El príncipe que mató por amor

Saud Abdulaziz Bin Nasser se declaró culpable de haber asesinado a su sirviente, antes que reconocer que era homosexual, y prefirió una cadena perpetua en Londres que la muerte segura en su tierra.
El príncipe que mató por amor

En apenas una hora y 35 minuto, un jurado londinense halló culpable de asesinato al príncipe saudita Saud Abdulaziz bin Nasser al Saud, de 34 años y miembro de la poderosa casa de Saud. El juez le dictó cadena perpetua y, sin embargo, el príncipe sintió un alivio: una vida tras las rejas en Inglaterra era para él, por absurdo que parezca, una fabulosa alternativa, frente a la posibilidad de morir en su reino a manos de su propia familia.

Los hechos. Bandar Abdulaziz, de 32 años y sirviente del acusado, apareció muerto en la cama de la habitación 312 del pomposo Landmark Hotel, de Londres, donde una noche puede llegar a valer 7,5 millones de pesos. Su cuerpo presentaba señales de maltrato: mordiscos en las mejillas, un ojo hinchado, un labio roto, dientes partidos y una de las orejas deformada. Tenía una costilla rota, hemorragia cerebral, morados en el cuello y traumas en el estómago.

El príncipe y su séquito, del que hacía parte Bandar, llegó a Londres después de un largo viaje que los había llevado antes a Praga, Milán, Marrakech y las islas Maldivas.

Tras una veloz y eficiente investigación en el hotel Landmark, brotó la teoría de crimen pasional: la víctima era amante del príncipe. La defensa se volcó en desmentir la homosexualidad de Saud, más que en probar su inocencia. Saud insistía en que tenía una novia en su país y el abogado defensor, antes incluso del comienzo del juicio, alegó que la sexualidad de su cliente no era relevante y por consiguiente no debía siquiera discutirse. ¿Por qué? Porque la homosexualidad, hasta en la realeza, se castiga con pena de muerte en Arabia Saudita. Según la ley sharia, que rige en el país musulmán, se trata no solo de un pecado sino de un delito que debe ser severamente castigado.

Tras el juicio en la corte criminal inglesa Old Baily, no quedaron dudas ni de la culpabilidad ni de la orientación sexual de Saud, a pesar de la nula colaboración por parte de las autoridades sauditas, que nunca proporcionaron información ni antecedentes de la víctima ni de su agresor. Por eso es poco lo que se sabe con certeza de la vida de Saud. Ni siquiera es clara su posición dentro de la familia real, aunque es el nieto del rey de Arabia Saudita. Su madre, Saud, es hija del rey Abdullah, ya fallecido, y su papá es el príncipe Abdulazis, sobrino del rey. De Bandar sólo se sabe que de niño fue adoptado por una familia de clase media y todo indica que se volvió un esclavo de Saud.

En un principio el príncipe, convencido de que estaba protegido con inmunidad diplomática, trató de encubrir los hechos y sostuvo que su sirviente fue víctima de un robo callejero y que eso explicaba la severidad de los golpes. Pero al examinar el cuerpo, las autoridades concluyeron que las marcas eran demasiado recientes para ajustarse a la versión del entonces sospechoso. Además apareció un video de seguridad del ascensor del hotel, que muestra el momento en que el príncipe le da puños y patadas a su amante. Éste los recibe sumiso, sin defenderse, como un perro sometido por su amo.

Más tarde aparecieron testigos del comportamiento violento de Saud y se supo que entre la muerte de Bandar y el momento en que las autoridades recibieron la llamada de auxilio, pasaron 12 horas y una seguidilla de hechos sospechosos, a saber: Saud duró horas al teléfono hablando con un contacto en Arabia Saudita; durante esa noche intentó limpiar la sangre y los rastros de los cocteles sex on the beach que había tomado en la celebración del día de San Valentín.

En cuanto a su sexualidad, las pruebas eran contundentes. Los investigadores encontraron fotos de Bandar desnudo, en el celular de Saud, y en el computador abundaban imágenes de hombres obtenidas en internet. Un masajista aseguró que tres días antes del crimen fue contratado para una “sesión erótica” de dos horas. Un trabajador del hotel testificó que durante el mes de su estadía en el hotel, compartieron cama, y aparecieron dos “acompañantes” que aseguraron haber hecho “actos homosexuales” y participar una de las célebres noches de parranda, donde no faltaba la champaña, prohibida por el Islam. Y para más evidencia, en la cajilla de seguridad del príncipe, donde guardaba 30.000 euros en efectivo, apareció también la guía Spartacus, famosa en el turismo gay, que incluía los destinos que anteriormente había visitado Saud.

La sentencia del juez fue cadena perpetua, con un mínimo de 20 años en una cárcel británica antes de poder considerar su deportación. En este caso el príncipe tendrá que pedir asilo al mismo país que lo condenó, para no ser enviado de regreso al suyo, donde sería ejecutado por su propia familia.

Cárcel diplomática

Guardianes de Wakefield, una prisión británica de máxima seguridad que acoge a los presos más célebres del país y donde está recluido el príncipe saudita, informaron al Daily Mirror que fueron instruidos en darle un trato preferencial a Abdulaziz bin Nasser al Saud para evitar incidentes diplomáticos. Deben golpear antes de abrir su celda, entregarle el correo en la mano y siempre dirigirse a él de buena manera. Un gran cambio si se tiene en cuenta que un informe oficial de 2004 denunció que un tercio de los presos era maltratado.

Además Saud tiene que ser protegido de sus compañeros de prisión. Se teme que puedan chantajearlo por su riqueza y posición. O que algún grupo musulmán (recibió amenazas de grupos extremistas) tenga influencia en la prisión y quiera vengar la vergüenza que su comportamiento sexual causó a la familia real, a su país y a su religión.

Wakefield, construida en 1594, es conocida como “Monster Mansion” (mansión de monstruos). Es el hogar de 600 de los delincuentes más temidos del país, incluido Robert Maudsley, apodado ‘el Caníbal’, quien tiene una celda especial en el sótano de la prisión. Su celda es transparente y está decorada solo con objetos de cartón. Maudsley no ha estado en contacto con ningún otro preso desde hace casi 30 años ya que estando en prisión mató a dos de sus compañeros. Desde entonces todos sus movimientos son monitoreados por lo menos por cinco guardias.

La celda de Saud, ubicada en el ala D de la prisión, donde se encuentran los abusadores de menores y violadores, es vecina de la celda donde el asesino en serie Harold Shipman, ‘Dr. Muerte’, responsable de más de 200 muertes, se ahorcó en 2004. Y ahí parece que terminará su vida.