Ernesto Sabato, este era su discurso

El escritor argentino, muerto en días pasados a punto de cumplir 100 años, colaboró en más de una ocasión para Cromos.
Ernesto Sabato, este era su discurso

En su homenaje, reproducimos el texto que escribió en 1983, a propósito de un posible conflicto entre Argentina y Chile. Una reflexión que no pierde vigencia para Latinoamérica.

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Los pueblos hispanoamericanos fuimos en el pasado integrantes de una patria grande: nos prestábamos los guerreros, los maestros y hasta los gobernantes. Bolívar luchó por la liberación no solo de su tierra natal sino por la de Colombia, Ecuador y Bolivia; San Martín, de igual modo, en el extremo sur del continente, combatió para liberar del dominio imperial no solo a lo que hoy es la Argentina sino también a lo que hoy son Chile y Perú. Hombres de pensamiento y de acción pasaban de uno a otro país, y servían con pasión a la segunda patria que los acogía, como Sarmiento y Bello. Todos ellos, de una u otra manera, luchaban y sufrían por Hispanoamérica. Los dos grandes libertadores, uno desde el norte y otro desde el sur, ansiaban una gran confederación de naciones hermanas.

Pero el continente fue dividido por las luchas fratricidas, muchas de ellas perversamente alentadas por grandes potencias para mejor usufructuarnos. Bolívar murió en la amargura diciendo que había “arado en el mar”; San Martín terminó sombríamente en un pueblo de Francia, entristecido por el fracaso y la inutilidad de sus batallas. El resultado era previsible: nos empobrecimos materialmente, prosperaron los mutuos resentimientos y fuimos festín de las relaciones imperialistas.

Ha llegado el día, el dramático día, en que debemos recuperar la idea profética de aquellos fundadores. Si los pueblos de nuestro continente no logran integrarse nos espera un porvenir aún más aciago, frente a los dos super-Estados que se disputan, con todos los recursos de las armas, de la propaganda y de las tenazas económicas, el dominio absoluto del planeta. La magna patria soñada –la metáfora es exacta– por los libertadores del siglo pasado parecía en aquel tiempo una lírica utopía: hoy una trágica necesidad práctica. En un mundo apocalíptico, es la única posibilidad de sobrevivencia honrosa.

Tuve como profesor de lenguaje en la escuela secundaria a don Pedro Henríquez Ureña, un dominicano que salió de su terruño para prodigar su talento humanístico primero en México y más tarde en la Argentina. Con su rostro de mestizo, aquel aristócrata del espíritu parecía ser el paradigma de este continente, el símbolo de esta triste pero fascinante América Latina. Aquí se lo trató mal como si fuera argentino, lo que resulta una prueba a posteriori –como diría un filósofo– de la unidad de esta América. También Henríquez Ureña soñó, ardientemente en su juventud, melancólicamente en su crepúsculo, el mismo sueño de la magna patria. Ansiaba que termináramos con nuestras rencillas provincianas, recordando lo nefasto que habían sido para las ciudades-estado de Grecia, predicaba la necesidad de la unión haciéndonos comprender el formidable tesoro de una veintena de naciones hermanadas en la misma lengua, en la misma historia y en la misma tradición espiritual. Y nos decía que esta vasta confederación debía apoyarse en la técnica para levantarnos sobre la miseria, pero cuidando de no incurrir en las torpes alucinaciones de una sociedad materialista. En suma, quería un continente hispanoamericano que no alienase al ser humano en ninguna de sus formas: ni con la explotación de sus hombres ni con la enajenación tecnológica.

La falsa identidad

Estas palabras de aquel humanista deben servirnos para enfrentar el falso problema de la identificación. Debemos unirnos, no pretender la identidad. La identidad solo rige para los entes matemáticos, no para el turbio y complejísimo mundo de los seres humanos. Los latinoamericanos ofrecemos una infinita variedad, al mismo tiempo que ciertos elementos para la unidad. Si una orquesta es válida no es a pesar de que esté integrada por diversos instrumentos, sino precisamente por eso mismo: esa diversidad de timbres es lo que le confiere su riqueza. Esta es la unidad en la diversidad que debemos preconizar para nosotros. No aquella abstracta que predicaban los iluministas y luego los positivistas, aquellas doctrinas que imaginaban al Hombre con mayúscula, especie de entelequia que solo sirvió para facilitar la tarea estandarizadora de la civilización, de la ciencia y de la técnica, que cosifica, deshumaniza y de-sacraliza al hombre. Los verdaderos seres humanos, los que queremos cuidar como preciosos materiales de cualquier cultura y civilización son los pequeños, los concretos, los sufrientes seres de carne y hueso, esos hombres con minúscula que son los únicos que de verdad existen. Cuando ciertos ideólogos nos invocan para sus proyectos al Hombre con mayúsculas, hay que ponerse a temblar, porque terminan torturando, guillotinando o encerrando en tenebrosos campos de concentración a millones de hombres en minúscula.

