Yeimmy Paola Vargas, “mi papá siempre me ha dicho que yo soy fea”

Se inmortalizó por ser la primera reina popular en competir en el Concurso Nacional de Belleza, trabajó como modelo y ahora se lanza como actriz.
Yeimmy Paola Vargas, “mi papá siempre me ha dicho que yo soy fea”

Los viejos no tienen otra explicación de toda esa explosión de belleza por las calles de su barrio, que el hecho de que –¡por fin!– las niñas bonitas de Chapacuá se liberaron del encierro impuesto por sus celosos y autoritarios padres. Pero la verdad es que, para Yeimmy Paola, la cosa fue menos tortuosa. A ella, hija única, su papá no la tenía bajo llave. Lo que pasa es que andaba entre los muchachos, camuflada de basquetbolista, con tal grado de flacura que en el vecindario la llamaban ‘Día de hambre’. Con todo y eso, cuando cumplió 18 años otra fue su historia, se presentó como Señorita Chapacuá y ganó en el Reinado Popular. Su belleza impactó al extremo de ser elegida como la candidata popular que representaría, por primera vez, a Cartagena en el Concurso Nacional de Belleza. Más que virreina nacional en 2003, ella se convertiría en un ejemplo de superación personal, de alguien que logró salir de un barrio pobre y triunfar como modelo en las portadas de las revistas y en las pasarelas. La última vez que la vi, antes de esta entrevista, iba junto a mí, en una lancha que saltaba de ola en ola, apurada por llegar a Cartagena antes que la tormenta, con su cabeza divinamente peinada dentro de una bolsa plástica, en un mar picado, sin el menor sobresalto en sus ojos negros, luego de tener que suspender su sesión fotográfica en las Islas del Rosario por el nerviosismo justificado del avezado lanchero con tanta nube cargada en el cielo. No había otra salida que levantar todo y correr con Yeimmy Paola, muy arreglada, en busca de un lugar en dónde terminar nuestra malograda sesión fotográfica. Un edificio abandonado en obra negra, en Manga, sería el escenario para hacer –según ella– su mejor portada. Ya han pasado tres años desde entonces, y ahora nuestro encuentro es en Bogotá en el bar Bardot. Llega silenciosa con sus 82-64-95 y su uno ochenta de estatura debajo de un discreto conjunto. Huele a Dolce & Gabbana, más tarde sabría que es Light Blue, porque para la noche sólo usa The One. La sofisticación y los contrastes de una mujer preciosa que cuando está en Cartagena todavía le gusta ir a la parte de atrás de Bazurto a comer pescado con yuca, como lo hacía cuando era una niña.

En su barrio, en Chapacuá, ¿había mujeres más bonitas que usted?

Sí, claro que sí. Había mujeres que yo admiraba mucho, tenían un trabajo en la Alcaldía, muchos más años y eran más bonitas.

¿Qué se hicieron esas mujeres?

¡Ahí están! Ya tienen hijos, pues es lo normal que uno hace cuando vive en un barrio como este.

¿Y de la nueva ola de bellas?

De hecho estoy preparando a Geraldine Álvarez, la reina 2010 del barrio, para que compita este año para Señorita Cartagena.

¿Y qué explicación tienen los viejos para que haya tantas mujeres bonitas en Chapacuá?

Bueno, muchos dicen que los papás nos tenían encerradas y que no sabían que en el barrio vivían unas mujeres tan lindas como para ser reinas, hasta que todas salimos y nos metimos al reinado.

¿Por qué las tenían encerradas?

Eso es lo que dicen. Como la gente no nos ve por las calles andando, caminando por todos lados, pues es obvio que digan que estábamos encerradas; y como en el colegio uno siempre lleva la falda larga, no se ve el cuerpo, no se ve nada.

Pero viéndola, no es difícil adivinar que su papá la tuviera encerrada.

No, no tanto, sino que yo estaba camuflada. Era basquetbolista y usaba pantalonetas así como de machito con botas. Además, era como una jirafa. Todo el mundo me decía ‘Día de hambre’.

¿Sus papás qué hacen?

Mi papá, Manuel, trabajaba en Jabonería del Caribe, una fábrica de jabones y de menticol. Ya se acabó la empresa y está buscando la pensión. Y mi mamá, Alba, era operaria de Vikingos de Colombia y ya está pensionada.

¿Su papá le decía que era bonita? Todos los papás, por lo general, les dicen eso a sus hijas.

