Helenita Vargas, adiós a la estrella

Murió en la Clínica Valle del Lili, la cantante caleña. Sus amigos la recuerdan como una mujer muy elegante, dueña de una voz diferente pero cautivadora.
Helenita Vargas, adiós a la estrella

A Helenita Vargas no le gustaba que sus amigos le pidieran una canción. “No jodás” respondía con acento valluno cuando algún allegado le exigía que interpretara uno de sus conocidos temas.

Ella prefería una insinuación. En la sala de su casa, ubicada al oeste de Cali, reposaba un enorme piano negro, brillante. Cuando Mario Fernando Prado, pianista y amigo, interpretaba el inicio de una de las canciones de La ronca de oro, ella comenzaba a tararear, y después aparecía la canción completa, Helenita finalmente había accedido a entonar uno de sus temas.

“A ella no le gustaba el papel de artista invitada de las fiestas de sus amigos”, confirma el periodista Juan Carlos Giraldo, amigo de la caleña. Se conocieron en una clase de cocina en Bogotá. Ella, antes que devota de la culinaria, era amante de los planes, de los amigos, de las celebraciones. Por eso llegó a la cocina del chef Lacides Morenos.

En las clases hizo varios amigos con los que solía reunirse a tomar un café, a compartir una tarde de anécdotas. “Le gustaba mucho hablar sobre, hombres, admiraba la belleza masculina y nunca dejaba de mencionar a sus dos grandes amores, sus esposos Hernán Isaías Ibarra y el doctor Gonzalo Zafra”, cuenta Juan Carlos.

Sus compañeros sentimentales habían muerto pero Helenita Vargas estaba rodeada de seres queridos. Su hermana, una ex religiosa, y su chofer no la desampararon mientras vivió en Bogotá.

Su hija, Pilar Ibarra Vargas vive en Estados Unidos junto a sus dos hijos, quienes constantemente se comunicaban con su abuela.

Su vida artística comenzó en la niñez, antes de leer aprendió a cantar, a memorizar las estrofas de sus boleros favoritos. A los 16 años se le presentó a su ídolo, Agustín Julio en un hotel en Cali, y a los 17 se convirtió en reina de belleza, papel que le costaba llevar.

Años más tarde se convertiría en una de las mejores intérpretes de la canción del nicaragüense Carlos Mejía Godoy: María de las guardias.  Ataviada con vestidos llenos de lentejuela y canutillos, “porque uno debe respetar y agradar al público”, Helenita Vargas estaba siempre impecable, con vestidos largos y de colores vistosos.

Hizo giras por diferentes países, conoció a muchos artistas a los que no dudó en pedirles una fotografía para engrosar el álbum que mostraba cada tanto en sus reuniones sociales. Helenita Vargas, “la reina a la que no le gustaba que le miraran la cola” se hizo grande gracias a una voz inusual y una personalidad arrolladora. 

Hace cinco año aproximadamente los médicos le recomendaron volver a su ciudad natal, Cali. El clima de Bogotá afectaba su salud. Sin pensarlo La ronca de oro se trasladó a un rincón tranquilo y exclusivo de la capital vallecaucana. En compañía de su hermana vivió los últimos días de su vida. En el 2009 se sometió a un trasplante de hígado y el 7 de febrero de 2011 falleció una de las artistas más recordadas de la historia musical colombiana.