Richard Branson, sin límites

Este excéntrico empresario inglés quiere desafiar la presión del mar a 11.000 metros de profundidad y llegar donde ningún ser humano lo ha hecho.
Richard Branson, sin límites

Mientras se alista para depilarse las piernas, maquillarse como mujer y ponerse tacones para atender como azafata un vuelo de Air Asia, Richard Branson no pierde de vista las inversiones de sus más de 200 empresas. Está pendiente de la última prueba del VSS Enterprise que está a punto de cumplir su primer viaje con turistas espaciales, y vigila cada detalle de su nueva ocurrencia: la construcción de un submarino (más exactamente un batiscafo)que lo llevará a 11.000 metros bajo el mar.

La idea de servir como azafata en un vuelo de Londres a Kuala Lumpur se debe a una apuesta que perdió con Tony Fernandes, dueño de Air Asia. Los dos apostaron con sus nuevos equipos de Formula 1. El que perdiera el campeonato de constructores serviría como asistente de vuelo en la aerolínea del otro. La escudería Virgin Racing perdió y Branson, sin sobrecogerse, aceptó su derrota.

Este empresario inglés es un mago a la hora de usar su propia imagen para fortalecer su marca, que nació como una tienda de discos en un sótano maloliente en Londres cuando él tenía apenas 15 años. “Tengo que poner a Virgin en el mapa”, contó alguna vez sobre su idea de hacer cosas que llamaran la atención de la gente, que le dieran portadas en los diarios y las revistas. No quería una simple nota en las páginas interiores.

Y lo ha logrado con creces. Su pinta desabrochada de pelo largo y barba, sin traje ni corbata, lo pone fuera de lugar en el mundo de los más grandes empresarios (según Forbes ocupa el puesto 212 entre los más ricos). Algunos lo tildan de hippie y es posible que se haya quedado en los años 60 cuando, contagiado por la efervescencia de la juventud, empezó con su primera empresa, Student, una revista que logró vender hasta 50.000 ejemplares con entrevistas a personajes que iban desde el filósofo Jean Paul Sartre hasta Mick Jagger.

Su espíritu aventurero lo ha llevado a emprender los más disímiles negocios: una productora musical, un bar gay, varias compañías aéreas, una empresa de ferrocarriles, una escudería de Fórmula 1, una bebida cola y un coctel a base de vodka, una compañía de telefonía celular y de televisión por cable, una productora de animación y entretenimiento, un banco de células madre, una agencia turística espacial y ahora el Virgin Oceanic.

Aunque parezca estrafalario por pretender darle la vuelta al mundo en un globo o cruzar el Atlántico en un velero, Branson es un hombre que no alardea de los 4.000 millones de dólares que posee, ni de su isla privada, ni de sus múltiples propiedades caribeñas. Quienes están cerca aseguran que es tímido en extremo, incapaz de pronunciar un discurso en público o de concentrarse mucho tiempo en un solo tema. Pero a la vez reconocen que es un hombre cálido, un gran líder que intenta acercarse personalmente a sus clientes y trabajadores.

Se ha embarcado, en cambio, en varias iniciativas altruistas. Alguna vez le prometió al primer ministro inglés Tony Blair que le ayudaría a mejorar el servicio nacional de salud y le propuso tomar el control de la lotería nacional para encausar todos los recursos a obras benéficas. Hace cuatro años invitó a varios empresarios y líderes políticos a su isla privada para discutir, en bermudas y camiseta, qué podrían hacer para detener los efectos del calentamiento global.

Por la misma época anunció la creación de un premio para quienes propongan una fórmula para la absorción de los gases atmosféricos de efecto invernadero y detener el cambio climático. Y para resolver los conflictos mundiales y luchar por la paz global, se le ocurrió convocar a Nelson Mandela para crear el grupo The Elders (los ancianos), junto a Desmond Tutu, Kofi Annan, Muhammad Yunus, Mary Robinson, Ela Bhatt, Gro Harlem Brundtland, Jimmy Carter y Li Zhaoxing.

Justamente ese deseo de abarcar iniciativas de semejante calibre le ha granjeado críticas por hacer pomposos anuncios con pobres resultados. Lo acusan también de aparentar una vida desenfrenada y de excesos cuando ni siquiera le gusta embriagarse o consumir drogas. Lo cierto es que Branson no pasa inadvertido. Hace 15 años recibió el título de sir y así como un día se reúne con Nelson Mandela, al día siguiente cena con el príncipe Carlos, después de presidir un partido de cricket en su casa de campo de Kindlington.

En desafío de las leyes del mundo empresarial, Branson nunca terminó sus estudios universitarios y tuvo notas muy discretas que le atribuyen a una dislexia nunca bien tratada. Incluso él mismo reconoce ser un analfabeto tecnológico, que lleva anotaciones en sus inseparables libretas tamaño carta.

Pero este nuevo desafío, bajar a los puntos más profundos de los cinco océanos, le ha granjeado otros apoyos que él sabe ponderar: grupos de científicos y hasta la BBC se unirán a su travesía en busca de los grandes secretos del mundo marino.

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