Sin seducción no hay poder

La periodista francesa Diane Ducret cuenta cómo los grandes dictadores de la historia han usado la seducción para hacer más grande su poder sobre las masas.
Sin seducción no hay poder

"El poder se basa tanto en la coerción como en la capacidad de seducción de los dictadores" sostiene la periodista Diane Ducret, algo que no se ha tenido en cuenta pues "la historia se ha abordado desde un punto de vista estrictamente masculino, centrándose en el aspecto militar y en la ideología".

Para Ducret, estos dictadores son "grandes seductores" y señala que aunque hay un "carisma natural" también hay mucho "trabajo".

Hitler cambió su forma de vestir y buscó asesoramiento en mujeres de la alta sociedad alemana; además, viajaba siempre con su fotógrafo personal, Heinrich Hoffman, para que le inmortalizara en las poses más favorecedoras.

Mussolini, por su parte, entrenaba su cuerpo para lucirlo luego en traje de baño en las playas de Riccioni ante sus enfervorizadas admiradoras venidas de toda Italia, pero también de Alemania, Yugoslavia o Hungría.

"No hay poder total si la mitad de la población no quiere. Por eso, ellos eran conscientes de que seducir a las mujeres era muy importante y se esforzaban en ello", señala la autora del libro.Y con gran éxito. Según Ducret, Adi -como llamaban en la intimidad a Adolf Hitler- recibió más cartas de fans que Mick Jagger y los Beatles juntos. Su más directo competidor, El Duce, recibía entre 30.000 y 40.000 cartas al mes.

"A pesar de compartir un gran poder de seducción, eran muy diferentes. Mussolini tenía una necesidad patológica de poseer físicamente a las mujeres, no así Hitler que, en cambio, ansiaba influir en ellas psicológicamente", explica la periodista e historiadora.

Por su pare, el dictador portugués António de Oliveira Salazar destaca como un "playboy religioso" y un "casanova discreto" que, a diferencia del acomplejado Stalin o el infantil Mussolini, no parecía necesitado de reforzar su virilidad.

También hubo dictadores de una sola mujer como el rumano Ceaucescu o Franco. En el caso del primero, su mujer, Elena, llegó a ejercer una gran influencia sobre él, "pero no ideológica". Para el dictador español, Franco, lo más importante era su carrera.

En este libro, la periodista se ocupa no sólo de esposas y amantes, sino también de admiradoras, musas y compañeras de estos hombres. Son mujeres muy diferentes que comparten un amor entregado y vehemente que condujo, en algunos casos, al suicidio.

La autora distingue tres tipos de mujeres. Las que aman al hombre más que a su vida; las que ven en ellos la encarnación de sus ideales y las que aman el poder.

Las primeras suelen ser mujeres jóvenes y bellas, cuya personalidad se somete a la voluntad de estos "dictadores psicológicos" que les lleva a perder su identidad. "Sufren una especie de síndrome de Estocolmo", dice Ducret.

A este grupo pertenecerían las últimas amantes de Hitler y Mussolini, Eva Braun y Clara Petacci, que compartieron con ellos su trágico fin. Petacci tuvo la oportunidad de salvarse pero prefirió compartir el triste destino de su amante. "Adonde va el maestro, va el perro" llegó a decir.

El segundo grupo lo componen las intelectuales, con un papel vital en la formación ideológica de estos hombres. Son mujeres con carácter y personalidad como  Margherita Sarfatti, amante de Mosollini.

Las "mujeres de poder" acompañan a sus parejas en el ascenso, participan de su poder y acaban amando a este por encima de todo. Elena Ceaucescu y Jian Qing, tercera esposa de Mao Zedong, son "mujeres poder".

LAS OLVIDADAS.

Un personaje sorprendente para Ducret, es Inessa, la amante de Lenin. Una mujer brillante y muy avanzada para su tiempo que se enamoró de un hombre "contradictorio y con una mentalidad antigua".

"Me recuerda a una heroína clásica. Vivió entregada a un hombre cuyo amor tenía que compartir con su esposa, hizo suyos sus sueños, llegó a ser ministra de Agricultura y, joven y exhausta, murió en el exilio", comenta.

Pero si hay un personaje que ha fascinado a la autora por encima de todos, ha sido el de Magda Goebbels, a la que considera una mezcla de los tres tipos de mujer.

"Es hermosa y ama profundamente el ideario nazi. Es una persona inteligente cuya opinión es muy estimada por Hitler, llegando a ser considerada la 'prima dona' del régimen. Su relación con el Führer es platónica pero brutal, cumplía todos sus deseos".

Se casó con Goebbels porque así lo quería Hitler. Envenenó a sus seis hijos y aceptó morir a manos de su marido cuando el régimen nazi tocaba a su fin. "Por amor, llevó a cabo los mayores sacrificios", sentencia la autora.

El período de entreguerras y el que siguió a la segunda guerra mundial alumbró muchas dictaduras en Europa. El conflicto bélico sirve para dar unidad a las historias y favorece el cruce de personajes como el de Angelica Balabanoff que tiene un papel crucial en las vidas de Mussolini y Lenin.

Para su segundo libro, que verá la luz en Francia el próximo mes de febrero, la autora ha escogido la guerra de Irak. Las mujeres de Fidel Castro, Sadam Husein, Jomeini, Kim Jong-il, Slobodan Milosevic y Bin Laden, tendrán entonces un papel protagonista.