Héctor Rincón, “Ya era hora de ser un mantenido”

Camina como si fuera a bailar un bolero, y con ese ritmo ha escrito periodismo durante 40 años, desde que tenía 18 y corregía las tildes del teletipo en RCN Radio.  
Héctor Rincón, “Ya era hora de ser un mantenido”

Un camino largo por la prensa escrita que lo llevó a fundar La Hoja, su periódico entrañable, y a terminar su viaje, con su voz ronca, en La Luciérnaga. A un mes de haberse jubilado quiso matar el tiempo con nosotros. ¡Periodista de racamandaca!

Automáticamente se abre una reja blanca, a un lado de la carretera, y aparece Héctor en su nuevo rol de hombre libre o jubilado, como prefieran tildarlo, con zapatos de colores por los jardines de su casa campestre en Sabaneta, entre orquídeas, hortensias y jazmines de la noche, en las goteras de Medellín. Nos da la bienvenida con una especie de contrapunteo entre frases amables de celebración por la visita y otras, más rudas y cortantes, que intentan contener el ímpetu de su perra, Tala, que por lo visto le gusta morder a los que llegan. Después de tres lances fallidos dejamos de ser novedad para el can grisáceo, sin gracia ni pedigrí, y recorremos más relajados la casa detrás de nuestro anfitrión, una construcción de dos pisos con más ladrillos que madera, con más ventanas que puertas, con más arbustos que vecinos, con más camas que hijos, con más cuento que abolengo. “Esta casa –remata orgulloso nuestro guía– la construyó el arquitecto Óscar Mesa y ha salido fotografiada en varias revistas”. Hasta la salita donde nos sentamos llegan los pitazos de una olla exprés con los frijolitos que ablandan resignados para el sábado. ¡Más paisa pa dónde! Cae la tarde y nuestro anfitrión abre el bar. Yo no sé –dice–, pero se acerca la hora en que hay que decidir qué nos tomamos. Gana la ginebra Bombay a su estilo, con mucho hielo y una rodaja de naranja, aunque lo ideal para él es con naranja agria pero ya no la venden. Son las cinco de la tarde y oficia de barman totalmente ajeno a lo que pasa en ese momento en La Luciérnaga, programa estrella de la radio, donde durante siete años se hizo inconfundible con su voz. Claro que lo de la voz ha sido un sello de toda su vida.

O si no que lo diga ‘Macuá’, un marica célebre en Medellín, quien al verlo entrar en un restaurante, en ese entonces como jefe de redacción de El Mundo, le dice a quemarropa: “Pará un segundito, no me digas nada todavía. Ahora sí habla” y entonces Héctor dice incómodo: “Buenas tardes”, y ‘Macuá’, como un resorte, salta y le responde: “Rincón, tercero de primaria, Bolivariana”. Habían sido compañeros de colegio en la infancia y lo reconoció por la voz.

Hoy con 58 años y 40 de ejercer el periodismo y no más que el periodismo, este hombre que no se pinta las canas, que mide 1.70, que pesa 70 kilos, que calza 39 y que se mueve como un fauno por su sala, se jubila del Seguro Social para envidia de muchos de sus colegas… más viejos.

¿Fanático de qué equipo?

Yo soy hincha del Real Madrid, del Arsenal y, en Colombia, fui siempre hincha del Deportivo Independiente Medellín, el poderoso DIM.

¿Fui?

Soy. Lo que pasa es que a los estadios no se pudo volver por las condiciones de incomodidad, pero yo sigo apasionadamente el fútbol. Y esa es una de las razones por las que me retiro, porque uno no puede ver una Liga de Campeones de Europa, donde esté jugando Manchester contra Barcelona, y tener que ir a La Luciérnaga. En una ocasión le dije a Peláez, “no puedo, de verdad te pido que me eximas, pero tengo que ver el partido entero”.

¿Qué es lo que más le cuesta dejar?

Lo que más me cuesta es desintoxicarme de la actualidad, porque es una adicción, se te mete por los poros.

¿Cómo es el tratamiento para desintoxicarse?

