Santurbán un paraíso que vale oro

CROMOS hizo un recorrido por California y Vetas, y encontró que, independientemente de lo que suceda con la licencia de Greystar, hay otras multinacionales explotando oro.
Santurbán un paraíso que vale oro

Para llegar a Páez, una de las 57 lagunas que adornan las cúspides del páramo de Santurbán, hay que pedirle permiso a Greystar, la empresa canadiense que la semana pasada desistió de solicitar licencia ambiental para explotar la que hubiera sido la primera mina de oro a cielo abierto del país. El campamento de la compañía, que lleva 15 años escarbando las montañas para determinar que aquí hay 7 millones de onzas de oro y 25 de plata, queda justo en el camino para acceder a la contemplación majestuosa de estas formaciones naturales periglaciares.

California es el punto de partida. Es un municipio esculpido entre una cadena de montañas hace más de 400 años y que parece detenido en el tiempo. Las calles del parque principal son de piedra y la mayoría de las 170 casas de no más de dos plantas conservan la arquitectura colonial. Una estrecha carretera araña esta parte de la cordillera Oriental para darnos el acceso a este santuario por el que se ha librado una verdadera batalla mediática entre ambientalistas, autoridades regionales y los habitantes de la zona.

Escalar la carretera es una hazaña reservada solo para los pilotos locales. Hace apenas un mes un derrumbe destruyó parte de la banca y dejó cuatro muertos. En el ascenso, justo cuando se empiezan a adivinar las mejores caras de la montaña, aparece una malla metálica y un puesto de control con seguridad privada. Greystar asegura que nadie puede pasar sin la compañía de uno de sus funcionarios. Alega medidas de seguridad industrial. Llevar la identificación de un medio de comunicación puede no ser una ventaja, pero luego de un par de llamadas, se puede subir.

Después de superar el campamento, de ver camionetas, perforadoras y operarios con cascos y botas, después de llegar a los 3.100 metros sobre el nivel del mar y cuando uno cree que no puede haber más asentamientos humanos en semejante clima (4 grados centígrados, en promedio), emergen soldados forrados hasta el cogote, con sus fusiles al hombro, saludando con las manos enguantadas. Es el batallón Laches, que se estableció en 2003 y que, según dicen los mismos californianos, llegó a pedido y con dineros de Greystar para espantar al frente 20 de las Farc y al Claudia Isabel Escobar del Eln, que los tenían azotados.

Los guerrilleros eran, además de un puñado de campesinos, los dueños de este páramo. Por aquí pasaban las Farc con sus secuestrados y pertrechos, y transitaban los combatientes que llegaban de la selva y se repartían para los frentes del nororiente del país. De aquí bajaron para tomarse dos veces el casco urbano de California en una misma semana de junio de 1999, y para incendiar el campamento de la multinacional y secuestrar a varios de sus empleados en épocas anteriores a la seguridad democrática.

Y como se quedaron los soldados y se fueron los guerrilleros, la multinacional pudo expandirse. Compró tierras a cifras que tenían hasta nueve ceros a la derecha, compró los cinco títulos mineros que ya tenían licencia para extraer oro de este territorio que solo ahora es considerado como “sagrado”. La evidencia está a la vera del camino. De las casas de los campesinos solo quedan las ruinas y los rastros del pastoreo. Según el Instituto Humboldt, el 35% del área total del páramo ha sido intervenida con cultivos y pastizales.

En este punto hay que dejar el carro y seguir subiendo a pie para comprobar que la frase aquella de estar en paz con la naturaleza cobra todo su sentido a los 3.300 m.s.n.m. La inmensidad de esta cadena de montañas se abre de manera esplendorosa a nuestros ojos y el canto de los colibrís y el ruido del agua que baja imponente por entre los peñascos musicalizan la imagen de postal.

Desde acá se aprecia el polémico yacimiento Angostura, donde Greystar había planeado remover 220 hectáreas de tierra para extraer el oro. Es una pequeña colina que sobresale entre grandes montañas y que deja ver, como si fueran arañazos, los rastros de los socavones que durante más de 200 años se han construido para extraer el mineral de forma artesanal, arrojando mercurio y cianuro a las fuentes de agua sin ningún control.

Incluso, en el peor momento de la violencia guerrillera, la multinacional debió abandonar el yacimiento y los galafardos (mineros que extraen el oro de minas ajenas) hicieron de las suyas durante más de dos años, hasta que llegó el ejército y mejoró la seguridad con dos batallones.

La caminata de una hora se ve recompensada cuando aparece, apacible e imponente, la laguna Páez. A pesar del paso del hombre se conserva intacta, poderosa. El único conflicto que surge ahora es con la neblina, que después de las 10 de la mañana se toma la montaña y nos priva de un espectáculo que debería durar todo el día. Porque además de contemplar el paisaje, el plan es constatar que Santurbán es, como dicen los expertos, una fábrica de agua.

