En la intimidad con Germán Efromovich

El mismo que ha sumado a su fortuna petróleo, hoteles, cultivos de café, piña y palma africana, y hasta taxis, completando 30 empresas en su bolsillo nos abrió las puertas de su "casa".
En la intimidad con Germán Efromovich

¿Cómo es un rico por dentro? Entro en su habitación en el JW Marriot con el impulso del que va a entrar a una gran pista de baile, pero rápidamente la realidad me pone a bailar en una baldosa. La suite que le sirve de casa en Bogotá a Germán Efromovich es pequeña, muy pequeña. Mucho más para la procesión de gente, entre fotógrafos, asistentes y videógrafos, que me acompañan. Todavía dudo de que sea cierto y busco una puerta adicional que me lleve a ese espacio grande y lujoso donde voy a encontrarme con el mayordomo. Pero no hay más caminos por ninguna parte. Para empeorar la situación, al tiempo que nos da la bienvenida, cierra discretamente la puerta de su dormitorio. Se reduce más el escenario en la 424. Nos queda una salita. No hay más remedio que improvisar. Invento que la fotógrafa quiere decirle algo –el toque femenino nunca falla– y antes de que él se voltee a verle la cara de no tener ni idea, hablo por ella: “Quiere entrar en su dormitorio”. La mira, hace una pausa, y le pregunta: “¿Qué está pensando hacer ahí? ¿Cosas malas?”. “Sí”, responde ella, medio aturdida, medio desafiante. “¡Ah, entonces siga!”, sentencia. Mientras el grupo traspasa la codiciada puerta, me quedó conversando con el dueño de Avianca, ataviado con zapatos cafés sin medias, sentado a sus anchas en la diminuta salita. Estoy por creer que es cierto eso que dicen de él: que en algún momento vivió en un contenedor en Chile con su familia.

¿Por qué vivir en un hotel y no en un apartamento en Bogotá?

Como mi familia no está conmigo, y yo soy itinerante, aquí tengo lo necesario, me levanto a cualquier hora, tengo el desayuno, tengo la ropa lavada y si se rompe algo alguien viene y lo arregla. Si yo tuviera aquí a mis hijos y a mis nietos, no sería así.

¿Cuánto lleva ya viviendo aquí?

Desde que llegué a Colombia, en el 2002.

¿Le ha cogido cierto gusto a los hoteles?

Tanto que compré cuatro. Cartagena de Indias fue el primero, el juguete. Después Las Lomas, el Intercontinental de Medellín y el de Pereira.

¿No necesita más espacio? Con todo respeto, pensé que la suite de un hombre rico iba a ser un poco más grande.

No. Esta habitación tiene todo lo que necesito. Mi mesa, mi computadora, mi teléfono, mi televisión, tiene mi impresora, tengo Wi-Fi, tengo una terracita, y tengo mi habitación. No necesito más que eso. Yo estoy en mi oficina a las seis y media de la mañana. Y aquí llego a veces a medianoche porque voy a comer con alguien, un amigo, un cliente, alguna cosa así. Vengo aquí prácticamente a dormir.

¿De los 365 días del año cuántos duerme en este hotel?

La mitad.

A los hombres poderosos no es común encontrárselos por ahí. Usted es de las pocas excepciones. ¿Por qué lo hace?

Primero, no me considero poderoso, y segundo, mi gran fortuna es relacionarme con la gente. Esa es mi fortuna real.

¿Y se lo creen?

¿Usted sabe cuál fue el testamento de Alejandro Magno? Él dejó tres deseos. Uno, que su ataúd fuera cargado por sus médicos. El otro, que todos sus tesoros fueran tirados al suelo a su paso. Y el tercero, que sus manos estuvieran afuera del ataúd. Y ahí le preguntaron: “¿Por qué?”. Y él dijo: “Que estén los médicos para que perciban cuán incompetentes fueron en salvarme la vida. Las riquezas en la tierra porque uno no se las lleva, entonces hay que dejarlas donde estaban. Y las manos por fuera porque uno vuelve de donde vino con las manos vacías”.