No, no, mi papá siempre me ha dicho que yo soy fea. Incluso, dice que él no sabe qué me vieron a mí porque yo soy ¡horriiiible! Mírate esa nariz, me dice, mírate esa boca.

¿Qué es Chapacuá en su vida?

Mi vida entera, donde nací, mi barrio al suroriente de Cartagena, donde estuve 20 años antes del reinado, donde estoy todavía porque mi familia vive ahí.

Es un buen ejemplo de superación personal el suyo: reina, modelo y actriz. ¿En su barrio siempre quiso ser eso?

No, en Comfenalco, mi colegio, apoyaban mucho el deporte, por eso a los 9 años dije que iba a ser una gran basquetbolista, pero cuando llegué a los 18 ya no pensaba lo mismo, porque pasé a la Universidad y ya no estaba con mis amigas.

¿Qué quería ser?

Psicóloga, estaba estudiando Psicología en la Universidad San Buenaventura en Cartagena.

¿Y qué pasó con la Psicología?

En ese momento me encuentro con un personaje que me da su tarjeta en el bus donde íbamos y me dice: “Tú eres bonita y puedes ser reina. Llámame si te decides”. Ahí fue donde empecé como reina.

¿Quién es ese personaje?

Se llama Camilo Gamarra. Es un peluquero que ha tenido muchas reinas durante años, siempre tiene como el ojo para encontrarlas.

Ahí pasó de los tenis a los tacones

Yo, que era una niña amachada de tanto jugar básquet, pensaba que no lo iba a lograr porque, obviamente, no sabía montarme en unos tacones, caminar con elegancia o sentarme bien. Me tocó empezar de cero. Fue duro.

¿Y fue directamente al Reinado Popular?

Desde niña me estaban diciendo que fuera reina, pero mi mamá que no, que no y que no porque todavía no tenía los 18 años. Sin embargo, desde los 7 años, una prima me ayudaba a escaparme para ir a los reinados del barrio pero nunca ganaba y terminaba llorando en mi casa.

¿Cuántos reinados perdió?

Perdí como cinco. Era la candidata de la Manzana F, Lote 20, y nunca quedaba de nada.

¿Qué pasó entonces?

A los 18 me dicen que por qué no soy reina y les digo que es que yo no sirvo para eso, que ya quemé todos mis intentos de serlo cuando estaba chiquita, pero a pesar de mi negativa mucha gente insistía. Me dije entonces: “Dios mío, si esto es lo que a mí me toca hacer, mándame una cosa insólita”. Y para mí lo insólito fue que me encontrara en un bus con un personaje que me dijera: “Oye, yo quiero que tú seas reina”.

¿Ahí tomó su decisión?

Llegué a mi casa y le dije a mi mamá: “No sé cómo vas a hacer pero le vas a decir a mi papá que voy a ser reina”. Ella no quería aceptar. “Acuérdate –me advertía– que habrá prensa y nosotros no somos personas tan educadas”, mejor dicho, mi mamá empezó como a decirme todo lo que no éramos para que me diera cuenta de mi realidad y que no podía llegar a ser eso.

¿Y cuál era esa realidad?

Que éramos pobres, que no teníamos dinero como para estar en un reinado.

¿Y eso fue hace cuántos años?

En el 2001, ahí me apoyaron y empecé todo lo de del barrio, me inscribieron y cuando ya me postulan como favorita empezó la cosa como en todos los periódicos, que Chapacuá, Chapacuá, Chapacuá... hasta que ya llegó el momento y gané el Reinado Popular.

¿Y ahí cambió todo?

¿En el Reinado Popular? Sí, claro. La organizadora del reinado –que se llama Mercedes Rosales– me ayudó mucho. Me acuerdo que el último día, cuando ya iban a decir las diez finalista, una señora me saludó y me dijo, con un movimiento extraño en sus manos: “tú vas a ganar, tú vas a ser la mejor”. Y cuando se va, siento un olor en toda esta parte aquí en los brazos, como a mata. Empezaron, entonces, a lavarme, a echarme perfume, porque todos pensábamos que me había echado algo para no quedar de reina. Yo lloraba.

¿Eso era brujería?

No sé si era brujería o era para darme más energía, no te puedo decir, igual gané.

Hoy es el orgullo de su barrio. ¿Antes cuál era el personaje admirado en el vecindario?

Ni siquiera el vecindario. En la radio decían barrio La Esperanza, barrio Los Alpes, todos los barrios que quedaban cerquita a mi barrio, pero nunca mencionaban a Chapacuá. Ahora sí. Ahora las cosas cambiaron.

