Jorge Velosa, caminándole a la carranga

Más de treinta años en la música hacen de Jorge Velosa un ícono de la cultura nacional. Caminante empedernido, amante del campo, la ciudad y la palabra, el carranguero no es, sin embargo, amigo de las entrevistas ni menos de abrir las puertas de su vida.
Jorge Velosa, caminándole a la carranga

“Es que las grabadoras se parecen a las pistolas”, dice Jorge Velosa, el Carranguero Mayor, apenas ve el aparato encima de la mesa. Antes de empezar la conversación me advierte, con cierto recelo, que si la entrevista va a ser sobre lo mismo que ha venido repitiendo hace 25 años, mejor será que busque lo que ya ha salido en los medios. “Como dice el verso –añade como para justificar la comparación–: lo poco que cuesta un tiple y lo bonito que suena y lo mucho que cuesta un rifle y lo tan feroz que truena”.

Acaba de llegar al pequeño apartamento que tiene en la localidad de Teusaquillo, en Bogotá, donde despacha los asuntos del grupo cada vez que viene a la capital. Porque, según dice, desde hace poco más de un año está viviendo casi todo el tiempo en la casita de campo que tiene su familia en Ráquira, su ciudad natal. Aquí en la ciudad las paredes del apartamento están llenas de afiches que anuncian presentaciones de Los Carrangueros en diferentes lugares del mundo –está, por ejemplo, el del famoso concierto en el Madison Square Garden, de Nueva York, donde tocaron junto a figuras como Miguel Bosé, Roberto Carlos, Astor Piazzola y Tito Puente en 1981–, y, en otro cuarto, una gran colección de las ruanas y sombreros con los que el país se ha acostumbrado a verlo.

Pero las confesiones y anécdotas vendrán más adelante, cuando a medida que la conversación avance vaya dejando de lado la desconfianza. Cuando eso pase contará que aquella vez en Nueva York se quedó encerrado quince minutos en el ascensor del hotel con el compositor argentino Astor Piazzolla, y tuvo el privilegio de conversar con él mientras esperaban a ser rescatados. Pero ahora, mientras mira con desconfianza la grabadora, evade las preguntas asegurando que casi todo lo que él piensa sobre la vida se puede encontrar en sus canciones. No parece sentirse a gusto con las entrevistas o quizás, como dice, sucede que está cansado de responder las mismas preguntas durante décadas.

Y así, sin estar muy convencido, comienza a hablar de su vida en el campo. Dice que del poco tiempo libre que le queda saca siempre algunos minutos para ‘jardinear’, y que prefiere sembrarle flores a su mamá, Emma, que regalárselas. “Yo podría decirle ahora dónde está exactamente la última piedra que puse para hacerle un redondel a una matica o cómo son los pétalos de otra que conocí hace poco y se llama ‘copa de oro’ –cuenta–. El campo es una maravilla, pero vivirlo de verdad y cotidianamente es jodido”.

Dice que suele caminar cuando va a su casa de Ráquira o está en la ciudad. Camina mucho, desde siempre. “De muchacho caminaba más –recuerda–. Ahora le he bajado, pero cuando estoy en Bogotá no perdono Jardín Botánico. ¿Sabe? La mayoría de mis canciones han salido de las caminadas; a veces llevo un papelito y apunto cositas, reflexiones”.

Luego mira la grabadora. Dice: “Pero bueno, no quiero seguir con el cuento de la caminada, más bien caminémosle a lo que usted pretende. Aunque si toca, toca”.

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Con motivo de la Carranga sinfónica –un proyecto en el que el grupo interpreta sus canciones más populares acompañado de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia–, Óscar Domínguez, columnista, escribió sobre Velosa en el diario El Colombiano: “Informal, anda de tenis. Que no falten el sombrero de carranguero y camisa roja (…) Habla como quien cultiva orquídeas. Se tiene confianza a la hora de mamar gallo”.

El humor, la sátira, son importantes. Jorge lo sabe. “Si hay algo bonito de manejar es eso: el chispazo, la ironía… porque la palabra es una vaina brava. El humor lo heredé por parte del padre, que manejaba siempre esa chispa, y en los textos carrangueros uno lo puede notar”, dice. Y es que la ‘carranga’, ese género que él inventó y que ha logrado darle un estatus a lo popular, es pura ‘gozadera’. O como dice una de sus canciones: “la carranga es libertad”.

A la hora de hablar de sus composiciones, sin embargo, Velosa ríe entre nervioso y tímido y saca de su manga una ironía: “Tengo varias respuestas de cajón para esas preguntas –dice–. Siempre me las hacen”. Ya se ha soltado un poco –incluso se ha animado a recitar algunos versos–, pero aun así la prevención se siente. La grabadora, en la mesa, continúa funcionando. “La verdad es que las canciones que yo más quiero son las menos conocidas porque son por las que tengo que responder –dice–. Las otras, como los hijos grandes, ya se defienden solas, ya agarraron su camino”.

Velosa es un hombre sensible. Un tipo de campo y de letras, de ciudad y de poesía. “Para mí fue muy importante haberme topado en algún momento de mi vida con El Quijote, del maestro Cervantes. En la Feria del Libro que acaba de pasar terminé comprándome un libro de Isaac Asimov –ruso, ícono de la ciencia ficción–, porque me encanta la forma fácil en que aborda un tema tan complicado”, cuenta. Así como cuenta que de música escucha de todo –en alguna época se obsesionó con Vivaldi– y que dentro de poco publicará un libro con las historias de sus canciones.

Quizás, al final, Jorge tiene razón: no se trata de escribir un recuento de sus logros porque para eso basta teclear su nombre en Google. No es eso. Pero también es cierto que cuando uno intenta ir más allá aparece la barrera, el miedo a la grabadora, las respuestas evasivas, el tono de desgano. Tal vez para conocer a Jorge haya que ir a sus canciones, como él dice, aunque no debemos que olvidar que una cosa es el artista y otra su obra.

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