Una obra de arte con tacones

Daphne Guinnes, la heredera de una de las cerveceras más emblemáticas del mundo muestra cómo el cuerpo y la ropa pueden ser un gran proyecto de arte.
Una obra de arte con tacones

El lunes 20 de septiembre, una multitud se congregó en la catedral St.Paul, de Londres, para honrar la memoria del desaparecido Alexander McQueen. Aunque era una situación dramática y los 1.200 dolientes iban en su mayoría ataviados de negro, el encuentro también era una oda estética, un tipo de celebración. Zapatos con animal print, bordados dorados, vestidos blancos, sombreros esculturales y todo tipo de afirmaciones sartoriales evocaban, en medio de las lágrimas, al modisto. Kate Moss, Naomi Campbell, Anna Wintour y Sarah Jessica Parker hacían parte de un repertorio dominado por personajes estéticamente notorios.

Una mujer afiladamente delgada y rubia resaltó en aquel mar de atuendos vanguardistas. Llevaba una especie de sastre ceñido, con pliegues desestructurados, el pelo cubierto por un velo y la cabeza coronada por un sombrero del célebre Phillip Treacy. Los esculturales zapatos –reconocibles modelos de McQueen– tenían una altura surreal; todo en ella evocaba la imagen de una viuda negra, ligeramente escabrosa.

Años atrás, esa misma mujer caminaba por las calles de Londres cuando sintió que alguien tocaba su hombro. “Yo diseñé la chaqueta que llevas puesta”, le dijo un hombre. Caminaron a un pub juntos y así empezó la larga amistad entre Daphne Guinness y Alexander McQueen.

Como mínimo, puede decirse que Guinness es un ícono de la excentricidad, un “ave rara” cubierta de plumas y diamantes. Sus apariciones públicas de los últimos años han confirmado su extraordinaria capacidad estética y su imperioso estilo personal. Sus ensambles, magníficos, complejos y por momentos un poco alienígenas, la han convertido en encarnación de la modernidad: influencia para Lady Gaga, objeto reverencial para toda la blogosfera y musa de modistos como Tom Ford –fue una de sus modelos en la muy privada muestra que sostuvo para un círculo muy íntimo–. Algunos, como Valentino, lo han dicho con suma claridad: “la vida es un escenario para Daphne”.

Guinness es heredera de la titánica cervecera que lleva su nombre. Es nieta de Diana Mitford, una de las célebres hermanas Mitford, controvertidas por sus extraños nexos con la extrema derecha, durante la II Guerra Mundial. Cuando era niña y pasaba sus veranos en Cadaqués, Man Ray y Salvador Dalí solían ser visitantes frecuentes. A los 19 años, Guinness se casó con el magnate naviero Spyros Niarchos. El matrimonio duró 15 años y le dejó a Guinness tres hijos y un arreglo de 20 millones de libras esterlinas.

Pero Daphne Niarchos era todo menos extravagante; era una mujer mucho más discreta y con el pelo color miel oscuro. Cuando se separó, retomó su apellido de soltera y pareció emerger de una crisálida matrimonial. A la hora de hablar sobre aquellos años, Guinness conserva la discreción que le dio el apellido Niarchos, pero ha llegado a confesar que vivía una vida restrictiva. Soltera por primera vez desde la adolescencia, Guinness ha esparcido sus alas creativas. De allí que prefiera ser llamada artista. Y lo es.

Hoy, Guinness es una mujer adinerada, socialmente segura y, como dijo Guy Trebay, reportero de The New York Times, “bendecida con tremendos dones teatrales”. Su pelo bicolor hace recordar a la novia de Frankenstein; su colección de alta costura tiene tanto de París como de Espartaco, y su estilo duro y tecnológico también ha sabido pujar en los límites del género. Es común verla atravesando una habitación en alguna encumbrada cena del mundo del arte –los espectadores con el aliento contenido– en un par de zapatos improbables. Suele vérsele tanto en la Place Vendôme como en el Art Basel de Miami con tacones sin tacón suspendidos en el aire, capas de telas transparentes, plumas, cuellos altos, el pelo recogido muy arriba y coronado por auténticos diamantes.

Pero no todo es audacia sartorial o capacidad adquisitiva para tener una colección de alta costura. Guinness trata cada pieza que posee, cada traje, cada joya, como una pieza de arte. En ese sentido, es “curadora” de su armario y de sí misma. Ella es la prueba de que el vestuario puede ser una herramienta para el performance y para afirmar, como una artista, qué significa ser mujer.

Tampoco todo son gajes de una socialité. Guinness colabora con colosos del arte como el fotógrafo David LaChapelle, ha estudiado Shakespeare en la Royal Academy of Dramatic Arts en Londres, es cantante soprano, prepara una fragancia con Commes de Garçons, es actual musa de François Nars para su línea cosmética, y alista una exhibición en el museo del Fashion Institute of Technology de Nueva York basada en su armario personal. Además, es productora de cine y es la amante del pensador Bernard Henri-Levi. La relación contrariada entre ambos lleva años muy a pesar de que Henri-Levi es un hombre casado. Guinness se ha referido a él como el “gran amor de mi vida” y fue él quien le dijo que ella no era una persona sino un concepto. Como un concepto, Guinness está en permanente construcción, protagonista de un suntuoso, complejo y fascinante proyecto artístico.