A su jefe de seguridad no le debe gustar mucho su manera de ser tan abierta.

Sí, debe ser. Nunca se lo he preguntado. (Desde hace nueve años, Alirio Alzate es su jefe de seguridad y todavía no se acostumbra a que su jefe se quiera bajar, de pronto, en un kiosco a tomarse un café o a comerse un perro caliente, la tensión aumenta mucho más ahora que la gente ya lo reconoce)

¿Siempre ha trabajado con usted?

Desde que llegué a Colombia. Me conoce mucho más de lo que yo pienso, creo. (No está equivocado. Alirio sabe, por ejemplo, que cuando su jefe se sube al carro la emisora tiene que estar en los 96.9 de Radio Melodía, porque la música antigua lo tranquiliza, y que cuando viene a Colombia no perdona comerse una hamburguesa, no importa que sus invitados sean ricos empresarios, como los coreanos que sentó recientemente en las butacas de El Corral del aeropuerto, con títulos suficientes para clasificar a Pajares Salinas).

¿Usted es un buen jefe?

¿Me lo está preguntando a mí? Pregúnteselo a la gente que trabaja conmigo. Si me tengo que autojuzgar, diría que soy más pa bueno que pa malo, pero soy muy exigente, eso sí. Tengo un problema ahí, soy explosivo. No me trago lagartos, yo digo lo que pienso. (Según Alirio, lo único que lo saca de casillas es que le digan mentiras. Para él, más que el jefe es como un amigo que raras veces tiene plata en el bolsillo, su trabajo incluye pagar sus antojos súbitos, como el chocoramo de tienda que no falla).

¿Fabio Villegas ha sido víctima de sus explosiones?

No. Yo no soy violento. Pero lo que yo le digo a mi gente es que mientras yo esté “exaltado”, entre comillas, usted esté tranquilo porque me importa. El día que me calle, preocúpese, porque quiere decir que no me importa más. Es complicado pero es verdad.

¿Está casado?

Sí, solamente hace 37 años y con la misma mujer, Hilda.

¿Esa mujer no hubiera preferido alguien menos exitoso y más casero?

Después de 37 años no sé qué decirle. Ha reclamado mucho pero hoy ya se acostumbró con la idea y creo que no serían muchas las mujeres que aguantarían este tipo de vida que yo llevo.

Si usted pasa la mitad del año aquí, ¿cuánto pasa con su esposa?

Bastante poco. Hoy día muchos más, o sea, como mis tres hijas ya se han casado, ella no tiene mucho compromiso y me acompaña cuando hago viajes más largos. Pero he llegado a pasar 220, 230 días en el año fuera de mi casa en Brasil.

Una relación con tanta distancia, ¿cómo la maneja?

Normalmente todos los fines de semana estoy en la casa. Entonces la cosa no es tan terrible. Por el efecto psicológico de no estar, cuando llego me dedico en cuerpo y alma a ellas.

Me dice que casi todos los fines de semana está allá. Eso es un récord de kilometraje en avión, ¿o no?

¡Ah, no, eso se lo gano a mucha gente! El único que me la gana a mí ¿sabe quién es? George Clooney y su película Amor sin escalas (Up in the air), donde representa a una persona que completó 10 millones de millas. Después de comprar Avianca ya no tengo acumulación de millas, pero hasta el 2002 tenía acumuladas seis millones de millas. 3’700.000 en American, 1’800.000 en British y otras, prácticamente 6 millones y un poco. Si usted considera que 20, 30% son bonos o tarjeta de crédito, el resto son volando sentadito en la silla.

¿Este año cuántas lleva?

No sé, no cuento más.

El pasado de los grandes hombres es susceptible de muchos mitos, dígame de estos cuáles son ciertos: que vivió con su familia en un contenedor.

