Poncho Rentería acepta el título de escritor de peluquería

Este tulueño lleva 24 años escribiendo su columna en el tiempo y no le importa que lo cataloguen como "escritor de peluqiería". Encerrona seria con alguien no tan serio.
Poncho Rentería acepta el título de escritor de peluquería

Lo suyo es salir. Salió de Tuluá en el 67, hace 24 años sale en El Tiempo con su frívola columna, sale en televisión con su cara de duende, su voz de tarro y sus “buenas, buenas” y, contra todos los pronósticos, es una figura en los medios que gusta o disgusta con sus ruidosas salidas. Encerrona seria con alguien no tan serio... sin salida de emergencia.

Encontrarse con él es tan llamativo y vistoso como toparse con un “traganíquel”, de esos que iluminan en los rincones oscuros de ciertos cafés. Y no lo digo sólo por su ropa de colores, ni por su baja estatura, ni por su esencia ruidosa, sino también por su condición de caja de música. Uno lo ve ahí, prendido como un pesebre, con su oferta de discos, y surgen unas ganas infinitas de ir a meterle una moneda y escoger un acetato, el que uno quiera. Es entonces cuando, por lo general, nos damos cuenta de que la máquina no hace caso y pone la música que le da la gana. Cuesta mucho llevarle la contraria, pero después de mucho forcejeo y de algunos puños, patadas y monedas, y si no se cede en la insistencia, finalmente nos sigue la pista. Poncho Rentería es así, igual que un “tragamonedas”. También tiene una historia más profunda y variada, más allá de ese sonsonetico latoso y autómata con que ambienta sus salas de belleza imaginarias desde donde escribe y pontifica. “Que se prepare para una tarde bien frívola”, me mandó a decir con mi secretaria. Se abre la puerta de su apartamento, el 1105, y vuelven los “ques” en jauría: “que diga que vivo en 100 metros cuadrados”, “que estoy rodeado de dos mil libros, de los cuales 500 sí he leído”, “que me tomo cuatro whiskys al día”, “que hice el mejor libro de Gabo, en 33 grandes reportajes”, “que María Fernanda Valencia dijo en CROMOS que yo era su mejor amiga”, “que soy un consentido de las mujeres”, “que peso 83 kilos”, “que mi mujer vive sola un piso abajo, pero eso sí, desayunamos y nos bañamos juntos”, “que esa es la fórmula”. Suena fuerte y constante su ronca melodía, inconscientemente él mismo se pregunta y se contesta... no va a ser fácil cambiarle la música.

¿A usted quién se lo aguanta?

Mi mujer, Lula Arango. Liliana Arango Arango, paisa, médica, Javeriana, mamá de antropólogos y ahora abuelita desde hace tres meses.

¿Un nieto suyo?

No, es abuelita por otro lado. Ella es abuelita porque tuvo un matrimonio antes con un cirujano. Cambió a un tipo que hace trasplantes de corazón por un tipo frívolo como yo que escribe sobre señoras.

¿Usted no tuvo hijos?

No, mire, eso de los hijos yo tenía muy clarito QUE NO mientras no tuviera plata para vivir decentemente, y me fui haciendo muy mayorcito y después ya me tocó novias con hijos. Me quedé sin niños y vi una película con Gregory Peck, El hombre del traje gris, de un pobre hombre con un niña rica malcriada. Y pensé: “¡Ay, por Dios, de esto me salvé!”. Aunque sí me queda un hueco en mi vida afectiva: no haber sido papá de una niña.

Faltó en la historia una hija.

Me faltó eso, yo no creí que me iba a faltar, pero sí. Pensaba que me iba a faltar saber alemán o mandarín, no tener esa niña, una monita para ir a la playa, comprarle un bikini rojo y jugar con ella. Hoy sería feliz de pasar un puente con una niña mía de 6 o 7 años.

¿Tiene pesadillas recurrentes?

Que me da un infarto. Es que le está dando a gente de 50, y eso lo tengo como referencia de que la vidita ya está en bajada. Por eso tengo afán de vivir.

“Que se prepare para una tarde bien frívola”, me mandó a decir con mi secretaria. Para usted, ¿qué es una tarde bien frívola?

