La moda blindada de Miguel Caballero

Decidió montar el negocio de la ropa con blindaje en Colombia y también se atrevió a dispararle a todo aquel que quiera sentir lo que es ponerse frente a una bala.
La moda blindada de Miguel Caballero

Del otro lado de una discreta puerta de vidrio se mimetiza una gran bodega donde muchas operarias diseñan, cosen, ensamblan y manipulan, en un silencio de iglesia, prendas destinadas a salvar vidas de las altaneras balas.

Son las instalaciones donde Miguel Caballero dirige y lidera su negocio, según él, de protección especial personalizada, aunque el diseño y confección de ropa blindada se robe el show.

En el gran ropero me tomo el atrevimiento de probarme una de sus chaquetas especiales, sobre medidas, lista para enviársela al presidente Funes de El Salvador. Me queda estrecha. La azul, estilo gabán, dos números más grande que el suscrito, es un encargo del presidente Lugo de Paraguay.

En cambio, hay una negra de cuero que me horma perfecto. Ya tiene el precio (5.300 libras) y el código de barras de Harrods, el lugar donde las venden en Londres desde hace tres años. Si iba a hablar de las bondades de este inusual tipo de vestuario tenía que probármelo. No es tan pesado como lo imaginaba.

Lo que no estaba en los planes era que mi entrevistado me disparara al final de la entrevista. La verdad, tampoco es algo extraño en este lugar, recomendado en una de las páginas oficiales de la guía turística Lonely Planet Colombia 2010, precisamente para eso, para que su creador y dueño le ponga una de sus chaquetas protectoras, le dispare a quemarropa y lo convierta en un miembro honorario de su estrafalario club en el grado de “Official survivor”.

No tenía en mente ingresar, pero entrado ya en gastos, tocaba meterse de lleno en el tema. Sobre una de las mesas del gran taller, Miguel puso una Mini Uzi, una Glock y una Smith & Wesson y con mucha parsimonia botó la pregunta: ¿Con qué arma quiere que le dispare? Automáticamente me fui por la de vaqueros, influenciado por Bonanza y la familia Cartwright. Con los fierros sobre la mesa, cambio de tema y comienzo con las preguntas, en un ardid por ganar tiempo mientras asimilaba la idea de ponerme delante de su mira.

Su empresa fue su tesis de grado en Los Andes.¿El negocio con cuánta plata empezó?

Con 10.000 pesos. Me los prestó mí mamá, Mercedes Guevara. Con eso hice el primer capital para una prenda blindada. Fue la primera chaqueta que hice en ese momento. Era el lanzamiento de un producto innovador, eso era todo.

¿Cuánto sacó en esa tesis?

Creo que en ese proyecto de grado saqué 3,5 sobre cinco. Pero es que la gente no creía en el producto; si ni mi papá creía, la universidad menos.

Esos primeros 10.000 pesos, ¿ya se los pagó a su mamá?

Se los he pagado con creces y con intereses mil veces. Es más, fue una buena inversión. Y creo que hoy me apoya y me respalda totalmente.

Ese fue el primer aporte simbólico. ¿Cuál fue el otro impulso importante cuando era arriesgado apostar por Miguel Caballero?

Tengo que ser muy honesto. Yo he sido muy osado en la vida. Me he arriesgado en cosas que nadie se hubiera arriesgado. Pero en ese momento no hubo nadie que fuera una fuente de inspiración plena. Tal vez tuve de guía muchos profesores, o amigos, pero más adelante, no en ese momento.

¿Más adelante a quién admiró?

Más adelante a Germán Montoya, quien fue secretario de la presidencia de Barco. Lo considero respetuosamente un tutor para mí, ha sido un guía, ha sido un consejero. Después de él apareció otro consejero, Roberto Holguín, que es vicepresidente de crédito del Banco Davivienda, persona que también admiro profundamente. Cada vez que tengo un problema, cada vez que tengo algo que conversar, yo los llamo a ellos. Y nunca me dan una solución a nada, pero me dan una lección de vida, me enseñan a pensar.

Lo más difícil de empezar con su negocio.

Lo que hay que entender en ese momento es que no había conocimiento en el tema. Estábamos empezando a inventar algo a punta de ensayo y error. No había conocimiento acerca de las normas, no había procedimientos de prueba. Así que entramos a un mercado que en su época era controlado por marcas norteamericanas. Lo primero que teníamos que hacer era romper esa barrera de entrada que teníamos, donde la gente decía: “Es que el producto sirve si es made en USA, pero si el producto es hecho en Colombia no va a servir”. De ahí nace el hecho de dispararles a nuestros empleados para demostraciones en vivo. Y todavía lo seguimos haciendo.

Vamos a hacerle un homenaje al primero que le puso el pecho a las balas. ¿Cuál fue el primer empleado que pasó la prueba?

