Álvaro Restrepo, "bailarín es un cuerpo que habla"

Sonríe porque tiene un lote de cuatro hectáreas, por la Vía al Mar, para la sede propia del Colegio del Cuerpo, pero también se estresa porque hace falta un mecenas, uno solo, para poder construirla. Un ego en punta de pies que sabe en Colombia cómo es el baile.
Álvaro Restrepo, "bailarín es un cuerpo que habla"

Afortunadamente ya había visto los de Pelé en un libro de fotografía, ya me había horrorizado con los pies de un crack, con sus uñas incompletas y sus dedos deformes. Pensé entonces que así deberían ser los pies de los grandes jugadores, de los grandes atletas. ¡Qué paradoja! Cuestan oro y no son ninguna obra de arte. Nadie los va a poner desnudos en un comercial, valen lo que valen no por bellos sino dentro de un par de guayos corriendo a toda velocidad detrás de un balón de fútbol. Luego serían los de mi hijo, Daniel, muy alargados y feos, pero ágiles a la hora de buscar el gol en la delantera del Gimnasio Campestre. La fealdad y la eficiencia eran una constante. Y ahora, para rematar, presencio en primera fila de mi entrevista en Cartagena, los pies del bailarín Álvaro Restrepo, y ya no tengo duda de que a los talentosos con los pies los arman con retal.

Los miro otra vez sobre el piso y me parece que tienen el estilo de un Guayasamín, pero con el contraste de un gran cielo azul en una terraza en un piso 18, más bien parecen dos barracudas talla 41 pintadas por Alejandro Obregón. Me distraigo con tres siluetas de animales azul celeste sobre una atmósfera ocre, es una pintura del arquitecto y pintor bogotano Leopoldo Javier Combariza, su pareja desde hace 20 años. Vuelvo a sus pies. Trato de ignorarlos y cambio de tema. Creo que Álvaro es Bobo (bourgeois bohemians), un híbrido en el que se mezcla –dice David Brooks– la desobediencia de los años sesenta con la ambición de los ochenta, con una gran ventaja sobre otros porque tienden a fomentar el anhelo de comunidad. Según el autor de Bobos en el paraíso: “Los Bobos poseen el toque del rey Midas, pero a la inversa: todo lo que tocan se convierte en alma”. Se me cruzan otra vez sus pies y otra vez trato de cambiar de canal...

... ¿Cuánto pesa?

Debo estar como en 80 kilos.

¿Y cuando oficiaba de bailarín?

No jodás, estaba como en 60. Ya ni me acuerdo, pero tengo que recuperarme.

Algo todavía pendiente en su vida, a los 54 años.

Hay algo que he querido hacer y no he podido: escribir mis memorias. Quiero empezar a hacerlo ya, antes de que se me olviden las cosas. Tengo 54 años y todavía me acuerdo y tengo la lucidez. No quiero ponerme a escribir a los 80 cuando todo ya sea bruma.

¿Cómo empezaría las memorias de un bailarín?

Pienso en una imagen dolorosa de mi infancia, en el páramo de Chusacá en Usme, de cacería con mi padre. Todo un entrenamiento prusiano. Eso era a las cuatro de la mañana los domingos, que era mi día de descanso del colegio, tenía 12 años y tenía que levantarme con mi papá… yo lloraba en la cama –se le cierran los ojos de la rabia– y me preguntaba ¿por qué a mí?

¿Había que meterse en pantanos?

Sí. En esos pantanos ¡helados! a cazar caicas. Mi papá obligándome a mí a disparar, yo no quería matar esos pajaritos divinos de pico largo. Es una imagen cinematográfica, yo con las caicas ahí estranguladas y mi papá que me decía: “mijo, remátalas”. Y, además, tenía que colgarlas de mi cinturón, y mi pantalón se humedecía rojo de sangre. Eso para mí es un recuerdo muy fuerte.

Cuando alguien no sabe quién es usted y le pregunta qué hace, ¿cuál es su respuesta corta?