Eso es verdad. En 1957 y 58, en Arica, Chile, con mi mamá, mi papá, mi primo y yo. Era una caja metálica, había seis contenedores en esa villa y vivían seis familias más.

Una situación dura.

No tener ciertos conforts y hasta ciertos lujos no quiere decir ser miserable. Era una condición apretada, mi primo y yo encima de unos baúles donde había un colchón y mis padres tenían una cama más o menos en el fondo del contenedor.

 ¿Qué edad tenía?

Yo tenía más o menos ocho años.

¿Esa fue su primera casa?

No, mi primera casa fue en Bolivia.

Nació en Bolivia. ¿Qué recuerdo le queda de esa parte de su vida?

Casi ninguno porque salí de ese país a los cuatro años.

Alguna imagen.

Una de ellas fue cuando nació mi hermano. Somos tres y el menor nació el 24 de diciembre de 1954, a las doce de la noche en La Paz. Otra, cuando mi mamá me ponía debajo de la cama, porque era la época de Víctor Paz Estenssoro, donde había revolución un día sí un día no, y con tiros y cosas. Los tiros entraban por la ventana y mi mamá nos escondía debajo de la cama.

Otro mito: que lavó platos en Nueva York.

Eso lo hicimos para ganarnos unos pesitos, porque uno llegaba ahí y obviamente no tenía el dinero para pagar hoteles, entonces uno se quedaba en la casa de parientes, y tomaba el metro para llegar a Manhattan, citaba en hoteles a las nueve de la mañana porque llegaba a las siete, y la gente no sabía que usted no estaba en el hotel bonito. Hacía parte del show. Yo ya estaba casado. Así buscaba a los empresarios con mi primera empresa.

¿Esa qué empresa era?

Eran dos empresas, una de servicios y otra que representaba a los equipos que nosotros mismos teníamos que usar para prestar los servicios, que eran máquinas de rayos equis. Era un equipo de gamagrafía y yo era uno de los pocos ingenieros que tenía certificación para radioprotección. En las radiografías, como hay irradiación, el trabajo era de noche. Hacíamos radiografías de soldadura de tubos y caños y mirábamos si había quedado una grieta, porque al día siguiente tendrían que arreglarlo.

¿Le fue bien?

Llegué hasta aquí, ¿no?

¿Ese fue el primer negocio?

Sí, comenzamos con 384 dólares.

Otro mito: que vendió enciclopedias.

Sí. Eso era un año antes de la universidad, todavía estaba en secundaria y vendía la Enciclopedia Científica del Time Life en São Paulo, en los momentos que no tenía clase o que no tenía que estudiar.

¿Era bueno vendiendo?

Hay gente que me conoce que dice que yo consigo vender hielo a esquimales, o un vaso de agua a un buceador que se está ahogando.

Último mito: que abrió con unos amigos del colegio una escuela de validación de bachillerato.

No, no, la cosa no es bien así. Abrí una escuela cuando estaba en la universidad que era para preparar a adultos, mayores de 18 años, que por cualquier motivo no fueron al colegio. Porque en Brasil hay un programa en que usted puede conseguir el diploma de bachillerato, pero para eso tenía que prepararse durante uno o dos años, dependiendo del nivel de examen que quería presentar. Yo abrí una escuela para preparar a esa gente.

¿Y qué tal le fue?

Comencé en una salita que era la mitad de esta habitación, con seis alumnos, yo mismo hice la pizarra y la pinté de verde, y era el contador y el secretario, y en la noche daba clases. Cuando la vendí teníamos 60 profesores y 1.500 alumnos. Tuve un alumno bastante ilustre. En esa época era el secretario del sindicato de los metalúrgicos, y se volvió presidente de la República. Lula nunca fue al colegio y cuando yo lo conocí el señor hablaba mal el idioma. Tendría unos 24 años y yo unos 22.

