José Alejandro Cortés, "yo ya viví mi vida"

En un par de meses el presidente del grupo Bolívar dejará su cargo luego de más de 40 años al frente de la compañía, y se dedicará por completo a sus aficiones de siempre: el tenis, el ajedrez y a la novela histórica.
José Alejandro Cortés, "yo ya viví mi vida"

El 19 de abril de 1970, a los 39 años, José Alejandro Cortés quedó literalmente paralizado por cuenta del Guillain-Barré, un extraño mal que provoca que el cuerpo ataque su propio sistema nervioso. Apenas un año antes había asumido la presidencia de Seguros Bolívar, la pequeña empresa que heredó de su tío, Enrique Cortés. Por entonces la compañía estaba lejos de convertirse en el importante conglomerado que es hoy y José Alejandro –o Jose Alejo, como lo conocen en el mundo empresarial–, en uno de los ejecutivos más importantes del país.

En aquella época, durante un año completamente inmóvil, Cortés pudo ver la muerte de cerca. “En ese momento tenía muchos ánimos de vivir porque mi familia estaba aún muy joven y mi situación económica era limitada –dice sentado en su oficina, ubicada en el décimo piso de un edificio en el occidente de Bogotá, desde donde se ve una inmensa panorámica de la ciudad–. Lo que me sacó fue la vocación por mantenerme vivo”.

Y salió. Cuarenta años más tarde ni siquiera sus logros profesionales –la creación de Davivienda y la consolidación de Constructora y Seguros Bolívar, entre otros–, le han quitado tiempo para dedicarse a las cosas que le gustan. Ahora, luego de anunciar su retiro, sabe que tendrá muchísimo más espacio para dedicarle a su adorado tenis, al ajedrez, a la familia, a la lectura de la novela histórica que tanto le gusta y a escribir un libro sobre su experiencia al frente de la compañía. A sus ochenta años ya no le tiene miedo a la muerte. “Es la cosa más natural del mundo –dice con su voz suave y ademanes pausados–. Y yo ya viví mi vida”.

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No es casualidad que la mayoría de sus colegas tengan un gran concepto de él. Y no lo es porque desde la primera impresión este hombre de manos largas y cabello escaso impacta por su humildad. Como cuando dice, por ejemplo, que “nadie es irremplazable”; o cuando le resta importancia a su profesión de actuario (alguien que está en capacidad de evaluar los hechos económicos y sociales basándose en la probabilidad); o cuando confiesa, sin elogiarse a sí mismo, que hace años fue campeón nacional de tenis en cuatro oportunidades; o, finalmente, cuando dice sin pudor que de comida le gusta todo: desde el huevo hasta los langostinos, desde la carne molida hasta los mariscos.

Pero hay pasiones, como el tenis, que ni el tiempo ni la enfermedad han logrado aplacar. Y es que lo lleva en la sangre, pues la suya fue siempre una familia deportista: no solo su papá era un tenista dedicado –que llevaba a su hijo a las canchas cuando era apenas un niño–, sino que su madre fue alguna vez subcampeona nacional. Por eso no fue extraño que el tenis haya terminado uniéndolos. Aún hoy, más de siete décadas después, José Alejandro continúa jugando.

“Casi siempre lo hago con un amigo arquitecto o con el entrenador, pero yo siempre les digo que les doy muchos años de ventaja”, dice riendo. Y no es para menos: su amigo tiene 25 años menos, y el entrenador es un hombre joven. Cosas que, sin embargo, no lo amilanan: “Juego tres o cuatro veces a la semana a pesar de que tengo que hacerlo con unos aparatos especiales porque sufro de las rodillas. Ya no veo tan bien como antes ni tengo la misma movilidad, pero incluso así es un ejercicio que me agrada y que me exige mucho”.

Un deporte que, según dice, le ha enseñado muchas cosas de la vida. “Gracias al tenis he aprendido que para ganar uno tiene que perder muchas veces. Que hay que aprender a perder y que hacerlo no es el fin de la historia, sino parte de un proceso. Que uno tiene que saber controlarse porque eso está relacionado con el éxito a largo plazo. Y que, finalmente, hay que ser disciplinado porque por más talento que tenga una persona, si no es consagrada y perseverante, nunca llega a nada. Nunca”.

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No será fácil abandonar una rutina a la que ha estado acostumbrado durante más de media vida. Pero José Alejandro sabe que lo disfrutará. Que aprovechará el tiempo para visitar a sus hijos, que viven casi todos en Estados Unidos. “Podré ver a mis nietos –dice–. Eso sí: tendré que planear bien el viaje porque están en diferentes ciudades y, sobre todo, hacer visitas cortas porque uno no puede crear conflicto en sus espacios”.

Prudente, calculador, analista. Virtudes que ha sabido cosechar gracias a otra de sus grandes pasiones: el ajedrez. “Además de ser una diversión enorme, este juego te enseña a meditar, a no tomar la decisión que puede parecer más lógica antes de sopesar otras posibilidades. Todo se aplica a la realidad: si el jugador juega muy rápido, corre más riesgos de perder”. Por eso sabe que, tanto en la vida como en los negocios, no hay que desesperarse por una jugada, y a veces es mejor sacrificar la reina intencionalmente si con ello se consigue un mejor resultado final.

Gozar de más tiempo libre le permitirá, entre otras cosas, leer novelas históricas y policíacas –dice que le encantan las de John Grisham y las de Erle Stanley Gardner, creador de Perry Mason–, o escuchar con más calma la enorme colección de discos compactos que tiene de música clásica y ópera, uno de sus géneros favoritos. “Desde ahora dejaré de ser tan exigente conmigo mismo –asegura–. Seguiré asistiendo a algunas juntas directivas pero sé que en la empresa hay gente muy capacitada que puede reemplazarme bien. Lo importante es que la cultura va a continuar”.

¿Qué cultura? La del respeto a la gente y los valores que han hecho de Seguros Bolívar, según una revista económica, “el mejor lugar de Colombia donde se puede trabajar”. Aun así, José Alejandro no abandona la modestia: “A la hora de la verdad, ¿cuál es mi poder? Yo no hago nada directamente, sino a través de la gente. Y si algún día he tenido ese poder de mandar, de decir ‘haga esto o aquello’, la verdad es que jamás lo he usado”.