Vivimos el efímero éxito de nuestros campeones

Visitamos Cartagena, tierra de campeones mundiales, para saber por qué el boxeo no volvió a darle alegrías a Colombia. Falta de patrocinio, poca difusión y una sequía de títulos tienen a esta disciplina en la cuerda floja.
Vivimos el efímero éxito de nuestros campeones

El barrio se llama El Milagro porque cuando las primeras casuchas se pegaron al cerrito, nadie daba un peso por él. Hoy, 24 años después, esta invasión no solo sobrevivió a los violentos y sucesivos desalojos de la policía, sino que junto a ella se fueron pegando una a una cientos de casas que de manera desordenada dieron vida a este sector nororiental de Cartagena. Por estas calles Kermin Guardia fue ídolo en 1998, cuando conquistó el título mundial paja de la OMB. Por esa época era uno de los mejores prospectos de Colombia para seguir ganando títulos. De hecho, en 2003 alcanzó a ocupar, en interinidad, el puesto de campeón mundial minimosca de esa misma entidad. Pero la vida lo desvió por sus vericuetos y ahora recorre estos barrios buscando niños que estén dispuestos, como él, a romperse la cara a golpes para salir de pobres.

Esa tarea la empezó hace año y medio con José Vásquez, su entrenador, un cartagenero que después de dedicarle toda su vida a formar campeones mundiales (sacó a Kermin y Alejandro “el Ñaco” Berrío) sigue viviendo en estas mismas lomas. Los dos, por puro amor al boxeo, se fueron casa por casa recogiendo esos niños que se la pasaban en las polvorientas calles haciendo nada, para entrenarlos en un peladero del barrio Sucre. Están convencidos de que solo así podrán encontrar ese diamante en bruto que hará revivir las viejas épocas de gloria que el boxeo les entregó a los colombianos con campeones como ‘Rocky’ Valdés, ‘Kid Pambelé’ y Bernardo Caraballo, el hombre que partió en dos la historia de este deporte, por allá a mediados de los sesenta.

“Estamos tan mal que Tolima está por encima de Bolívar en campeones nacionales de boxeo”, dice Kermin con su hablar lento y enredado, tal vez por tantos golpes recibidos en 18 años de pugilista. Subimos desde el gimnasio Bernardo Caraballo, donde religiosamente entrena todos los días, hasta El Milagro. Vamos a conocer a su socio y entrenador.

José Vásquez tiene 60 años. Sufrió una isquemia cerebral hace un año y tiene medio cuerpo paralizado. Vive a una cuadra de Kermin, en una casa de una planta, donde sus hijas velan por él, mientras esperan que el Estado le agilice una pensión. No se hacen muchas ilusiones. Es común aquí que los entrenadores que le arrancaron a estos humildes barrios los campeones mundiales, mueran en la miseria. Así pasó con Jorge García Beltrán, con Fortunato Grey, con Hipólito Palomeque, con Carlos Arturo Osorio, con Rafael Núñez...

‘El profe’, como el dicen en el barrio, no habla mucho y se le entiende muy poco. Kermin lo carga para subirlo al taxi y llevarlo a que sus pupilos, los quince chicos que ya lograron reclutar, lo saluden. Los niños salen de los recovecos, como de la nada. Algunos sin camiseta, todos con pantalonetas y con unas blancas sonrisas dibujadas en el rostro. Cada tarde, porque el calor no permite hacerlo a otra hora, siguen el ritual de saltar y lanzar puños según las instrucciones de Kermin, el champion.

A Kermin todavía le dicen “campeón”. A la gente no le importa que las coronas duren poco en las sienes de sus ídolos. Para ellos seguirán siendo campeones. Y más si se trata de hombres como éste, que después de media vida de dar y recibir golpes sigue viviendo en el barrio y, con lo que se gana peleando en Estados Unidos, les regala los guantes y los implementos para entrenar.

Desde 2009, cuando Yonnhy Pérez logró el título mundial en la categoría gallo de la FIB, Colombia no tiene campeones. La última ilusión la encarnó Jesús “el Cuchilla” Geles, que alcanzó a serlo en calidad de interino minimosca de la OMB, pero cuando intentó conseguir la titularidad, perdió en México en mayo de este año. “Como perdí ya no me llama ni me busca la gente”, dijo muy dolido en El Universal de Cartagena y prometió volver al otro día a entrenar para buscar nueva pelea en julio.

Lo que más aprecian estos hombres humildes es el reconocimiento. Algunos nunca logran congraciarse con aquello de las luces y las entrevistas, solo buscan menguar la pobreza. “Pambelé”, nuestro primer campeón en la historia (1972), sentenció sabiamente que después de conocer el hambre y el frío, “primero se muere antes que perder el champion”.