¿Es menos ingenuo que antes?

Obviamente. Con 30 años de carrera, habiendo pasado por todo, andando por todo el mundo, si usted no es menos ingenuo es porque es bruto.

¿Hay algún lugar donde no deja de ir de vez en cuando para recordar que usted viene de abajo?

Yo no tengo ese problema de recordar o no recordar que vengo de abajo porque aunque puedo tener lo que quiero, yo no cambié mucho mi estilo de vida. Obviamente no vivo en un contenedor, pero tampoco vivo en un palacio. Yo no tengo yate, no juego al golf. Con respeto a todos los jugadores de golf, yo me comería el palo o la pelota del tedio en ese juego. Yo manejo un carro del 92 en Brasil.

¿Qué carro?

Un Ford Galaxy, 1992, y ofrezca que no se lo vendo. Y no vale 2.000 dólares.

¿No es para nada compulsivo?

Sí, terriblemente compulsivo. Por eso nos hemos diversificado y tenemos más de 30 empresas.

¿Caprichos no tiene?

Yo no tengo problema de ropa de marca, de Armani o de no sé qué. Si mi señora no me separa la ropa y me la deja combinada, yo soy capaz de salir con zapatos azules y medias rojas.

¿En qué momento pasó de la carencia a la opulencia?

Opulencia es cuando uno vive con mucha extravagancia, pero yo no me considero extravagante. Me puedo dar lujos, puedo ir a Nueva York a comprar el iPad2 sin preguntarme si me va a faltar dinero para pagarlo, pero no se me antoja un Maserati.

¿Ni ir a París?

Eso nunca se me puede antojar porque lo hago de trabajo. Yo ir a París y volver, es como usted ir a la esquina. Yo fui durante tres años a París, y no conocí París. Al cuarto año fue que me saqué un fin de semana para conocerlo. Iba en la mañana, reunión en el aeropuerto, de pronto un almuerzo en la ciudad, pero en la noche me volaba.

Su primera compra significativa con su primera ganancia en la vida.

Un carrito verde Matchbox de carrera, de hierro fundido, con el número cinco del modelo LeMans en el que el piloto queda al lado, no como los Fórmula Uno de hoy. Todavía lo tengo. Lo compré con el dinerito que mi papá me pagaba por trabajar en su negocio.

¿Su papá qué negocio tenía?

Tenía un negocio de ropa en Arica. Él importaba y él era representante de las máquinas Remington de escribir y de afeitar. Y a veces me quedaba solito en el negocio.

¿Cuál era su ídolo en la juventud?

No sé si yo tenía un ídolo. De historietas, el Llanero Solitario, Roy Rogers, El Zorro, esa es mi época.

¿Pero de la vida real no había uno?

Yo tenía un tío, David, que era el único que sobrevivió después de la guerra. La única familia eran los dos con mi papá. Tuvo tres hijas mujeres, y yo fui el hijo que nunca tuvo. Teníamos una relación muy fuerte con él, pero se murió cuando yo era muy joven. Él pudo ser mi ídolo.

¿Y su ídolo actual?

Admiro a Jack Welch, el que hizo de General Electric la compañía que es hoy en día. Es el tipo que probó que diversificar es posible.

¿Cómo entiende los negocios?

Yo estuve en la Universidad de Babson en Massachusetts, en Boston. Fui a dar una charla. Cuando me dijeron que había una universidad de empresarios emprendedores, no entendía cómo se podía enseñar eso. Eso no se enseña. Comencé mi charla preguntándole a la gente que me definiera qué es emprender. La mayoría decían que es una idea. Pero una cosa que yo no estoy de acuerdo, es que sea una idea. Una idea de hacer algo no significa que aquel que tuvo la idea tiene la capacidad de realizarla. Usted puede realizar la idea de otro. Es pasión, es sueño, es persistencia, y mucho, mucho trabajo. Pero no es una idea.

