Vivian Morales, una orquídea entre ventanas blindadas

La primera fiscal en la historia de Colombia quiere hacer de su búnker, lúgubre y gris, un jardín florecido. Perfil de una mujer de lógica calvinista que sólo se ablanda con la poesía.  
Vivian Morales, una orquídea entre ventanas blindadas

 A las 8:35 de la mañana del miércoles 2 de abril de 2009, la vida de Viviane Morales volvió a cambiar: como cuando dejó de ser católica a los 17 años, como cuando se separó de un pastor de su iglesia y terminó en los brazos de un exguerrillero del M-19 encarcelado, como cuando una bacteria se le comió un ojo, como cuando resultó elegida la primera fiscal general mujer de este país atiborrado de hombres…

Tal cual. Solo que ese día ella, ni nadie, se dio cuenta de lo que estaba pasando. Recién salida de la ducha, peinándose, Morales escuchó en la radio a Darío Arizmendi decir: “Con inmensa gratitud, pero también con enorme pesar, tenemos que decirle un hasta luego a Judith Sarmiento, nuestra compañera durante los últimos 18 años en 6 am - Hoy por Hoy de Caracol Radio”. Puso el cepillo sobre la mesa de noche y resolvió que ella quería ocupar la silla, ahora vacía, de Judith, homónima de esa heroína que no existe en la Biblia protestante de Viviane Morales.

Se planteó sin falsa modestia que ella tenía un buen chance de ganarse la plaza de Sarmiento, a quien puede definirse en diez palabras: abogada juiciosa, periodista ponderada y mujer de envidiables valores interiores. Pidió cita con Ricardo Alarcón, presidente de Caracol Radio, y se fue a su oficina para decirle “cuente conmigo”. Alarcón, tal vez pensando en que podía estar frente a un típico caso de político pidiendo micrófono, fue todo lo amable del mundo que se quiera pero no le definió nada. Sería Arizmendi, meses después, el que, con el país metido en el huracán jurídico de la segunda reelección del único presidente colombiano que se resiste a la jubilación, la llamó para proponerle hacer unos comentarios al aire.

La entonces profesora del Rosario comenzó a dictar clases con el celular encendido y cada tanto dejaba a los alumnos solos para ir a un corredor a contestar las docenas de dudas de Arizmendi. Al cabo de pocas semanas, el puesto era suyo y fue en la cadena, como aseguran las personas más cercanas a ella, donde pudo brillar de nuevo frente a la opinión pública, con sus conocimientos y sus impecables maneras. Un año después, el presidente Juan Manuel Santos –aunque los cristianos no católicos son poco amigos del santoral– fue quien la tentó con una plaza en la terna para elegir fiscal general.

Como bien es sabido que, en Colombia, cuando llaman a una mujer a una terna es porque hay “burro amarrado” o se quiere cumplir a regañadientes con la ley de cuotas (de la cual es madre, y también padre, Morales), ella preguntó por los otros ternados. Cuando le revelaron que Carlos Gustavo Arrieta y Juan Carlos Esguerra eran sus compañeros de safari a la Corte Suprema de Justicia, entendió que el experto en póquer de la Casa de Nariño le planteaba una buena mano. Lo demás, aunque pocos la conocen con el detalle que reviste, es historia: Morales renunció a Caracol Radio al aire y se fue a estudiar junto a los profesores del Rosario con la misma dedicación de la mujer que años atrás, con apenas 15 años, se estrenó como pichón de abogada y que más tarde terminaría su carrera con un increíble promedio académico de 4.7.

De sus años como rosarista le queda, además del conocimiento, una de esas muchas experiencias exóticas que arman su vida: Fernando Rincón, el amigo del alma de la mejor estudiante, y quien se define como uno de los vagos de aquellos años. “A Viviane le fue bien en el circo de la política –dice– por la misma razón que en el estiércol crecen las flores más hermosas”. Y por las flores fue que precisamente renunció el primer día de trabajo a la espaciosa oficina que venía ocupando el fiscal general. Para no hacerle el juego a la presión que ejerce en el ánimo el grisáceo búnker de la Fiscalía (al que ella llamó en una de las pocas entrevistas que ha concedido “el edificio más hostil del Estado colombiano”), se mudó a una oficina discreta, en el piso de abajo, en la que hay salida a una terraza que ya forró con materas llenas de hortensias, orquídeas y buganviles.

Está preocupada. Y tiene por qué estarlo. A sus colaboradores más cercanos les ha dicho que la corrupción le quita el sueño mil veces más que lo que se lo quitaba la madrugada para cumplirles a los oyentes de Caracol Radio. Pero son otros los que deberían andar somnolientos, sabiendo que la Fiscalía está en manos de esta mujer que no le ha incumplido nunca una cita al deber. Cuando sonó para el honroso nombramiento de colegial del muy católico y conservador Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, tuvo que ser un alto prelado, Aníbal Muñoz Duque, el que despejara dudas sobre su valor, a pesar de saber que los cristianos poco caso le hacen a la, para ellos, no “nuestra” sino ajena Señora del Rosario.

Una de sus primeras decisiones fue no darle su voto, como colegial, a Jaime Michelsen, quien aspiraba a ser elegido conciliario. Dudaba de la transparencia del banquero más poderoso del país. Días después, alguien no dudó en darle el adiós al papá de Morales en el Banco de Colombia, tras una carrera de casi cuarenta años. Ella siempre supo que eso iba a pasar, porque a la moral calvinista que le brota por todas partes la suele acompañar a cada paso una bien aceitada lógica. Es una mujer de moral plural, pero sólo en el apellido. Una sola moral y un solo amor verdadero.

