Eva Ekvall, Miss Venezuela, luchó por su vida hasta el final

Eva Ekvall falleció el sábado 17 de diciembre el 2011 en Houston (EEUU), después de enfrentar un cáncer de mama que le fue diagnosticado en 2010.
Eva Ekvall, Miss Venezuela, luchó por su vida hasta el final

Después de ser la cuarta mujer más hermosa del mundo y de convertirse en una famosa presentadora en su país, un cáncer de seno hirió a esta exreina venezolana en su más íntima vanidad. Confesiones de una mujer sensible que hizo público su dolor. una tragedia que mata al año medio millón de mujeres.

«Lamentablemente el cáncer tuvo la última palabra», declaró el escritor Leonardo Padrón al canal privado Globovisión, quien confirmó la muerte de Ekvall, de 28 años. Indicó que la actriz y presentadora tenía una larga batalla y estaba demostrando una templanza y un coraje extraordinarios en su lucha contra el cáncer.

Ekvall, después de ser diagnosticada de cáncer, llegó cuestionar la utilización de la salud como medio para lograr la belleza y no para prevenir y curar enfermedades.

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«Ya sé lo que se siente no tener un pelo de tonta», publicó Ekvall en su cuenta de Twitter el 10 de marzo tras afeitarse la cabeza, según recoge en su libro.

En Venezuela «se invierte mucho dinero en verse bella y no en salud», consideró la modelo, que reivindica la prevención en salud como otra forma de cuidarse físicamente porque si estás enferma -aseveró Ekvall- no te vas a ver bella.

La exmiss documentó el proceso de su enfermedad con las fotos del conocido fotógrafo venezolano Roberto Mata que, después, se convertirían, junto a los correos que la modelo envió a sus familiares, en el libro "Fuera de Foco".

Después de ser la cuarta mujer más hermosa del mundo y de convertirse en una famosa presentadora en su país, un cáncer de seno hirió a esta exreina venezolana.  

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En el mes de abril del 2011, Eva Ekvall fue portada de nuestra revista. Aquí reproducimos la entrevista completa realizada por el periodista Martín Franco.  

«Sobrevivir al cáncer no me hace una heroína» Eva Ekvall

Confesiones de una mujer sensible que hizo público su dolor. Una tragedia que mata al año a medio millón de mujeres.  

I. El dolor y la risa

El 10 de marzo del 2010, casi un mes después de someterse a su primer tratamiento de quimioterapia, la ex-Señorita Venezuela Eva Ekvall Johnson –tercera princesa en Miss Universo 2001–, se afeitó la cabeza y escribió en su Twitter: «Ya sé lo que se siente no tener un pelo de tonta». Había pasado casi un mes desde aquel fatídico 12 de febrero cuando, luego de un primer examen realizado días atrás, recibió una llamada de su ginecólogo para advertirle con voz grave y perentoria que debían hablar ese mismo día.

«En cuanto presioné la tecla que finaliza la llamada, comencé a temblar», escribe Ekvall en su libro Fuera de foco, el testimonio de nueve meses de lucha que pronto estará en las librerías colombianas.

Ese día, en el consultorio del ginecólogo Francisco Brandt, el mundo se les vino abajo a Eva y su esposo, el periodista colombiano John Fabio Bermúdez: sin dar muchos rodeos el médico les informó que Ekvall sufría de un cáncer de mama avanzado y les advirtió que debían actuar rápido porque la enfermedad era delicada. «Fue una noticia muy fuerte, un golpe durísimo –le dijo Bermúdez a CROMOS–. De inmediato me asusté y pensé que podía morirse. Estábamos muy confundidos porque esta es una enfermedad silenciosa, algo que no puedes creer».

Pero Eva sí tenía motivos para pensar que algo grave sucedía: no sólo contaba con antecedentes de cáncer de seno en la familia –su abuela y su tía lo sufrieron en el pasado–, sino que, mientras estaba embarazada de su hija Miranda, notó la aparición de unos ganglios en el seno izquierdo a los que decidió no hacerles mucho caso. Cuando nació su hija –poco más de seis meses antes de ese 12 de febrero–, Eva no logró amamantarla porque sufría terribles dolores en el seno y tampoco le salía una gota de leche.

