María Fernanda Valencia, de la política a los caballos

La directora de artesanías de Colombia lleva más de dos décadas adiestrando los caballos que monta, sin falta, todos los fines de semana. Cartagenera, política y periodista, dice que ama andar en patines por la ciudad y que, como buena costeña, baila lo que le pongan.
María Fernanda Valencia, de la política a los caballos

A un lado de la estrecha carretera que conduce a la vereda Tibagotá, en Subachoque, está el portón de la finca: es una escueta fachada de madera que tiene inscrito el nombre de San Leopardo en la parte superior. Al ir bajando por una carretera rodeada de árboles se ven dos pistas para entrenar caballos, varias caballerizas con grandes portones de madera y, al final, la larga casa de dos pisos pintada a blanco y negro. Desde uno de los balcones se asoma María Fernanda Valencia, directora de Artesanías de Colombia, y a quien el país recuerda, entre otras cosas, por su polémica propuesta de desnudarse en una revista si salía elegida concejal de Bogotá el año pasado. Aunque ese primer intento por incursionar en política no dio resultado, sabe que no será el último. Después de todo –dirá más tarde–, ésa es su pasión.

Pero ahora, justo ahora, María Fernanda habla de su otro gran amor: los caballos. Está vestida con briches (pantalones ajustados que usan los jinetes), camisa blanca y chaleco azul. Al lado del banco de madera donde se sienta, descansan las botas negras, que más tarde se pondrá para subirse al caballo. “No sabía nada de esto hasta que conocí a mi esposo, que es adiestrador, hace más de veinte años –dice–. Ahí empecé a aprender, pero todavía me falta mucho. Sin duda es el deporte más difícil que he hecho en mi vida porque no depende de una sola persona, sino de la integración del hombre con el caballo”.

Por eso desde hace más de dos décadas María Fernanda se ha dedicado con juicio a montar caballos y aprender de ellos. “Es tal vez el único deporte en el que tuve entrenador durante más de quince años. Hasta finales de 2010 montaba con el mayor Guillermo Squella, un militar retirado del ejército chileno que se vino a vivir a Colombia hace más de cincuenta años y se dedicó a formar los mejores jinetes del país”, dice. Y luego, con un dejo de nostalgia en la voz, añade: “Hasta los 85 años estuvo montando pero en diciembre se murió y quedé huérfana”.

Como buena jinete, eso sí, tiene su propio caballo. Su preferido. “Es una yegua, se llama Atenea –dice–. Es la que más me entiende porque la monto desde que tenía tres años. Y la mano del jinete enseña: cuando mi esposo se monta, por ejemplo, es otro caballo. Ahora mismo la estoy dejando descansar porque tuvo un potrico”.

Confiesa que no compite –asegura que a pesar de la constancia le hace falta un poco más de disciplina–, y en ocasiones, sale de cabalgata con su esposo y sus amigos. “Salimos por la carretera y hacemos unos picnics deliciosos. Y claro: nos han pasado cosas. Una vez una cerca eléctrica le cogió la cola al caballo en que iba y salió como un loco, desbocado. Pero para eso le sirve a uno el adiestramiento: para aprender a controlar al animal en situaciones difíciles”.

En últimas María Fernanda sabe que los fines de semana son sagrados: siempre, a menos que tenga un problema de trabajo, está en su finca montando a caballo.

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“María Fernanda es deliciosamente simpática, deliciosamente coqueta y deliciosamente buena nota. Alegrona, con un caminadito bailadongo, tiene el lenguaje costeño y las expresiones juveniles”, dice su gran amigo Poncho Rentería, quien la conoció hace cerca de dos décadas cuando ella hacía sus pinitos en el periodismo como presentadora de Panorama.

Fue un encuentro curioso. María Fernanda había llegado al programa invitada por Julio Sánchez Cristo, quien para probarla la mandó a entrevistar a Poncho. Por esos días el periodista había escrito una columna con fuertes comentarios contra la mujer costeña y eso bastó para que ella llegara a la cita indignada. “Entró a mi casa con un caminadito y el tono agresivo, pero se encarretó tanto conmigo que terminó pidiéndome autógrafo y foto”, dice Poncho entre risas. “Entre chiste y chanza le saqué en cara sus comentarios y él me contestó que era una malcriada –recuerda María Fernanda–. Lo mejor de todo es que después me llamó Julio y me dijo que la entrevista estaba buenísima, que la iba a sacar al aire”. Ese fue el comienzo de una amistad que perdura hasta hoy. “Hace poco mi hija me preguntó quién era mi mejor amiga y yo le contesté, sin dudar, que Poncho”, dice.

Y pese a que más de una vez ha incursionado en el periodismo –presentó hace unos años el 1, 2, 3 de CM&–, María Fernanda asegura que su verdadera vocación es la política. Por eso trabajó en los gobiernos de César Gaviria y Ernesto Samper, y por eso, también, realizó ese primer intento de llegar a la Cámara con la polémica propuesta de desnudarse. “Creo que la vena política me sale de mi papá, que fue gobernador del Magdalena y ha trabajado siempre por los demás –cuenta–. Lo del desnudo fue una plataforma para darme a conocer, porque yo no tenía maquinaria política ni nada esas cosas”.

Fresca y espontánea, María Fernanda asegura que siempre ha sido una deportista consumada; que ama los patines y ha recorrido varias ciudades del mundo montada en ellos (“así me ahorro tener que subirme al metro o al bus y conozco más”, dice); que cuando está en Bogotá prefiere movilizarse en bicicleta; que adora los boleros desde que era pequeña (muestra un disco que acaba de sacar al mercado su madre, Linda Fálquez), y que como buena cartagenera baila de todo, desde salsa hasta vallenato.

Por ahora continúa con los caballos y su labor al frente de Artesanías de Colombia –el 25 de este mes lanzará la nueva colección–, mientras planea otro golpe de opinión para unas próximas elecciones. Si habrá desnudo o no, es algo secundario para María Fernanda; después de todo, su objetivo era llamar la atención de los electores. Y, para bien o para mal, no cabe duda de que lo logró.

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