Gramalote, el pueblo que desapareció en 7 días

Reconstruimos casa por casa y calle por calle, cómo se derrumbó Gramalote. Una historia de 153 años que se tragó la montaña.
Gramalote, el pueblo que desapareció en 7 días

La noche del 16 de diciembre casi nadie pudo dormir en Gramalote. Debajo, la tierra parecía un gran gigante que roncaba. León David Peñaranda esperó a que la luz del día despuntara para salir hacia el cerro. Quería cerciorarse de sus presentimientos, rogando que no fueran ciertos. Pero cuando llegó a la parte más alta de la montaña, se dejó caer. Lloró desconsolado al comprobar que algo muy grave le estaba pasando al pueblo. En sus casi 20 años de trabajo como técnico de la Umata, sabía que la fisonomía del suelo estaba cambiando. “Era una fuerza que movía todo por debajo de la tierra”.

Recordó los cuentos que les echaba a los campesinos en sus clases de educación ambiental. Los mitos y leyendas que hacían parte de la tradición oral y que recreaban la destrucción de Gramalote: que en la montaña una laguna se reventaba y se llevaba el pueblo. Que una piedra enorme estaba arriba amarrada con cadenas de oro que había conjurado un cura. Que una viejita con poderes mágicos se dedicaba a hurgar las piedras cuando bajaba la niebla. Que un sacerdote iracundo había lanzado una maldición anunciando que el pueblo se convertiría en un tartajal. ¡Era cierto!

En medio de su angustia alcanzó a divisar unos metros más abajo a Nelson Rodríguez, que procuraba sacar los corotos de su ranchito, mientras las paredes amenazaban con caerle encima.

Abajo, en el casco urbano, el pueblo oraba con fervor. El padre Emín Mora hablaba de cómo la mano del hombre afectaba la naturaleza y de que debían permanecer atentos porque podría sobrevenir una avalancha. Pero era difícil prestarle atención. Los feligreses solo pensaban en los ruidos que habían sentido en la noche: “La tierra bramaba, se escuchaba el crujir de los árboles cuando se partían”, comentaron en el atrio, mientras veían las grietas de la montaña.

Era costumbre que el pueblo se congregara en la novena de aguinaldos para continuar las fiestas hasta la llegada de los reyes magos. Tres meses antes preparaban las comparsas, hacían disfraces... Este diciembre se había organizado el primer reinado. Pero las candidatas se quedaron con su ajuar listo.

La primera novena de aguinaldos se aguó a las ocho de la noche, cuando el cura, el alcalde, el personero y otras autoridades se dieron cuenta de que cuatro barrios estaban en riesgo y lo mejor era sacar a niños y ancianos. En esas estaban cuando aparecieron las primeras grietas.

Tras permanecer toda el día en estado de alerta, el cabo primero Jairo Rojas, que comandaba un pelotón del grupo mecanizado Maza de la Brigada 30 del Ejército, había llegado a la misma conclusión: evacuar cuanto antes. “Yo me movía un kilómetro por día, así que llevaba una semana observando el cerro. La grieta se agrandaba 15 centímetros por hora. Llamé a mi comandante y le dije: el cerro se les va a caer encima”.

La discusión continuó la mañana del 17. Nelson Ibarra, gerente del hospital, iba por las calles tratando de convencer a sus paisanos del peligro. Había pasado, como todos, la noche en vela y cada tanto salía a la puerta de su casa a observar el cerro.

Reunió al personal médico y ordenó un plan de emergencia. Sacaron medicamentos, organizaron las historias clínicas y dieron de alta a Andrés Felipe Ramírez, nacido hacia la una de la mañana del 17 de diciembre, y quien resultó ser el último hijo de un pueblo que había decidido derrumbarse.

A las once de la mañana, decenas de personas corrían con colchones y maletas al hombro, los niños lloraban, los ancianos rezaban. Un grupo de geólogos enviados por la Gobernación había terminado una inspección aérea. Un par de horas más tarde las autoridades dieron la orden perentoria: el pueblo debía ser desalojado.

Entonces el registrador, el notario y el alcalde se apuraron a salvaguardar los archivos, la memoria histórica de un pueblo que oficialmente acababa de cumplir 153 años.

El padre Emín sacó los ornamentos más importantes de la iglesia, un templo que se empezó a construir en 1870 y que ahora lucía arcos romanos, rosetones corintios y vitrales italianos. Era el orgullo de este pueblo. Doce imponentes arcos resguardaban la nave central y tenía dos capillas donde adoraban a la Virgen de Monguí (patrona del municipio) y la de Chiquinquirá.