Me dicen que usted lee con mucha frecuencia El Arte de la Guerra, de Sun Tzu. ¿Qué le atrae de este libro?

Lo que me impresiona de Sun Tzu es la determinación y la transparencia de un líder natural. La última generación de hoy mezcla libertad con libertinaje. Cuando usted quiere imponer ciertas normas en pro de la convivencia, la gente dice que la está privando de su libertad. Eso está equivocado. Todo tiene un límite. Sun Tzu lo deja bien claro. Cuando lo llamó el emperador para crear un ejército para poder mantener su imperio, lo primero que Sun Tzu dijo fue disciplina y reglas.

“Rápido como el viento, lento como el bosque”, dice Sun Tzu. ¿Lo pone en práctica?

No sé, porque le voy a ser sincero, nunca profundicé lo que dice eso. El otro día yo vi una frase que sí utilizo. Dice: “Si quieres ir rápido, anda solo. Si quieres ir lejos, anda con más gente”. Y yo quiero ir lejos rápidamente.

¿Qué asuntos de su vida asume con rapidez?

A mí me califican como muy ansioso. Siempre me quiero ocupar con alguna cosa. Tanto es que cuando le ayudaba a mi papá en el negocio y estudiaba, decidí hacer un curso de fotografía profesional por correspondencia a los 12 años.

Entonces cámara lenta en su vida, ¿nada?

No. Todo es en 78 revoluciones.

¿Le gusta recordar, consultar el pasado?

En pensamientos, cuando estoy volando en los aviones, mirando al horizonte por la ventanita, tal vez ese sea el momento más calmado.

¿Qué le gusta recordar más?

Los recuerdos son relativos. Dependiendo de la época de la vida de uno, hay cosas que se vuelven insistentes, y después desaparecen y llegan otras que se vuelven insistentes.

Un recuerdo reciente.

Recordar cuando todo el mundo me decía que no comprara los 29 Fokker 100. Hasta el propio sindicato de los pilotos me reclamó la compra. Yo les pregunté si acaso pensaban que necesitaba plata prestada. Y esa fue la jugada para que tuviéramos el crecimiento que nos dejó renovar la flota con aviones ideales, excelentes y económicos.

¿Qué no pudo ver su papá que a usted le hubiera gustado que él viera?

Mi papá no vio muchas cosas. Él no vio los astilleros, él no vio todo lo que fue Colombia, no vio lo que es Rubiales, no vio lo que es petróleo, no vio nada de eso. Estoy seguro de que si existe la otra vida lo está viendo todo y le debe estar gustando.

¿Cuándo murió su papá?

En el 90.

¿Cuál es la historia de su papá?

Mi papá se llamaba Perce, ese era el nombre en polaco, pero en Latinoamérica lo llamaron Pedro. Salió de la Segunda Guerra Mundial donde perdió a toda su familia. Vivió en un campo de concentración y vio a gente siendo quemada, gente muerta. Él veía alguien sufriendo y se ponía a llorar.

¿Alguna frase memorable?

Mi papá no era de hablar o de filosofar mucho. Mi papá era trabajador. En Brasil tuvo una industria de cierres. Él abría la fábrica y hacía todo.

¿Qué le enseñó?

¿Qué enseñanza puede dejar una persona que pierde toda su familia de una forma tan violenta? Llega a Bolivia con los suegros, la esposa, la hija, cinco dólares en el bolsillo, hablando seis idiomas, menos el español, y le va bien. El mensaje que me deja es siempre para adelante, cabeza alta, no le deba nada a nadie para que siempre pueda mirarles los ojos a las personas.

¿Y su mamá?

Vive todavía, gracias a Dios. Mi mamá, Clara, tiene 89 años. Me acuerdo de mi mamá de 38 años, estábamos en el negocio en Arica. Entra un señor con una caja hueca. Por adelante parecía un regalo empacado, pero por atrás era hueco para robar mercancía. Mi mamá lo vio, agarró una escoba, saltó por encima del mesón y agarró a escobazos al señor. Esa es mi mamá. No le tiene miedo a nada.