¿Qué quiere decir Chapacuá?

Tienen dos versiones: decían que eran unos indios que tenían ese nombre, y la otra que era un pescado que se llamaba así.

¿Cuándo entendió que era pobre en su infancia, que era humilde, que tenía limitaciones?

En mi infancia nunca lo entendí. Soy única hija y tenía todos los gustos. Nunca entendí que éramos pobres, pobres. Eso lo entendí cuando mi mamá se pensionó y mi papá se quedó sin trabajo, yo ahí entendí muchas cosas.

¿Eso fue a finales de los 90?

Sí, y ahí fue donde yo dije: ¡no tenemos nada! Tenía que dar setenta mil pesos para la graduación del colegio y no tenía la plata. ¿Ahora qué viene para mí? ¿La Universidad quién me la va a pagar? ¿Cómo voy a hacer? Yo tengo que hacer algo... Esa fue una de las cosas que a mí me hizo aceptar el reinado.

¿La lámpara de Aladino fue el reinado?

La lámpara fue Camilo, al llegar en el momento adecuado en que yo estaba sufriendo más. Después de ganar el Reinado Popular era modelo de protocolo y me iba en la noche a los bares a dar cigarrillos y cosas para que la gente comprara. El Reinado Popular te cambia la vida a ti pero no económicamente. Cuando a uno le dan la plata del premio, cinco millones de pesos, uno necesita tantas cosas que esa plata no alcanza ni para componer la casa.

¿Cuándo le empieza a funcionar la belleza realmente?

Yo pensé: “Voy a aprovechar que estoy aquí en esto para irme por el modelaje”. Y ahí fue donde empecé, aunque en Cartagena el modelaje no era mucho, alcanzaba para comer y tener algo.

¿La Psicología quedó borrada?

Borrada. Porque cuando voy por el segundo semestre me proponen ser Señorita Cartagena, y ahí dejo la Universidad. Nunca imaginé llegar a tanto.

No había tradición.

No, ya había leído que todas las niñas que venían de ser reinas populares y que querían ser Señorita Cartagena, no lo lograban. Entonces por qué voy a perder mi tiempo buscando una cosa que no se va a dar. Hasta que un día, sentada en la puerta de mi casa, me llaman por teléfono de la Alcaldía y me dicen que me necesitan para un evento.

Un trabajo más de modelo de protocolo.

Sí. Me vestí bien bonita, había mucha gente, periodistas, había una rueda de prensa. ¿Qué será? ¿Vendrá alguien, el presidente? Y cuando entro oigo que alguien dice: “¡Ahhh, ya llegó Yeimmy!”. Me sentí supermal por llegar tarde. De pronto el alcalde dice: “Bueno, la reunión de hoy es para presentarles a la nueva Señorita Cartagena, Distrito Turístico y Cultural, Yeimmy Paola Vargas”. Yo lo miro y le digo “¿Cómo así?”. Y él me dice: “Vete para tu casa enseguida porque después te vas para Bogotá y te empiezas a preparar, porque si ahora te quedas aquí esta gente te va a masacrar” .

Y quedó de virreina. ¿Eso fue en el 2003?

Sí, 2003. Ganó Catherine Daza Manchola, Señorita Valle. Cuando estábamos abrazadas las dos esperando el veredicto del jurado, le digo a Catherine: “Yo no quiero ganar. Tú vas a ser la Señorita Colombia, hazlo bien, nunca dejes a tu novio”. Le estoy diciendo todo eso en el oído, cuando dicen que la virreina soy yo. Ella tenía esa ambición de la que quiere ser por encima del que sea, yo no tenía eso.

¿En ese momento qué quería llevar a su casa, aparte de aplausos?

Quería enseñarles a todos lo que yo había aprendido: modales, eso que la gente tiene porque es “pupi”, pero que también los humildes podemos tener esa forma elegante de estar con las personas.

¿El reinado le dio modales?

Sí, porque la preparación aquí en Bogotá fue dura, porque yo no sabía hablar nada. Sólo sabía jugar basquetbol.

Como reina, ¿qué le enseñó a su papá?

A mi papá le enseñé a hablar mejor. A él le digo: “Tú tienes que ser menos guache en el sentido de que todo no es pegando, o sea, tú tienes que hablar primero”.

¿Y a su mamá?

Y a mi mamá como a ser más amigable, porque ella no tenía amigas; a ser más abierta, a ser una señora muy bien presentada, que si íbamos a saludar a Raimundo ella estuviera bien.

