Los otros ojos de Klaus Kinski

El suizo Beat Presser expone hasta el 30 de junio en el Mambo, 31 fotografías del legendario actor alemán Klaus Kinski, a quien conoció más allá de su carácter neurótico y enigmático. También vino a enseñar cómo su oficio es un asunto de dedicación.
Los otros ojos de Klaus Kinski

Para Beat Presser , haber conocido al actor Klaus Kinski es, sobre todo, un buen recuerdo de su trabajo. Pero no se ufana de eso. Con algo de resignación, cuenta sus experiencias al lado del polémico actor mientras filmaban las películas Fitzcarraldo y Cobra verde. Presser hizo las fotos del rodaje y 31 de ellas se exponen en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo).

Las imágenes muestran en escena al controvertido actor, famoso por su carácter explosivo y neurótico, pero quien le confió a Presser, como a nadie, su mirada de demente. También sobresale en la exposición la instantánea del barco de vapor de Fitzcarraldo que fue llevado por la selva amazónica con Kinski como testigo. La exhibición fue el pretexto para que el fotógrafo suizo volviera a Colombia por tercera vez. Su última visita fue en 1986, para la filmación de Cobra verde en Cartagena, Cali, Villa de Leyva y La Guajira.

Presser publicó dos libros sobre Kinski después de conocerlo a fondo. “Siempre se ha dicho que era como un diablo pero era diferente y muy profesional, directo y claro”.

La amistad, sin embargo, no alcanzó a ser una obsesión. De nuevo con resignación, Presser cuenta que el público, las galerías o los museos se interesan más en los retratos de Kinski que en sus otros trabajos. Esa amistad también incluye al alemán Werner Herzog, el director de ambos filmes y de quien también hizo un libro. “Klaus era el actor en su mundo mientras Werner tiene la capacidad de crear mitos, para él es muy importante realizar sus sueños”, dice.

Hace más de 25 años, Presser se alejó del cine y ese registro de su relación con dos personajes polémicos es solo una pequeña parte de su trabajo. Con sus cámaras Hasselblad y Leica (una de ellas cuelga de su cinturón como un amuleto), ha recorrido el mundo y se ha dedicado a proyectos que le pueden tomar varios años.

El resultado está en sus fotos de personajes anónimos que toma con mirada antropológica; en paisajes de Vietnam, Madagascar, México y Suiza, en una serie sobre el budismo y, recientemente, en una visión de la vida en el mar. “Llevo dos años trabajando en los viajes en dhow, un barco árabe antiguo de vela que va de la India a África. Fue algo peligroso porque me podía encontrar piratas de Somalia”, cuenta. Una aventura más en un oficio que hoy también disfruta enseñándolo: “Creo que cuando alcanzas un nivel debes pasar el conocimiento a otros”.

Por eso también vino a Colombia, para tratar de transmitir la sensibilidad del oficio en algunos talleres, con una mezcla de mente y corazón a la que le añade su constancia en el laboratorio que la era digital puso en desuso y que en él es una rutina esencial. Una dinámica en la que caben esos fotógrafos a los que quisiera alcanzar: Henri Cartier Bresson, Richard Avedon, Irving Penn, Duane Michals y Milton Rogovin. Con algo de decepción, concluye: “Los que considero grandes fotógrafos han muerto recientemente”.

Quizás está cerca de alcanzar a sus maestros, pero Presser anda sin afán,  movido por una curiosidad inmensa que lo acerca a la concepción que hoy tiene de su trabajo: “La fotografía no es una profesión, es una ciencia que ya superó muchas posibilidades”.

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