Raúl Vallejo "mi encuentro con García Márquez"

Hace 26, cuando apenas comenzaba su carrera periodística, el recién posesionado embajador de Ecuador en Colombia viajó a Cuba con la difícil misión de entrevistar al premio nobel colombiano.
Raúl Vallejo "mi encuentro con García Márquez"

UNO

En 1985, cuando tenía 26 años, Raúl Vallejo viajó a Cuba con la intención de entrevistar a Gabriel García Márquez, galardonado tres años antes con el premio Nobel de Literatura. Por entonces Vallejo trabajaba como periodista en la revista Vistazos, de Ecuador, y aún estaba lejos de comenzar la carrera política que tiempo después lo llevaría a ser designado por el presidente Rafael Correa como ministro de Educación y más tarde como embajador en Colombia.

En aquella época había conseguido permiso para viajar al II Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de Nuestros Pueblos, en Cuba, con la única condición de que trajera de vuelta una entrevista con el Nobel. Nervioso y entusiasmado, el hoy embajador comenzó su reto con el pie derecho: gracias a un contacto en la Casa de América, logró colarse en el grupo de trabajo donde Gabo compartiría, durante tres días, con intelectuales de la talla de Osvaldo Soriano, Eduardo Galeano y Chico Buarque. “Desde el principio me sentí como en esa canción infantil que dice ‘una de estas cosas, no es como las otras’”, dice y suelta la carcajada.

Estamos sentados en una de las tres salas que tiene la residencia del embajador, ubicada al norte de Bogotá. La casa, grande y sobria, cuenta con el espacio suficiente para que corra libre Angus, un gran danés inmenso que desde hace año y medio es el consentido de su familia.

“El primer día, mientras almorzábamos, Gabo se quejó de que le habían pedido 61 entrevistas en las últimas 48 horas –recuerda–. Era gracioso, porque cuanto más cerca estaba del escritor, más lejos me sentía de poder hacerle una entrevista”. Asustado porque la posibilidad de conversar con el Nobel se veía cada vez más lejana, Vallejo aprovechó la situación y sin pensarlo dos veces le soltó lo que tenía guardado: “Pues con la mía van a ser 62”. Todos rieron, por fortuna, y entonces Gabo le propuso una solución amigable al enterarse de que el joven reportero quería hablar sobre El amor en los tiempos del cólera: “Si lees la novela para mañana, te doy la entrevista”.

“Yo no habría tenido problema en hacerlo, pero por cosas de la burocracia no se conseguía en la isla ni un solo ejemplar de la novela, que estaba recién publicada”, cuenta Vallejo. Fue entonces cuando el Nobel les dijo a todos los comensales de la mesa: “Las entrevistas son una forma de literatura”. Y, dirigiéndose a Vallejo, le propuso: “Hagamos una cosa: nosotros vamos a andar juntos y tú escribes lo que quieras, tomas mis declaraciones y las pones, pero no haremos una entrevista formal”.

Casi treinta años más tarde Vallejo recuerda aquellos días como unos de los más valiosos de su carrera periodística. “Después de eso no he vuelto a verlo y menos a conversar con él, pero todavía tengo claro el recuerdo: Gabo era una persona amable, cariñosa, llena de dichos y de historias. Un conversador formidable que siempre ha tenido el don natural de la palabra, de convertir en literatura las cosas que cuenta”.

Luego del encuentro regresó a Ecuador y escribió la historia. No fue una entrevista formal, pero sí, como le dijo Gabo entonces, una forma de hacer lo que ha hecho durante toda su vida: literatura.

DOS

¿Cómo empezó todo? Quizás durante aquellos días de su infancia en que, por cuenta de una enfermedad, tuvo que quedarse en casa y una prima le prestó Adiós a las armas, de Hemingway. O cuando escribía periódicos caseros en su vieja máquina Olivetti y luego repartía copias entre sus familiares. O, tal vez, cuando esperaba ansioso los libros que su hermano le regalaba cada semana y que leía como si fuera un deber.

“Publiqué mi primer libro de cuentos cuando tenía 17 años –dice el embajador, camisa blanca, saco café, hablar pausado–. Por esa época ya había escrito una novela un poco apocalíptica que nunca publiqué por puro pudor. Se llamaba Vuelta a la vida”. Desde entonces, ni siquiera la vida política ha logrado interrumpir su pasión literaria: hasta hoy ha publicado decenas de libros de cuentos –Máscaras para un concierto y Solo de palabras, entre otros–; dos novelas –Acoso textual y El alma en los labios–, y varios poemarios, ensayos y columnas de opinión.

“Por esos años leía cuanta cosa caía en mis manos. Los escritores del boom, que fueron muy importantes en mi formación, ya los había leído todos antes de graduarme del colegio. También leía muchísima literatura universal que tenía en la colección de la Biblioteca Salvat: Flaubert, Dostoievsky, Thomas Mann, Kafka y Camus. Recuerdo, especialmente, tres libros que me marcaron mucho: Opiniones de un payaso y Billar a las nueve y treinta, de Heinrich Böll, y Música para camaleones, de Truman Capote”, cuenta.

Ahora, cuando no está escribiendo ni imbuido en sus obligaciones políticas, Vallejo disfruta escuchando vallenatos (cuenta que tiene varios discos de Diomedes Díaz) o a sus amados Beatles, y haciéndole fuerza a su equipo, el Barcelona de Ecuador. Y aunque dice que aún es muy pronto para emitir algún juicio sobre lo que es vivir en Colombia –presentó credenciales el pasado 14 de enero–, sabe que hay dos cosas que hasta ahora le han resultado difíciles: el clima y los trancones de la capital. Cosas que no le impiden querer un país que conoce de cerca gracias a su faceta como escritor. Un país que, como bien lo sabe, es mucho más hermano que vecino.