Que tú te empieces a dar cuenta de que lo que te interesa está en otra parte. ¡De dónde acá te interesa el contralor general! ¿Por qué en tu puto disco duro tiene que estar el nombre del gobernador del Magdalena encargado? ¡Eso es una vulgaridad! ¿Para qué putas una actualidad que cambia a velocidad de vértigo? ¿Para qué tener allanado tu cerebro por alias ‘Cuchillo’ y alias ‘Jabón’ y tener que distinguir cuál es cuál? ¿Cuál es la gracia de eso? Me hastié de esa actualidad inútil.

¿Cuál es la actualidad que le importa en este momento?

La actualidad social, la actualidad de cuánto ha perdido el glaciar, la actualidad de la arquitectura o del urbanismo, la actualidad del segundo y tercer plano, la que no está aquí, no la de los protagonistas que nos han vendido como los estereotipos de la información.

A los 58 años se jubila, ¿cómo es esa ley de jubilación que favorece a los periodistas?

Legalmente, es una legislación muy compleja y llena de “dependes”. Depende de tiempos, de cotización, de la edad. Pero hay una ley que dice que el periodismo es una profesión de alto riesgo y entonces existe una posibilidad de que tú te jubiles antes de cumplir la edad de jubilación del resto de otros colombianos.

¿Qué hay que hacer? ¿Fue dura la pelea con el Seguro?

No jodás... Yo no soy, ni me volví, experto en parágrafos de la legislación. En lo que me volví experto, por obstinación, fue en soñar con poder disfrutar de una pensión después de 40 años de entregarle plata cada mes al Seguro Social con mi sueldo de periodista. Ya era hora de conseguir una de mis metas: ser un mantenido.

Privilegiado, es un jubilado joven.

Soy un jubiloso joven por fortuna, porque hubiera podido hacerme el güevón y quedarme hasta salir de mi oficina con los pies por delante. Pero yo lo tenía claro desde el principio: no quiero retirarme de trabajar para el día siguiente ir a la diálisis. Quiero retirarme para tomarme una ginebra, ir al cine, estudiar, releer, caminar, viajar, no para morirme.

¿Hijo de quién con quién? ¿Entre cuántos hermanos?

Hijo de los menores de una familia de diez hermanos, cinco hombres y cinco mujeres, una urdimbre de temperamentos y de oficios. Todos hijos de Hernando Rincón y Luciela Tamayo, unos padres a los que nunca les sobró nada distinto al amor y a la honestidad.

Hoy en día ¿cuántos quedan?

De mi familia quedamos siete, mis papás murieron ya.

¿Sus papás cuándo murieron?

Mi papá murió hace cuatro mundiales, en el de Italia, y mi mamá hace tres, justamente en el de Estados Unidos, porque la vida más o menos se mide por los mundiales.

¿Qué quería ser cuando pequeño?

Periodista como mi papá, Hernando, y como Fabio, mi hermano. Desde chiquito, por razones de sobremesas caseras, sabía de cosas de actualidad, sabía cuál era el gabinete de Guillermo León Valencia y yo era un “pite” de ocho años.

¿Cuándo empezó a ejercer?

A los 18 debuté como pichón de periodista. En Bogotá, en Radio RCN, fue donde comencé, mi cargo inicial era mantener depurados los teletipos, es decir, cortar ese gran rollo de papel lleno de noticias, corregirlas (porque llegaban sin tildes), y poner la información económica en un lugar, la de deportes en otro. Así todo el tiempo.

¿Recién salido del colegio?

No, no había salido del colegio. A mí me cabe perfectamente la frase de Jaime Garzón: “Señor periodista, hágase bachiller”.

¿No terminó el bachillerato?

No, yo era un disidente de eso.

¿Hasta dónde llegó en el colegio?

Hasta quinto y ya después no intenté otra cosa distinta al periodismo.

¿No dijeron nada sus papás?

En ese momento se podía no decir nada. El empirismo era permitido. Recuerdo que el periodismo fue profesión en el año 1975, de hecho tipos como Yamid o como Gossaín, son empíricos. El “señor periodista, hágase bachiller” también les cabe a ellos. Que después todos nos “elegantizamos” y empezamos a fingir tener títulos hechizos, es otra cosa.

