Evelio Rosero Diago, un sobreviviente de la literatura

La historia de este escritor bogotano está llena de intentos frustrados por lograr que Colombia reconozca sus obras. Su novela Los ejércitos, Premio Nacional de Novela 2006, parece por fin haber vencido. Acaba de ganar el Independent, que se entrega en el Reino Unido al mejor libro de ficción traducido al inglés. Resumen de un hombre terco.
Evelio Rosero Diago, un sobreviviente de la literatura

Evelio Rosero se siente tan bien escribiendo que prefiere responder las entrevistas por correo electrónico. Eso dice. Aunque en realidad parece que tal decisión obedece más a un halo de timidez que ronda a este bogotano de 53 años que escribe y publica novelas y cuentos desde los 20. Incluso pareciera intimidarse ante un auditorio lleno de estudiantes, pero una vez comienza a hablar sobre su oficio de escritor, se le ve más cómodo y va entregando sus respuestas hasta entrar en conexión total con su público.

De hecho, cuando se le pregunta cómo y por qué comenzó a escribir, alude a una niñez solitaria. Evelio se fue muy pequeño a Pasto y quedó atrapado en la enorme y bien abastecida biblioteca de su papá. Leyó Madame Bovary a los 10 años y siguió con los clásicos rusos del siglo XIX, de tal manera que a los 13 decidió, con total determinación, que sería escritor.

Y empezó a escribir. Primero poesía y publicó sus versos en el Magazín Dominical de El Espectador. Luego cuentos y debutó con ellos en Lecturas Dominicales de El Tiempo. Para entonces tenía 20 años y estaba en Bogotá estudiando Comunicación Social, convencido de que en la universidad encontraría las claves para ser escritor.

En cuarto semestre se dio cuenta de que no sería en un aula donde podría desarrollar su pasión. Pensó entonces, como muchos otros prospectos de literatos y artistas, que irse a Europa sería la solución, que París o Barcelona le darían ese soplo de inspiración y que estaría más cerca de las puertas de las editoriales. Después de casi cinco años de sobrevivir con los trabajos típicos para latinos, descubrió que no era necesario pasar hambre allá para encontrarse con sus sueños, sus personajes y sus letras. “Desmitifiqué París”, dice.

Aun así se declara satisfecho porque al tiempo que vendía bombas en la playa o lavaba carros pudo terminar la que considera su primera novela, Juliana los mira. Y escribió la segunda, El incendiado.

Pero en ese momento empezó su tortuosa relación con las editoriales. Envió Juliana a varias casas de Barcelona y se la rechazaban sin siquiera leerla. La razón: no les interesaba en aquel momento ningún escritor latinoamericano, porque después de García Márquez y Vargas Llosa, el boom era de los escritores españoles.

Decidió que los concursos podrían ser su alternativa. Participó en el de Anagrama, quedó finalista y publicaron Juliana los mira, en 1986, después de que se la habían rechazado un par de años atrás. “Fue traducida a varios idiomas y empecé a sobrevivir de la literatura. Pensé que había llegado el momento de que mi obra se conociera, pero cuando revisé las pruebas noté que habían cambiado varias palabras para volver el texto al español de España”.

El ímpetu del joven Rosero lo empujó a escribirles una carta de reclamo, “quizá algo agresiva”, recuerda hoy. El resultado: su novela no llegó a Colombia y tuvo una mínima promoción. Mal comienzo, pensó. Pero había que seguir. Ya en Colombia, se postuló para una beca en Proartes y consiguió que Planeta publicara su tercer libro El incendiado, pero tampoco hubo fortuna: “Nunca lo vi en las librerías, pasó desapercibido”.

Fueron más de 15 años de amargas experiencias. Recuerda, ya con sorna, que alguna vez una editora le sugirió que se sentaran a reescribir el final de uno de sus cuentos infantiles. “No respetan al escritor y como si no fuera suficiente con las dificultades para sobrevivir como escritor, hay un robo descarado”. Se refiere a las cifras de los libros vendidos que reportan las editoriales y las regalías que les reportan a los escritores.

Por eso, cuando tuvo listo Los ejércitos y ya iba camino a la oficina de correos para entregarlo a una editorial colombiana, paró en un café internet. Seguía con su idea de participar en concursos, a pesar de saberse sujeto al azar y de no tener mayores influencias ni conocidos. Se encontró con la convocatoria al II Premio de Novela Tusquets y la envió. ¡Ganó! La editaron en 2006. Solo en ese momento pudo encontrar lo que había buscado de manera sucesiva con cada libro: ser conocido en su país. Ese año ganó el Premio Nacional de Literatura.

Pronto llegaron críticas y comentarios de Argentina, México, España. “Me desconcertó, me asustó”, admite con ese temple que se le asoma a pesar de la timidez. Agradece el reconocimiento pero ahora está en la campaña de mostrar sus otras obras. De hecho, se esfuerza en explicar que En el lejero es el antecedente de Los ejércitos, porque aborda el tema del secuestro, que después sería uno de los ejes principales de la obra premiada.

Y como buen periodista que es (él no lo reconoce) la realidad es su principal insumo. No puede desprenderse de ella. Ve los noticieros, escucha la radio, lee y recorta los periódicos y las revistas. Logró su libro de cuentos urbanos Las esquinas más largas a partir de noticias publicadas en los medios. Y para En el lejero y Los ejércitos no se quedó con lo que publicaron los medios. Apeló a sus dotes de reportero para hacer entrevistas a víctimas del conflicto en Cali. Y logró de manera magistral traducir esa “violencia animal” en una obra literaria.

Este año veremos su próxima novela. Será histórica y revelará aspectos desconocidos de la batalla libertadora en el sur del país. Y promete que levantará ampolla. Ahora que ha llamado la atención, prefiere que sean los libros los que empiecen a hablar por él.

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