Lucian Freud, el pintor de las imperfecciones

Uno de los artistas figurativos más importantes del arte contemporáneo murió en Londres a los 88 años. Su fijación fueron las imperfecciones de la figura humana, gracias a las cuales se consolidó como un retratista auténtico y perfeccionista, quizás el mejor en su género.
Lucian Freud, el pintor de las imperfecciones

Quien fuera a servir de modelo a Lucian Freud, debía cumplir dos requisitos: ser paciente y no ser tímido. Para él un buen cuadro no se evaluaba por el número de horas que utilizaba para terminarlo, sino por la precisión con la que plasmaba todas y cada una de las imperfecciones del personaje que lo acompañaba.

“Pinto gente no por lo que quieren ser, sino por lo que son”. Por eso los personajes de sus retratos, ya sean familiares, de la nobleza o famosos, comparten una misma característica: son auténticos. Durante semanas e incluso meses, debían volver a su estudio en Kensington en el centro de Londres y repetir la misma pose durante una hora. Lucian se les acercaba tanto para detallar sus caras y sus cuerpos (los pliegues y la voluptuosidad de la carne, el color de las venas), que en varias oportunidades la tensión sexual era inevitable.

Después de varias sesiones, el vínculo con el modelo era tan fuerte que para el espectador era imposible no querer saber más sobre esa persona, sobre su vida, sobre sus emociones. Es tal la autenticidad con la que los retrataba que algunos críticos afirman que no tenía piedad con sus modelos. Pero para Freud no era cuestión de aparentar, ni mucho menos de halagar. “Mis modelos me interesan en cuanto animales. Quiero usar, registrar y observar sus rasgos particulares. Quiero que la pintura sea carne”, decía el artista.

Y aunque a algunos les parezca grotesco y un poco morboso, hay algo en las obras de Freud que produce empatía. Después de ver algunos de sus más famosos retratos, la gente coincide en que da la impresión de tratarse de una fotografía tomada entre amigos o entre amantes, en todo caso confidentes en un momento íntimo cuya naturalidad produce alegría y a la vez angustia. De ahí que sea considerado uno de los pintores más estremecedores del arte contemporáneo.

Su peculiar interpretación de la pintura realista se debió, en parte, a su relación artística con Francis Bacon, 20 años mayor, con quien fundó en la década de los 70 la Escuela de Londres, especializada en pintura figurativa. Y se intensificó cuando comenzó a pintar autorretratos, fieles recuentos de una vida llena de contradicciones. Por un lado, un hombre de sociedad, de vida nocturna, de pasión por el juego y las mujeres; y por otro, el hombre que en sus últimos años estuvo alejado del ojo público, que no concedía entrevistas, que prefería la intimidad de su estudio, alejado de las tentaciones.

La decrepitud y lo grotesco se convirtieron en el común denominador de sus autorretratos. Así como no perdonaba defecto en sus modelos, no podía simular ser alguien que no era. Fue cruel consigo mismo, y estaba dispuesto a dejar que la gente conociera sus secretos a través de sus pinturas. “Planeo pintarme hasta la muerte”, dijo alguna vez.

Y así fue. Hasta el pasado 20 de julio, cuando murió en su casa de Holland Park, en Londres, a los 88 años. La noticia la dio su agente William Aquavella, quien notificó que falleció luego de una breve enfermedad. “Freud vivió para pintar y pintó hasta el día de su muerte, lejos del ruido del mundo del arte”, afirmó. Su obra es la que ahora gritará por él.

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