A los 18 se va a trabajar a Bogotá, ¿por qué no en Medellín y en El Colombiano, como su papá?

Nunca me pregunté eso. Sentía la necesidad de salir de casa, tenía las alas puestas y, además, en Bogotá se ofrecía una posibilidad concreta de trabajar en periodismo.

¿Su primer puesto se lo consiguió su papá?

Me lo consiguió mi hermano, Fabio, que era el jefe de redacción del noticiero de RCN al cual llegué. ¡Pura rosca! En ese instante de mi vida fui una especie de Valencia Cossio.

Eso fue hace 40 años. ¿Periodista de la vieja guardia?

¿De la vieja guardia? No. De la vanguardia. Siempre he sentido el cambio del viento. Lo que pasa es que a mí me tocó una época muy importante, porque yo no me quedé en el plomo pero lo conocí. Tecnológicamente hablando, yo pasé del calor al frío en materia de artes gráficas, pasé del cliché al photoshop más avanzado y me lo sé, y pasé del enlace remendado casi que con alambres al satélite y también me lo sé. Entonces no pertenezco a una sola generación del periodismo sino que logré, no por cuestión mía sino por cuestión de la época que me tocó, disfrutar de una cantidad de cambios a los que me les monté.

¿Cuál es su receta para ser un “comeaños”?

Enfrentar todos los días con un desparpajo de nunca haber asumido el periodismo como una profesión para ser importante o para ser amigo de los ministros.

¿El desparpajo de un ser despreocupado?

Mi desparpajo no tiene que ver directamente con la despreocupación. Yo no me preocupo por el contrabando de azúcar o de sal, pero a mí sí me preocupan cosas y tengo heridas muy abiertas.

¿Qué le quita el sueño?

¿Cómo se ejerce el periodismo en Colombia? ¿Para qué sirve? Mis preocupaciones son muy sociales y lo siguen siendo porque la realidad de la gente oprimida no ha cambiado, sigue siendo la peor, porque los pobres siguen siendo muy pobres. Y me duele que el periodismo no contribuya de manera decidida a la clarificación que la opinión pública necesita. Yo siempre he votado por la izquierda. A mí me gustaría que el mundo lo gobernara un rey de izquierda.

En el medio, ¿seguro lo han rotulado de “izquierdoso”?

¡Claro! Dijéramos que eso es un calificativo inevitable, especialmente en un país que los últimos ocho años se volvió tan derechista, y en donde cualquier disidencia con el modo de ser de Álvaro Uribe es calificada de izquierda. Si a ti no te gusta el poncho eres de izquierda, si no te gustan los caballos eres de izquierda, entonces ser de izquierda se volvió tan fácil.

***

Unas gotas de lluvia se cuelan por la ventana, se levanta entonces Héctor y con pose de hombre de campo o del que predice el estado del tiempo, percibe una corriente de aire, augura que no va a llover y ordena que prendan la luz de la palmera inmensa que adorna al fondo. Al rato un aguacero comprueba que lo suyo no son las cabañuelas. Sigue la conversación con la ventana cerrada y el bar abierto.

***

¿Por qué le dicen ‘El Zorro’?

Para no desentonar en una época entrañable en la que andaba en jauría con ‘La Chiva’ (Cortés), acompañaba a Daniel Samper a buscar un león (el del Santa Fe) y Pilar Tafur iniciaba su colección de búhos.

Dentro de ese ‘comeaños’, ¿usted es amigo de las cremitas, de tomar vitaminas?

De todo ese arsenal lo único que uso es el antisolar porque sí noto que la piel se me enrojece, y los masajes que me relajan tanto como las conversaciones con Natalia, mi masajista.

Hablemos más del cuerpo, cuando usted de joven se veía al espejo tan “desmirriado”, ¿qué pensaba?

Que necesitaba Emulsión de Scott con aceite de hígado de bacalao, pero que eso sabía muy maluco.

Del deporte, entonces, ni hablemos.

