El último reportaje de la condesa

Interesados en conocer cómo vivía, buscamos en Francia a Isabel Pantoja Pusy La Fayette, la barranquillera que se casó con un conde. Hablamos con ella y solo hacía falta tomar las fotos en su castillo de las afueras de París, cuando ocurrió el accidente en el que falleció. Esta es su historia.  
El último reportaje de la condesa

En principio, éste debía ser un cuento de hadas: el de una barranquillera alegre, sensible y espontánea que se convirtió en condesa. Debía ser la historia de Irasema Pantoja de Pusy La Fayette, casada con Gilbert de Pusy La Fayette, descendiente directo del Marqués de La Fayette, héroe de la independencia estadounidense y figura prominente de la Revolución Francesa.

El artículo ya estaba escrito y solo faltaba tomar las fotos de la pareja en su castillo de Bergères-sous-Montmirail, localidad de la región Champagne-Ardenne, a una hora de París, en los próximos días. Pero los destinos, incluso los más afortunados, son frágiles. En la madrugada del lunes 24 de enero, regresando del castillo, la condesa sufrió un trágico accidente de tránsito en el que murieron ella y dos de sus hijos: Carolina, de ocho años; y Arthur, de seis. Su hijo mayor, Alexandre, de 10 años, solo sufrió heridas leves.

No podía creer la noticia. ¡Quedé estupefacto!

Conocí a Irasema Pantoja justamente con el objetivo de contar la historia de su vida en CROMOS, y nos vimos dos veces: una en el café internet que tenía con su socia, Carmen Molina, y la otra en su apartamento de París. En ambas citas, la condesa estuvo acompañada de su madre, de 82 años, con quien la ligaba una estrecha relación. Las dos tenían planeado ir al carnaval de Barranquilla este año.

La imagen que me llevé de Irasema fue la de una mujer que no impactaba por su título nobiliario, sino por su alegría y sencillez. O, más bien, impactaba por no haber perdido su alegría y sencillez, luego de haber entrado a formar parte de la nobleza francesa, una minoría estimada en un 0,2% de la población. Era una persona que veía la humanidad en el otro, y no su alcurnia.

El relato de cómo se transformó en condesa me lo narraron ella y su mamá, quien se encargó de adornarlo con anécdotas espontáneas y elocuentes que Irasema a veces pasaba por alto. Ahora la madre ha quedado devastada.

“Me mueves el piso”

El conde, biólogo y empleado de un laboratorio clínico en un hospital universitario de París, viajó por primera vez a Colombia en 1995, con el objetivo de seguir la ruta de Bolívar, cuya estatua está situada a dos centenares de metros de la de La Fayette, en la capital francesa. El conde tiene el presentimiento de que los dos héroes se conocieron y llevaba varios años buscando una prueba. Aún hoy sigue tras la pista de una confirmación. Durante su estadía en Barranquilla, fue invitado a un bautizo al que también acudió Irasema. Cuando él la vio a ella cantar y tocar la guitarra, quedó, en palabras de Irasema, “embelesado”. A su regreso a París, le mandó un fax en el que le decía: “El suelo se me movió al verte”. Dos años después se casaron en la iglesia de El Carmen, en el barrio Boston de Barranquilla, y luego se instalaron en París.

Curiosamente, la ahora condesa creció escuchando que su familia materna era descendiente de un noble español, un tal Pérez Gastelbondo Tascón de Ribilla Montes de Oca y Salamanca. Por eso la apodaban “condecita”. Pero los títulos se quemaron en un incendio. Ella, sin embargo, no soñaba con ser noble sino cantante. Al final se graduó de Enfermería en la Universidad Metropolitana de Barranquilla y luego de la Escuela François Morice de París como asistente médica, profesión que ejerció hasta el último día en el consultorio de un reconocido cirujano plástico.

Con la voz ronca y alegre, la risa sin reservas y casi inmediata, y el fuerte acento costeño que conservaba incluso cuando hablaba en francés, la condesa se emocionaba contándome acerca de las misas en la iglesia de El Carmen y de las fiestas familiares en las que cantaba.

En cambio, cuando hablaba de las damas de alcurnia versadas en las reglas de etiqueta con las que debía codearse como esposa del conde Pusy La Fayette, su tono era más circunspecto. Para adaptarse al cerrado círculo de la nobleza francesa, contó con el respaldo de su esposo, descrito por ella como un hombre “supersencillo” que nunca le exigió cambiar su “vida corriente”.

Su suegra, además, le enseñó las reglas básicas de la etiqueta, que eran muy distintas de las que ella había aprendido en Colombia. “Desempeño un doble papel –me dijo la condesa–. Normalmente, soy Irasema; pero a veces, en otros ambientes, tengo otra personalidad. Cuando nos invitan, por ejemplo, a ceremonias y reuniones en Estados Unidos como la Semana de La Fayette en Boston; o cuando Gilbert recibió el título honorífico de Leyenda Viva por el museo Acadian de Louisiana y el Honoris Causa del Lafayette College, de Pensilvania. Ahí sí me peino y me pongo el sombrero”.

Dolor de patria

La muerte de Irasema y sus dos hijos ha causado consternación en la comunidad colombiana en París. Era una persona apreciada por sus compatriotas. “Siempre estaba presente en las actividades del consulado. Nos regalaba botellas de champaña de sus viñedos para las recepciones y cocteles. Pero también me llamaba muy a menudo a proponer proyectos”, dice el cónsul de Colombia en París, Luis Fernando Jaramillo. “Era una mujer que irradiaba mucha luz, alegría de vivir y optimismo. Nos impregnaba a todos de una buena energía”, comenta Carlos Donoso, director artístico de la Asociación Explosión Cultural Latina.

Esta última imagen será, creo, el recuerdo que permanecerá: el de la mujer alegre y sencilla que no parecía condesa.