¿Primero los negocios o sus tres hijas?

Es una discusión que yo tengo con mi señora. ¿Qué es lo que usted define como primero? Si mis hijas están bien, pero hay un evento, por ejemplo, en el colegio que la mayoría de los papas irían, y yo tengo un problema en un negocio, primero los negocios. Pero si alguna niña necesita algo, o está mal, un accidente, alguna cosa, no hay duda de que ellas son primero.

¿Cómo se llaman sus hijas?

Jennifer, Karen y Danielle.

¿Ha sacrificado un negocio por ellas?

No he tenido la necesidad.

¿Pero ha sido un papá acompañador?

Cuando ellas tenían diez, once años, yo llegaba a mi casa, y como no teníamos tiempo, me acompañaban al baño, y cuando estaba sentado en el trono, ellas conversaban conmigo.

¿Cuál es la herencia que quiere dejarles?

Hay varias cosas que uno quiere dejarles pero, infelizmente, es muy difícil transmitirlo a no ser que tengan que vivirlo. Mis padres no tuvieron unas condiciones económicas muy buenas, por lo menos al comienzo, y eso fue lo que nos hizo que supiéramos valorar las cosas.

Si la austeridad no se vive, no se aprende.

Se aprende un poquito, y tal vez mis nietos la pierdan más. Creo que en esta primera generación yo conseguí que no fuera problema. Mis hijas tienen una tarjeta de crédito mía, desde que tenían 14 años, y nunca han gastado un peso sin preguntar si pueden, y nunca más que la mesada, las tres. Ellas saben administrar, son austeras, no son niñas ricas.

¿Dónde termina la austeridad y comienza la tacañería?

Yo creo que la austeridad no se puede confundir con ser tacaño. Es una gran diferencia. Yo les enseño a mis hijas que no existe nada caro, no existe nada barato. Todo tiene un costo/beneficio.

Eso es muy empresarial.

Sí, muy empresarial pero es verdad. No me voy a montar en uno de los jets privados que tenemos en la compañía, a no ser que tenga sentido, no solo para decir que me monté en el jet privado. Si tengo que ir de Brasil a África, de donde tendría que ir a Europa a perder dos días, y después para África, me gasto 200.000 dólares en el jet privado. Pero si tengo que ir de Sao Paulo a Londres, me subo en un avión y gasto 3.000 dólares.

“Hay caminos que no debe seguir”, dice Sun Tzu. ¿Cómo lo interpreta?

Yo interpreto eso como diciendo: hay oportunidades que no valen la pena, pero hay otras que sí. El secreto es saber escoger cuáles valen la pena y cuáles no. La oportunidad es lo que siempre mi papá me enseñó, y eso es verdad, que el secreto no es vender caro sino comprar barato.

¿Qué caminos le faltan?

No sé, depende de qué oportunidades se me presenten.

¿Cuál fue el último camino que asumió?

La hotelería. Estamos en turismo, vendemos sillas, pero a veces no podemos llevar clientes a ciertos destinos porque no hay camas, están ocupadas por agencias de viajes o grandes operadores de hoteles. Entonces vamos a crear nuestras propias camas.

¿Y qué lo motivó a meterse con la agricultura?

La agricultura da crédito de carbono, y fuera de eso es comida, y yo creo que el futuro del mundo está en comida y energía. Y hay que generar crédito de carbono, porque si no nos van a sacar un ojo de la cara cuando Europa empiece a cobrar por la polución de los aviones que mandamos allá.

Sabemos de los caminos que ha emprendido, cuéntenos uno que haya descartado.

