María Villegas: “soy una persona muy cambiante”

La hija del fundador de Villegas Editores se da el lujo de vivir de sus tres pasiones: la cocina, los libros y los niños.
María Villegas: “soy una persona muy cambiante”

Pese a ser chef graduada del prestigioso Cordon Bleu, de París, María Villegas jamás se ha metido a la cocina de un restaurante ni se le ha pasado por la mente abrir uno. A su modo de ver, un restaurante tiene que ver mucho más con administrar que con cocinar, mucho más con estresarse que con disfrutar. Para ella, la cocina es un goce privado del que se beneficia su familia.

La hija de Benjamín Villegas, fundador de Villegas Editores, vive de sus pasiones, pero de una manera divertida. Le gustan los libros, así que ha editado libros de cocina. Incluso varios de ellos –À la carte, Sabor + Color–, han sido premiados en el exterior. Pero también le gustan los niños. Así que en 2002 fundó, junto a Jennie Kent, el departamento infantil de Villegas Editores. Libros, cocina, niños. O cocina, libros y niños. No importa mucho el orden; al final, los tres hacen parte esencial de su vida.

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La casa de María Villegas, ubicada al norte de Bogotá, tiene una sala amplia llena de adornos que le dan al lugar un toque oriental. Nada es gratuito: su curiosidad por esa cultura nació cuando vivió ocho meses en Tokio junto a su marido. Por eso hay una figura de Buda encima de un baúl; una más en la mesa de la sala; una tela colgada en la pared con dibujos orientales, y hasta una lámpara que evoca la arquitectura del continente asiático. “Me encanta la espiritualidad, la historia que tiene esa cultura –dice sentada en el cómodo sofá de la sala mientras su pequeña hija, Hannah, camina de aquí para allá, se sube en sus piernas, en el sofá, se tira al piso–. La estética: ¡Entrar a un mercado en Japón es mejor que ir a cualquier museo en Europa!”.

Y lo dice así, sin sonrojarse. Porque si algo impacta de la personalidad de María –y que quizás, diría uno, aprendió de los niños– es su franqueza. Esa misma franqueza que le permite decir sin pudor que a pesar de haber crecido entre libros, de vivir rodeada de ellos, le aburre la alta literatura y prefiere las cosas más light. “Ya leer lo último que sacó un premio Nobel me cuesta trabajo –dice y ríe–. Además en las noches estoy cansada y me gusta leer cosas sin pensar tanto”. Cosas como El secreto o Harry Potter son, entonces, las que ocupan su mesa de noche. Y cosas como La historia sin fin o Las crónicas de Narnia son las que marcaron su infancia.

Infancia, precisamente, es una de sus palabras favoritas. Con ella trabaja. Los niños son la fuente de su inspiración. “Muchas de las ideas de los libros salen de las reuniones que hacemos aquí con niños –cuenta–. Simplemente los traemos, los ponemos a conversar y los escuchamos. El error de los adultos es que queremos llevar a los pequeños a ser algo en especial, y no: hay que dejarlos ser. No te imaginas lo mucho que a mí me enseña mi hija de seis años. Me calma, me hace ver que debo dejar pasar las cosas y preocuparme por lo importante”.

Y en esos libros para niños hay casi siempre una alusión a la comida. De una forma u otra: una receta para algo especial, por ejemplo. Porque la comida también es lo suyo. Como los niños. Como los libros.

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“Siempre que voy a un restaurante –dice María, pelo rubio intenso, ojos azules grandes– decido primero qué postre voy a comer. Luego elijo el plato fuerte. Es que el dulce me fascina”. Quizás por eso cuando regresó de París con la idea de hacer algo diferente a encerrarse en un restaurante, se le ocurrió la idea de sacar un libro de postres que terminó llamándose Dulce tentación. “La gente piensa que a mí me tocó muy fácil por ser la hija de Benjamín Villegas, el dueño de la editorial, y no es cierto: yo hice el mismo proceso que cualquier otro autor”, dice.

Así empezó todo. La cocina, mientras tanto, fue pasando a un segundo plano y ahora prefiere salir a un restaurante con su esposo y sus amigos. El único momento en que todavía disfruta con un delantal puesto es cuando viajan en familia a la finca de sus padres. “La cocina está diseñada de tal manera que es el corazón de la casa. Todo pasa por ahí y ahí nos encanta reunirnos a ensayar menús, pensar recetas nuevas, inventar y conversar. Es parte de la tradición familiar”.

Pero más allá de la comida y de los libros, María goza con los niños: “Desde chiquita he tenido claro que en la vida he querido ser una sola cosa: mamá”.

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Resulta difícil etiquetarla porque María, casi siempre, se deja llevar. “Yo soy una persona muy cambiante –dice–. A mí la gente me ubica con la cocina o los libros de niños pero yo todavía puedo hacer muchas cosas. Quiero tener una vida que me aporte algo bueno en términos de conocimiento, de experiencia o de alguna disculpa para ir a conocer el mundo. Cualquier cosa que me pueda inventar para estar en movimiento es lo que me mantiene viva, y no me importa qué sea”.

Ese espíritu de cambio es lo que la hace adorar la vida en otros países –ha vivido en Asia, en Australia y añora algún día regresar a París–, y, por extraño que parezca, amar los trasteos o estar todo el tiempo cambiando las cosas de lugar, entre ellas los libros de cocina que colecciona. Hay libros de todo: de cocina francesa, china, española, de pastelería, de comida criolla.

Libros, cocina, niños: ese es su mundo, su vida, y la verdad no parece importarle mucho el resto. “Mi marido se muere de la pena porque yo no leo periódicos ni veo noticieros, entonces vivo sin enterarme de nada –dice, tranquila–. ¡Y no me importa que lo escribas!”. De nuevo la franqueza y el desparpajo, seguramente heredados de los pequeños.

Y eso, en un mundo de apariencias, es algo que se agradece.

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