Ricardo Silva Romero, en primera fila

La vida del escritor bogotano transcurre entre el cine, la literatura, el fútbol y el periodismo. Tímido, reservado, pero dueño de un humor mordaz, el autor de Parece que va a llover y Tic confiesa por qué no se le ha medido a hacer cine y declara, con ironía, lo deprimente que resulta ser hincha de Millonarios.
Ricardo Silva Romero, en primera fila

I. “Y mientras pasaba el tiempo, para no sentirme culpable porque mi hermano mayor trabajaba muy duro mientras yo miraba en piyama por la ventana (que es, después me enteré, lo que hacen los escritores), me había visto forzado a inventarme unas ficciones”.

Ricardo Silva en Detrás de cámaras de ‘El hombre de los mil nombres’.

UN DÍA CUALQUIERA EN LA VIDA del escritor Ricardo Silva Romero es más o menos así: si está trabajando en alguna novela –ahora mismo tiene dos terminadas–, se levanta temprano, se sienta frente a la pantalla del computador, y pasa el día entero tecleando de forma obsesiva. De lo contrario, si logra dejar a un lado la escritura, sus días se asemejan mucho a lo que cualquiera entendería como un periodo de vacaciones: se levanta, ve películas, lee, va a cine, se encuentra con sus amigos, charla con ellos sobre fútbol. Sin horarios, sin presiones, sin jefes.

Porque, como reconoce con cierta ironía, Silva es alguien que vive de sus hobbies: escribir, leer, ver películas. Tanto le gusta el cine, tanto ha visto, que desde hace más de diez años se encarga de hacer la crítica en la revista Semana; escribió un libro (El hombre de los mil nombres), que gira en torno al tema, y una biografía sobre el director neoyorquino Woody Allen. Su vida, su escritura, pasan siempre por ese filtro: desde su amor por Alfred Hitchcock hasta los cuadros que adornan su casa –que son, casi todos, afiches de películas clásicas–, y desde su enorme colección de cintas en DVD hasta los libros sobre cine y las biografías de grandes cineastas que tiene en su estudio.

“El cine no es sólo el placer más profundo de Ricardo, sino su manera de entender la vida y de creer en ella. Creo que en el fondo él aspira a que la vida tenga sentido tal y como las escenas tienen sentido en las películas”, dice Daniel Samper Ospina, director de la revista SoHo y uno de sus amigos más cercanos.

Y es cierto. “Cuando estaba más joven me ponía una metas absurdas –confiesa Ricardo, saco rojo, jeans, gafas de marco negro–: podía ver hasta cinco películas diarias; es decir, casi diez horas al frente del televisor. Ya no veo tantas, pero sí al menos una al día”. Y eso porque desde hace un tiempo hay otro vicio que le quita tiempo y lo mantiene, literalmente, pegado a la pantalla: las series de televisión. “Es una obsesión casi culposa, a veces no puedo parar de verlas –confiesa–. Hasta hace muy poco mi favorita era Los Soprano. Pensaba que no había visto nada mejor hasta que apareció The West Wing, que me parece una cosa increíble”.

Esa personalidad a veces obsesiva lo lleva a organizar su enorme biblioteca por orden alfabético, autor y género. O en ocasiones, como dice, lo hace embarcarse en esas rachas vergonzosas de cinéfilos gordos y descuidados. “El año pasado, por ejemplo, me vi todas las películas de vaqueros que pude porque estaba escribiendo algo del género. Ahora me dediqué a ver películas de Vietnam: Apocalypse now, Platoon, Nacido el cuatro de julio. Pero la cosa es más absurda: viendo una de esas, que era con Gene Hackman, pensé que hace rato no veía Mississippi en llamas y luego pensé que desde hace mucho tiempo no veía cosas de juicios, lo que me llevó a ver cinco películas basadas en los libros de John Grisham…”.

Luego se detiene, piensa. Dice: “Pero es difícil conseguir alguien que te siga el ritmo. Es complicado imponerle a otra persona un cineclub”.

II. “El cine es la vida de la vida. Quien lo haya visto alguna vez, lo sabe. Es como ir un domingo a misa: al final, si uno cree, si uno tiene fe, se siente algo mejor”.

Ricardo Silva en Cine.

Hace ya varios años Ricardo ejerce con juicio la faceta de columnista. Primero escribió Lugares comunes, en la que comenzó abordando temas ligeros pero que, poco a poco, fue convirtiéndose en un espacio político. Era inevitable llegar al tema, y más cuando hacia el final del gobierno Uribe la gente no hablaba de otra cosa. Y era inevitable, también, porque la política ha sido siempre una constante en su casa, en su vida. “En mi familia siempre ha habido un ambiente muy político; mi mamá trabajó para varios gobiernos en cargos jurídicos, el hermano de ella fue político, lo mismo que su papá. Y mi papá también es una persona con ideas políticas”, dice.

Desde principios del 2009 tiene una columna en El Tiempo en la que se mete de lleno en los problemas del país. Una columna donde critica la manera como estamos organizados en esta sociedad y que –aclara con énfasis–, no pertenece a ningún partido o tendencia. Una columna que a veces lo hace sufrir tanto como su amado Millonarios, el equipo que sigue desde que tiene uso de razón y que, seguramente, continuará acompañando durante muchos años más.

“Ser hincha de Millos es la cosa más deprimente que puede haber en el mundo –dice–. Pero siempre lo he sido; desde pequeño iba con mi familia los miércoles y domingos al estadio, me ponía la camiseta, tenía el casete con el himno grabado. Una cosa muy deprimente”.

Lo que pasa es que, al final, Ricardo sabe que el fútbol es casi tan importante en su vida como la literatura. Una pasión que le llevó a escribir Autogol, la novela con la que logró conocer más de cerca ese mundo. Una pasión que, sin embargo, no consigue alcanzar ese amor desbordado que siente por el cine.

–¿Ha pensado alguna vez hacer cine?

–Una vez dirigí una obra de teatro pero fue un infierno: las actrices lloraban, decían que las maltrataba… No, no tengo esa paciencia. Es que para dirigir hay que ser dueño de una personalidad diferente; tener mucha seguridad en uno mismo y asumir esa vaina de emperador, de yo soy el que mando. Y a mí, la verdad, me gusta poco mandar.

Está claro: Ricardo prefiere estar detrás de cámaras.

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