quedaron varios años hacinados en fincas cerca al pueblo. No volvieron a cazar ni a pescar. Conocieron el dinero. Le encontraron el gusto a la gaseosa y el cigarrillo, a los corridos y a los vallenatos. Empezaron a necesitar jabón y crema de dientes. Ya no querían mico y semillas: pedían pollo y huevos. Dejaron de fabricar la chicha, preferían el aguardiente y la cerveza.

Por eso, cuando intentaron retornar a la selva hacer cuatro años, el plan fracasó. Se adentraron en la manigua vestidos, cargando con ollas de aluminio y grabadoras al hombro, pero con la intención de no alejarse de los médicos blancos: temían volver a enfermar. “Mis hermanos o los niños comienzan a vomitar cuando los aviones pasan botando agua (fumigación de cultivos de coca) y se mueren por problemas de respiración. Así, de una. Y los rezos de mis hermanos ya no sirven para esas enfermedades nuevas que nos trajeron los blancos”, se queja Wembe, mientras a su lado un anciano, el líder de la familia, reposa en una hamaca atormentado por los dolores.

Varios grupos familiares se devolvieron a la civilización y a pesar de múltiples intentos por regresar a su antigua forma de vida no pudieron ser los mismos de antes. Algunos están otra vez en el pueblo y buscan a “papá Ramón” (Rodríguez), el funcionario de Acción Social encargado de encausar la ayuda estatal a los nukak. Le piden sal y aceite y una volqueta que los lleve a cazar y recolectar. Quieren toallas higiénicas para sus mujeres y cuchillas de afeitar para ellos.

Algunos están en la selva sembrando yuca, piña y chontaduro y otros, como Wembe y su familia, hacen el último intento por sobrevivir solos: “Nosotros tenemos que trabajar en la coca para poder tener nuestra maloca aquí por unos meses, pero las mujeres y los niños tienen mucha hambre porque los hombres ya no cazamos tanto como antes porque también tenemos que trabajar en la coca. Tenemos que dejar solos a nuestras mujeres y a nuestros hijos. Las cosas no son como antes, ¡qué se le va a hacer!”. 

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