Aun así, dejó pasar el tiempo y sólo se le ocurrió pedir ayuda cuando ya el malestar era tan insoportable que no le permitía dormir del lado izquierdo. Acababa de bautizar a su pequeña hija, trabajaba como presentadora en un conocido noticiero de televisión en Venezuela, era una figura pública reconocida y, sobre todo, dueña de una belleza envidiable que se encargó de abrirle muchas puertas en su carrera.  

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Luego vino la noticia. Y el dolor.

Escribe Eva: «En ese momento se me aguaron los ojos y pensé en mi familia, en la injusticia del asunto, en las ganas que tenía de gritar y, sobre todo, en mi ignorancia injustificable. Yo no tengo excusa, he debido examinarme antes, tengo meses viéndome un cáncer gigante en la teta y nunca me di cuenta. Estúpida, estúpida, estúpida».

Supo, pues, que vendrían tiempos difíciles. Y entonces, para evitar que le preguntaran a cada instante por su estado, y buscar algo de paz, decidió agrupar a sus seres queridos y enviarles correos electrónicos con los avances de la enfermedad (correos que, sumados a las fotos que le tomó el fotógrafo Roberto Mata durante el proceso, se convertirían después en el libro). Lo cierto es que Eva escribió para liberarse; puso en palabras su realidad, su dolor y sus pensamientos con el fin de intentar comprender lo que le sucedía y que a veces, muchas veces, se resistía a creer.

También esgrimió otra de sus armas para ganarle la batalla a la enfermedad: el humor. Por eso el ‘tweet’ cuando se rasuró la cabeza. Y por eso las decenas de frases en sus correos que, en medio del dolor, lograban arrancarles sonrisas a sus familiares: «Debo decir que el look Sinead O’Connor me luce estupendo. La modestia la dejé en el quirófano», escribió en uno. «Sé que parece que este e-mail lo escribí luego de una sobredosis de Paulo Coelho», puso en otro. «Eso de dejar las cosas a medias era típica vaina mía», redactó luego de contar que no podía amamantar más a Miranda.

«Me gusta ver las cosas con sentido del humor, pero tampoco es tan fácil –contó Eva a CROMOS–. No es que desde el día que me diagnosticaron yo me estuviera riendo, pero con el tiempo no me quedaba otra opción. Era mi arma, mi forma de defenderme, aunque la verdad creo que eso ayudó más a mi entorno. Así era: en momentos incómodos o de dolor yo soltaba un chiste para que supieran que no debían ponerse mal conmigo».  

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Y así, entre el dolor y la risa, fue pasando el cáncer.  

II. «No es fácil ser algo que no has buscado»

Existen cientos de razones por las que Eva habría podido convertirse en una de las cabezas visibles de la lucha contra el cáncer de seno. Habría podido ser, digamos, como la cantante australiana Kylie Minogue, a quien le diagnosticaron cáncer en 2005 y prestó su imagen para una campaña al lado de Claudia Schiffer y Sienna Miller con el fin de recaudar fondos para combatir la enfermedad. Habría podido convertirse en una conferencista exitosa, una figura pública reconocida por superar este terrible mal luego de una operación en la que le amputaron y reconstruyeron los dos senos y ahora dedicarse a recorrer el mundo contando su historia.

Pero las cosas han sido un tanto diferentes. Desde que supo que tenía Cáncer Mamario Inflamatorio en Fase II, Eva y su esposo John Fabio buscaron la ayuda de Bolivia Bocaranda, amiga y presidenta de la fundación SenosAyuda, una institución encargada de aconsejar y acompañar a las víctimas de una enfermedad que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se lleva a más de 460.000 mujeres en el mundo cada año.  

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Y aunque a partir de ese día han trabajado juntas en distintas actividades, Eva es enfática al afirmar que no quiere ser vista como una líder espiritual ni mucho menos como la dueña de una verdad que no conoce. “No es fácil hablar del tema todo el tiempo ni ser algo sin habértelo buscado. A mí simplemente me pasó esto y sé que es completamente natural y válido que muchas personas se sientan identificadas conmigo. Pero a veces es difícil ser la consejera de todo el mundo cuando yo soy solo una persona normal. No siento que uno deba cambiar por completo después de una enfermedad; de hecho, sigo teniendo los mismos problemas, las mismas quejas de antes. Sigo siendo la misma persona. Creo que no he cambiado ni me gustaría cambiar por esas cosas”, dice con una seguridad pasmosa.