Eso es chistoso porque siempre pienso: ¿qué debo decir? ¿Bailarín? ¿Coreógrafo? ¿Pedagogo? Aunque siempre tuve un problema con la palabra bailarín, porque rima con “mapuchín”, una palabra que mi papá me decía para regañarme cuando yo era chiquito. Era un hachazo. Y también resulta que bailarín rima con saltarín. Es una profesión que tiene un nombre en diminutivo, no es como bailador o danseur o dancer o danzatore. Bailarín es una cosita de nada. Pero, igual, yo digo bailarín.

¿Y qué es ser bailarín?

Bailarín es ser un cuerpo que habla, que se expresa.

¿Cambia la definición de Europa a Colombia?

Sí, porque resulta que bailarín en este país somos muchos, somos todos, este es un país que baila. Y esa es la gran diferencia con Europa, donde la gente no baila de manera cotidiana. Colombia es un país de bailarines naturales y, tal vez, por eso no tenemos un movimiento de danza profesional tan importante como sí lo tienen en Europa. A los alemanes, que son completamente arrítmicos, completamente tiesos, les tocó disciplinarse y tienen un gran movimiento de danza. En cambio aquí en Colombia, si tú le dices a tu papá “quiero ser bailarín”, seguro te responde: “¿bailarín? Eso no es una profesión, eso es rumba”.

Usted empezó a los 24, ¿por qué?¿Fue una vocación tardía; o de pronto se le apareció la danza; o la decisión estaba, pero no estaba tomada?

Todo a la vez. Primero que todo en este país, por prejuicio, por machismo, son muy pocos los padres que llevan a sus hijos hombres a clases de danza. A las niñas sí, las llevan a que se formen, a que sean glamurosas y muy bonitas, pero a los hombres no, a ellos los llevan a clases de fútbol. Entonces, la danza no había aparecido en mi vida, ni había ninguna posibilidad de que apareciera por la educación que yo había tenido.

¿Cómo fue eso?

Fíjese, estudié en el Colegio San Carlos, un colegio absolutamente machista, solo hombres con una educación férrea; mi padre también un hombre muy severo, entonces la danza realmente nunca fue una opción para mí.

¿Qué pasó entonces?

Tuve un acercamiento al arte desde muy niño, a la música, al piano concretamente, aquí en Cartagena, gracias a mi tía abuela, Maruja de León de Luna, que vivía aquí y yo adoraba venir en vacaciones a estarme solo con ella. Era pianista, organista de la catedral de Cartagena. Yo había estudiado 9 años de piano inspirado en ella. Pensé que quería ser pianista.

¿Usted es cartagenero?

Yo soy nacido en Medellín, criado en Bogotá, pero de papá y mamá cartageneros. Soy un sancocho trifásico. Mi mamá se llama Judith Hernández. Y mi papá se llama Alonso Restrepo de León.

¿Alonso Restrepo, el famoso del paraguas rojo?

Claro, mi papá es el del paraguas rojo, yo creo que una de las primeras grandes campañas de publicidad que se hizo en este país. Mi papá quería que siguiera con el negocio de la ropa y con toda esa vaina.  

¿Único hijo?

Único hijo hombre, porque mi hermano mayor, Gonzalo, es autista y sordomudo y toda la vida ha vivido en hospitales y en instituciones.

¿Y después viene usted?

Después viene mi hermana Iliana, que vive aquí en Cartagena, ella trabajó mucho tiempo conmigo en el Colegio del Cuerpo. Luego vengo yo, luego tengo una hermana antropóloga, Cecilia, que trabaja con Acción Social en Bogotá. Y mi hermanita Mónica, que falleció hace 11 años en un accidente de carretera en Santa Marta… mi hermana adorada era socióloga y una luchadora por los Derechos Humanos.

¿Cuántos hermanos son en total?

Cinco de la primera camada, de padre y madre.

¿Cómo así?

Mi papá se separó de mi mamá y se fue a vivir a La Jagua, Huila, y allá se dedicó a criar cabras y a tener vida de campesino. Se casó dos veces y tuvo 4 hijos más. Y ahora regresó a Bogotá y tiene una galería de arte en la 85, abajito de la 11, en la calle cerrada, detrás de Benjamín Villegas. Yo tengo un hermano de 25 años.

