Jenny López, de modelo a bloguera

A sus 29 años esta modelo  sigue siendo la imagen de marcas como L'oreal, Clinique y Garnier. Ahora quiere ser bloguera para escribir de lo que más la apasiona: la moda.
Jenny López, de modelo a bloguera

Jenny López tiene el ángel de la belleza. Alta (mide 172 centímetros), delgada, cabello negro, hay algo árabe en su rostro de cejas encontradas y piel trigueña. Esta reina de las pasarelas cruza con sus pies largos la plaza Santo Domingo y deja en vilo a los transeúntes de Cartagena. Pisada firme, desenvuelta, en sus sandalias talla 38. Así en silencio, su belleza es seductora e inquietante. El piropo más simple que le han lanzado se lo dijeron en la ciudad amurallada: “Flaca, tírame un hueso”, pero el más sublime se lo soltó a su paso un muchacho en una calle de Nueva York, aturdido por su etérea belleza: “Cayó un ángel”.

Ese “ángel caído”, nacido en Medellín hace 29 años, es la modelo colombiana más consagrada en el exterior. Ha sido el rostro para campañas de sellos tan notorios como Clinique, L´Oréal, Gap y la mítica tienda Barney’s. Su portafolio es impresionante: ha figurado en revistas como Harper’s Bazaar, Vogue y Cosmopolitan, todas emblemas en el medio de la alta moda. Además, logró ser portada de Elle y Marie Claire. Sin embargo, sus vínculos con Colombia se mantienen. Hace pocas semanas estuvo en la más reciente edición de Colombiamoda como imagen de la marca San Ángel y aprovechó para informar sobre su paso por la feria en su blog www.lopezjennylopez.com.

Luego, aprovechó para pasar unos días en Cartagena, una ciudad a la que le gusta volver una y otra vez. Vive entre Miami y Nueva York, y al año va unas cuatro veces a Europa. Ha servido de modelo en París y en Milán, pero su sede es Estados Unidos. Aunque cada año es distinto, siempre es igual de exigente. “En catorce años de modelaje, nunca había tenido un mes de vacaciones como el que he tenido en Colombia”, confiesa.

Nos citamos en uno de los lugares menos públicos de la ciudad: a la entrada de la iglesia Santo Domingo. Pero a esa hora del viernes, en medio del sopor de las dos de la tarde, la puerta estaba cerrada. Esperó en uno de los cafés cercanos. Era fácil de identificarla: ella brilla en silencio.

Una vez sentados, la mesera le ofreció limonada cerezada o limonada con leche de coco, y entonces ella preguntó por el sabor de esa típica bebida inventada por Cartagena, en donde lo dulce y lo agrio pueden reencontrarse, como la sal y el coco. “¡Ahí están pintados los cartageneros!”, dijo. Sin embargo, prefirió la limonada cerezada. “Es muy rica pero qué tentación de azúcar”.

El encanto no es belleza

De niña, a Jenny López le gustaba jugar con sus dos muñecas a las que vestía de tacones y las ponía a desfilar en una pasarela que eran las baldosas de su casa de Medellín. Allí empezó todo. Miraba las revistas y se detenía a reparar la belleza de las mujeres que salían en televisión. “Lo que siempre me ha fascinado de la belleza es la naturalidad, la coquetería”, afirma. Y así, con elegante naturalidad, también se define: “Nací un 27 de diciembre, capricornio, soy una mujer emprendedora, suave y sentimental, no sé qué tanto romántica”. Además agrega que es impulsiva pero controlada, aunque a veces no pueda. “Cuando me incumplen con algo. Una vez en Miami fui a enmarcar unos afiches antiguos y el enmarcador me dijo que en dos meses me tendría todo. Cuando fui, el tipo no tenía ningún afiche enmarcado. Luego me hizo volver para terminar diciendo que había perdido los afiches. Allí se me salió algo oscuro y terrible dentro de mí”.

De resto, cuando no le sacan el demonio que lleva dentro, es encantadora. “Toda la belleza está en el encanto, más allá de la piel. He visto mujeres que son muy bonitas pero les falta encanto”, dice ella, mientras su vestido negro de pintas blancas se pliega a su cuerpo. Me quedo mirando su traje cuando repara: “No es que me guste el color negro, me gusta más el beige y la ropa vaporosa para que viento juegue con mi vestido”, dice riéndose.

Tiene manos largas, de pianista. Alguna vez, siendo niña, hizo ejercicios de piano y órgano, y tuvo cierta disposición para la pintura. “¿Sabes que viendo bailar tango me dan dado ganas de aprender a bailarlo? Me gusta la elegancia de ese baile –afirma–, su sensualidad, la manera como parecen cortejarse los cuerpos… el sofisticamiento del tango”. Luego se queda en suspenso y concluye: “De todo lo que le he dicho, sólo se impuso el modelaje”.

Y la vocación empresarial. Junto a su hermana, Irma López, Jenny creó Momposina Rocks, que en los últimos cinco años surte de collares las boutiques de Nueva York, Miami, República Dominicana y España, con diseños étnicos y urbanos que ella y su hermana forjan con piedras semi preciosas, plata bañada en oro, fibras naturales. Pero Momposina Rocks no tiene sede, ha funcionado a través de pedidos.

Una rara belleza en la India

En muchas ciudades europeas creen que Jenny López es una mujer árabe. Estuvo dos semanas en la India y allá pensaban que se trataba de una reina oriental. Estuvo en un festival tradicional y las mujeres se desconcertaban ante su belleza y la provocación visual de sus hombros desnudos.