No era para menos. La historia de Gramalote ha girado en torno a la religión. Los primeros asentamientos humanos en este lugar datan de finales del siglo XVIII y según el historiador Rafael Santafé, los habitantes empezaron a pedir parroquia y sacerdote porque debían ir hasta Salazar de las Palmas a recibir los sacramentos. Así llegó el padre Secundino Jácome, quien figura como el fundador del municipio. Nadie sabe con certeza cuándo lo hizo. Solo que un cura declaró en 1957 que ese año se celebraba el centenario del pueblo. Todos asumieron el 27 de noviembre como fecha oficial de fundación, sin que exista una prueba documental. Lo cierto es que este templo se convirtió en el estandarte de un pueblo rezandero y muy conservador, famoso por cosechar curas, monjas y militares.

La historia está plagada de referencias que exaltan el valor de los gramaloteros para expulsar de sus dominios a los liberales en las continuas guerras civiles del siglo XIX. Aún este municipio es uno de los bastiones del Partido Conservador. No es gratuito que una estatua de Laureano Gómez que adornaba el parque principal fuera una de las primeras en ser resguardada en la Gobernación, mientras que la del fundador sigue expuesta en la calle, sin cabeza.

Además de la política fue la religiosidad la que marcó el rumbo de este pueblo: el único colegio de bachillerato era el de las monjas bethlemitas. Había también un convento de clausura de las hermanas clarisas, y el pueblo en general conservaba las más antiguas tradiciones católicas como guardar el primer viernes de cada mes o rezar 33 credos frente al Santo Sepulcro el Viernes Santo.

“Ahora sí esto se acabó”, dijo una señora que veía desconsolada cómo el vicario episcopal de Cúcuta, Rafael Cárdenas, sacaba de su clausura a las hermanas clarisas. El cabo Rojas y sus hombres le ayudaban a una anciana a salvar su televisor y una nevera. Pocos segundos después, la casa se partió en dos. Todos apuraron el paso. Hacia las cuatro de la tarde la empresa electrificadora cortó el fluido porque los postes de luz se estaban cayendo. A las siete de la noche el pueblo quedó desolado.

Muchos se fueron para El Idilio, una finca vecina, donde improvisaron albergues. Nadie pudo dormir. Un aguacero torrencial inundó las carpas, pero fue más impactante el ruido que producían las casas al desplomarse. Algunos osados volvieron en los días siguientes para rescatar enseres y electrodomésticos, pero los saqueadores se les habían adelantado. La desolación invadió a los que se atrevieron a ir. “Yo hubiera preferido que se cayera todo y no ver que nos robaron lo poco que nos quedó”, dijo Irma.

El padre Mora también volvió para rescatar las joyas sagradas: el Cristo que presidía el altar; las antiquísimas imágenes de las vírgenes que los campesinos veneraron con coronas de oro, esmeraldas y rubíes; el reloj lunar que llegó, nadie sabe de dónde, en 1920; los equipos de la emisora comunitaria; y una verdadera rareza: una cruz con un Niño Jesús que los niños cargaban en la procesión de Semana Santa.

En las noches siguientes el estruendo de las casas cayéndose siguió atormentando a los damnificados de los albergues cercanos. Lo más doloroso fue constatar que ya no existía el convento y que la iglesia había perdido su torre derecha.

“Es un terremoto cuadro a cuadro”, dice León David tratando de explicar lo inexplicable. Según sus cálculos, en los primeros siete días se cayeron la mayoría de las construcciones y las que quedaban en pie se agrietaban y se deslizaban poco a poco. Es un terremoto que aún no cesa a pesar de que cada día pierde fuerza y velocidad. Nadie puede predecir cuándo dejará de moverse, pero los expertos aseguran que con las lluvias de marzo el proceso se acelerará.

“Nos quedamos sin pueblo”, dice Salvador, un hombre humilde que vivía con su mujer en un rancho de teja y bahareque y que ahora organiza a las 130 personas que ocupan el colegio INEM de Cúcuta. Mientras pasa revista por los dormitorios, dice que espera que lleguen los subsidios de $700.000 para arrendar una casita y que le digan qué pasará con la educación de sus cinco hijos. También espera, como muchos, saber dónde se construirá el nuevo Gramalote.

Los geólogos de Ingeominas siguen estudiando qué zona puede ofrecer estabilidad, agua, carreteras y la altura propicia para seguir sembrando café. Mientras tanto, el alcalde Rafael Ángel Celis trata de administrar desde la nada un pueblo que ya no existe.

Nelson Ibarra reparte a su personal médico entre las veredas vecinas para tratar de atender a los 6.000 habitantes del municipio. Tiene las ambulancias en un caserío, los medicamentos en otro y su archivo administrativo en otro. La Registraduría y el Banco Agrario atienden en Cúcuta, la notaría está buscando una oficina en Santiago. El padre Mora está cumpliendo su labor pastoral en una maratón sin fin que cumple por las trochas, a caballo y a pie, apoyado en seminaristas y sacerdotes que le facilitó la diócesis para que ningún gramalotero se quede sin confesar ni comulgar. Porque la fe fue lo único que no se derrumbó en Gramalote.