Carlos Duque quiere una agencia de publicida sin clientes

Con cuarenta años de publicidad, cinco matrimonios encima, dos hijas y un afiche de Galán de su autoría, imborrable como un tatuaje, este hombre nacido en Palmira quiere volver a entrar en su primer sueño, el de ser artista... ahora, con su cámara fotográfica, y exponer su “Shopping Planet” en La Galería El Museo .
Carlos Duque quiere una agencia de publicida sin clientes

Son varios “sis” los que arman esta historia. Si Fidel, su papá paisa, no hubiera muerto cuando tenía siete años, seguro Carlos Duque no habría emigrado a Cali y, por herencia, se habría dedicado al comercio de la madera en Palmira. Si Julia lo hubiera visto hace una semana entrando en la galería con su nombre en grandes letras sobre su fachada. Si ella hubiera oído, (como él oye), cómo hacen eco con aire de importancia sus pisadas sobre este piso de cemento encerado en la sala donde cuelgan sus grandes fotografías. Si su mamá hoy viviera, volvería a repetir lo que siempre decía orgullosa, que “su hijito era un artista”. Si su ídolo y jefe, Hernan Nicholls, allá por los años sesenta, no le hubiera tirado al piso una campaña publicitaria y gritado sin misericordia: ¡Vuélvase inteligente y cuando sea inteligente vuelva!”, no se habría metido como se metió en el cuento de la publicidad por cuatro décadas, tiempo suficiente para cumplir sus retos profesionales y decidirse de una vez por todas a poner sus manos a la obra, su propia obra, la que ahora expone en la Galería El museo, y de la que ya ha vendido cinco de sus imágenes en gran formato. Si no hubiera oído a una señora muy bogotana que miraba su trabajo, decirle a su marido con tono de visita guiada, “este es el publicista, el del afiche de Galán”, creería que ya estaba superado el tema. Si algún familiar supiera el paradero del único cuadro que pintó al óleo, un Modigliani pirata de un metro por 70, cuando tenía 22 años, que lo diga, seguro ahora sí lo cuelga en su sala. Carlos Duque, a los años 65 años, quiere volver a su esencia, se le acabaron los pretextos para no hacerlo.

¿Esta foto del fondo de quién es?

Es mía. Esto lo empecé hace tres años en Tokio, y lo que hago es diseño gráfico con humo.

¿El humo es fotogénico?

Es espectacular. ¡Mire las texturas que da! Es inesperado. El humo toma las formas no solo de la fuente que lo está emitiendo, sino también del aire que hay en ese momento, entonces todas las fotos son distintas, nadie puede repetir eso. Llevé 10 de estas fotos a Japón.

¿Y los japoneses si compran?

Era una galería de la Universidad Politécnica de Tokio, donde hay una facultad de fotografía muy grande, entonces ellos acostumbran a llevar fotógrafos, pero no con la intención de vender... Por ahí pasó André Breton.

Hay una frase suya muy repetida: “Es jodido vivir de la fotografía”. ¿Sigue siendo jodido?

Yo la fotografía no la he tenido como oficio, sino como un lenguaje de expresión para mis experimentos. Parte de la decisión de esta exposición, Shopping Planet, que estoy haciendo en la Galería El Museo, es ganarme un espacio para ver si, por fin, puedo vivir de la fotografía.

Sin ánimo de ofender, siempre he percibido en usted una gran dosis de irresponsabilidad como para haberse dedicado al arte de tiempo completo. ¿Estoy en lo cierto?

Desde hace unos 15 años he querido tener una agencia de publicidad sin clientes.

Carlos Caballero Argáez escribió hace días: “Es preferible pagar por hacer que hacer para que le paguen”. ¿Eso no es la publicidad? ¿Hoy usted está buscando más a sus musas que a los clientes?

Por supuesto, aunque yo no me puedo quejar de mi experiencia publicitaria. Son 40 años durante los cuales me ha tocado recorrer los lenguajes de todos los medios y todo con clientes, o sea, yo he hecho caricaturas para clientes, ilustraciones para clientes, publicidad para clientes, afiches, fotografías… hoy quiero ser mi propio cliente.

¿Hay un Carlos Duque diferente en esta exposición?

Pues hay un Carlos Duque más maduro, yo siempre me había preciado de ser una especie de Peter Pan...

¿Y Peter Pan se creció?

Sí.

¿Qué es crecer?