Y su papá, Alonso, ¿quería que fuera su sucesor?

Sí, que de algún modo siguiera su línea, su trabajo y que fuera como su prolongación, pero desde muy niño me di cuenta de que yo era muy diferente, de que yo tenía otra sensibilidad. Él me inducía hacia una vaina recia, él quería que yo fuera cazador y entrenador de sus 50 perros de exposición.

¿Y qué pasó?

Revolución total, resurrección. Después de que logré liberarme del San Carlos, terminé en el Liceo Boston en una finca divina en Suba, por primera vez en un colegio mixto, ¡imagínate!

¿Qué quería ser?

Pensé que quería ser escritor o periodista y me fui a hablar con Ramón de Zubiría, a los Andes y él me aconsejó que me metiera en Filosofía y Letras un par de años para ampliar mis horizontes. Me quedé dos años estudiando Filosofía y Letras, luego vendí mi piano y me fui para Europa un año a trabajar en lo que fuera. Estaba muy perdido.

¿En qué trabajó?

Recogiendo manzanas, recolectando uvas, en una fábrica de detergentes en Holanda. Bueno, ¡qué no hice! Regresé de Europa y volví a entrar a Filosofía pero me mamé y decidí irme al Chocó a principios de los 80. Me fui para allá como escapándome de la civilización y me conseguí un trabajo de maestro de escuela en Capurganá. En esas llegó el padre Javier de Nicoló con dos barcos llenos de niños de Bogotá, directamente de la décima a colonizar una finca en Acandí de 300 hectáreas, entonces me fui para allá y me quedé 8 meses trabajando con estos niños. Luego volví a Bogotá y trabajé dos años más en lo mismo.

¿Qué vio en estos niños?

Me di cuenta de que estos niños guerreros, obligados a volverse adultos, tenían una capacidad histriónica impresionante, una capacidad de ponerse máscara de berracos. Fue entonces cuando me salí del programa y me metí a estudiar teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático. Y ahí descubrí que tenía un cuerpo con músculos muy largos y flexibles. Yo, que había vivido en la cabeza toda la vida. El cabezón del San Carlos, el filósofo, el preocupado, no tenía ni idea de que tenía un cuerpo, ni mucho menos hecho para la danza.

De patito feo a cisne blanco.

Yo no me quería para nada, tenía un problema de autodesprecio. Como siempre fui mal estudiante andaba todo encorvado, un poco depresivo, en fin, todo un desastre. Entonces eso fue como salir del cascarón.

¿Quién lo impulsó a salir?

Una compañera, Rosario Jaramillo ‘Puchi’. Ella empezó a ver mis pies y empezó a ver mi flexibilidad y me dijo: “Usted está hecho para la danza”. Por esa época llegó a Colombia una compañía de Nueva York, “Jennifer Muller/The Works”, y fue a la escuela porque necesitaba 5 extras para una coreografía que tenía que montar de emergencia... ¡y me escogió a mí!

¿Y cuánto llevaba usted en danza en ese momento?

Yo nunca había visto danza moderna ni nada por el estilo. Ese día conocí a quien sería mi primera maestra de danza, ahí en el Teatro Colón, a una argentina, Cuca Taburelli. Dejé todo lo demás que estaba haciendo, me salí de la escuela de teatro y me dediqué 100% de manera absolutamente obsesiva y compulsiva por la danza.

¿Cómo era esa obsesión?

Cuando no estaba en clase, estaba en mi casa estirándome. Me inventé un sistema de cuerdas y de poleas que puse en mi cuarto para subir, forzar y llevar las piernas al infinito.

La inquisición, pero voluntaria.

Como venía de una educación benedictina del San Carlos, “Ora et labora”, yo me autodescuarticé. Encontré el placer de la disciplina. Descubrí que hay dolores que no son violentos, ni negativos, sino que son positivos, cuando el cuerpo está rompiendo sus límites.

¿Qué pensaba cuando estaba allá colgado de sus poleas?