El agua baja de los peñascos que rodean la laguna, que en realidad son dos y se comunican entre sí. Sigue bajando por los peñascos y crea la quebrada Páez, que deja sus aguas cristalinas en el río La Baja, un pequeño riachuelo que llega inerte, ya sin peces por la acidez que dejan las minas artesanales, al río Vetas. Eso sucede poco antes de llegar al casco urbano de California. Pero aquí arriba, el panorama es distinto y las truchas arco iris se alcanzan a ver danzarinas en el agua traslúcida.

Lo que se alcanza a ver desde este punto hacia abajo es propiedad privada de Greystar, aunque la laguna como tal es del Estado. Incluso, la empresa planeaba en su proyecto fallido construir una de sus plantas de lixiviación con cianuro justo debajo de la laguna. “Ahí están las incoherencias del Estado, que le dio permiso a una multinacional para que explorara el oro durante 15 años en una zona que ahora, dicen, es protegida”, dice Juan Manuel Guerrero, músico y concejal de California, y quien ofició como nuestro guía.

Pero lo cierto es que Greystar ya invirtió 150 millones de dólares y encontró el oro. La reserva está cantada. La gente de California prefiere que una empresa sólida, que ofrece tecnología para mitigar los daños ambientales, sea la que explote la mina. “De no ser así, llegarían los ilegales y con ellos la guerrilla y los paras. Sería como hace 15 años. ¿Quién nos asegura que el Estado sí los podrá controlar?”, pregunta nuestro guía.

El frío y la nubosidad del medio día se toman la cumbre de Páez y nos obligan a bajar. El regreso se torna nostálgico y contradictorio. Todo el terreno que alcanzamos a ver desde la carretera que bordea el río La Baja tiene dueño. Aquí todos saben de quién es qué. Lo que vemos a la derecha es de Ventana Gold, una multinacional que acaba de ser adquirida por Eike Batista, declarado por la última revista Forbes como el octavo hombre más rico del mundo. Más abajo hay terrenos adquiridos por Galways y Calvista, empresas que llegaron hace apenas unos meses.

¿A qué hora se apoderaron de toda esta tierra las multinacionales?

“El Estado se dedicó a ahogar a los pequeños y medianos mineros”, responde el alcalde de California, Merardo García. Y explica que los mineros artesanales que han explotado esta tierra desde hace 400 años no recibieron capacitación cuando se cambiaron las normas para la explotación minera. Agobiados con trámites y papeleos que no entendían, cayeron en manos de estafadores y se vieron sin opciones porque no podían cumplir con las nuevas leyes de control ambiental. En ese justo momento llegaron las empresas con capital extranjero, ofreciendo cifras astronómicas por los terrenos y las licencias. Un negocio fácil.

La mayoría de los mineros se deslumbraron y vendieron. Se fueron al exterior o a Bucaramanga llevándose su dinero. Otros, un poco más hábiles, hicieron mejores negociaciones y cerca de 20 alcanzaron a quedar como socios minoritarios de las multinacionales. Otros quedaron como arrendatarios de los nuevos dueños. En California ya no hay pequeños mineros.

“¿Ahora sí me entiende por qué la única posibilidad de ser alguien en este pueblo es que se desarrollen estos proyectos? Llevamos cientos de años en el olvido. No nos pueden negar la opción de que alguien haga bien las cosas”, argumenta el alcalde.

A las cinco y media de la mañana y con cuatro grados centígrados de temperatura, el parque de California es un hervidero. Decenas de hombres y muy pocas mujeres, ataviados con cascos, botas y loncheras, esperan los buses que los lleven a los campamentos de Greystar.

Ese privilegio lo lograron hace apenas cinco meses. Antes tenían que caminar para llegar a su trabajo. “Esta empresa nos ofrece mejores salarios, nos da tiempo y plata para estudiar, nos dan becas para nuestros hijos, por eso la apoyamos”, explica uno de los pocos mineros que se decide a hablar. Los trabajadores aseguran que Greystar es la que paga mejores salarios y ofrece mejores condiciones laborales. “No son las ideales, se pueden mejorar, pero es que quedamos solos en medio de un conflicto y tratando de negociar con una multinacional”, dice el concejal.

Cuando los mineros se van, el pueblo se sumerge en el letargo. Hay muy poca actividad comercial y ninguna agropecuaria. Todo gira alrededor del oro. “El desarrollo minero es inevitable, la cuestión es ¿qué nos va a quedar: solo 3,1% de regalías? ¿Cuáles son las obras sociales que le quedarán a la comunidad, cómo harán las empresas la compensación por el daño ambiental?”, se pregunta Édgar Osma, uno de los pocos comerciantes que está pensando en el futuro y planea construir un edificio para arrendar habitaciones a las decenas de contratistas extranjeros que ya empiezan a llegar.