Erika Fontalvo, contra el reloj

A la periodista de Caracol Radio le encanta correr. Sensible, apasionada, madre de una niña y amante de la salsa, así es esta barranquillera.
Erika Fontalvo, contra el reloj

Los pocos minutos que le quedan a Érika Fontalvo cuando no está en la mesa de trabajo de Caracol Radio (en un horario enloquecido que la mantiene levantada desde las 3 y 30 de la mañana), ni grabando una entrevista para El Radar, de Caracol Televisión, ni pasando el tiempo con su pequeña hija Lucía, los dedica a correr. Es el único momento, dice, en que puede desconectarse del ajetreo y tener tiempo para ella sin que nadie la moleste. Aunque no es del todo cierto: también cuando trota está pensando en el trabajo, en la entrevista que debe hacer al día siguiente, en la situación de las revueltas árabes (es editora internacional del programa 6 a.m. Hoy por Hoy) o en las bolsas de valores que se desploman en el mundo. Y es que, como la describe su compañero de cabina, Gustavo Gómez, Érika es una “hormiga talentosa”: una mujer que vive y ejerce con pasión el muchas veces ingrato oficio periodístico.

Eso es lo que ha hecho desde que empezó en El Heraldo de Barranquilla; cuando, más tarde, trabajó como reportera y presentadora de Caracol Televisión; cuando estuvo en España tratando de adaptarse al periodismo ibérico –experiencia que le dejó un sabor agridulce–, y ahora, cuando se levanta aún a oscuras, agarra su carro y se va al edificio de Caracol con el Joe Arroyo a todo volumen para terminar de despertarse. A las seis, cuando la mayoría de la gente apenas se está levantando, Érika ya ha revisado su correo, ha leído periódicos y está dándole los buenos días a su audiencia. Por eso esos minutos en las tardes, cuando corre, son tan valiosos; por eso trata de hacerlo con juicio cuatro veces a la semana (martes, jueves, sábado y domingo), y cuando puede se inscribe en alguna maratón. Lo hace para dedicarse unos minutos aunque su tiempo, en últimas, es el tiempo de lo que la apasiona: su trabajo. Como dice Gómez: “Érika puede conducir una teletón radial, pero también es capaz de hacer reportería en la calle cuando y como toque, y no hay nada que yo haya oído que le quede grande. Es una berraca”.

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“Soy una mujer muy sensible, yo lloro con todo. Hace una semana lloraba sin parar en la cabina de Caracol cuando supe que se había muerto el Joe. Y claro, hay noticias que me ha dado duro cubrir: me acuerdo, por ejemplo, cuando las Farc se le metieron al campamento a los Castaño en Tierralta, Córdoba, en 1998, y los cortaron en pedazos con las famosas motosierras. No sabes… ver a un ser humano cortado después de días y días de estar en el sol, es una cosa terrible; yo a esa altura de mi vida había visto muchos muertos, pero nunca había sentido esa miseria, esa maldad que se debe tener para hacer algo así. Fue brutal, terrible.

También recuerdo la posesión de Fujimori en el 2000. Estábamos cubriendo las marchas cuando de repente los militares tiraron un gas lacrimógeno que le cayó directo a un compañero camarógrafo y le sacó el ojo. Estaba ahí, al lado mío, y nosotros no sabíamos qué hacer: si ayudarlo a él o salvarnos nosotros. Al final lo tiramos al suelo y lo sacamos arrastrado. Fue un día caótico. Yo esa noche no pude dormir; tuve que pedirle a un amigo periodista que fuera a mi hotel, porque me sentía muy mal. Allí lloramos juntos.

Y bueno: fue dura la bomba que pusieron en Caracol. Ese día me quedé sola en la cabina porque a Darío Arizmendi lo sacaron después del estallido y Gustavo no fue porque estaba enfermo. Yo seguí transmitiendo sin parar hasta que a las tres de la tarde, cuando al fin bajé y vi esa escena tan kafkiana, con los vidrios rotos y todo destruido, me puse a llorar. No sé, yo creo que tengo una tranquilidad pasmosa para ciertas cosas y solo después me doy cuenta de su gravedad. Antes me iba a cubrir cualquier historia sin dudarlo, pero ahora lo pienso dos veces porque tengo una hija pequeña a quien cuidar. En cualquier caso, pienso yo, ninguna historia vale una vida. Ni antes, ni ahora, ni nunca”.

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En 2005 se enamoró y se fue a vivir a España. Estuvo cinco años en Madrid hasta que terminó la relación con su marido y, sintiendo que el ciclo se cerraba, regresó. En la capital ibérica ejerció como corresponsal de Caracol pero también trabajó en medios locales: presentó durante un año un programa en un Localia TV y luego hizo otro con la comunidad inmigrante latinoamericana. Pero no fue fácil: cuando pasaba hojas de vida le decían que estaba sobrecalificada o le pedían que falseara el acento. “El periodismo allá responde abiertamente a los intereses de dos partidos políticos; está muy dividido. Para mí eso era muy difícil, no me sentía libre ni a gusto. A cualquiera le resulta muy complicado encajar”.

Pero lo disfrutó. (Aun hoy, casi dos años después de haber regresado, le quedan rezagos del lenguaje: palabras como “vamos” y “venga” se cruzan en sus frases). Amó la comida, el verano, la vida cultural madrileña. Y volvió. Ahora dice que disfruta leyendo Ángeles Mastretta (su libro favorito es Arráncame la vida), y escuchando las canciones de Fito Páez, Silvio Rodríguez, Celia Cruz o el Joe Arroyo. “A mí me encanta Ricardo Arjona y lo digo así sueñe ‘mañé’. Gustavo me la monta y se escandaliza, pero no me importa: el otro día le dije que Arjona era el Bruce Springsteen latinoamericano y casi me asesina”. Y ríe.

Érika es una periodista de raza, de esas que huele y se apasiona por la noticia. “Lo mejor de esta profesión es poder tener muchas vidas en una y, sobre todo, aprender de alguien diferente en cada jornada”. Cosas que sin duda piensa todas esas tardes cuando se pone la sudadera, se amarra los tenis y sale a trotar. Esas tardes en las que, aunque siga pensando en trabajo, está, por fin, con ella misma.