¡Yo fui muy buen futbolista!

Pero no tiene pinta de futbolista.

No, pero fui muy bueno. A los 16 años fui miembro de una Selección de Antioquia de fútbol. Salí de una cosecha de futbolistas estudiantes, cuando estaba en esa frustración de bachillerato y estudiaba en la Universidad Pontificia Bolivariana.

¿Con quién jugaba? ¿Alguien memorable?

El mejor de Colombia, Alejandro Brand. Todavía hoy me reconoce y me dice “qué hubo, Rincón”. Alejandro Brand jugaba de lo que siempre jugó, de número 10, que en esa época era el número 8, y yo jugaba o de alero derecho o de volante derecho.

¿Algún recuerdo bonito de esa vida de fútbol?

Yo hacía goles como los de Messi cada sábado.

¿Tuvo lesiones?

Dos veces el cúbito del brazo izquierdo y la lesión vino acompañada de: “¿adónde va mi vida?”, y con el llamamiento de la cosa periodística, entendí que la vida estaba en otra parte…

¿En las mujeres?

A las mujeres hay que trabajarles mucho. Todos los días de los últimos 30 años le he trabajado a una que es la mujer de mi vida. La que me ilumina, la que me ampara, la que me soporta. Ana María es la mujer con la que iría hasta Casiopea en autostop. Y sí, es cierto, soy mujeriego porque me encantan las mujeres, todo lo de ellas, empezando por sus puntos de vista y sus complejidades.

¿Y qué dice Ana María?

Que yo siempre mantengo “remojos”, pero son amigas que saben que soy amigo y a mí me gusta muchísimo más salir a almorzar con amigas que con amigos.

¿Qué piensa del matrimonio?

Sólo me he casado una vez con todas las de la ley, con Rosita Mora, en Tabio, un 20 de julio, por lo católico, con la banda de Guatavita, y sólo duró dos años, aunque de él hubo dos hijos eternos, hermosos y cercanos, Mateo y Federico. En cambio la relación con Ana María, que ya lleva 32 años, no ha necesitado matrimonio.

Hablemos de su otra hija, de Luisa.

Luisa tiene 22 años, en este momento es psicóloga y arranca una maestría de dos años en la Universidad de los Andes de Bogotá, para hacerse experta en ansiedades.

¿Dejaría de ver un partido de fútbol por hablar con Luisa?

Sí. Luisa es una luz porque es una inteligencia tremenda, poseedora de un criterio asombroso para la edad que tiene, generadora de un amor que florece con una facilidad y una fortaleza impresionante.

¿Cree en Dios?

Quizás eso no sea necesario.

Entonces, a los 58 años y con el kilometraje que tiene, ¿en quién cree?

Creo en el ímpetu de la naturaleza, en las reflexiones y en las palabras de Ana María, en el sentido del humor de mis hijos, en sus asombros. Creo en el poder creativo de Shakira, en el esfuerzo hasta el heroísmo de Rafael Nadal y en el sentido colectivo de Andrés lniesta.

Lo primero que se le pasó por la cabeza cuando se concretó una fecha oficial de la jubilación.

En que iba a poder disfrutar de las seis de la tarde sin estar expuesto a la necesidad de enfermarme y estar disfrutando del clima fuera de una cabina de radio.

Con la mano en el corazón ocioso, ¿desde hace cuánto esperaba este día memorable del retiro?

Tal vez, hace unos cinco años. Desde que noté que mi disco duro se estaba llenando de información deleznable. Que tenía en él, por ejemplo, los procesos de la parapolítica y esos etcéteras que quiero borrar.

Lo primero que hizo el 17 de diciembre de 2010 cuando se jubiló.

Darles un abrazo a Ana María y a Luisa, que me acompañaron a la cabina ese día. Me agradecí poder retirarme así, siendo titular del Real Madrid de la radio.

¿Se acuerda cómo fue la jubilación de su papá? ¿Fue un momento feliz o dramático?

