Natalia Springer, la politóloga teóloga

Politóloga, periodista, jurista y académica... son algunas de las facetas de esta católica devota, amante de la literatura y el servicio social. 
Natalia Springer, la politóloga teóloga

Muchos la conocieron en su faceta de analista política, cuando criticaba con vehemencia las posturas del expresidente Uribe; otros llegaron a ella por sus columnas de opinión y sus libros, que ahondan en las raíces del conflicto armado; unos más la vieron cuando fue decana de la facultad de Ciencias Políticas en la Tadeo, y muchos, muchos otros, porque desde hace un tiempo comenzaron a escucharla cada mañana en La FM. Pero muy pocos conocen el otro lado de Natalia Springer, una politóloga por convicción que estudió Psicología casi a la fuerza; una mujer de profundos ojos verdes que ama los libros por encima de muchas cosas –dice, con orgullo, que tiene una biblioteca de seis mil ejemplares–, y, por extraño que parezca, una católica practicante y convencida que reza el rosario todos los días.

“Hice algunos estudios de Teología en la Javeriana –dice–. Lo que pasa es que he sido muy cercana a los jesuitas, crecí con ellos. A mi papá siempre le pareció importante que tuviéramos una formación espiritual sólida porque decía que en el mundo hay gente demasiado inteligente con un corazón muy malo”.

Por eso confiesa sin pudor que llega hasta el punto de prender veladoras. “Eso no significa que no haya dudado muchas veces de la fe, por supuesto. En realidad es una relación problemática porque, como he trabajado casi toda mi vida con el conflicto armado, me he dado cuenta de que el peor enemigo de la humanidad es ella misma. Cuando veo que la gente se asesina por cosas como las creencias o el color de la piel, me pregunto cómo pudo Dios emprender una obra tan imperfecta”.

Lo cierto es que, como ha tenido que ver el dolor tan de cerca, como conoce la maldad humana mejor que muchos otros compatriotas que prefieren voltear la mirada, Natalia es una persona sensible. Sensible, sí, pero de carácter fuerte. “Mucha gente cree que soy brava, pero no es así –confiesa–. Lo que sucede es que a veces esta realidad me indigna. Quizás tiene razón mi papá cuando dice que, más que una mujer, yo soy una fuerza de la naturaleza”.

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Natalia llega a la cita con una hora de retraso. Lleva puesta una blusa verde, un pantalón negro y unos tacones que dejan al descubierto la punta de sus pies. Se quita las gafas negras mientras ofrece disculpas, con esa voz un tanto ronca que la caracteriza. Lleva el pelo suelto y una capa de sombra verde sobre sus ojos. Nos encontramos en la librería Arteletra, en el barrio Quinta Camacho, un lugar donde los libros se posan, desordenados, encima de las estanterías, las mesas, y hasta las sillas. Un lugar donde Natalia se siente a gusto.

De inmediato saca de la cartera dos de sus posesiones más valiosas: una versión antigua de El Quijote, apócrifa, traducida al francés –de tapa dura, páginas arrugadas por la humedad–, y un papiro que le regalaron en Sri Lanka que tiene las enseñanzas de Buda en un dialecto del sánscrito. “El primero me lo regaló un amigo luego de una discusión que tuvimos sobre la percepción de la realidad. Una charla un poco densa que se zanjó, al final, con la copia de esa versión falsa de este clásico, escrita por Alonso Fernández de Avellaneda”, dice.

Luego abre el papiro y explica la forma de leerlo: se debe pasar el dedo despacio por cada línea, ya que, según la tradición, el conocimiento entrará en quien lo haga, así no entienda el lenguaje. Entonces confiesa que aunque últimamente no le queda mucho tiempo para la literatura, le encantan Umberto Eco, Thomas Mann, John Steinbeck y Laura Restrepo. Y que guarda especial cariño por Borges, Cortázar y, por supuesto, García Márquez. “Me parece que quienes creen que inventó un género lo interpretan mal porque en realidad él es cronista de una realidad que solo pasa aquí. Quizás me emociona tanto porque siempre lo he leído estando afuera”, dice.

Y es que la vida de Natalia ha estado mucho más allá que acá. Cuando terminó la carrera de Ciencias Políticas y abandonó Derecho, se fue a Viena a hacer un doctorado. Desde entonces empezó un recorrido por Europa que incluyó países como España, Italia, Bélgica, Alemania y Suecia. De esa época recuerda con cariño los amigos, la calidad de vida y, especialmente, Italia y Andalucía, en España. “En el primero es uno de los pocos sitios en que me siento como en casa”, dice.

Pero su casa, al menos por ahora, es Colombia. “Este país es como un mal amor –dice mientras ríe–. Yo me siento como esas mujeres maltratadas: me critican, me amenazan y hasta se comprueba que el Gobierno me ‘chuza’, pero aun así creo que es el mejor vividero del mundo”.

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“Desde que tengo memoria he dedicado mi vida al servicio humanitario –dice Natalia–. Es lo que soy, por esencia y formación”. Una faceta que, además de satisfacciones, la ha llevado a conocer de cerca el horror de la guerra que se vive en distintos países. “Pero, incluso así, soy optimista por naturaleza. Si me hubiera dejado contagiar por el cinismo y el pesimismo lo que hago no tendría sentido”.

Por eso dice que el país necesita reconstruir las fronteras de lo ético y que, bajo ninguna circunstancia, los ciudadanos debemos justificar la maldad. “Yo no creo que pueda cambiar nada, pero sí que es posible confrontar ese estado terrorífico de parálisis social y de convivencia con el horror. Así permaneceré en resistencia hasta el último día de mi vida, aquí y en donde me toque”, dice.

Quizás sea el optimismo el que la lleve a conmoverse profundamente con el arte, así entienda poco de teorías. O el que la haga amar a los niños y desear ser madre en un futuro. O el que la ponga a disfrutar de la música –carga siempre tres iPods llenos con ritmos de todas partes– y la impulse a bailar sola cuando no encuentra pareja. Un sentimiento que, al final, la hace creer en las cosas bellas de la vida y le devuelve la fe en la humanidad.

Y eso, para Natalia, es suficiente.

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