Esta tarde en que estamos oyendo a Benny Moré y a Joaquín Sabina y vamos a conversar de mujeres y de mi famosa peluquería, la de mi columna en El Tiempo que acaba de cumplir 24 años.

¿La palabra frivolidad lo emociona?

La palabra frivolidad suena bonito. ¡Frívolo, frívola, frivolón! Como hoy el mundo es tan amargo y tan odioso, la frivolidad suaviza el lenguaje. Las palabras masacre, allanamiento, testaferrato, abaleo, se exorcizan con una tomadita de té alegrón.

¿Qué les dice a los intelectuales que opinan que usted es un escritor de peluquería?

Que tienen razón y que ojalá ellos pasaran a los salones de belleza y se dieran cuenta de que allí hay muchas mujeres inteligentes, bonitas, racionales, profesionales, preparadas y con sentido de país.

Con lo que usted escribe la gente se ríe, ¿ese es el efecto deseado?

No tanto que se rían porque hacer reír es muy difícil y no me creo humorista. Yo escribo de manera relajada, que sea fácil de leer, sin unas citas intelectuales de filósofos de la Edad Media. Mi columna siempre busca llevar un 34% de inconformidad por lo mal que manejan este país desde 1811.

¿Cuál es su fórmula para escribir las columnas?

Entro con algo liviano, paso a lo serio y me descargo con algo relajado, todo lo contrario de los estadistas con introducción, desarrollo y síntesis. ¡Así no los leen! Comunicar es un arte, y acertar sí que vale, la gente tiene un periódico de 60 páginas, por algo se detiene a leer a Poncho.

¿Hay alguien que se tome en serio lo que usted escribe?

Mucha gente. Leen y dicen “un momentico, en esta parte frivolonga, este señor acaba de meter una carga de profundidad seria sobre el país”. Es que tú me tomas muy a la carrera.

¿Su oficio tiene algo de los antiguos bufones?

Un pedazo. Todo tiene su pedacito de bufón y su pedazote inteligente.

Entre chiste y chanza, tres vaticinios suyos que luego se hayan cumplido.

Que el erotismo del dinero público sigue en aumento; que los políticos tienen más verbo que realidades; y que el país cada día será peor y el mundo también.

Dígame su nombre como aparece en la cédula.

Poncho Rentería Mantilla.

¿Y el Alfonso?

No, yo me llamé Alfonso ya hace veinte y pico de años, pero lo cambié en una notaría. Mi hermano mayor, Álvaro, es notario y abogado, y allí se hizo la diligencia.

Poncho Rentería Mantilla, hijo de...

Hijo de Beatriz Mantilla Ortiz, educadora licenciada en Pedagogía. ¡Y exijo que lo ponga así!

Santandereana.

Santandereana de Piedecuesta, hija de un gramático y profesor muy eminente llamado Luis Enrique Mantilla Mantilla.

Brava.

Sí. Con una familia caótica y sin dinero, le tocaba ser autoritaria y poner un poco de orden.

¿Cuántos hijos?

Siete hijos. Yo era el cuarto.

¿Qué hacía su papá?

Alfonso Gumercindo Ernesto Rentería era lo que llamaban en esa época un agente viajero, que vendía lo que hubiera: telas, anteojos, ropa, carros. Se fue a México y vivió muchos años allá. A él siempre le gustaba viajar y la casa era un caos. Era charlador, jodedor, muy simpático por fuera y antipático y arbitrario en la casa. Le gustaba tomar ron y aguardiente muy a diario.

Su fecha de nacimiento, la que dice en la cédula.

Hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo de eso. Póngale por el año 47, 48 o 49 y dejémoslo así.

¿No cree que tiene la estatura de los hombres pequeños que a fuerza de carácter salen a flote, con un YO bien reteñido por puro instinto de supervivencia?

Muy intelectual tu pregunta. Mira, soy más alto que Napoleón y Carlos Lleras, ¿sabías? Y los que vivimos en familias pobres tenemos que hacer el doble de esfuerzo. Es que yo a los 21 años ni había terminado bachillerato y ya me tenía que ganar la vida, ya había sido marinero y soldado por culpa de Álvaro, mi hermano mayor.

Un hermano con iniciativa.

