Flora Martínez, "una buena bruja tiene que ser bella"

La protagonista de La bruja, la nueva serie de Caracol televisión, hipnotiza a sus seguidores y hechiza a los directores con su talento natural en escena.
Flora Martínez, "una buena bruja tiene que ser bella"

El que dijo que las brujas son mujeres feas no conoce a Flora Martínez. No sabe que hay mujeres que no necesitan de poderes extraordinarios para conseguir lo que quieren. Ni que las pócimas, conjuros y maleficios pueden ser reemplazados con una mirada... o con haber nacido con una misteriosa mezcla de sensualidad e inocencia, y talento para pararse frente a la cámara con actitud tierna o malvada... o con un leve dejo de seducción en la voz dulce con la que también puede maldecir. No es fácil imaginar que éste puede ser el mejor hechizo.

Llámese como quiera, Flora podría ser la redefinición de una bruja y hay razones para intuirlo. Su debut en la telenovela Mambo, en 1995, fue uno de los fracasos más grandes de la televisión pero, curiosamente, la única que salió indemne fue ella. El público descubrió los ojos color miel y la boca sensual de esta niña de 16 años, cuando aquí no se conocía ese distintivo que hoy identifica a Angelina Jolie. Ese fue, quizás, su conjuro.

Ha pasado el tiempo y todavía mira igual. Atrapa y da la impresión que detrás de sus ojos hay algo oculto. “Y quién no lo tiene”, dice, y luego se pregunta y se responde: “¿Doy esa impresión? No lo hago adrede”. Después lo piensa y trata de encontrar razones para haberse quedado en la memoria de sus seguidores, de los directores para los que ha trabajado y de quienes pasan por su lado desprevenidamente.

“Al comienzo yo ni tenía conciencia de las cámaras, yo vivía la escena. Será también porque siempre llevo todo a sus últimas consecuencias, me gusta hacer todo hasta tocar el fondo de las cosas, sentir qué hay detrás. Si tengo que hacer de muerta, voy hasta la morgue…”.

Para ser la bruja Amanda Mora no tuvo tiempo de investigar a fondo y confiesa que ha sido un reto. Es su regreso a la pantalla desde que hizo Vecinos, pero ahora lo hace como una mujer poderosa gracias a sus habilidades mágicas que, al igual que en el libro de Germán Castro Caycedo que inspira la serie, lleva su vida al extremo por culpa de la brujería.

“Cuando leía las escenas de hechicería y los exorcismos a los que someten a Amanda, me preguntaba cómo lo iba a hacer. Por primera vez no me imaginaba a mí misma haciendo eso”. Flora no necesitó de magia. Lo enfrentó hasta dominarlo y lo justifica con algo de superstición. “De pronto esa búsqueda se da porque soy escorpión, que se mete siempre a escarbar”.

Es racional pero también cree en las energías, en las videntes, en que hay unas cosas inexplicables que sí existen. Hace años le leyeron el cigarrillo y confiesa que se divirtió, pero asegura que cualquier vaticinio está soportado en la fe que cada quien le ponga. “Creo también que lo importante es lo que a uno le dé poder. A veces me funcionan los mantras, otras veces visualizo y creo en los ángeles. Pero nada de eso está fuera de uno”.

De ahí quizás sale esa imagen hechizante que se siente solo con oír su nombre en el set de grabación, en Medellín. “¡Ya llegó Flora!”, dicen. Unas gafas oscuras son lo único llamativo de su atuendo. Un silencio muy corto en el lugar indica que todos saben que ella está ahí. Sin mirar mucho, llega a un cuarto casi escondido para empezar su ritual de maquillaje, que toma tiempo. Es una diva que nadie califica así. Para que no haya resquemores, le justifican cualquier actitud como una simple cuestión de personalidad.

Sus dedos tocan frasquitos y tubos para mojarlos con líquidos que ella misma unta con cuidado en su piel muy blanca. Parece que su cara se iluminara. Está lista, el pelo ahora es el de Amanda, se ve más alta y de lejos conserva esa imagen de Lolita que tuvo en sus comienzos. Bajo las luces es otra. Mira la cámara, al actor, luego actúa y el misterio queda develado. Su capacidad de cambiar, su versatilidad, vuelven a ser su hechizo.

Eso sorprende siempre al público, lo impresiona tanto que les cuesta recordar las telenovelas en las que ha trabajado durante 16 años. Y son muy pocas si se compara con la experiencia de otras actrices que no se detienen y, sin embargo, no arrojan un balance entre su popularidad y sus horas en pantalla. Flora ha hecho solo cinco telenovelas: Mambo, María Bonita, La ley del silencio (que se vio en Estados Unidos pero sin éxito), La saga, negocio de familia y Vecinos. Sus series son cuatro: La otra mitad del sol, Leche, Divorciada y ahora La bruja.

