La boda real, la última apuesta de la corona británica.

Detrás del matrimonio entre el príncipe William y Kate Middleton, el próximo 29 de abril, hay una estrategia de la monarquía para recobrar la popularidad entre sus súbditos.
La boda real, la última apuesta de la corona británica.

Es probable que Kate Middleton sea la primera plebeya en convertirse en reina de Inglaterra. Y a nadie parece importarle. La propia reina Isabel bendijo la unión con su nieto, el príncipe William. Y el pueblo ni siquiera la cuestiona.

Mucho mejor para la monarquía. La esperada celebración del matrimonio entre William y Kate parece ser la última carta que se juega la Corona para reinventarse.  Después de un largo reinado de casi 60 años de la reina Isabel, y de las escaramuzas de un heredero poco querido por sus súbditos, el príncipe Carlos, la nueva pareja recuperó para la Corona lo que desde Diana no se sentía: el amor del pueblo.

Pero la aceptación que tienen el príncipe de Gales y su novia no es el resultado de un compromiso arreglado al estilo de la realeza. Al contrario, tiene muchos elementos que los han acercado más a la gente. El más evidente es la procedencia de Kate: es una plebeya, una condición que hace siglos pudo haber sido maldita y que ahora es la principal característica para romper la tradición.

Además, la relación nació en un ambiente fuera de las pompas del palacio y el protocolo, enmarcado por cierta espontaneidad que hizo ver a William como un adolescente común y corriente.

A simple vista, su encuentro fue como el de cualquier pareja de jóvenes. En su caso fue en la Universidad de Saint Andrews donde, más que una amistad, compartían su amor por la historia del arte. En esa clase tuvieron su primer contacto.

La belleza de Kate llamó la atención de William y lo hizo dar el primer paso. Pero amigos y profesores recuerdan otras cualidades de ella: buena estudiante, extrovertida, muy talentosa y bastante popular. Sin embargo, la joven de sonrisa adorable y facciones tiernas se hizo notar de una manera más contundente: participó en un desfile de caridad organizado por la universidad en el año 2000, luciendo un vestido de encaje que dejaba ver su ropa interior. Su seguridad dejó al príncipe, quien había pagado 300 dólares por estar en primera fila, con la boca abierta.

Pagar por verla de cerca fue un acto atrevido para el heredero de la corona británica, caracterizado por su temperamento calmado y medido. La verdad es que William es popular entre sus súbditos no solo por ser el hijo mayor de Diana, y por haber seguido los pasos de su madre en el trabajo social, sino por ser uno de los miembros de la realeza más cercanos al pueblo, aunque evite salirse de sus obligaciones como príncipe. Ese día no pudo evitar romper la compostura.

La empatía fue evidente y cuando formalizaron su relación en 2005, nadie cuestionó que ella no perteneciera a la nobleza. Pero Kate tenía todo para meterse en el excluyente círculo real, pues sus padres habían trabajado para eso. Hijos de la clase media inglesa, Carole y Michael Middleton se conocieron cuando eran auxiliares de vuelo. Oriundos de Bucklebury, un pequeño pueblo al occidente de Londres, montaron una empresa de eventos por internet, e hicieron dinero suficiente para matricular a sus tres hijos en los mejores colegios de Inglaterra.

Así, Kate aprendió a moverse en los más altos círculos sociales y entró a la misma universidad del príncipe de Gales. Por eso se le ve tranquila y radiante en los diferentes eventos en los que acompaña a William. Pero más allá del protocolo, ambos han sabido disfrutar de su relación como jóvenes corrientes que salen de rumba, van a esquiar o se broncean.

Kate usa un bikini como cualquier mujer de su edad, en un bote en el Mediterráneo; luce escotes pronunciados y se suele tomar sus tragos cuando sale de rumba. Eso proyecta un aire de normalidad promovido por ella y respaldado por William, quien ha dejado en claro que al casarse planean tener una vida más sencilla y relajada. Eso sí, alejada de los escándalos y enredos que marcaron el matrimonio de sus padres.

Claro que él mismo violó su código de comportamiento, cuando en 2007 fue fotografiado en situaciones bastante comprometedoras con una rubia en un bar de Londres. Su desliz le costó la relación y cuatro meses de martirio.

Durante todo este tiempo, Kate utilizó las típicas tácticas femeninas: nunca se dejó ver afectada, lucía impecable, feliz y algo indiferente ante William. Y funcionó, porque el príncipe, avergonzado y arrepentido, la reconquistó y hoy es él quien está rendido a sus pies.

La historia de amor se fortaleció tanto que Catherine Elizabeth Middleton terminó metida en la cotidianidad de la realeza, sin que nadie cuestionara su posibilidad de ser algún día reina de Gran Bretaña. Así se comprobó el 10 de noviembre pasado, cuando la pareja anunció su compromiso y los británicos vieron en ella la sangre renovadora de la monarquía inglesa.

Muchos ven en Kate la figura perfecta para cambiar la anticuada corona británica. “La boda real es la gran oportunidad para que la monarquía se vea a sí misma revitalizada con una imagen más joven y fresca”, dice Richard Palmer, periodista especializado en realeza del Daily Express.

El periodista Stephen Bates, que cubre realeza para el diario The Guardian, coincide en que son una imagen refrescante. “William y Kate son una pareja carismática, especialmente él, quien ha hecho un buen papel en sus recientes visitas oficiales a Australia y Nueva Zelanda, donde proyectó simpatía, buen humor, modestia y comprensión”, afirma.