Exactamente, un hermano mandón, fascista, arbitrario y abusivo, ese hermano mayor que daba cuatro pesos para la casa y con eso me hizo detener por ahí en tercero de bachillerato y llevar a Barranquilla dizque de grumete.

¿Cuál era la razón para mandarlo detener?

Porque yo, supuestamente, era necio. Y terminé enjaulado pero sólo por siete meses, hasta que me escapé. ¿Y sabe qué hizo este hermano? ¡Me hizo llevar preso otra vez pero al cuartel de Tolemaida, y yo tenía 17 años! Me raparon la cabeza y me purgaron. Yo era un pedacito de individuo a las 72 horas y a 40 grados centígrados. De soldado duré 15 meses. Fue el infierno.

¿A quién recuerda en ese infierno?

A mi teniente Julio Londoño Paredes, el embajador. Yo le caí mal y ese hombre sí que me hizo sufrir. Me hacía trotar con las botas al revés. Era un militar duro, la Cancillería lo suavizó mucho. También a un teniente Rivera Elvis que una vez me obligó a comerme 18 tazas de garbanzos y después me hizo correr para que vomitara. Eso es lo que ensucia al Ejército por dentro, esos sádicos y bellacos.

¿Se fue de Tuluá escapado?

Claro, me fui vaciado a los 19 años en un bus amarillo de la Flota Magdalena. Y llegué a Bogotá el 14 de julio de 1967, eso sí me acuerdo.

¿Con qué estudios?

Debía quinto y sexto de bachillerato y me tocó en Bogotá lo que les toca a los provincianos pobres: buscar un maletín y vender. Vendía enciclopedias y una cosa que se llamaba Tarjeta Diners Afiliados. Hasta que un día, gracias a mi Dios, vi a Carvajal & Compañía en la 19 con 7ª. Me entré a la oficina del gerente de ventas, Horacio Noreña, el maestro, y le dije que quería ser vendedor. Y fui el mejor vendedor del país.

¿Recuerda el gran negocio que lo disparó en ventas?

Sí, claro. Alma bendita Jorge Casas Sanz de Santamaría, le pedí cita durante 10 meses, era el jefe de compras del Banco Cafetero, hasta que por fin me recibió. Los primeros 5 minutos no me miró a la cara, pero cuando me dio la palabra yo le dije: “Mire, yo soy del Valle del Cauca, de una región bien conservadora y se habla con admiración de don Vicente Casas Castañeda, el amigo de Laureano Gómez”, y el tipo me dijo: “¡Mi padre!”. Y ahí comenzó mi prosperidad.

¿Qué le vendió?

Todo: 400 máquinas de escribir, 700 calculadoras, 700 sumadoras, 180 escritorios... Me echaron 10 años después porque yo quería que la empresa se llamara Carvajal & Rentería.

¿Alguna vez usted ha sido serio?

Son 24 años escribiendo en El Tiempo, 24 años en televisión, 22 en Aló, 20 años en El País de Cali y no me he tirado la honra y no he apuñalado a nadie, eso sí ha sido un acto de seriedad. Nunca he girado un cheque chimbo, nunca he tenido una demanda de dinero, he sido como las viudas manejando los centavitos puntualmente, he sido de vida austera.

¿Quién le enseñó eso?

Yo creo que en el cuartel uno adquiere una dosis de orden, a hacer sus cosas, a ser autoeficiente y lo del dinero lo aprendí de mi mamá porque como éramos estrechos...

¿Cuándo se dio cuenta de que ser serio no era lo suyo?

Cuando me di cuenta de que me quedaba muy mal el vestido de rayas caminando por la carrera 7ª. Gerardo Eusse era presidente de Carvajal & Compañía, era mayo en verano en Bogotá y yo me puse una pinta gris no muy caleña, y me humilló delante de 40 vendedores, prácticamente me dijo ‘payaso’. Ese día decidí vestirme como me da la gana. Mira que no lo hago del todo mal. Esta pinta (me muestra sus medias rojas) puede ser de las islas griegas, como Onassis cuando era pobre.

¿Qué le dio Tuluá?