Recientemente una empresa de transporte de carga aérea en Brasil que estaba quebrada y tenía la opción de compra. Pero no entré porque me llegó la información sobre unos pasivos escondidos que no se podían descubrir en una investigación.

¿Cuantos años tiene?

61, los cumplí el 28 de marzo.

“Observar lo que más se pueda”, aconsejó en alguna oportunidad. ¿Qué le gusta mirar?

Yo miro todo, soy muy detallista. Todas las juntas son experiencias por las contribuciones y las ideas de quienes están ahí. Debe ser horrible tener una junta con gente robot. La primera junta profesional que tengo es la de Avianca, porque antes de eso, no tenía junta, éramos mi hermano y yo, que nos agarrábamos a palo.

Volvamos a lo de mirar. ¿Qué mira?

Yo me especialicé en ser ingeniero de inspección. Percibo muchos detalles. Me gusta mirar a las personas. Yo puedo pasar horas sentado en el aeropuerto de Londres. Pasan las cosas más raras y más divertidas del mundo, es un desfile.

¿Es obsesivo con el orden?

Sí, de mantener las cosas organizadas, sí. Fui al Container Store en Nueva York y me compré esto. Es brillante y vale 25 dólares. Es un cajón de plástico. Mis cosas están cubiertas, mi computador tiene plástico protector, mi ropa está cubierta. Mis hijas dicen que solo falta envolverlas a ellas y a la mamá en plástico.

Todo lo cubre.

Lo que puedo cubrir lo cubro.

Están los millonarios que compran sus sueños: equipos de fútbol, aviones para ir al espacio, barcos, ¿cuál es su sueño?

Nada de eso. Si usted tiene plata, compra lo que quiera. Ahora: un sueño no se consigue por plata, un sueño es algo que uno tiene que realizar, es más de alma que de materia.

¿No hay un capricho que tenga por ahí?

Una vez casi me compro un periódico en Brasil, pero no era un capricho. Era un periódico equivalente a Portafolio, pero estaba en manos de la tercera generación y lo hicieron arepa.

¿Le apasiona la información?

Me gusta discutir las cosas, me gusta saber las cosas. Pero no soy un tipo de leer mucho.

¿Ni de interesarle un medio de comunicación?

Si aparece como negocio, sí.

¿Qué tiene que tener un negocio para que usted se fije en el?

Que esté quebrado. Estoy exagerando un poquito. Pero sí me llama la atención comprar barato.

Del 2004 a ahora. ¿Mejor cuando nadie lo conocía?

Da mucha satisfacción que uno sea reconocido por lo que hace. A mí Colombia me recibió con muchísimo cariño. Eso me motivó, me hizo hacer más cosas, me aumentó la responsabilidad de no equivocarme.

Así como la gente se lo encuentra por ahí, ¿usted cuándo conoció a un millonario?

A mí el ¡wow! de la gente no es por sus millones. ¿Le cuento cuándo conocí alguien que me hizo wow? Yo tenía doce años, 1962, Campeonato Mundial de Fútbol en Chile. Vivía en Arica, ciudad del norte y una de las sedes de los juegos. Coincidencialmente, allí jugó Colombia, Rusia, y otros dos equipos que ni me acuerdo (Uruguay y Yugoslavia). Y yo como niño curioso fui a pedir autógrafos a los jugadores. Y conocí a uno de los delanteros, Germán ‘Cuca’ Aceros, jugaba en el Deportivo Cali, era de la selección y era mi tocayo. Eso propició nuestra amistad. Ahí nos escribimos cartas del 62 al 64, año en que me fui de Chile a Brasil. Nunca más lo vi.

¿Nunca más?

Cuando yo compré Avianca, un día en el centro administrativo me dicen que hay un señor que quiere verme. Para identificarse me manda una foto que yo le había mandado con una dedicatoria en ese entonces. Estamos hablando de más de cuarenta años. Era Germán ‘Cuca’ Aceros que vino a verme desde Cali.