Gana luego en Japón.

Voy a varios concursos antes y en septiembre voy a Japón. En ese momento les gano a Estados Unidos y a Grecia.

Bueno, entremos en la lista de ganancias de la belleza. ¿Qué le dieron en Japón, plata?

Sí, cuarenta millones de pesos, ahí ya compré un taxi para mi papá, para que tuviera una entrada fija, y arreglé mi casa. Les mando a mis papás plata para que la tumben toda y la vuelvan a hacer. Era de bloque de cemento, no el rojo sino de cemento gris, esa era mi casa.

Los pesimistas no faltan. ¿A usted alguien la desanimó?

El único que siempre me desanimó fue mi papá, porque me decía que cuando yo saliera hablando en los noticieros, él se iba de la casa y no miraba más nada, porque él sabía que yo iba a hablar mal y no iba a saber responder.

¿En quién cree?

Creo en Dios.

¿Y en quién no cree?

A veces no creo en mí, en lo que pueda llegar a hacer.

¿Por qué no hay más modelos negras en las pasarelas?

Lo que pasa es que muchas mujeres negras se meten en el rollo del racismo y cuando tú te metes en ese rollo te cierras totalmente.

¿Qué es meterse en el rollo del racismo?

Es decirte que todo el mundo está en contra de ti y que si no te escogen para una pasarela o no te queda un pantalón o no sé qué, es porque eres negra. Con el rollo de que todo lo que te pasa es porque eres negra, le estás mandando esa mala energía al resto del mundo.

Bueno, cómo así que le tocó volver a su barrio para recuperar el hablado costeño que quería el director de El Joe. ¿Demasiados modales?

A mí nunca se me ha olvidado de dónde vengo ni tampoco cómo hablo, pero con siete años en Bogotá, con tanta gente que uno conoce, hablando todos los días y también haciendo cursos de voz (porque también quería ser presentadora) donde lo primero que me dice la profesora es “vamos a quitarte ese acento costeño”, desde ahí yo empecé a practicar con alverjas y toda estas cosas en la boca.

¿Hace cuánto salió del barrio?

Siete años.

¿Qué extraña de su vida anónima en Chapacuá?

Extraño estar con mi familia, las fiestas de los barrios que me gustaban tanto, pero ya no es lo mismo porque mucha gente ya no me mira igual, y así como muchos me miran con admiración, otros me miran con envidia. Algunos llegan a pedirte plata porque creen que tú tienes plata, y eso es a cada rato. Cuando voy a Cartagena, sobre todo a mi calle, siempre regalo mercados porque no quiero que mucha gente pase por la situación que yo pasé, pero hay muchos que no lo entienden así.

¿Confunden la fama con la riqueza?

¡Totalmente! Son dos cosas diferentes. Hay que lucharla mucho por estar ahí, que te vean que estás bien físicamente y que estás bien, sobre todo en el modelaje, que estás bien emocionalmente, que te quieran en sus pasarelas y ahora en la pantalla.

¿A qué le tiene miedo?

Le tengo miedo a la muerte y a las alturas.

¿A la vejez?

No, a la vejez no, quisiera llegar a ser viejita.

¿Una negra que admire?

La modelo Tyra Banks.

Al Tino Asprilla le dio dizque porque quería ser blanco, ¿eso le ha pasado por la cabeza?

¡Nunca! Muchas me dicen “blanquita”, pero es que el frío de Bogotá me ayuda a ponerme un poco más clara, no es que yo quiera ser blanca.

Sin mentiras, frente al espejo, ¿hay una parte de su cuerpo que no le guste?

La cola, no quiero verla.

¿Y algo que le encante?

Mis ojos.

La peor mentira que han dicho sobre usted.

Que ya no me acuerdo de mis amigos, sobre todo de los del Colegio Comfenalco de Cartagena.

¿Cuál es el coco de las negras?

Las caderas, son lo que tú sientes que más se te crece, es lo peor para las negras.

¿Qué cambiaría del mundo blanco?

A Dios, pero no sé cómo lo mirarías tú.

¿Hasta cuándo bella?

Hasta dentro de poquito, como unos diez años.

¿Y después qué?

Pienso montar una escuela de reinas en Bogotá para dar clase de pasarela, modelaje, maquillaje, teatro... Por lo pronto, ya estoy entrenando a cuatro niñas de Cundinamarca, Cartagena, Valle y Huila.

¿Usted qué personaje de los cuentos infantiles cree que es?

Mucha gente piensa que soy la Cenicienta.  

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