Muy cerca de la puerta de la iglesia de Santo Domingo, un muchacho artesano le vende una carterita en cuero. Jenny acaricia la piel de la carterita del vendedor furtivo, se sonríe y dice: “Gracias”. Dalmiro Lora, un pintor, se queda hechizado ante su belleza y le pregunta si alguna vez la han retratado. Ella dice que no, y el pintor le confiesa sonriente: “Alguna cosquilla debe suscitar en un pintor dibujar las líneas de un cuerpo como el de Jenny López”. Ella se ríe: “Es probable que también la retratada sienta alguna cosquilla”.

En la India las mujeres la miraban de manera implacable porque creían que estaba provocándolas. En Cartagena, sus hombros desnudos son parte de un paisaje natural y una forma de su personalidad. Tiene la piel dorada por el sol. Ella acaba de sorber su limonada cerezada. Hay en el cielo nubes oscuras que preludian la lluvia. Yo le sigo preguntando sobre su carrera:

¿Cómo han sido estos 14 años de modelaje?

Creo que me ha ido muy bien porque yo cumplo cuatro consejos de don Miguel Ruiz (autor del libro Los cuatro acuerdos): en primer lugar, utilizar la palabra con integridad. En segundo lugar, hacer las cosas lo mejor posible en cada situación (en el trabajo y en la casa). En tercer lugar, no tomarse nada en forma personal. Finalmente, no hacer suposiciones.

¿Qué suposiciones hay en el modelaje?

Que solo las mujeres bonitas y bellas pueden ser modelos, y las feas no. Esa es una suposición. Una aparente mujer fea puede ser una buena modelo. La marca busca, a la postre, una actitud que la represente, no necesariamente tiene que ser bonita o bella.

¿Qué ha sido lo mejor y peor de ser modelo?

Mi experiencia ha sido positiva con todas las personas con las que he trabajado. Cuando algo no me gusta, simplemente lo digo. No acepto que me impongan algo que vaya en contra de mis criterios estéticos y éticos. En uno de los desfiles, por ejemplo, querían que yo me pintara el cabello de rojo para un comercial y no acepté.

¿Planifica mucho sus desfiles en pasarela?

No me gusta planear mucho. Pero soy profesional en todo lo que hago. No me gusta el azar, pero tengo claro que todo lo que haga tenga naturalidad.

¿Cómo ha sido su visión del mundo del modelaje?

El mundo siempre se mueve en dos direcciones y uno como modelo tiene que escoger lo mejor. Todo lo bueno y lo malo del mundo está en todas partes, pero lo que marca la diferencia es lo que uno decide y escoge. Cada cual ve lo que quiere ver. Es asunto de criterio. Nunca he tenido problemas con nadie y me ha ido muy bien en catorce años de estar en el modelaje.

¿Qué le atrae de la moda y el diseño que se hace en Colombia?

Me gusta la mezcla de colores, texturas, la conjugación entre lo clásico, lo étnico, lo urbano. Me gusta mucho lo que hace Beatriz Camacho, Olga Piedrahíta, María Adelaida Penagos, Silvia Tcherassi, entre otras.

¿Qué nostalgias se despiertan cuando llega a Medellín?

El olor de los pinos al llegar al aeropuerto, la vegetación y las flores.

¿Y con Cartagena?

Con Cartagena tengo una relación muy entrañable, mi familia tiene parientes en el Caribe colombiano, mi abuelo Miguel Carvajal era de Magangué. Me encanta sentir el vapor de Cartagena cuando uno aterriza. A mí el calor no me mortifica, menos estos calores de agosto. Hace siete años me casé en la iglesia Santo Toribio, en Cartagena.

¿Cómo hace para no caer en las dulces tentaciones de Cartagena?

Es muy difícil, casi imposible no caer en la tentación del arroz con coco en Cartagena, los patacones y el suero.

¿Qué le sedujo del hombre que escogió por esposo?

Mi esposo Luis me sedujo por su espíritu. ¿Cómo te explico qué hay detrás de eso que uno llama un hombre guapísimo? Me gustó su conversación, su sentido del humor, es un gran amigo, es una gran compañía. Me gustó cuando lo vi por su físico varonil, pero un hombre guapo no es solo una atracción física. ¿Me entiendes? El encanto no siempre es tangible: es una buena conversación, es la gracia de una persona.

¿Qué música te gusta bailar?

La salsa me encanta. Hay dos lugares de salsa en Cartagena que me gustan mucho: Uno es Quiebracanto y otra es el Bar La Habana.

¿Cuál de las canciones de Joe Arroyo te fascina?

No le pegue a la negra (Rebelión).

¿Cómo te gusta vivir?

En lugares abiertos con mucha luz y armonía.

¿Y te gusta cocinar?

No, se me queman las arepas.

Empieza a llover justo en el momento en que Jenny López dice que le gusta leer ciertas novelas como las que escribe Isabel Allende, pero también libros de yoga. Así se prepara para nuevos lanzamientos en pasarelas del mundo. “No me gusta planear a largo plazo, pero tampoco a última hora”, dice. El viento le sacude la pañoleta que amarra su larga cabellera. La lluvia sacude los almendros sembrados cerca a la muralla. Jenny decide guarecerse bajo una de los antiguos depósitos de pólvora de la Colonia que ahora es un bar, debajo de la muralla. “Aquí esperaré a que pase la lluvia”. Con la misma naturalidad con que ha desfilado los escenarios de la moda, desafía la tempestad con una sonrisa cuando le pregunto hasta cuándo piensa modelar: “A lo mejor sigo modelando hasta que envejezca”.