¿Cuál era el tema entre un niño y un jugador?

Nada, el fútbol. Hubo una química, me dio atención, y yo salí diciendo que ya era mi amigo un jugador de fútbol de la Selección Colombia, célebre por uno de los mejores juegos de aquel mundial contra Rusia. El primer tiempo terminó 3 a 1, y el segundo tiempo terminó empatado a 4, con un gol olímpico de Marcos Coll, la bola le pasa por entre las piernas al señor Lev Yashin, el mejor arquero del mundo en esa época, conocido como la Araña Negra. Pocos colombianos como yo tuvieron el privilegio de ver ese partido en vivo y a colores.

En esa época, ¿usted quería ser jugador?

No quería ser jugador, pero era el niño con la oportunidad de conversar, de recibir un autógrafo y escribirle a un ídolo, en un pueblo de 30.000 habitantes como Arica.

¿Hubiera sido tan bueno para el violín como para los negocios?

Creo que sí. Es una de las grandes frustraciones que tengo en mi vida. Tuve clases durante tres años, pero a los 14 años cambiamos de país, nos fuimos de Chile a Brasil. Nuevo idioma, nueva escuela y mi papá pensó que era mejor meterme en otros cursos.

¿Cuántas casas como esta tiene en el mundo?

¿Casas como esta? La verdad en Río tengo alquilado un apartamento. En Colombia, mi habitación, y en São Paulo mi casa. No tengo otras así permanentes. La mitad de mi tiempo es aquí, el 30% de mi tiempo en São Paulo, unos 15% en Río, y 15% más en el resto del mundo. No vale la pena guardar ropa en cada lugar, entonces uno va con una maletica. Nunca paro en un lugar más de tres días.

Lo más difícil de ser un hombre casado con una fortuna.

No estoy casado con una fortuna. Yo tengo un patrimonio grande. Es igual que cuando dicen los periódicos que el señor Slim está 7.000 millones de dólares más rico, porque el valor de las acciones de su compañía aumentó. Él tendrá eso en verdad solo cuando lo venda. Eso no existe. Todo lo que uno tiene está invertido.

¿Cuánto tiene entonces en el bolsillo?

(Saca su billetera maltrecha y cuenta minuciosamente, arrastrando cada billete con mucha presión sobre su pulgar) Me cogió rico, hoy tengo 382.000 pesos.

Su último viaje en la vida, ¿a dónde sería?

Espero que al cielo.

¿Antes de ese?

En el penúltimo tengo algunos planes de ir a lugares donde no fui. Por ejemplo lugares de Asia que me gustaría conocer, Vietnam y el interior de la China.

¿El Polo Norte?

No. La Antártida sí, me gustaría ir en una de esas expediciones.

¿Cómo hace para que el dinero no se le suba a la cabeza?

Lo pongo en el bolsillo.

¿Por qué Germán?

Mi nombre original no es Germán. Mi nombre en yiddish era Hershel. Pero cuando mi papá fue a registrarme al notario en Bolivia, y le dijo Hershel, el tipo no entendió nada y escribió Germán. Ese nombre no lo escogió ni mi papá ni mi mamá.

¿A qué le tiene miedo?

Al sentido de impotencia frente a una enfermedad. Cuando mi papá se enfermó de cáncer, tenía miedo de ir por el sentimiento de impotencia de no poder hacer nada y de verlo deshaciéndose. Le tengo pavor a eso.

***

A estas alturas de la historia ya no sé si este hombre es un millonario auténtico, o si es otro más de los seres opulentos que leyeron con juicio la Historia natural de los ricos, y le hicieron textualmente caso a su autor, Richard Conniff, cuando aconseja, para sobrevivir en este mundo imperfecto, familiarizarse con las tres grandes mentiras de su especie:

1- “En realidad el dinero no me interesa”.

2- “El dominio social no me llama la atención”.

3- “Me importa un bledo impresionar a los demás”.

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