Así, nuestra confederación, vista la patética experiencia de nuestro tiempo, deberá ser una anfictionía de naciones hermanas, con sus peculiaridades específicas, con las preciosas riquezas de sus culturas propias y sus modalidades idiomáticas. Una anfictionía basada, además, sobre la justicia social.

Patriotas y patrioteros

Luchemos chilenos y argentinos para hacer nuestra parte en esta grandiosa tarea. Ojalá pueda asistir, antes de mi muerte, a los primeros pasos para nuestra integración. Pensemos ya mismo lo que puede hacerse para ir alcanzando la meta final; comencemos en la forma más modesta y práctica con planes de integración económica, cultural, educacional, sanitaria y tecnológica. Y saquemos de nuestro camino a todos los enemigos de la patria grande, a los belicistas de cada lado, que con su miopía, su estrechez provinciana, su chauvinismo de parroquia, son enemigos de nuestro destino continental y, por la fuerza de los hechos, aliados de las dos grandes potencias que nos necesitan divididos para sus fines de dominación. Sepamos, con coraje, distinguir entre patriotas y patrioteros. El sentimiento que une el hombre a la tierra en que nació, vivió, amó y sufrió es tan noble como el sentimiento de familia. Pero porque queremos a nuestra familia somos capaces de entender y respetar a las familias ajenas. Del mismo modo, el noble sentimiento de patria nos hace comprender y respetar a las otras patrias: es un sentimiento que acerca, no que distancia; es un sentimiento de amor, no de odio. A la inversa del patrioterismo, que es bajo y mezquino, presuntuoso, plagado de vanidad y amor propio, que nos aleja y nos hace odiar a otra patrias.

Esta empresa solo puede hacerse en la paz.

No se trata de declinar la dignidad de cada uno de nuestros países con el solo fin de evitar una guerra; no se pide la paz al precio de la deshonra, como sería la negativa al combate en una nación invadida y deshonrada por una gran potencia extranjera, como fue el caso de Francia ocupada por los nazis, el de Viet Nam por los norteamericanos y, ahora, el de Afganistán por los rusos. Lo que hay aquí son simples problemas de remotos límites entre dos naciones hermanas. Lo que queremos es que se escuche y acepte el consejo papal, ya que ni siquiera puede imaginarse que esa palabra quiera lesionar el honor, el decoro y la justicia de ninguna de las dos partes. No estamos frente a una atroz invasión de una gran potencia extranjera sobre un país innumerablemente más débil. Se pretende quebrar la pacífica hermandad mediante sutilezas jurídicas, intrincados mapas, bizantinos antecedentes sobre tierras que nadie o casi nadie habita, cuando no somos capaces, ni Chile ni la Argentina, de atender a la dignidad de los hombres, mujeres y niños que sufren graves problemas de miseria y de desamparo hasta en los bordes de nuestras grandes ciudades. Seamos sensatos y pensemos que el problema está en manos de la máxima autoridad moral del mundo cristiano. Y reflexionemos que si esta mediación, si este llamado no fuese atendido por nuestros circunstanciales gobernantes, que para colmo son dictaduras sin ninguna representatividad, nos precipitaremos en una tremenda e irreversible tragedia. Naciones que ya estamos, por obra de esos gobernantes, en la más grave catástrofe moral y material de toda su historia, en parte provocada por los miles de millones de dólares gastados en armamentos para esta empresa suicida.

En tales peligrosas condiciones debemos crear y multiplicar el movimiento de opinión de uno y otro lado de la cordillera, encabezado por hombres que puedan expresar lo que está en el ánimo profundo de nuestros dos pueblos: el ardiente deseo de vivir en paz y armonía. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de desencadenar una absurda matanza que dejará en sangrientas ruinas a nuestros pueblos. Y las madres de los muchachos que morirán o vivirán para siempre mutilados no nos perdonarán jamás el ominoso crimen.

Una sola sangre

Bernardo O’Higgins y José de San Martín combatieron juntos por nuestro común destino frente a la potencia que nos subyugaba. En Chacabuco, en Maipú, en Cancha Rayada, la sangre de argentinos y chilenos se mezcló para siempre de un solo lado de la batalla. Esa sangre no se derramó para dividirnos sino para unirnos en un común destino.

El 27 de septiembre de 1978, en días de grave tensión, un conjunto de ciudadanos declaramos nuestra ansia de paz y recordamos que San Martín y O’Higgins realizaron con sus vidas, sus acciones y sus testimonios lo que un escritor describió como “la fantasía de dos cuerpos regidos por una sola alma”. Y también recordamos que en momentos igualmente graves del pasado, superada la crisis, sobre el Cristo de los Andes, cuyos brazos se extienden hacia los dos pueblos amparándolos, se inscribieron estas palabras: “Se desplomarán primero estas montañas, antes que los argentinos y los chilenos rompan la paz jurada ante el Cristo Redentor”.

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