Yo diría que es envejecer, es disfrutar un recorrido, porque uno pasa mucho tiempo haciendo las cosas, disfrutándolas por supuesto, pero nunca realmente uno se detiene a contemplar ese recorrido.

Nicholls publicidad, Leo Burnett Colombia, Norlop Thompson Ecuador, Procesos Creativos, Duque y Asociados y ahora Duque Imagen y Duque el fotógrafo. Ese ha sido su recorrido. Con los años, ¿qué se quitó de encima?

Muchos pesos, millones de pesos. ¿Millones de pesos?

Sí, porque todo lo que estoy haciendo hoy precisamente va enfocado a decir: “Bueno, me tengo que quitar unos cuantos millones de pesos de encima para poder dedicarme a sembrar mis propios pensamientos”. Yo he sido, digamos, un publicista relativamente exitoso, y ese es un problema porque cuando uno tiene aspiraciones personales que van más allá del puro oficio y del trabajo, la rentabilidad se vuelve un obstáculo.

¿Y la comodidad?

Me estoy acordando de un poema de Gonzalo Arango que decía: “Para ser Dios, deja de ser algo”, es decir, cuando uno está pretendiendo ser alguien toca sacrificar la otra parte de la película.

Y por ser ese publicista reconocido que hoy es, ¿qué parte de la película dejó de hacer?

En el colegio San Luis Gonzaga de Cali yo soñaba con ser artista. Yo dibujaba mucho, luego estudié Bellas Artes y mi aspiración era ser EL PINTOR.

¿Y qué pasó ahí?

Después de la escuela de Bellas Artes, entré a la publicidad porque era como un espacio chévere para trabajar. Ahí fue donde conocí al legendario Hernán Nicholls y entré a trabajar con él y todo ese rollo.

¿Pudo más el imán de la publicidad que el arte?

Cuando tú empiezas a descubrir a los 20 años el mundo de la publicidad, donde están las hembras, el ego, las modelos, el mundo, los medios de comunicación, eso tiene un gran poder de atracción.

La feria de las vanidades.

Sí, la publicidad tiene glamur y en mi época con mayor razón tenía más glamur, porque es que mi época era la de los publicistas famosos, y en Cali con Nicholls éramos famosos. Era el 68.

¿Se acuerda del último cuadro que pintó como estudiante de Bellas Artes?

Era una réplica de un desnudo de Modigliani, de un metro por 70, lo copié tal cual y eso fue todo lo que hice al óleo. Ese fue mi último cuadro como pintor a los 22 años.

¿Ese “Modigliani” dónde está?

Buena pregunta… ni idea dónde está, sería bueno rescatarlo algún día.

¿Estará en Palmira?

No creo. Mi papá murió cuando yo tenía siete y nos fuimos de Palmira a vivir a Cali. Yo tengo prácticamente mi familia en Cali.

Una imagen como una postal de Palmira a sus siete años.

Un parque lleno de almendros y de iguanas.

¿Qué recuerda de su papá?

No lo alcancé a conocer realmente. Se llamaba Fidel Duque.

¿Y su mamá?

Julia Arbeláez, amiga y, sobre todo, alcahueta. Ella siempre se la jugó por mi inclinación artística. Siempre me celebraba y decía: “Ese muchacho pinta divino, este muchacho es un artista”. Seguramente si eso hubiese dependido de mi papá que, digamos, era un paisa, sería comerciante. Él tenía un negocio de maderas.

¿Y su mamá qué oficio o qué profesión tenía?

Era mamá.

¿Su última conversación con ella?

No, es que ella murió en el 83 de una enfermedad terrible, arteriosclerosis, que llega y como que la gente muere muy consciente, pero el cuerpo como que los va abandonando, no pueden hablar… es horrible. Entonces la última conversación fue más bien una conversación de miradas.

Una frase de su mamá de toda la vida.

“Mijo, el que no tiene viejo, no tiene nuevo”, refiriéndose a que yo odiaba heredar la ropa de mis hermanos mayores. Y yo quería estrenar todo el tiempo, todavía quiero estrenar todo el tiempo.

Ustedes eran siete. ¿Los hermanos para qué le sirvieron?

Pues no sé. Los grandes no se querían meter conmigo por chiquito y yo no me quería meter con los chiquitos por grande… pero creo que mi vida siempre ha sido así y, al final, me siento cómodo con gente joven y con gente mayor.

¿Se habla con ellos?

