Genoveva Nieto, la nueva cara de Seguros Bolívar

La inolvidable Prima de Dejémonos de vainas es la nueva cara de las relaciones públicas en Seguros Bolívar. Viajera incansable, lectora de poesía y amante de Joan Manuel Serrat, guarda en su biblioteca una enorme colección de libros de El Principito en distintos formatos, idiomas y ediciones.
Genoveva Nieto, la nueva cara de Seguros Bolívar

Puede que su nombre así, a secas, no suene muy familiar. Pero si hablamos de la Prima Donna, la gente recuerda de inmediato: Dejémonos de vainas, los años ochenta, Ramoncito, ‘Puchis’, Pepita Mendieta. Pese a que hace más de una década se dejó de emitir la serie –una de las más célebres de la televisión colombiana–, a Genoveva Nieto aún le cuesta trabajo quitarse de encima al personaje. No importa que ese haya sido su último papel en televisión, ni que desde entonces se dedique al turismo o a las relaciones públicas: la Prima Donna sigue ahí. Cuando la ven en la calle, cuando la atienden en un restaurante, cuando la reconocen en algún lugar público; en cualquier parte la gente ve al personaje.

“Creo que el éxito de la Prima Donna se debió a que muchos se sintieron identificados –cuenta Genoveva desde la sala de su apartamento, al norte de Bogotá–. Todas las familias tienen una prima que se cree mejor, que se las sabe todas y que se siente más inteligente. Pero me ha costado, ¿sabes? Todavía mucha gente piensa que soy inmamable por cuenta del personaje”.

Un personaje que, curiosamente, se dio casi por casualidad. “La historia es graciosa –dice–. Mi familia siempre ha sido muy cercana a Daniel Samper Pizano, quien por entonces escribía los argumentos. Yo estaba muy pequeña (tenía 13 años cuando grabé el primer capítulo), era muy vaga en el colegio y siempre había querido actuar. Así que le insistí a Daniel que me metiera a la serie, tanto que él accedió con la condición de que pasara el año”.

El desenlace de semejante decisión lo narra el propio Samper Pizano: “Los deseos de Geno de formar parte del elenco chocaban con sus notas en el colegio, hasta el punto de que la mamá temía que, si tenía deberes como actriz, iba a perder el año. De esta manera, le dije a Geno que la frecuencia de su personaje dependería de sus notas. La Prima Donna estaba concebida como una niña sabihonda, antipática y estudiosa (todo lo contrario de lo que era entonces Geno) y tuvo mucho éxito. Esto nos obligó a meterla en casi todos los programas e hizo muy popular a Geno. Pero le costó una sucesión interminable de malas notas que le hicieron perder el año”.

A pesar del éxito que tuvo el personaje (que le dio, entre otras cosas, para ser portada de CROMOS en 1990), Genoveva decidió tomar un rumbo diferente a la actuación. “Aunque a mí ese mundo me cautivaba, mi mamá me aterrizaba mucho: decía que era inestable, que tenía un ambiente pesado. Entonces pensé que quizás era mejor estar detrás de cámaras y por eso, cuando me gradué del colegio, me fui para Bulgaria. Estuve allí seis meses y luego viajé a París a estudiar cine y televisión”.

Cuatro años después regresó, trabajó en Cenpro, Caracol y hasta hizo producción independiente de cine. Luego cambió las cámaras por el turismo y allí duró diez años. Hace un tiempo decidió tomarse un sabático y en esas estaba cuando la llamó Ivonne Nicholls, la reina de las relaciones públicas en Colombia, para ofrecerle el puesto que acaba de dejar en Seguros Bolívar. Y así, sin buscarlo, Genoveva entró por todo lo alto en el mundo de las relaciones públicas.

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“Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos”. Antoine de Saint-Exupéry. El Principito. No recuerda cuándo fue que empezó a obsesionarse con El Principito. Tampoco el momento exacto en que comenzó a comprar distintas ediciones del libro, en diferentes idiomas y presentaciones. Lo que sí sabe es que ha estado ahí desde siempre; que fue una de sus primeras lecturas. “Mi papá, que era un gran lector, siempre nos regaló un libro en los momentos especiales. Ese fue uno de ellos. A mi mamá le encantaba y me lo leía; luego, con el tiempo, me di cuenta de que es un libro de muchas etapas: uno de chiquito lee una historia, pero de grande ve que tiene otras cosas”, dice.

Hoy tiene una gran colección que descansa en un estante de su biblioteca: hay libros de El Principito en árabe, en hebreo, en japonés, en inglés, en alemán, en mandarín. “Tengo una joya que perseguí mucho. Es una edición que sacaron en quechua, muy limitada, y que pude conseguir porque un buen amigo mío en Perú mandó una carta diciendo que yo era una gran coleccionista y que la edición iba a enriquecer mi biblioteca…”.

Algunas se le han escapado, como un par de primeras ediciones que vio pero que no pudo comprar por su elevado costo, o una traducción que hicieron alguna vez en el Chaco, Argentina, a un dialecto indígena de la que sólo sacaron 500 copias. “No hubo manera de conseguirlo… ¡y te digo que tuve buenos amigos moviendo influencias detrás!”, cuenta. Lo cierto es que El Principito es importante para Genoveva. Por lo que dice. Por lo que enseña. En boca de uno de sus personajes favoritos: “Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón”.

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Le gusta viajar. Aparte de París –a la que siempre regresa para recorrer sus calles y cafés favoritos–, quedó encantada con Japón. Viajó hace cuatro años, se quedó un mes y dice que volvería sin dudarlo, que Tokio y Kioto son ciudades maravillosas y que le llegó al alma ese respeto que hay por la gente, esa preocupación por no molestar al otro. Se enorgullece, también, de conocer toda Suramérica (“toda –recalca–, incluyendo las tres Guyanas”), y de haber viajado mucho por Colombia. Muchos de esos viajes los realizó durante su sabático; un año que le sirvió, dice, para replantearse el camino ahora que está a punto de cumplir 40 años y para poder reencontrarse consigo misma y con viejos amigos.

Un año en el que leyó (poesía de Darío Jaramillo, de María Mercedes Carranza, sus favoritos); escuchó una vez más a Joan Manuel Serrat, Miguel Bosé y Jacques Brel (los mismos que la han acompañado durante toda su vida); vio cine, mucho cine, y tuvo tiempo para pensar. Y así estaba, pues, hasta que la interrumpió Ivonne Nicholls y su vida volvió a cambiar de rumbo. Eso sí: cada vez más lejos de la Prima Donna.