Que mi cuerpo me había servido únicamente para transportar mi cabeza de un lado a otro, tenía totalmente fragmentado mente y cuerpo. Al cabo de un año le escribí una carta a Jennifer Muller. Me ha funcionado mucho en la vida el tema de las cartas. Yo me desnudo en las cartas.

¿Y esa fue la primera carta?

No, le escribí una carta muy importante a mi padre cuando era un adolescente diciéndole que respetara mis instintos, mis diferencias.

¿Para quién fue la segunda carta?

Se la escribí al poeta Jorge  Guillén, en España, el compañero de Federico García Lorca. Le robé la dirección a Tito de Zubiría en los Andes, y le mandé unos poemas míos, la tengo en mi oficina enmarcada, tenía 19 años. “Siga usted, no se puede otro consejo”, así finaliza Guillén su respuesta.

¿Y la tercera?

A Jennifer Muller a mis 24 años. Le decía que todo mi amor por la danza había comenzado por ella, que quería irme a Nueva York, y le mandé unas fotos mías en las posiciones más impresionantes para que se diera cuenta de todas las posibilidades que tenía mi cuerpo. Llevaba un año de danza.

¿Y qué le respondió Jennifer?

Que me recibía como aprendiz en un programa de estudio. Con esa carta me fui para donde Gloria Zea. Ella me apoyó en ese momento mucho como directora de Asartes. El Icetex me dio una beca y me fui para Nueva York con 500 dólares mensuales. Con eso pagaba mi apartamentico y comía algo, y trabajaba donde Jennifer como mensajero o limpiando el estudio, y tomaba las clases, asistía a los ensayos… ahí empezó todo.

Y funcionó.

No fue fácil, a los seis meses de estar allí fui a hablar con Jennifer para decirle que no podía, que era muy viejo, entonces ella se quedó mirándome y me dijo: “¿Usted sabe desde qué edad estoy bailando yo? Tengo 39 años y bailo desde los 3 años, llevo 36 años bailando. Usted lleva un año, tuvo los cojones de venirse de Colombia para acá y está aquí, entonces dedíquese a imitar como un niño, copie y no me joda más”. Y me quedé.

¿En qué piensa cuando se ve al espejo?

¡Uy, Dios mío!.. En el paso del tiempo, cumplo 54 el 10 de septiembre.

¿Baila solo?

Durante mucho tiempo bailé solo, fui solista, y hacía mis cosas para mí mismo, pero a raíz de esta empresa en la que me metí de parir todos estos cuerpos, pues he sacrificado mi propio cuerpo y ahora estoy en el momento en que ya tengo un equipo de personas que pueden ayudarme a empujar el barco, y ya quiero regresar de nuevo al escenario, a mi cuerpo, a mi danza.

¿Usted cree que lo va a lograr?

Sí, incluso ya le propuse a Ramiro Osorio, para el Teatro Mayor, un proyecto para el año próximo, queremos hacer con mis dos maestras –Rosario Jaramillo y Beatriz Camargo– un tríptico sobre la infancia.

¿Sus respuestas a sus preguntas existenciales las encontró en la danza?

Encontré la danza como una forma de pensamiento. Lo que pasa es que ya no pienso únicamente con la cabeza, sino pienso con todo el cuerpo.

¿Un filósofo que danza?

Totalmente, la danza es filosofía y resulta que el cuerpo tiene una voz, por eso decidí llamar mi escuela Colegio del Cuerpo y no academia o escuela de danza. Colegio me pareció una concepción mucho más filosófica. Y el cuerpo más que la danza, porque el cuerpo es mucho más amplio, la danza es solamente uno de los lenguajes que puede el cuerpo hablar. Recuerdo a Fabiola Zuluaga, la tenista de Cúcuta, una vez en el artículo del periódico que dijo: “Mi cuerpo habla el lenguaje del deporte”.

¿Cuántos niños han pasado por el Colegio del Cuerpo?

En estos 14 años hemos trabajado en total con unos 8.000 niños en diferentes momentos y con diferentes intensidades.

Usted está sembrando bailarines.

