Hugh Hefner, joven hasta la muerte

El fundador de Playboy siempre dejó en claro que moriría en su ley: seduciendo conejitas como cuando tenía 20 años. ¿Alguien lo envidia?

Archivo Cromos

 

La noticia le dio la vuelta al mundo: Hugh Hefner, el dueño de Playboy, había sido plantado por su novia, Crystal Harris, a cinco días de la boda, en junio, por un motivo breve: sus relaciones sexuales no duraban más de dos segundos. El más famoso magnate del hedonismo ya no era capaz de satisfacer a una mujer.

 

Pero Hefner, de 85 años, contraatacó. No sólo le restó importancia al episodio, sino que tres días después ya había anunciado que estaba estrenando novias: Sophia Berglund y Sara Bechard, dos nuevas conejitas de sendos 25 años. ¿Qué le vieron Sophia y Sara a un hombre que les lleva 60 años? Quizás fama, poder y dinero, tres virtudes que suelen enloquecer a las mujeres. Sobre todo a las mujeres que ha frecuentado Hefner desde que inauguró su emporio mediático en 1953, y que se han convertido, indistintamente, en portadas de su revista y en conejitas de su mansión siguiendo un patrón inmodificable: tener menos de 30 años.

 

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Genio y figura. Durante la pubertad de Hefner, su madre lo sometió a un examen sicológico temiendo que sufriera de algún mal. Tras el análisis, el médico fue tajante: el niño es un genio, es mejor que le preste atención. Su coeficiente intelectual era de 152.

 

Durante medio siglo Hefner se regodeó de cambiar de novia como de corbata, y de mostrarlas desnudas en su revista como enrostrándole al mundo lo que iba a saborear esa noche debajo de sus sábanas. Pero ahora las imágenes del magnate con sus nuevas novias son más bien patéticas. Tan patéticas como el programa de televisión en el que se exhibió “haciendo nada” con otras tres conejitas en su mansión californiana. En cierto sentido, la vejez del hombre que cambió la mojigata mentalidad estadounidense de mitad del siglo XX, se antoja bastante triste: intentando satisfacer una y otra vez las fantasías de su juventud; o mejor, tratando de negar una y otra vez que está tan anciano como una uva pasa.

 

Pero todo depende del cristal con que se le mire. A fin de cuentas, Hefner no hizo sino cumplir el deseo de millones de hombres de su edad: acceder a la fantasía de no envejecer; acostarse eternamente con mujeres jóvenes. Hefner, de hecho, fue el paradigma del ejecutivo moderno: un hombre que buscaba el éxito para satisfacer sus placeres hedonistas. De paso, inspiró a sus congéneres en el sentido de que es posible hacerlo sin desfallecer durante toda la vida. Quizás ese fue su mayor legado.

 

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Cuando acarició la idea de fundar Playboy, una revista revolucionaria en la conservadora sociedad de la década del cincuenta, albergaba en su interior la esperanza de que sus ilusiones y sus fantasías más secretas fueran las mismas de sus lectores. Él mismo se sorprendió después de tener tanta razón. De 53.000 ejemplares vendidos en su primer número (el de Marilyn Monroe en portada, en diciembre de 1953), pasó en menos de 20 años a vender más de siete millones. Su consigna, como la de hoy, no solo era hacer dinero, sino realizar sus sueños eróticos. Si, como lo apunta Gay Talese en el libro La mujer de tu prójimo, Hefner ofrecía “el acceso a miles de hombres a una clase de mujeres que en la vida real ni les mirarían”, él quería, además, acostarse con ellas y luego vanagloriarse de ello.

 

Inspirado en su escritor más admirado, Scott Fitzgerald, y en el glamur de El gran Gastby, su novela de cabecera, Hefner quiso inaugurar con Playboy un estilo de vida: el del ejecutivo exitoso que puede satisfacer sus más oscuros placeres, y despertar envidia. Ajeno a las críticas, respaldado en su egocentrismo y en su innegable éxito en las finanzas y con las mujeres, construyó un mundo. Exagerado, eso sí, con jet privado dotado de pistas de baile, mansiones estrambóticas, clubes de fantasía y fiestas excesivas. Su residencia, de la que en ocasiones no salía en meses, era un templo al placer mundano, no solo sexual.

 

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Y así lo sostuvo incluso durante las épocas de crisis de los años setenta, cuando le surgió la competencia de la pornografía explícita en revistas como Penthouse y Hustler; y luego en los noventa, cuando ya internet y los videos triple X amenazaron el emporio que, sabiamente, diversificó su hija Christina hasta salvarlo.

 

De alguna manera Hugh Hefner, el mismo que en los últimos años de su vida salía en bata acompañado de mujeres divinas que bien podrían haber sido sus nietas (para escozor de sus detractores), fue el pionero de un estilo de vida que hoy brilla, para mal o para bien, en todo su esplendor: el de la juventud y el placer eternos. Un mundo artificial, o mejor, mundano hasta la saciedad, que todos los ejecutivos modernos quieren imitar. Su patetismo es, quizás, el reflejo de nuestra época, una época que, quizás, se inventó él mismo en 1953.

 

 

Fotos: Getty.

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