Sí, claro, con todos. La mayor se llama Estela; sigue Martha; Luis Fernando, comerciante de repuestos, y después yo. Y los más cubas son Jaime, que es abogado; César, que es especialista en seguridad, y la menor, María Eugenia, ella sí es artista de verdad.

¿En qué momento comienza su historia en la publicidad?

Después de estar trabajando con Nicholls, como al tercer año, me tocó pegarme una trasnochada todo el fin de semana para cumplirle con una campaña. La presentación era a las diez, y dos horas antes, cuando le mostré lo que había hecho, él ve los avisos, los coge, los tira al suelo y me dice: “¡Vuélvase inteligente, y cuando sea inteligente, vuelva!”. Eso me dio durísimo, nadie en mi vida me ha dicho una mierda más dura. Y me tocó volverme inteligente para vender mejor el mundo.

¿Cuál fue la última lección del maestro Nicholls?

Era un gran especulador porque él no hablaba en términos de lógica ni de coherencia intelectual. El juego de él era cambiar de posición para hacer el ejercicio dialéctico. Podía hacer una supercrítica a un escritor conocido o una gran defensa, y ese es el pensamiento creativo publicitario, usted no puede creer en nada, tiene que creer en todo.

¿Tuvo otro maestro en su vida?

Trabajando en la agencia yo hacía caricaturas para el periódico Occidente, yo dibujaba como Quino, me fascinaba Quino, y conocí ahí a Fernell Franco y me lo llevé para la agencia. Fernell fue el que realmente me vendió la idea de la fotografía. Era un tipo de pocas palabras, pero me decía: “Cuando uno le quita el color a una foto aparece la realidad, entonces resaltan las personalidades, las pieles, el carácter, el gesto, la luz, todo eso surge cuando la fotografía se ve en blanco y negro”.

¿Su primer delito menor?

Yo he mezclado bien el desorden con el orden. Pero si delito menor es meterse un varillo... yo no sé, mucho más pecado se comete al incitar a la gente a comprar cosas que no necesita.

¿En qué falló?

Uno descubre en un momento determinado que le dedicó mucho tiempo al oficio, al trabajo, a las responsabilidades, al negocio y eso lo lleva un poco a descuidar más la vida personal, los hijos, los matrimonios.

Carlos Duque es... un esposo con cuatro uniones y tres separaciones.

Realmente este es mi quinto matrimonio. El primero fue Consuelo Delgado, una caleña con quien tuve a María Elisa, mi hija mayor y gran fotógrafa. El segundo fue con Adelaida Nieto. El tercero, con Ana Fernanda Urrea. El cuarto, con Ivonne Gennrich, de papá austriaco, con ella tuve otra hija que es Juliana, diseñadora gráfica. Creo que a mí me han durado todas 6 o 7 años, es que yo empecé temprano como a los 25 años. Yo los llamó matrimonios pero en realidad solo han sido dos formales, el primero y este último con Margarita.

¿De qué lo han curado sus dos hijas?

¿De dónde saca esas preguntas? (Pone cara de estudiante corchado en en Icfes y al final se atreve). Yo diría que mi ego no tiene cura y que yo no he sido lo suficientemente cercano a mis hijas para dejarme curar. Dígame algo que hoy ve sobre la mesa como una buena jugada en su vida.

Yo diría que haber decidido en el 71 venirme para Bogotá, esa fue una jugada importante. Me impresionaba que la ciudad olía a hollín, que debía ser como de la contaminación de los automóviles.

¿Y dónde fue esa primera aterrizada?

Yo entré a trabajar a Leo Burnett, y tenía un apartamento ahí en la 85 como con 18, ahí fue también mi primer matrimonio.

Una etapa pesada de su biografía por enfermedad, rumba o quiebra.

¡Quiebra! Yo me salí de Leo Burnett, fundé una agencia que se llamaba Gente, eso debió ser como en el 75, yo era el director de la agencia y el director creativo y no sé que más. Después de dos o tres años de estar en el cuento, las cuentas no daban, entonces hubo una toteada muy desagradable y eso me golpeó muy duro. Y, para completar, eso se me juntó con la primera separación del primer matrimonio, fue una mierda realmente. Una experiencia dura, pero por supuesto constructiva porque nunca en mi vida vuelvo a manejar medios, que el cliente me pague la creatividad que es lo que yo sé hacer.

¿Y en su casa quién maneja la plata?