En cualquier caso sería una necedad creer que nueve meses después de un cáncer que la puso a prueba y le dejó varias cicatrices regadas por el cuerpo, su vida no ha cambiado en algún sentido. Sin duda, el haber tenido conciencia de la muerte, el saber que a los 28 años su vida podría acabarse, el entender que quizás no iba a poder ver crecer a su hija, le enseñaron algo. La hicieron crecer.  

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Escribe Eva: “Le agradezco al cáncer el haberme devuelto mis ganas de vivir. Un compañero que me dijo que estaba haciendo las cosas mal, el único que se atrevió. Que llegó en el momento justo y se fue cuando aprendí mi lección. Gracias, cáncer, por recordarme quién soy y de qué soy capaz”.  

III. Lo que queda tras unas cicatrices

“Luego de la operación me costó muchísimo volver a mirarme al espejo –relata Eva–. Durante mucho tiempo me sentí golpeada; verme me hacía sentir como una especie de Frankenstein porque tenía un montón de cicatrices: una en el pecho, otra en la espalda, una más de la cesárea que me hicieron cuando nació Miranda… donde tú me veas, desde el ángulo en que me veas, hay una cicatriz. Eso me frustraba, me ponía triste. Sin embargo, me sentí mejor después de una entrevista que me hizo Jaime Bayly en la que se refirió a ellas como trofeos, como heridas de guerra”.

Pero más allá de las marcas que le dejó la enfermedad lo verdaderamente difícil para Eva ha sido vencer la incredulidad. “Yo todavía no termino de superar la idea de que tuve cáncer”, dice. Y es que ahí, precisamente, reside el peligro de este enemigo silencioso: en que la gente escucha las historias de los otros, se compadece, se apiada, pero piensa que jamás le va a suceder algo así. Que una mujer puede estar en el punto más alto de su carrera, tener una familia ideal, un trabajo estable, sentirse realizada, y mientras tanto el cáncer puede esparcirse sigiloso y cambiarle la vida de repente. En un minuto. Y no solo su vida, claro, pues al final quienes sufren son todos: su familia, sus amigos, su círculo cercano.  

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“El cáncer mata a la gente y a su familia, se las traga vivas –relata John Fabio al otro lado del teléfono–. Económicamente, por ejemplo, a nosotros nos tocó durísimo porque el seguro apenas cubría una parte muy pequeña del tratamiento. Por eso yo creo que al final de nuestra historia con Eva hay un triunfo de la familia, de un grupo de personas que se pusieron de acuerdo para salir adelante y en el que cada uno aportó algo. Y eso es lo que se quiere plasmar en este libro: que el cáncer no es solo para una persona sino para un grupo grande de gente”.

Y aunque no quiere convertirse en un símbolo de nada, ni menos en guía espiritual de nadie, no se puede negar que la forma en que Eva ha llevado el cáncer la convierte en un ejemplo para muchas mujeres que sufren del mismo mal. Quizás fue por simple instinto de supervivencia, porque no quería perderse de ver crecer a su hija o porque, simplemente, no estaba dispuesta a dejar solo a su marido (“El cáncer me confirmó la buena elección que tuve al haber elegido al esposo que escogí; no me imagino un mejor compañero que John Fabio”, dice), pero lo cierto es que al hacer público su dolor, al tener la valentía de exponer una tragedia que afecta a las mujeres en su vanidad más íntima, al mostrarse fuerte y atreverse a hacer bromas sobre su situación y, sobre todo, al no parar un solo día de trabajar y sonreír frente a la cámara del noticiero con una peluca puesta, es inevitable que esté en boca de todos. Así no quiera.  

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Fotógrafo Roberto Mata www.robertomata.net/ Estudio www.contralapared.com.ve Maquillaje Luis Enrique Urbano

Archivo CROMOS