Antonio Morales, escapando por las ventanas

Escritor, bohemio, mamagallista y desenfadado. Así es el periodista que durante más de tres décadas ha recorrido los principales medios nacionales pese a sufrir de “dromomanía”, un extraño síndrome que no le permite quedarse quieto en un solo lugar.
Antonio Morales, escapando por las ventanas

Torres del parque. Viernes. Tres de la tarde. Antonio Morales abre la puerta de su apartamento con el teléfono pegado a la oreja. Sonríe, sin dejar de hablar, haciéndome una seña para que siga a la sala. Por la ventana se ven los cerros bogotanos casi al alcance de la mano; el Santuario del Señor Caído, en Monserrate, parece tan cerca. En el teléfono Antonio menciona un viaje. No es raro. Desde hace años sufre de un extraño trastorno sicológico llamado “dromomanía”, que lo obliga a estar moviéndose todo el tiempo de aquí para allá. Una patología que le hace cambiar constantemente de domicilio, que lo lleva vivir en una especie de constante desarraigo y que, al menos en su caso, lo ha impulsado a recorrer más de 35 países. La cosa es tan grave que conserva siempre dos tiquetes de avión guardados en un pequeño cajón. “Si no los veo ahí, me empiezo a deprimir, hermano. Ahora tengo dos y cada vez que los veo digo… ¡uy jueputa, chévere, me voy!”.

Fue en París, quizás, donde más pudo ‘disfrutar’ de su enfermedad. Allá llegó en 1999, luego del asesinato de su gran amigo Jaime Garzón y de haber recibido amenazas de muerte. “Como antes de irme había trabajado en la televisión, tenía platica. En París me dediqué a vivir bien y a viajar: fui a África, al Extremo y Medio Oriente, me recorrí toda Europa. Lo que pasa con esta enfermedad es que siempre quiero estar donde no estoy. Siempre quiero irme. Bueno, no, mentira: ¡También me gusta venirme!”. Una curiosa manía que le ha traído más de un susto. “No sé si contar esta vaina… pero bueno: me importa un culo. Una vez, en CROMOS a finales de los años ochenta, me emborraché, me enrumbé, y terminé en México. Y otra vez en Leticia”.

Fue también en París donde se dedicó a la literatura. Allá escribió una novela que tiene casi terminada, varios cuentos y un libro de viajes que iba a salir publicado pero al final se frustró. “Durante todos esos años, como no hacía un culo, aproveché para escribir. Un día miré mi cuenta corriente y me quedaban como 100 dólares, hermano. Me lo tiré todo, los ahorros de toda una vida. Mejor dicho: me había pensionado a los 45 y a los 50 se me acabó la pensión. Entonces me tocó volver a Bogotá a trabajar”.

Ahora hace entrevistas en El Radar, de Caracol; presenta un programa de sexo en Señal Colombia; escribe una columna en el portal Kienyke, y otra con el seudónimo de uno de los personajes que creó por la época de Quac! y que aún los colombianos recuerdan con cariño: Godofredo Cínico Caspa. Pero quién sabe si sea por mucho tiempo. “Creo que el próximo año me voy a pegar una escapadita sabática para terminar esa deuda ineluctable de escritura conmigo mismo. Me voy a París pero de ahí seguro viajaré”.

Y seguirá, tal vez, alimentando su dromomanía .

***

Pese a que estudió Antropología, Antonio supo desde muy temprano que su destino iba a estar en el periodismo. Lo entendió desde pequeño cuando su padre, el escritor Próspero Morales Pradilla, periodista y columnista de El Espectador, lo llevaba al periódico y lo ponía a trabajar durante sus vacaciones. “De todas maneras yo siempre tuve el gusanillo del periodismo; me gustaba por formación, por imitación. Empecé en el periódico a los 15 años, como asistente en el archivo, y ahí fui ascendiendo. Cuando me gradué y empecé Antropología, me iba por la mañana a la redacción y por la tarde a la Nacional a tirar piedra”.

Su carrera, confiesa, le dio bases. “Si no hubiera sido por mi formación en ciencias humanas, no habría podido hacer muchas cosas que he hecho como periodista. Si no hubiera estudiado en la universidad pública, ni hecho Antropología, no habría asumido en mi vida los comportamientos sociales y políticos –y en consecuencia éticos– que he asumido. Es decir, no hubiera sido de izquierda”.

Y es que Antonio siempre ha comulgado con esa tendencia política. De pequeño, cuando sus padres lo pasaron del Liceo Francés al Gimnasio Moderno –un colegio en el que, dice, pretendían enseñarle cómo tenía que dominar este país–, se dio cuenta de que él no quería mandar a nadie, ni tener plata, ni mucho menos ser ministro. “Allá me dijeron desde el principio: mijito, no se case con una loba porque se enloba”.

Antonio, por supuesto, se opuso. Desde entonces lo ha hecho. Quizá por eso su amiga, la periodista Margarita Vidal, lo describe como “inteligente y rumbero; iconoclasta y provocador”. “Iconoclasta sí, me gusta esa palabra. A mí me tildan dizque de irreverente, pero ¡qué va! La verdad es que soy pretendidamente iconoclasta, porque no he logrado derrotar unos ciertos íconos que quisiera. Y provocador, tampoco. Soy jodón y eso implica que tengo un poco de humor”.

Un humor inteligente y mordaz que sale constantemente a flote en la conversación. Un humor agudo que le permite echar sus dardos de sarcasmo contra todo y contra todos, y con el que en más de una ocasión se ha ganado la vida. Un humor que, en últimas, refleja lo que es: un conversador ameno, inteligente y dicharachero que no tiene problema en decir lo que piensa echando mano de un lenguaje desenfadado.

Cuando apagamos la grabadora y nos preparamos para tomarle las fotos, Antonio se ríe. “Mira qué casualidad: justo hoy me corté el pelo. Es que me llamaron de Caracol a decirme que un calvo de pelo largo no se veía bien en televisión”. Luego sigue hablando de esto y aquello hasta que, mirando los cerros por la ventana, se queda pensando. “Ya me están dando como ganas de irme de Bogotá, hermano”. Lo más seguro es que ese mismo día haya viajado.

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