Sofía Loren, novia por siempre

60 años de cine. 77 de edad. Toda una vida de mito. Sofía Loren es la última leyenda viva que le queda al cine.
Sofía Loren, novia por siempre

Hace sesenta años, cuando se asomó al firmamento como un lucero en ascenso, el firmamento estaba tan llenito de estrellas que destellaban con tanta potencia, que la escuálida Sofía solo arrancaba conmiseración de aquella tribuna cinematográfica que se regía toda por lo que se hacía en Cinecittà, la meca de la que salían las diosas.

El Olimpo se surtía de allí. Y de allí ya habían encumbrado a Gina Lollobrigida, y habían partido también Virna Lisi y Rossana Podestá y Mónica Vitti, esa musa de Michelangelo Antonioni que se paseaba por las pantallas con su aire de sonámbula y sus labios siempre entreabiertos. Todas ellas –más Brigitte Bardot y Raquel Welch, que eran deidades importadas de otras lenguas– ya tenían todas las hormonas en uso cuando Sofía Loren pedía permiso para estar a su lado con el único patrimonio de unos huesos muy salidos en la cara, unos ojos muy verdes y un aire de desamparada que provocaba aquella compasión que ya dije.

Sofía, Sofía Villani Scicolone, había nacido en Roma en el 1934, de una madre soltera que era pianista y un papá lejano y perdido, y muy rápido se la llevaron a Nápoles en donde muy rápido empezó a sufrir los dolores de la Segunda Guerra Mundial. Toda esa penuria acumulada en el cuerpo se le notaba. Pero también una belleza profunda, la de los huesos, la de los ojos, la del color de la piel, que hicieron fama en la barriada y en la ciudad y que empezaron a construirle un mito que dura desde entonces.

Por esa belleza que trascendía miserias y porque a los 17 años los cuerpos explotan por dentro y les brotan curvas y desparpajos, Sofía ya podía aspirar a ser la reina de belleza de Roma, y en uno de esos concursos la pilló una celebridad. Carlo Ponti, un productor de cine, que entonces tenía 39 años y era casado, le puso el ojo a la joven Sofía, y después le puso las manos. De buenas Ponti, quien coronó a la más bella de las italianas de entonces y, de momento, de malas Sofía porque le sentenciaron a ser siempre la puta de Ponti, nada más que eso serás; de ahí no pasarás.

Pero pasó, claro. Y pasó de largo. Ponti la condujo a los estudios de Cinecittà y aunque sus primeros papeles fueron lánguidos porque al lado de aquellas diosas, y de otra como Silvana Mangano, se veía una colegiala, Sofía llevaba por dentro un demonio y de su mano escaló hasta encontrar al director que le encauzó su gracia y le enriqueció el talento. Vittorio de Sicca fue ese otro hombre de su vida y con él detrás de la cámara se convirtió en el mito del cine que lo fue durante todos los largos años que siguieron, incluyendo el Óscar que se ganó en el 1961 con Dos mujeres, la película por la cual se consagró ante el mundo y se volvió la novia erótica de una generación.

Sofía fue eso, es eso. De ella, de sus pómulos sobresalientes y de su ancha boca provocativa, de sus piernas largas del Matrimonio a la italiana y de sus generosos pechos en cascada; de esa Sofía de medias negras con vena y de ligueros negros, millones nos hicimos sus amantes y le agradecemos sus ayudas en el sexo urgente.

Pero Sofía fue también lo otro, la novia del alma. Una mujer deseada por millones, a quien le auguraron la malaventura de que nada más sería una amante clandestina de un millonario revenido, fue, es, una dama. La quiso hacer suya Gary Grant y se murió por ella Marcello Mastroianni; disfrutó del desprecio mutuo de Marlon Brando, y nunca cambió de marido, con quien se tuvo que casar dos veces para vencer los obstáculos que le pusieron y con quien tuvo dos hijos. Mujer de un solo hombre, Sofía siempre despachó la impertinencia del sexo desparramado y furtivo con una simple declaración de que ese divertimento del adulterio no iba con ella.

Hoy tiene 77 años. Los va a cumplir en septiembre. De aquella belleza excepcional quedan muchos vestigios porque ha dejado que sobre su rostro actúen los años sin oposiciones quirúrgicas. No hay desfiguraciones en ella. Hay una frescura aun de la que no es necesario hacer trabajos arqueológicos para hallar a la Sofía Loren que arrebató en la segunda mitad del siglo pasado con su aire de condesa que te obligaba a la reverencia a veces. Y, a veces, muchas veces, enamoraba con esa actitud silvestre de vecina barriobajera de la que querés una cuchillada.

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