Olor a caña quemada, mucho calor y el sabor de derrota porque era el hijo problema y no estaba ubicado, o sea, mi vida hasta que llegué a Bogotá era una vida difícil y amargosa. Hace 35 años que no voy.

¿A qué fue la última vez?

A visitar a mi mamá, que en esos días se venía a vivir a Bogotá. Al ya no estar allá mi mamá, no volví, pero los 10 años anteriores había ido 3 veces de una noche a otra. No más, porque es una política mía no tomar trago y allá se toma mucho, yo quería ser un tipo medio formalito.

¿La provincia influyó en su manera de ser?

Influye bien porque uno es lo que es: calentano, jodedor, simpático. Espero que no se me haya quitado del todo.

¿Hay alguno de esos amigos ociosos de Tuluá que usted recuerde con nostalgia?

Nacho Libreros Vallejo, un gran arquitecto, vive en Estado Unidos. Amigo desde los 12 años. Jugábamos póker, damas chinas y billar. Fue anfitrión mío en un estrechito apartamento cuando yo llegué a Bogotá, los primeros 15 días, después me pasé de pensión en pensión.

¿La primera pensión cómo se llamaba?

Quedaba en la calle 27 entre 13 y 14, y yo le decía “Chava Hilton” porque era de doña Isabel Villegas, la suegra de Darío Behar, el famoso tenista, una señora muy distinguida y muy antipática que se creía que era Borbón y nos humillaba a todos los que vivíamos allí.

En sus ratos de ocio, ¿qué hacía en Bogotá?

Lo mejor de Bogotá era la carrera 7ª, caminar desde la calle 12 hasta la 25 era un espectáculo. Por ahí pasaba Marta Traba, Dora Franco, Rita Restrepo e Ivonne Nicholls, que era una jovencita, conocerla a ella me cambió la vida.

¿Por qué?

Porque en su casa conocí todo el mundo de Bogotá. Y porque me ayudó a ganar dinero con un tallercito de artesanías que yo tenía, donde se hacían 100 metros de tapete facilito, y porque ella al sitio que llegara convencía al que fuera de que había que cambiar la alfombra... y yo era el vendedor.

¿Hasta cuándo a la sombra de Ivonne?

Hasta cuando hago un libro con una selección de reportajes a Gabriel García Márquez, en el 79. En ese momento salgo del anonimato porque lo hace la revista Alternativa y tiene la bendición de Enrique Santos Calderón.

¿A qué edad vino el primer cambio drástico en su vida?

Cuando me toca ser parlamentario por el Movimiento Cívico de Cali, generoso regalo de José Pardo Llada, en el 82. Me tocó cambiar mucho. Comportamiento personal, verbal, alcohol, cuidado con las malas compañías. Y de paso ser consciente de que era padre de la patria.

Y ese vitrinazo parlamentario le ayudó para conocer a Santos.

¿A Hernando Santos? No. Es que Diana Turbay tenía una revista, Hoy por hoy, y me convenció de escribir una columna en mi ocio parlamentario y a Hernando Santos le gustó lo que escribía y me llamó para que lo hiciera en El Tiempo, hace ya 24 años. Las tres primeras columnas tenían un título muy simpático: “Gracias, no acepto”, y estoy seguro de que si yo hubiera dicho “agradezco a esta casa editorial esta honrosa invitación”, Hernando Santos hubiera archivado mi columna, desde entonces ese es el tono.

¿Lo más difícil de 24 años escribiendo?

Los costeños dirigidos por Édgar Perea, cien señoras airosas cartageneras y barranquilleras y una jauría de periodistas de micrófono que me metieron una andanada violenta durante 8 días, hasta que me tocó renunciarle a Hernando Santos.

¿Qué fue lo que dijo para que pasara todo esto?

Que los costeños eran muy buenos para hacer siesta y muy regulares para el manejo del dinero público. Que en Cartagena se iba a podrir la bahía y que las vías se encharcaban. En Barranquilla quemaron periódicos de El Tiempo. Con todo esto, Hernando Santos, corajudo, dijo: “¡Un momentico, se queda!”, mientras los demás apostaban a que me salía.

¿Qué aprendió después de todo?

Que en Colombia la intolerancia es de verdad, y que hay mucho microfonero de Ciénaga, de Tamalameque, de El Banco, de San Onofre, de Sincelejo, que son brutalmente irresponsables.