No fue a un empleado, fue a un compañero de la universidad que hoy en día tiene una blindadora de carros. Se llama John Murphy, y vive todavía en Bogotá. Él recibió el primer impacto. Yo no había prestado el servicio militar ni había cogido un arma en la vida, y yo muy osado le dije al periodista de QAP que hiciéramos la prueba. Cuando la nota la pasaron en televisión, a los cinco minutos me entró la llamada de la mamá de John, para decirme que cómo había podido hacerle eso a su hijo. Evidentemente, al otro día le quedó un hematoma en la barriga como de 15 centímetros de diámetro.

¿Y el segundo disparo?

Después de eso creo que dejé de disparar como por un año. No me atreví a hacerlo hasta que CNN nos llamó. Y me le medí otra vez a la historia. Creo que le disparé a mi hermano menor, José Manuel, con un Smith & Wesson. Él tendría 19 años y yo 22. Hoy creo que les he disparado a más de doscientas personas.

¿Y a su hermano le quedó alguna huella?

No, ni a las doscientas. Tengo el privilegio de poder decir que no pasa absolutamente nada. A mi actual novia, Carolina, a ella también ya le disparé.

¿Qué correctivos hicieron para que no quedaran hematomas?

El tema no es que haya perforaciones. El tema es el golpe que se recibe, porque la energía de proyectil es tan fuerte, que absorbe la energía como si fuera un guante. Y el que recibe el golpe es el cuerpo. Entonces lo que hay que amortiguar es eso, y eso es lo que hoy está corregido. Teníamos que llegar a un sistema de amortiguación propio pero que fuera ligero, flexible, y discreto. Gasté diez años inventando el producto, y llevo ocho aprendiendo a venderlo.

¿Dónde está la clave?

El panel balístico se basa en una tecnología que absorbe el proyectil, uniendo capas de hidrógeno mediante el compuesto de nailon y poliéster. Entonces lo que hace el tejido es absorber y retener la energía. Se cierra automáticamente tan pronto recibe el impacto. El producto está certificado frente a los gobiernos de diez países.

¿Qué países son?

La NIJ de los Estados Unidos, el IDIG de Chile, el RENAR de Argentina, el Banc d’Epreuve de Francia, el TNO de Holanda, el Garfa de Venezuela, Indumil de Colombia, entre otros. Y hoy tenemos distribuidores en 26 países y vendemos en 50.

¿Usted tiene que ver algo con Luis Caballero, el gran pintor?

No, no, no. Creo que lo único que he querido hacer, y no por copiar a nadie sino porque lo he querido hacer así, es que el día que tenga un hijo –porque hoy en día tengo una hija– le quiero poner Lukas Caballero, con ‘k’.

¿Cómo Klim?

No espero que nadie le vaya a decir: “Ah, se parece a Klim”, pero sí va a ser así, seguramente.

Entonces, como dirían las tías, usted es Caballero de los Caballeros de dónde...

Tolimense por el lado de mi padre, no conocí a ningún otro familiar ascendiente.

¿No conoció a nadie?

No. Por el lado de mi padre, Jorge, no tuve el privilegio de conocer ni a mi abuela ni a mi abuelo, ni a mis tíos si es que existen. A nadie. Él tiene una vida de admirar. Su familia materna lo entregó en adopción a su padrino, y ahí estuvo algunos años, y luego le tocó la vida solo.

¿Y su papá qué hacía?

Mi papá fue socio de Arturo Calle durante muchos años. Trabajó con él en la confección, y durante muchos años yo también trabajé con él. Mientras mis amigos se divertían, yo tenía que ir a trabajar en las tiendas de Arturo Calle. Era un vendedor común y corriente.

¿De qué edad a qué edad trabajó en Arturo Calle?

De los 13 años en adelante, hasta que terminé Administración de Empresas en Los Andes.

¿En qué almacenes trabajó?

Me rotaban. Estaba entre Unicentro, la 122, el centro... y de castigo me mandaban a la Jiménez.

¿Y el castigo por qué?

Porque me portaba mal con mi papá, entonces me mandaba al almacén más feo de todos. Siempre quise ser independiente y la tendencia de mi padre era que yo fuera un empleado y que hiciera estas cosas. Discutíamos bastante.

Usted quería ser independiente y no seguir bajo la sombra de su papá.

Sí. Y es curioso porque acaba de cumplir 69 años, se retiró de Arturo Calle y se vino a trabajar con nosotros. Hoy día ya sabemos guardar las líneas de mando, y él sabe que está dentro del staff alto de la compañía, pero que yo soy el jefe.

¿Y obedece?

Sí, sí, sí.

Contrario a sus antepasados, que no le dejaron una historia, ¿usted sí quiere dejar una?