La cuenta en cine sí es más grande. Ha hecho doce películas aunque se han visto solo dos en Colombia. Debutó en la pantalla grande en 1999 con Soplo de vida, de Luis Ospina, y luego se acercó a Hollywood mientras vivió en Nueva York. Allí se fue a estudiar en el año 2000, huyendo de la fama, cansada de no tener privacidad y también para cerrar una etapa loca y muy intensa que había comenzado en su adolescencia.

Hizo papeles pequeños en Cinco hombres para Lucy, Prueba de vida, La vida secreta de un dentista y Downtown: a street tale. También protagonizó en Nueva York Violeta de mil colores, del colombiano Harold Trompetero, una película que terminó guardada y sin opción de verse por un lío legal entre ella y el director.

En 2005 le llegó la historia de Rosario Tijeras, el filme que rebautizó a Flora Martínez. La empezaron a llamar simplemente Rosario y la imagen de la asesina sensual nunca se borró de las mentes de sus seguidores. Otros la descubrieron y sufrieron el mismo efecto. La causa volvió a ser la misma y esta vez el encanto tenía la marca de una asesina sexy que mataba por amor.

“Rosario Tijeras marcó a todo el mundo, fue muy importante. Hasta hoy no sabría decir si es algo bueno o malo. Cinematográficamente fue un personaje exquisito, pero creo que fue muy llevado a la parte sexual y de ahí para adelante han explotado esa parte física, me ofrecen el papel de prostituta, de mujer extrema. Todos quieren ver a Rosario en otros entornos y eso es frustrante porque hay miles de expresiones de otro montón de cosas”.

Con eso ha lidiado en España, donde ha hecho sus otras películas: Tuya siempre y Canciones de amor en Lolita’s Club, de Vicente Aranda; y El arte de robar. El año pasado participó en el cortometraje Lastrain y en Di Di Hollywood, del director Bigas Luna.

Con La bruja se libra un poco del estereotipo. Es más, afirma que para ser hechicera no es un requisito ser fea. “Una buena bruja tiene que ser bella, hasta en sus pactos ellas regalan belleza”. Así lo han contado desde tiempos remotos, cuando las mujeres que embrujaban con su físico también podían hacerlo con otros encantos que nadie entendía entonces: intuición e inteligencia.

Ahora Flora quiere llevar su embrujo a otro nivel. “Me gustarían papeles más buena onda, de amantes, de madre, en novelas románticas, esos que me hacían pegarme a una telenovela cuando estaba chiquita. ¡Y siempre me ofrecen algo como para reventarse!”.

Pero no le será fácil liberarse de su imagen sexy. Ahí radica también gran parte de su magia. Hace años le aterró cuando el diario El Espacio publicó una foto suya en bikini, en la época de la telenovela María Bonita, y el titular la nombraba “símbolo sexual a los 17 años”.

“Me parecía espantoso que lo miraran a uno con cara de colchón. Lo peor es que eso se ha convertido en meta de muchas mujeres, salir en una revista y mostrar las tetas y el culo gratis dizque para ser más famosa. Si te quieres desnudar no pasa nada, yo me he desnudado dentro de una historia. Pero me doy cuenta de que este medio lo manejan hombres a los que les interesa que las mujeres seamos eso. Lo triste es pensar que no tenemos más para ofrecer”.

Pero no se queja, lo dice sin rabia, es sólo una opinión sobre el precio que a veces hay que pagar por ser bonita, deseada, por llevar la marca sexy quizás por siempre. “Uno no tiene que hacer concesiones con la belleza. Si hay que salir exorcizada y con cara de loca no debo hacerlo porque no habría ni personaje ni actriz y empiezo a ser una boba más”.

Flora quiere hacer más cine, pero no descarta la televisión, aunque hoy lo pensaría antes de volver a una telenovela debido al ritmo de producción, casi un año sólo grabando. Pero no quiere que suene elitista sino que se reservará para proyectos especiales.

Le quedan otros cuatro años para hacerlo intensamente y eso lo decidió con su esposo, el productor musical uruguayo José Reinoso, pues también es madre. “Tengo hasta que Sofía cumpla cinco años para trabajar, viajar, aprovechar, sembrar y luego escoger con más calma. Ahora hay una posibilidad de una serie en España y estoy abriendo el mercado canadiense. Y quiero meterle todo a mi disco”. Ni siquiera durante el embarazo Flora paró de componer canciones ni de recibir sus clases de canto.

Ahora sólo falta grabarlo y un adelanto es la canción que identifica la serie, un tango que nada tiene que ver con su estilo. “Mi música es roquerita ‘tranqui’, algo como Norah Jones. Las letras son de todo, de amor y de esos cuestionamientos que uno se hace, de estar como perdido”.

A lo mejor esas letras ayuden a descifrarla. “Es una búsqueda para quitarse los miedos, las cosas que a uno lo traban. Y también está el amor que lo trasciende a uno, lo salva y hace que todo sea más fácil”.

Eso es tal vez la revelación del misterio que la envuelve, aunque puede ser sencillamente el comienzo de otra historia enigmática. Ahora su mirada tendrá una aliada en su voz y con esta poción es probable que su hechizo siga surtiendo efecto.