Es como ganarse una lotería. Los que se deciden por este deporte saben que su vida en el boxeo es dura y corta. Están expuestos a enfermedades irreversibles causadas por los golpes y después de los 35 años ya no pueden aspirar a nada, como no sea un puesto mal remunerado como entrenador.

El coliseo Bernardo Caraballo de Cartagena, donde se han formado varios campeones, alberga cada mañana varias decenas de hombres, y algunas pocas mujeres, que vienen de los barrios más humildes de la ciudad y de los pueblos de Bolívar a seguir soñando con un título o con una fortuna. Varios de ellos ya se han ceñido el cinturón de campeón, como Óscar León, Daniel Reyes, Alejandro Berrío y el mismo Kermin, pero la gloria les ha sido esquiva y sus triunfos, además de sufridos, han sido efímeros.

Kermin, junto a una decena de ellos, se fue a buscar plata a Estados Unidos después de perder el título con contratos desfavorables y hasta tramposos. Allá cada boxeador puede ganar entre 10.000 y 50.000 dólares por cada pelea. En Colombia logran, a lo sumo, embolsillarse 2 ó 3 millones de pesos.

Con esa motivación madrugan a entrenar y buscan a un empresario que les cuadre peleas con jugosas bolsas. Después de varias experiencias dolorosas, Kermin decidió ser su propio empresario. Lleva seis años viajando con frecuencia a Miami. Allá alquila una casa con otros tres boxeadores que, como él, dan puños por plata, y entre pelea y pelea trabajan en cualquier cosa, como mecánicos o pintando barcos. Lo importante es traerse de vuelta la plata para comprar el televisor de pantalla plana, pagar el colegio de los hijos, arreglar un pedazo más de la casa o ayudar a algún familiar.

Y junto a ellos, en el coliseo se levanta un puñado de jovencitos. Sueñan con un título, por ahora de campeonato nacional, luego entrar y completar el ciclo olímpico. Están en el colegio y vienen de familias que han tenido boxeadores o de barrios que han parido campeones. Ahí está el futuro del boxeo colombiano.

Amado Guerra fue boxeador, así como dos de sus hijos. Después de coronar cuatro campeones mundiales, decidió dedicarse a formar a estos adolescentes. Es uno de los entrenadores del Instituto de Deportes de Bolívar (Inderbol) y lleva 22 años en el oficio. Él vio cómo empezó la crisis en los cuadriláteros con la agonía de los empresarios colombianos, vio cómo partían los mejores pugilistas del país cansados de esperar apoyo, de perder dinero, y de paso, las ilusiones. Eso fue, según sus cuentas, hace poco más de 10 años.

Pero ahora está convencido de que el boxeo está en recuperación porque las asociaciones internacionales están mirando hacia Colombia. “En menos de tres meses se hicieron en Cartagena dos peleas por título mundial, fuimos campeones en Suramericanos en 2010 y en los Centroamericanos fuimos terceros”. No pierde la fe, la tiene cifrada en los jovencitos que tiene entre sus manos.

Igual le pasa a Orlando Pineda, el “papá” de los entrenadores, que tiene a cuestas 11 campeones mundiales. Es cartagenero, pero ahora vive en Barranquilla, donde tiene un gimnasio en busca de nuevos campeones. “En Colombia no hay quién patrocine ni promueva esta disciplina. Hay prospectos y afición, pero no hay empresarios que apoyen a los deportistas”.

Los empresarios sacan excusas, dice él, para no patrocinar el boxeo, pero recuerda que en los años ochenta y noventa, cuando las compañías privadas apoyaban a los pegadores, había una larga lista de campeones que lograba retener sus títulos más allá de la primera defensa.

“El boxeo está vivo –dice– pero en este país los medios solo registran fútbol, automovilismo, tenis y golf, mientras en los colegios se están formando pandillas y no hay programas para los muchachos ni gimnasios en los barrios”. Lo dice porque él como boxeador vivió la época dorada cuando en los patios de las casas se hacían cuerdas y el estado contrataba entrenadores y había competencias y empresarios que patrocinaban.

Martín Valdés, otro hacedor de campeones, asegura que Luis Meléndez puede ser nuestro próximo campeón mundial y está confiado en que Yoli Marrugo, una jovencita que peleará título mundial gallo en México este 16 de julio, traerá un nuevo cinturón dorado. De quien no sabe nada es de Jesús “el Cuchilla” Geles. No ha vuelto al gimnasio desde que perdió el campeonato.

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