Camila Vallejo, de líder estudiantil a diputada en Chile

Esta linda jovencita de 25 años logró movilizar a miles de chilenos para protestar contra las políticas educativas de Sebastián Piñera. Tumbó un ministro y puso en jaque al gobierno. Ahora inicia su carrera política.
Camila Vallejo, de líder estudiantil a diputada en Chile

En agosto de 2011, cuando su figura y sus discursos llamaron la atención de los medios en el mundo, CROMOS habló con Camila Vallejo y logró este esbozo de una líder que apenas despuntaba. 

 

Cuando Camila Vallejo llega a un sitio público, las cámaras la persiguen, la gente la asedia, algunos pocos la insultan, y aunque no tiene escoltas ni nada que se le parezca, cuenta con un séquito de compañeros que ayudan a tejer una especie de anillo de seguridad que la hace inalcanzable. Conseguir una entrevista con esta dulce jovencita de 23 años se convirtió en misión imposible debido a su popularidad y a las amenazas que la acechan por su protagonismo en el movimiento estudiantil que ha sacado a las calles la inconformidad popular con el gobierno de Sebastián Piñera.

Estudiante de Geografía de la Universidad de Chile, hizo sus pinitos en la dirigencia estudiantil como vicepresidenta y luego como presidenta suplente del Centro de Estudiantes de la carrera en 2008. Allí desplegó su carisma y su formación en las juventudes comunistas para intervenir en la reestructuración de la facultad y en discusiones sobre la política educativa.

No fue gratuito que el año pasado fuera elegida como presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH), una de las organizaciones que tiene en jaque al gobierno. Camila Antonia Amaranta Vallejo Dowling, hija de Reinaldo Vallejo y Mariela Dowling, seguidores de Salvador Allende y férreos opositores a la dictadura de Pinochet, es la segunda mujer que llega a ese cargo en cien años de historia.

«Debo decir que yo sola jamás habría logrado todo esto y que mis manos son tan solo un par más dentro de tantas otras, y en donde todas juntas son las que levantan este proyecto colectivo que se llama Estudiantes de Izquierda», dijo hace poco sobre su inusitada popularidad. Así de contundentes y claras suelen ser sus intervenciones públicas. De ahí ese gran poder de convocatoria que ha llevado a las calles a miles de chilenos en apenas cuatro meses.

Camila tiene la fórmula perfecta: es joven, linda, inteligente y carismática. ¿Qué más se le puede pedir? Con semejantes atributos seguramente habría triunfado en el mundo del espectáculo. Pero ella se mantiene en su rol de activista. Detrás de su mirada tierna y angelical se esconde una mujer un tanto reservada, incluso distante. Pareciera que quiere contrarrestar las constantes alusiones a su belleza y alejar la idea de que sus triunfos están ligados a ella.

No se ha graduado, tiene su tesis en remojo mientras termina este periodo de presidencia de la FECH. Su vida pasa entre la sede de la Federación, entrevistas, debates, movilizaciones y discursos. Ella y Giorgio Jackson, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Chile (FEUC), son los principales voceros del movimiento universitario. Su listado de peticiones al gobierno pasa por aumentar el gasto público en educación superior (del 4 al 7 % del PIB), el acceso con equidad, la integración y heterogeneidad en la matrícula, democratización del sistema y fin al lucro.

Las movilizaciones estudiantiles en Chile no son nuevas. En el 2006, durante el mandato de Michelle Bachelet, se llevó a cabo la Revolución de los Pingüinos, un movimiento protagonizado por estudiantes de secundaria que hacían solicitudes similares. En su momento, los líderes se sentaron a dialogar con el Gobierno y negociaron. Pero los cambios no fueron suficientes.

Ahora, cinco años después, son los universitarios los que toman el liderazgo para exigir educación de calidad y sin fines de lucro. El inicio de estas movilizaciones, que ya han cobrado la cabeza del Ministro de Educación Joaquín Lavín y que tienen a Piñera pasando por un agrio 26 % de aprobación, es fácil de ubicar. En medio del debate sobre cómo hacer sentir su protesta, Camila escribió en el sitio web de la FECH: «¿Por qué no nos movilizamos este 28 de abril?».

 

CHILE EDUCACIÓN

Camila Vallejo

Quería una primera movilización nacional de estudiantes de universidades públicas y privadas, con una plataforma política y un calendario único. «Esto ya de por sí marca un hito importante en la política del país», dijo. Y tenía razón.

En esa marcha participaron 8000 estudiantes, pero no recibieron la respuesta que esperaban. Entonces, el 12 de mayo convocaron al primer paro nacional. Esta vez reunieron 100 000 personas, entre estudiantes de diferentes colegios de Santiago, Concepción, Valparaíso y La Serena, artistas, profesores, rectores, decanos y otros sectores de la sociedad.

Días después llegaron a Valparaíso, a la rendición de cuentas del presidente Piñera ante el Congreso, el 21 de mayo. Más de 20 000 estudiantes se apostaron para escuchar el discurso presidencial, que Camila calificó como «pobre e insuficiente». Las arengas se hicieron sentir. La siguiente jornada fue histórica. Cien mil personas se concentraron el 16 de junio en la Alameda, lugar emblemático de la apacible Santiago.

Cada marcha es una jornada artística, un carnaval alegórico y la toma pacífica de sedes universitarias y colegios. Algunas traen su propio lema, como las 1800 horas por la educación, que consiste en trotar alrededor del Palacio presidencial de La Moneda, desde el 13 de junio hasta el 27 de agosto. O el de la besatón del 6 de julio en la Plaza de Armas.

La de 1800 Paraguas por la Educación logró unir a asociaciones de padres, apoderados de los colegios, profesores, a la Federación Nacional de Pobladores, la Federación Bancaria y otros movimientos, para una gran marcha el pasado 4 de agosto, pero el Gobierno no autorizó la movilización y los manifestantes se enfrentaron con los carabineros. La respuesta fue inmediata y contundente. Camila convocó, a través de Twitter, a un «cacerolazo contra la represión», para las nueve de la noche. Cientos de familias salieron a los balcones de sus apartamentos, a las plazas y parques de Santiago y otras ciudades, en una jornada de solidaridad que no se vivía desde la dura época de la dictadura.

La última movilización fue el 21 de agosto. Se llamó «Domingo familiar por la educación» y alcanzó a reunir cerca de un millón de personas en la elipse del Parque O’Higgins. Semejante desafío a la autoridad de un gobierno de derecha que venía con una popularidad cercana al 80 %, después del exitoso rescate de los 33 mineros, le costaría muy caro. A través de las redes sociales ha recibido constantes amenazas, como las de una funcionaria oficialista que le escribió en Twitter: «Muerta la perra se acaba la leva». O un ataque a sus cuentas personales que terminó revelando su información personal en la red.

Sus padres ya solicitaron protección. Saben que la situación podría empeorar ahora que Camila convocó un nuevo paro nacional y que se ha convertido en una figura que aglutina pero que provoca odios. Algunos la tildan de intransigente, al no aceptar las sucesivas propuestas de Piñera. Y eso que ya está hablando de convocar una Asamblea Constituyente. Ella va por más.