Sabía que el país le iba a tirar piedra si se casaba con Carlos Alonso Lucio, entonces privado de la libertad, y lo hizo. Tenía que hacerlo. Lucio, quien hoy estudia Derecho y a quien ella frecuentemente recomienda libros de tratadistas como Santiago Nino para que se convierta en un buen colega (siendo ya un buen exmarido), es el amor de su vida. Y ha habido pocos amores en el pasado de Morales: dos o tres de juventud, y un argelino y un palestino, ambos fruto de su paso por París, adonde fue para no desaprovechar una beca que la obligó a aprender francés en solo dos meses. El pastor Luis Gutiérrez, su primer esposo, no cuenta como gran amor de su vida. Lo respetó y admiró, pero seguramente nunca lo amó con pasión. Se casó con él para servir a Dios y logró poner a Lucio en el camino de ser pastor para repetir, con algo más de éxito, esa vocación de ser, como Whitney Houston en el cine, The preacher’s wife.

La familia de Lucio estuvo en su posesión, así como varios pastores, muchos magistrados… y un milagro (porque nada hace más feliz a un cristiano que cruzarse de frente con un milagro). Mientras ella recitaba palabras precisas y le metía algo de cuestión de género a las Escrituras (“la Biblia dice que es bienaventurado, feliz, el hombre o la mujer –cuando eso, no se hacía distinción de género– que guarda derecho y hace justicia”), en primera fila la escuchaba atenta ese milagro: Nadia Morales.

La hermana de la fiscal es una periodista que, cuando apenas comenzaba carrera en Citytv, bajo la dirección de Juan Lozano, se encontró en la Avenida Caracas con un tiroteo callejero. Una bala perdida fue directo a incrustársele entre ceja y ceja. Juan Lozano, quien desde ese día cree que la mano de Dios no es monopolio de Maradona, recuerda que “con un balazo en la frente y llena de sangre, nadie pensó que Nadia pudiera sobrevivir”. Pero lo hizo, y sin consecuencias ni amenaza –gran tragedia de los Morales– para ninguno de sus ojos.

Abril de 2009 le abrió las puertas del reino de la radio. Abril de 2001 le cerró una ventana. Una bacteria que se coló en un trasplante de córnea, le costó un ojo cuando apenas estaba en una especie de luna de miel nada convencional, con Lucio preso en La Picota, y con ella en la picota pública por el crimen de amarlo a él.

No lloró. No pudo. Se le descompuso la cara, perdió la profundidad que les permite a los demás servir bien una sopa o disfrutar del cine en 3D; se le complicó manejar de noche, se le dificultó bajar escaleras. Pero no fue un día menos duro que aquel en que sí lloró a mares la noticia de una pérdida.

Ella, que había conocido la crueldad y la inestabilidad de Carlos Castaño cuando, como parte de la Dirección Nacional Liberal, había ido a tratar de que el paramilitar no asesinara a Piedad Córdoba, oyó que Castaño había mandado matar a Lucio, a quien tenía secuestrado. Se encerró en una habitación de su apartamento con Fernando Rincón y se puso a llorar, buscando consuelo únicamente en la poesía, uno de esos bálsamos que le ablandan la vida. Rincón, el amigo vago de la universidad, como buen bon vivant, le recitó de memoria parte del Romance del acabose: “Amantes fuimos de llanto, amantes de complacencia, amantes porque te di todo lo que tú me dieras; la vida tuya fue mía: la mía, tú te la llevas”. Le habló a [email protected] con palabras conmovedoras, suspiros y lágrimas, solo para saber al otro día que Lucio estaba vivo. En su primer encuentro tras la liberación, terminó de enterarse de que estaba enamorada del que, pensaba, iba a convertirse en el segundo pastor de su vida.

Diez años se tomó el pastor Gutiérrez para perdonarle el haberse divorciado de él, y unos ocho se demoró ella en borrar completamente los malos momentos que la separación dejó en sus tres hijos. La tarea se completó luego de un año de vivir los cuatro juntos en Orlando, lejos del mundillo político colombiano y con unas generosas millas entre ella y su pasado. Gabriela, la mayor, es la segunda mamá de la casa, estudia Administración de Empresas. Sarita, de 15, es, sin que necesariamente el calificativo se ampare en la fe, un ángel. Esteban, hincha del Real Madrid, será abogado como su mamá, a quien, cuando se supo del nombramiento, le dijo que ella necesitaba alguien de confianza a su lado, que lo llevara a la Fiscalía. Gabriela, con una lengua perfectamente unida a las neuronas, le dijo a su hermano: “No, no, no, ¡pero sí que nos saliste clientelista!”. Con los tres, sagradamente, desayunará todos los días, así que la radio tendrá que esperarla hasta las siete de la mañana.

Viviane Morales va a pasar años muy duros en la Fiscalía de un país en el que, como ella dice, “el crimen sigue siendo la noticia del día”. Sus amigos, que saben de lo que es capaz, le ven talla presidencial, pero ella ya conoció las marrullas del poder en el Congreso y tal vez no tenga la capacidad de moverse nuevamente en las aguas de la política. Volverá quizás a los medios, combinados con el ejercicio profesional o la docencia, o será, después de un paso por la diplomacia por motivos de seguridad, aspirante a una plaza en la Corte Constitucional. Antes, le quedan miles y miles de folios para meterse por ese ojo que, si es como dicen, la ventana del alma, revela una apetitosa sustancia espiritual que bulle en el cuerpo de una mujer que pasa sus días acorralada entre ventanas blindadas.

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