Más que bailarines es una cultura del cuerpo. Nosotros hablamos de educar para la danza y educar con la danza. La educación PARA la danza es todo lo que tiene que ver con los profesionales que quieren dedicarse a eso como un proyecto de vida. La educación CON la danza es el que quiera hacer otras cosas pero quiera tener conciencia de su cuerpo, recibir toda la formación que nosotros le ofrecemos en educación sexual, prevención de drogadicción, violencia intrafamiliar, educación ambiental, nutrición, todas esas áreas que tienen que ver con habitar el cuerpo.

¿Por qué se vino a vivir a Cartagena?

Obviamente los vínculos familiares son importantes, pero también porque mi maestro coreano, Cho Kyoo-Hyun, cuando vino conmigo aquí a Cartagena me dijo: “Usted tiene que venirse para acá, mire todos estos bailarines que hay, mire esos que están vendiendo cigarrillos, mire los pescadores. Acá hay una mina de oro. Usted tiene que ser el García Márquez de la danza”. Me metió todo un rollo en la cabeza.

El ego del bailarín es inmenso. Cuando decide dedicarse de lleno al Colegio del Cuerpo, ¿qué pasa con su ego?

El ego sigue ahí. A veces me lamento de que tal vez abandoné mi carrera personal demasiado pronto, porque tuve una carrera corta, de los 24 años a los 40, cuando decidí venir a Colombia a crear mi escuela. Si yo hubiera bailado hasta los 50 tal vez hubiera tenido más reconocimiento internacional, habría tenido una carrera más fuerte y más argumentos frente al país.

La danza es un espectáculo muy contado, por no decir escaso en Colombia.

No ha despegado porque en este país se ha creado mucha política alrededor de los premios, de las becas, de los talleres, pero no se ha apostado por proyectos de largo aliento. Eso es lo que estoy proponiéndole a este nuevo Gobierno, es hacer algo como lo de Venezuela con las orquestas pero con la danza. Yo le daría el premio Nobel de la Paz a José Antonio Abreu, son 350.000 niños y jóvenes de todo el territorio venezolano haciendo la mejor música del mundo.

¿Cuántas obras lleva compuestas?

Con Atanor Danza, que era mi compañía, yo creé unas 12 obras. Y para el Colegio del Cuerpo unas 15.

¿Y cómo es la creación?

Hay puntos de partida diferentes. Tú puedes partir de una noticia en el periódico o de una pieza musical, de un objeto o del silencio. Por ejemplo Rebis, que fue mi primera obra, nació de la vida de Federico García Lorca.

¿Qué le parece a usted feo?

No nos alegramos con los triunfos de los otros. Eso me parece feo.

¿Hay gente que envidia a Álvaro Restrepo?

Alguien decía: “Bienaventurados mis enemigos o mis imitadores porque heredarán todos mis defectos”. Por eso, no hay que preocuparse.

¿Una cosa que lo relaje?

Me gusta mucho dibujar. Tengo todo un personaje que he creado desde hace muchos años. Es como mi álter ego y se llama Perik&yo. Realmente es un pobre diablo, pero me relaja. Lo pintaba desde que estudiaba en el San Carlos, en las márgenes de mis cuadernos. Personaje marginal que luego me ayudó mucho durante el duelo de mi hermana.

“La mayor riqueza es ser dueño de uno mismo”. ¿En qué estaba pensando cuando dijo esto?

En los jóvenes con los que trabajo que vienen de medios muy humildes, trato de inculcarles otra noción de riqueza. Ayer justamente estábamos hablando de eso con niños que vienen de un barrio que se llama Arroz Barato. Tenemos el privilegio en español, de que exista la diferencia entre el verbo SER y el ESTAR. En otros idiomas no existe eso. Si yo digo “I am poor”, yo soy pobre ahora y siempre, o en francés “Je suis pauvre parce que je suis pauvre”, yo soy pobre porque estoy pobre. Yo les tengo prohibido a los niños que digan: “es que yo soy pobre”, usted NO ES pobre, usted ESTÁ pobre y eso se puede cambiar porque es un estado transitorio.