¿Y qué le decía su hermano Álvaro?

Me hacía mal ambiente. Me echaba a mis hermanas en contra. Yo he sido el feo de la película.

Pero tengo entendido de que el feo de la película no es usted sino otro hermano.

Te la despacho rápido, es Carlos Alberto, un hermano que está en una prisión norteamericana porque cometió la gran estupidez de querer ser muy rico y a eso le metió clorhidratos, dólares, cosas raras y terminó mal.

¿Hace cuánto no lo ve?

Hace por ahí como 11 años, pero en los 10 años anteriores lo vi como 3 veces. Es que me huía porque yo soy el hermano regañón. Siempre le estaba diciendo: “Mira, ¿de dónde acá dizque millonario, rey del pueblo, con Rolex y zapatos Ferragamo? ¡Pendejo!”.

Y no le hizo caso.

No me hizo caso, siempre me sacó el cuerpo y hasta ahí el tema.

Pero, mentalmente, ¿cómo asimila el tema de su hermano?

En los años 80 en Colombia estaba en pleno furor la filosofía del “nuevorriquismo mostrador”. Porque es que, además, los problemas evolucionaron no fue por sorprenderles con una tonelada de heroína, sino por el lujo que mostraban, y él cayó en esa pesadilla.

¿Salir de Tuluá lo salvó?

Sí, obviamente, no digamos del delito porque yo no he tenido esa vena, pero me dio la posibilidad de ser agente vendedor.

¿Su mamá vive?

Murió hace 4 años y vivió los últimos 15 en el piso de abajo conmigo. La subía todas las tardes y nos divertíamos mucho. Me veía en televisión, en fotos, en periódicos, en toda esa vaina, y decía: “Yo creía que ese muchacho no servía para nada y más o menos sirvió”.

Orgullosa.

Sí, era una señora bonita, de buenos principios. Pobrecita, le tocó estas tempestades aburridas. Pobrecita, sufrió mucho.

La última frase de ella ¿cuál fue?

“Tenga cuidado con las malas compañías”.

Su hermano se la jugó por el diablo y usted por los Santos.

Los Santos me invitaron a su periódico en 1987 y hemos tenido una comunicación muy cordial.

¿Conocer a don Hernando y tener su balcón en El Tiempo como columnista lo subieron de estrato?

Sí, yo pasé de la clase media a la clase media media, que es donde estoy ahora.

El puesto esquivo que siempre quiso.

Yo creí que era la diplomacia, pero mentiras. Todo colombiano tiene un diplomático por dentro. Pero perdóneme, en estos días estuvo Juan Manuel Santos en la hacienda La Conchita en un matrimonio y llegó en helicóptero y estaban todos sus amigos y amigas, ese día le pidieron 154 embajadas y consulados. Es que el mito diplomacia+dólares+tiquetes en primera clase+gran lujo, eso ha sido erótico para mucha gente en Colombia.

Y usted con esa falta de diplomacia.

No, no es tanto, sabes, me comporto siempre bien.

Insolencia entonces.

Insolencia suena un poco agresiva. Quedemos en cierta independencia ligeronga.

En un país que le tiene pánico a hacer el oso, ¿cómo lo asume usted?

Hombre, yo me acerco al oso peludo. Me daría más vergüenza ser pícaro y no payasón.

Lo más triste que le ha pasado en su vida.

Que a los 17 años no quería vivir. Estaba en el cuartel, jodido, me quería morir y hasta lo intenté.

¿Intentó morirse?

Tuve una vez el fusil cerca a la boca porque ese día me maltrató mucho un teniente. Por caridad con la familia no lo menciono. Me sacó de un calabozo, me hizo poner las botas al revés, el equipo militar encima y me hizo caminar entre las 2 y 5 de la madrugada por la Plaza de Aguas, en el centro de artillería al frente de La Picota. Me faltaron huevos para hacerlo.

¿Vivir hasta cuándo?

Hombre, yo creo que por ahí hasta los 82, después me tomo la pildorita saludable.

¿Qué quiere que diga su lápida?

“Era muy cansón y a veces muy simpático”.