No hay nada más gratificante que ver que el nombre tuyo está en historia de la humanidad. Que si te metes a Wikipedia y escribes Miguel Caballero, puedes ver toda mi historia. Yo no heredé. No tengo socios ni inversionistas, no tengo papá rico. No tengo grupo económico detrás. Lo que tú ves aquí es la lucha del día a día.

¿Usted usa sus trajes blindados?

Los uso dependiendo de dónde esté, del riesgo donde me encuentre.

¿En qué lugares los usa?

En Colombia. En Venezuela. En México a veces los uso. Un 33% del tiempo estoy en Colombia, un 33% en México y el 33% restante en un avión.

¿Haciendo un disparo de demostración?

No, atendiendo clientes. Yo atiendo los clientes VIP: los jefes de Estado, los ministros, los presidentes corporativos.

¿Cómo define usted a sus clientes, como personas importantes potencialmente en peligro?

Son personas que sienten que tienen algún tipo de riesgo. Son jefes de Estado, presidentes corporativos, empleados de empresas multinacionales que tienen operaciones en zonas de riesgo, pero también tenemos un médico en Nueva York que siente peligro entre la clínica y el estacionamiento, y ese es un cliente que no estaba en ningún estudio de mercado.

Deme el top tres de los países con problemas de seguridad, donde más vende.

El Medio Oriente –Dubái, Líbano, Emiratos Arabes Unidos–, India y Latinoamérica. Son como las tres zonas principales.

¿Y Estados Unidos?

En Estados Unidos no vendemos mucho. Estamos desarrollando una estrategia para tener Miguel Caballero made in USA. Mientras no logremos dar el paso siguiente, que es homologar el producto de fabricación en Estados Unidos, no vamos a poder penetrar.

¿Cuánto tiempo falta para que llegue a Estados Unidos?

Tres o cuatro años.

¿Mucha competencia allá?

Competencia como tal no consideramos que tengamos. Haciendo chalecos hay mil competidores en el mundo, haciendo basura hay diez mil. Pero que hagan prendas de calidad, con materias primas exclusivas, cuero italiano, con diseño adaptado a las necesidades del cliente, sobre medidas, personalizado y que tenga termo-regulación, entre 3 y 17 grados centígrados, no la hay.

¿Qué necesita un simple mortal para que ustedes le vendan ropa blindada?

Que esté siempre dentro de la línea de los corporativos. Me explico. Nosotros no vendemos casi a particulares. Porque además tenemos unos requisitos. Nosotros hemos establecido que para poderle vender a una persona, tenemos que consultar la Lista Clinton, tenemos que ver que la persona esté dentro de la ley, que no tenga antecedentes. De lo contrario, no vamos a manchar lo que hemos venido haciendo por la marca, simplemente por venderle a un delincuente.

Una venta reciente.

Le acabamos de vender a la Policía de Ecuador 24.000 chalecos antibalas. Y hay cuatro gobiernos más en Latinoamérica en las mismas circunstancias. En México hay una porción importante, en Guatemala, en Perú y en Ecuador. Hoy más del 90% de las ventas son en el extranjero.

¿Por qué?

Tuve la oportunidad en octubre del 2010 de tener una entrevista personal con el presidente Álvaro Uribe, persona a la que yo admiro profundamente. Y tuvimos una charla muy larga en el aeropuerto de México. Él usó nuestras prendas durante su mandato y lo reconoce públicamente. Y yo le dije que gracias a él vendemos hoy menos en Colombia. El país cambió.

Uribe es un tipo exigente y friega la vida. ¿Qué era lo más exigente para sus guayaberas y su ropa blindada?

Creo que nunca exigió como tal nada más allá de que fuera muy discreto. Tuvo guayaberas y tuvo blazers, y casualmente antes de retirarse de la presidencia le hicimos unas prendas actualizadas. Hoy en día sigue siendo cliente nuestro.

¿Y con el nuevo presidente, Juan Manuel Santos, usted ya habló?

En casa de herrero, azadón de palo. No hemos podido. ¿Por qué? No sé.

¿Usted cree que nuestro presidente tiene otras vestimentas marca USA?

No sé si tiene o no protección, lo desconozco. Sí sé que su esquema de seguridad tiene varios productos de nosotros. Que si quisiera que fuera nuestro cliente y fuera una persona que pudiera promover nuestro producto como industria colombiana, ¡claro que lo querría!

¿Qué le dice al presidente Santos?

Que cuándo me recibe en su casa para ir a tomarle unas medidas.

En estas épocas, ¿ha vuelto a usar sus vestidos?

No, últimamente no.

Sus clientes ¿más mujeres o más hombres?

Son 95% hombres y 5% mujeres. Creo que este es un tema más masculino que femenino. Hemos hecho productos femeninos, pero la rotación que alcanzamos en el producto femenino con el estilo de vida, y con su color favorito y todo, es más complejo.

