La mujer de la caja de Pandora

Johanna Calle fue invitada a intervenir el exterior de la Urna Bicentenaria, una enorme caja fuerte que se abrirá en el año 2110. La artista decidió dibujar plantas y aves nativas de la capital, que probablemente dentro de un siglo ya hayan desaparecido.
La mujer de la caja de Pandora

Una caja fuerte de casi dos metros de alto no intimida a la artista Johanna Calle. Su estructura impenetrable, en metal de color gris, la hizo pensar otra vez en sus métodos para dibujar sobre ese tipo de superficies y convertir en una pieza de arte lo que en 100 años será visto como un testimonio histórico de la ciudad.

Plantas y aves que desde lejos parecen bordadas en punto de cruz, están casi terminadas y empiezan a ocupar las caras de la caja gris. Johanna está por concluir la intervención artística de la que será la Urna Bicentenaria, ese nuevo cofre que se abrirá en el año 2110 con el testimonio de lo que era la Bogotá hoy, doscientos años después de la Independencia.

Todo comenzó cuando, después de abrir la Urna del Centenario el pasado 20 de julio, la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte convocó a varios artistas para que intervinieran una nueva urna (que será exhibida en un museo de la ciudad durante los próximos cien años) y dejaran un testimonio externo, como complemento al contenido de la caja, compuesto por documentos, mapas, fotos y testimonios sellados herméticamente.

La condición era que el artista fuera bogotano y que tratara en su obra un tema ligado a la memoria. Johanna propuso dibujar plantas de la Sabana en dos caras de la urna, y con este proyecto ganó la convocatoria. Pero su idea empezó a cambiar cuando conoció las especificaciones de la caja: 190 centímetros de alto por 90 centímetros de ancho, por 80 centímetros de profundidad, hecha de metal resistente al fuego, al agua y al óxido, y cubierta con un esmalte de alta resistencia. Toda una cámara del tiempo.

La luz que entra por la ventana de la vieja casona de La Independencia, en La Candelaria, ilumina su taller temporal y magnifica aún más la caja que, como una imagen surrealista, llegó en un montacargas que irrumpió en esta construcción del siglo XVIII. Allí ella se sienta seis horas diarias a dibujar sobre el metal.

“El mayor reto era idear una intervención perdurable sobre un material especial que valía la pena respetar al máximo”, dice Johanna, una artista que disfruta siendo una especie de alquimista que mezcla técnicas para llevar el dibujo al límite.

Para la urna, inició con un principio del dibujo que es lograr imágenes a partir de líneas y puntos, que en este caso se trazarían sobre una superficie infranqueable. Para hacerlo, utiliza una resina de un grosor milimétrico para cubrir el metal, donde luego hace los bocetos en carboncillo. Posteriormente, siguiendo el esquema, perfora miles de orificios con dos tipos de broca que pueden romperse si tocan el metal.

Estos huecos son una especie de recipiente que Johanna llena con una tinta especial que se solidifica en un proceso calculado cuidadosamente, pues la cantidad del pigmento determina las formas y sombras del dibujo, que al final es entre gris y negro. Cuando comete un milimétrico error, lo corrige con instrumentos odontológicos.

“Abogo por el oficio del artista, no me interesa delegar. Aquí estoy tomando decisiones como dónde poner un punto y eso solo yo lo puedo hacer”, dice Johanna, quien lleva 25 años tomando el camino difícil del arte, inventando sus propios métodos, todos muy meticulosos, para desarrollar su obra.

Esas imágenes, de una sutileza palpable, llegaron allí por un interés particular de Johanna por la botánica y sus transformaciones, un tema que abordó hace cuatro años en su obra Zona tórrida con una visión crítica sobre el uso de plaguicidas.

Un libro de láminas de Hermann Karsten, un investigador alemán que vino a la Nueva Granada, que encontró en el mercado de las pulgas del parque Tercer Milenio, le dio más luces para el proyecto. Decidió entonces dibujar, en cinco de las seis caras de la caja, plantas y aves nativas, algunas endémicas, dándoles prelación a las que la gente pudiera encontrar en un parque.

La puerta de la urna será adornada con la odontoglossum, una orquídea de color café emblemática de Bogotá, menos llamativa que otras y que está en peligro porque no se cultiva, aunque a veces puede crecer en los cerros. A su lado lucirán el gorrión montés listado, el canario sabanero, el atrapamoscas y el gorrión común.

En las otras caras habrá imágenes en tamaño real de la papa cimarrona, el cordoncillo, el nogal bogotano, la curuba, la uchuva, el trompeto y el sangregao. Y una que otra curiosidad, como el té de Bogotá, del que José Celestino Mutis afirmó ser mejor que el oriental y del que hay un árbol en el centro de la ciudad.

Las aves, en cambio, serán más grandes que los reales. Entre ellas se destacan la tingua bogotana, el sinsonte, el chamicero cundiboyacense, el colibrí coruscans, el sabanero zumbador, el carbonero y el turpial montañero. Además, habrá dos toches, especie que se adaptó al clima bogotano y a las condiciones urbanas; y una bandada de patos andinos, otra especie en peligro, en la tapa superior de la urna.

Los bocetos y papeles que ahora descansan en una mesa y en las paredes, probablemente sean parte de la documentación de plantas y aves que irá dentro de la urna. También es probable que esas especies ya no existan en 2110.

A tres semanas de terminar, todavía no sabe si firmará la obra. Pero si no lo hace, seguramente alguien descubrirá, dentro de 100 años, que era el trabajo de una mujer que llevó el arte del dibujo al límite.