Mi papá la pasó maluco, salió de trabajar para aburrirse en el parque de Envigado, por una sencilla razón: porque en su tiempo jubilarse era una manera de entrar al desempleo y a la parálisis cerebral. Nunca tuvieron acceso a la tecnología y a ellos les parecía que la vida estaba hecha para trabajar, entonces cuando uno no tiene cine, no tiene tenis, cuando no tiene pasaporte porque el mundo quedaba muy lejos, no hay más opción que las bancas en los parques y el tinto en las cafeterías.

El momento más afortunado y gratificante de su carrera.

Fundé La Hoja de Medellín, el periodismo escrito que soñé hacer como me dio la gana y sin pedir permiso.

Su gran embarrada en el oficio.

Una primiparada cuando llevaba dos meses en el periodismo y, quizás, porque estaba sediento de lo que llaman “chiva”, terminé por mal informar diciendo que NO habían herido a quien era el presidente electo, Misael Pastrana Borrero. Sin embargo, eso se oyó al aire como un sí que originó un escándalo que concluyó con el cierre de la emisora de RCN, por orden del presidente Carlos Lleras Restrepo. Sobreviví.

Lo que siempre quiso cambiar del periodismo y finalmente no pudo.

El lenguaje de la radio, porque me parece que ha perdido vitalidad y ha sido permeado por los otros lenguajes, entonces el editor político habla como si fuera miembro de la Comisión Cuarta y el de orden público como un subteniente familiarizado con las “¡bombas de fragmentación!”.

Pensando en su sueldo, ¿usted se considera un periodista de la base o de la cumbre?

Frente a la deprimente media general, estoy por los lados de un premio de montaña de primera categoría.

Su mayor acto de derroche en su vida.

Haber vivido dos años en París, usufructuando una beca que le otorgaron a Ana María. Así pude estudiar, entender y sobre todo caminar sin perderme por cualquier recoveco de la ciudad más hermosa del planeta.

En esta etapa en que ya no existe la excusa de falta de tiempo, ¿cuál es ahora su principal reto?

Ordenar mi reloj biológico hasta que entienda que todos los días son sábado.

¿Cómo se ven los toros de La Luciérnaga desde la barrera?

Fabulosos. La Luciérnaga es un formato ganador, es el programa más avispado de la radiodifusión, no tiene comparación con nada. Lúcidos, imprescindibles, “hijuemíchicas” como siempre.

¿Qué tal Hernán Peláez?

Es el número uno de la actualidad radiofónica nacional, está lleno de virtudes que tienen que ver con un oído prodigioso.

¿Qué tal Gardeazábal?

Estupendo conocedor de las intimidades de las cosas políticas, un gran fabulador de lo que está sucediendo.

¿Con quién es más difícil ponerse de acuerdo?

En La Luciérnaga no había necesidad de ponerse de acuerdo. La Luciérnaga es una cantidad de repúblicas independientes conducidas por un gran rey que coge de cada uno de los participantes lo mejor y lo pone al aire. Pero ninguna de las piezas de ese rompecabezas tiene que ver una con otra. Yo creo que en siete años he hablado una vez con Gardeazábal por teléfono.

¿Qué piensa de quien lo reemplazó a usted?

Pascual Gaviria tiene todas las virtudes, un muchacho joven, bien instruido, bien educado, escritor, que no tiene ninguna vinculación política, que no le está haciendo favor a nadie, estupendo.

¿Alguna vez se imaginó que con esa ronquera iba a terminar en la radio?

Yo arranqué siendo periodista radial. La radio de voces almibaradas y cristalinas es historia de los años cincuenta. Se puede tener una voz muy bonita, pero ¿qué dice?

¿Qué dejó de hacer por dedicarse al periodismo?

Estudiar. Me hubiera gustado entender la geología. ¡Ser agrónomo me habría encantado!

***

Caen las sombras sobre este viernes, pero ahora para él todos los días son viernes. Su cuarto vaso de ginebra Bombay ilumina como una piscina en medio del jardín adonde hemos trasladado la entrevista después de la lluvia. No tiene ningún afán. Si por él fuera podríamos cruzar la noche tejiendo silencios y anécdotas. Palabras de un hombre libre.