¿Le han traído prendas para arreglar porque el blindaje fue utilizado?

Me han dado las prendas para decirme: “Gracias, funcionó”. Hace un mes, dos policías en Xochitepec, México, recibieron seis impactos en un asalto y se salvaron gracias a nosotros.

Si no hubiera ocurrido lo que le ocurrió con su tesis de grado ¿qué se imagina que estaría haciendo?

Inventándome alguna otra cosa, pero no siendo empleado.

Volvamos a su tesis. ¿De dónde salió la idea?

Una compañera de la universidad tenía escoltas. Y yo veía que los guardaespaldas tenían chalecos pero nunca se los ponían. Los dejaban tirados en el baúl del carro. Entonces le pregunté a uno de ellos por qué no se los ponían. Recuerdo muy bien su apellido, Arévalo, me respondió: “Eso no existe”. Y ahí nació el tema.

¿Esa tesis fue solo suya o la hizo con alguien más?

No, la tesis fue solo mía. Pero en ese momento John blindaba carros. Yo lo que hice fue tomar el material de blindaje de vehículos y lo adapté a una prenda blindada. Consecuentemente esa primera prenda pesó nueve kilos. Y la vendimos a un empresario colombiano.

¿Con ese peso?

Sí.

¿A quién?

Al empresario Hugo Giraldo. Tengo entendido que todavía lo conserva.

¿Su mayor clientela en qué país está?

Siguen siendo los Emiratos Árabes por dos caminos: por las ventas directas que hacemos allá, o por las ventas que podemos llegar a hacer a través de Harrods en Londres.

¿Túnicas?

O chaquetas o camisetas o guayaberas.

¿Cuál es la prenda más rara que ha blindado?

Hicimos una Biblia blindada para un pastor de Brasil. Y una cobija blindada para un dignatario de América. Una vez hicimos una corbata blindada.

¿Una corbata?

Y se hizo blindada para el autor del libro Detrás de las líneas, Andrew Carroll. Él la llevó como demostración de protesta al Congreso norteamericano, por el trato inadecuado que les daban a los colombianos.

¿Le han robado trajes? ¿A dónde han ido a parar?

Una vez nos robaron un despacho que hicimos, entre un aeropuerto y la oficina nuestra, en México. Otra vez nos robaron aquí en Bogotá. Han sido robos muy específicos de prendas que luego se han podido rastrear y recuperar.

¿No han cogido a algún capo con un traje suyo?

No, que nosotros sepamos. Hasta este momento no. Eso nunca ha ocurrido.

¿Quién es la persona más escéptica con la ropa blindada?

Yo mismo. Porque nunca estoy conforme con lo que hago. Siempre estamos buscando mejorar el producto. Nunca estoy confiado de lo que he hecho.

Ha diseñado muchas cosas, ¿algo que tenga en mente blindar?

Siempre he querido blindar un traje de torero. Estamos proyectando para este año lanzar tres nuevas colecciones en diferentes tipos de mercado, entre ellos la línea de motociclismo –resistente a la fricción– y mi idea es lanzarlo blindado para los escoltas. Porque nuestro negocio no es hacer ropa blindada, nuestro negocio es protección especial personalizada.

¿Qué falta para lo del torero?

Falta medir la fuerza que tiene la embestida del toro, y eso hay que hacerlo científicamente. Estoy primero desarrollando la operación balística y después iré a ver si alguno se le mide.

¿Usted cree que la bala algún día va a pasar de moda?

La bala no va a pasar de moda. La bala está evolucionando. En la medida que se hace innovación para la agresión, se hace innovación para la defensa. Ese es el reto.

¿Hugo Chávez es cliente suyo?

Hay muchos clientes que no se pueden mencionar.

Bueno, con eso ya me respondió.

***

Apago la grabadora. Miguel me acerca una caja y me pide que escoja “mi bala”. Una bala de verdad, no de salva. Entonces apareció la chaqueta asignada, de motociclista, negra con una franja naranja, y luego el ritual de cargar el Smith & Wesson, calibre 38 largo. Tapones para los oídos, silencio en el salón, un cañón muy cerca de mi estómago y un conteo muy lento hasta tres. Después ¡Pum! Y la sensación fulminante de la punta de un dedo índice embistiendo con firmeza cerca de mi ombligo. Vuelvo a respirar. Todavía huele a pólvora. Miguel escarba por el orificio que dejó el impacto en busca del proyectil. Son más de 200 los disparos de prueba que ha hecho sobre socios, periodistas, turistas y clientes, desde hace 18 años cuando hizo realidad su tesis de grado como administrador de empresas de la Universidad de los Andes. La bala espichada que me llevo de recuerdo es el mejor argumento de que su negocio funciona.