Por supuesto, la señora, Margarita Bernal, ella es chef especializada en delicias culinarias y gastronómicas.

Otra definición suya: Carlos Duque es... un hombre al que le hubiera gustado tener una mujer para toda la vida.

No sé. Yo creo que la mujer de mi vida ha sido una sola que han sido todas. Yo toda la vida he sido un hombre casado.

Carlos Duque es… un esclavo de una imagen, la de Luis Carlos Galán con el puño en alto.

Yo diría que sí. Todo lo que yo he hecho a partir de ese momento ha sido un poco tratar de romper conmigo mismo, romper con el cliché, y bueno, sigo en eso, todavía hay gente que me dice, usted es el del afiche de Galán.

Carlos Duque es... un publicista que siempre le apuesta al candidato equivocado.

He tenido cierta tendencia, me gustan los perdedores.

La última: Carlos Duque es... un clase media que nunca se ganó la lotería.

Es cierto, aunque yo creo que me gané una lotería que no compré porque yo he hecho realmente lo que me gusta, he vivido mejor que Carlos Mattos, eso te lo puedo apostar.

Ahora dígame su definición.

Soy un artista que ha estado prestado demasiado tiempo a la publicidad.

Cuando se mira al espejo, ¿qué ve?

Yo todavía me miro al espejo y veo un joven talentoso.

¿Qué ha ganado y qué ha perdido la fotografía en los últimos años?

La mirada de la reportería sigue siendo una mirada universal para capturar el momento dentro de un estética, pero lo nuevo de la fotografía es que puede ser mentira adrede poniendo en escena lo que uno quiere. A mí me parece espectacular. El mundo se volvió protagonista gracias a la fotografía y a que los celulares tienen cámara, entonces todo el mundo hoy es fotógrafo.

Las tres fotos suyas que nunca abandonaría.

Una foto de Luis Carlos Galán, una foto de Isabella Santo Domingo en un caballo y esta del humo.

La fotografía más difícil.

Una de Gabriel García Márquez. Estaba cansado y lo último que le dije fue que yo lo único que quería era que me regalara 30 minutos de sus Cien años de soledad y, ahí mismo, me dijo que me esperaba a las cuatro de la tarde en su casa. Era una tensión dura por el tiempo y además no tenía mucha experiencia con personajes. Le puse la cámara y le dije que fijara su atención en la ventana y que me mirara cuando le avisara para que la foto fuera más espontánea. Le dije que era un truco y él me dijo que esa era la típica foto que le hacen a los malos escritores. De ese día solo tengo tres fotos.

La foto que quiere hacer antes de morirse.

La foto que yo quisiera hacer antes de morirme sería al colombiano que reciba el Premio Nobel de la Paz.

¿En qué cree?

Yo creo en el talento, yo tengo por ahí una frase que repito mucho: “De qué sirve la vida si no la podemos imaginar”.

Un ocio que no puede faltar en su vida, algo que haga, un escape.

El escape mío es la poesía, no escribir poesía sino leerla. Los poetas me fascinan porque tienen la capacidad de meterse en la cabeza de uno y hacerlo ver cosas. Me gusta mucho Pessoa, es como el escritor de mis entrañas.

¿Para qué le ha servido la vanidad?

Digamos que para moverme en este mundo de la imagen.

Una deuda que todavía aspira que le paguen.

La política deja deudas. ¿Quién me ha quedado debiendo en campaña? ... Nadie. (Siente la mirada pesada de su esposa, la que cobra, y se mantiene en lo que dice) ... Nadie. (Se oye en el fondo un suspiro inconforme). Lidiar con políticos no es fácil, siempre quieren pagar menos.

Un agüero que todavía practique a la hora de disparar su cámara.

Yo no tengo agüeros.

Finalmente, ¿usted qué haría con Shakira si la tuviera para usted solo por una hora en su estudio?

Lo que me gustaría a mí hacer con Shakira es que ella no me dirija la foto, porque ella dirige todo.

¿Qué imagina que piensa la gente que lo ve hoy exponiendo en una galería?

Pensarán: ¿Qué le pasa a Duque que a estas alturas de la vida le da por volverse artista? ¿Por qué no se retira como lo jugadores de fútbol y monta un restaurante y ya? ¿Qué quiere? ¿Quiere seguir siendo vigente, quiere seguir asustando monjas?

¿Cómo se imagina su final?

¿Es que hay un final?