En este sentido, Kate es el complemento perfecto. A diferencia de Diana, sabe bien a qué se enfrentará como esposa del futuro rey y no está dispuesta a repetir la historia de su suegra. “Su llegada es sin duda revolucionaria para la realeza. En 300 años ningún heredero se ha salido de los rangos de la aristocracia o la realeza para escoger a su esposa. En cierta medida, está obligada a impulsar un cambio moderado con el que el pueblo pueda identificarse”, agrega Bates.

Y eso seguramente también lo sabe la reina Isabel, quien la ha aceptado sin las virtudes que hicieron ideal a Diana: tímida, virgen, ingenua y sin preparación profesional; condiciones que encajaban en las reglas de una monarquía que hace 30 años ya lucía vieja y desgastada.

Además, la reina ha dejado que su nieto afirme en público que sus roles como pareja y príncipes serán diferentes. Esto es una señal de que William podría modernizar la monarquía, con la que paradójicamente todavía simpatiza el pueblo. Solo un 20 por ciento se opone a su existencia, mientras el resto se divide entre los que la apoyan, un 46 por ciento, y los que simplemente no le prestan atención, el 34 por ciento.

Esta cantidad podría modificarse en los próximos meses debido a los costos de la boda: 20 millones de dólares que saldrán de los impuestos que pagan los británicos y que, según las encuestas, debería ser asumido por la corona pues para los ciudadanos este es un evento privado.

Los economistas han calculado un costo más alto: 8.000 millones de dólares, que se refieren a las pérdidas que traerán cuatro fines de semana con viernes festivo incluido, y que afectarán sobre todo las ventas en pequeños negocios.

En contraste, los organizadores esperan un mayor flujo de turistas, que generarían una serie de eventos especiales que dejarían más de 1.600 millones de dólares, además de las ventas de souvenirs de la boda. Lo curioso es que las cifras no afectarán mucho la imagen que tiene la pareja, gracias a la enorme responsabilidad que la gente le está otorgando a Kate como gestora de un cambio.

En esto, la futura princesa tiene ventajas, pues es evidente que a sus 29 años tiene más experiencia que cualquiera de sus antecesoras, incluida Diana, quien se casó de 20 y era 12 años menor que Carlos.

Kate, está claro, no es una nueva Diana y aunque las han comparado, nadie quiere que así sea. Los expertos consideran que la corona aprendió la lección y no podría soportar el rechazo del pueblo si le diera la espalda a Kate en situaciones extremas, como le sucedió a Diana después de su separación.

Además, Kate tiene la seguridad suficiente para abrir su propio camino. “Por supuesto, si se extralimita y molesta al pueblo puede perjudicar más a la monarquía, pero en ocho años de noviazgo y cuatro meses de comprometida no ha dado un paso en falso. Hasta ahora todo indica que ella será una ganancia”, agrega Palmer.

Esto también la hará diferente de Diana, cuya rebeldía fue más que evidente para la tradición británica y un dolor de cabeza para la casa Windsor. Kate, si es consecuente con la cautela que la caracteriza, no provocará a la Corona. Tendrá mucho más tacto para imponerse.

“Kate no ha sido objeto del mismo tipo de presión por parte de la prensa como lo fue Diana, pues los medios también aprendieron la lección, y ella ha sido mejor aconsejada que Lady Di, quien en realidad nunca recibió consejo alguno”, opina Bates.

Pero esto solo será posible con el apoyo del príncipe William. A fin de cuentas, él también es la nueva imagen de una casa real erosionada no solo por el fracasado matrimonio de sus padres y el romance de Carlos con Camilla Parker, sino recientemente por su tío Andrés, envuelto en escándalos financieros con dineros del gobierno.

Cuando la reina Isabel muera, nadie espera que Carlos reine mucho. Ya tiene 62 años, nadie lo quiere, y él mismo no ha demostrado virtudes de rey. En estas circunstancias, William sería el llamado a mantener viva la monarquía, eso sí, basado en las acciones de los próximos años junto a Kate.

Sin embargo, expertos como la historiadora Jean Seaton opinan que después del compromiso, no ven a Kate como una abanderada del cambio. “Lo peligroso para la monarquía es que ahora ella no muestra propósitos, está actuando como el resto de ellos”.

En cierta forma, sería una gran decepción para el pueblo si Kate se limita a dedicarse a obras sociales y a tener hijos. Pero si se conforma con cumplir su papel de esposa de William, tampoco sería el fin del mundo. Aunque no con la popularidad con la que cualquier soberano sueña, la monarquía constitucional seguirá rigiendo. “Muchos piensan que los primeros ministros, de hecho, ya tienen demasiado poder, y no les gusta la idea de tener un presidente poderoso como Barack Obama –explica Palmer–. La monarquía sobrevivirá sin importar lo que pase en los próximos años”.

En todo caso, lo mínimo que el pueblo británico espera es que después de que William y Kate salgan como marido y mujer de la abadía de Westminster, su matrimonio sea capaz de rejuvenecer la anticuada monarquía. “Y si llegan a ser rey y reina siendo jóvenes –concluye Palmer–, podría ser el comienzo de una nueva era dorada en la familia real británica”.