Beatriz González no deja de mirar

Pocos como ella han logrado plasmar el dolor de un país en el lienzo. Pocos como ella se han burlado del poder o han retratado la idiosincrasia de un pueblo en objetos y grabados.
Beatriz González no deja de mirar

Una retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Medellín, expuesta hasta marzo de 2012, recorre los mejores momentos y las mejores obras de la genial artista bumanguesa.

La famosa frase “La pintura no ha sido hecha para decorar departamentos”, de Pablo Picasso, podría ajustarse bien a la obra de Beatriz González. Ella lo confirma: “A partir de algunas imágenes no es posible reírse”. Dura, conmovedora, así es la obra de esta artista nacida en Bucaramanga que ha sabido retratar el dolor de Colombia. Las tragedias han penetrado su obra y su ser como en una suerte de trance místico: “Yo no quiero que mi trabajo sea una explotación de las penas y los dolores del ser humano. Cuando empiezo a trabajar un tema duro, empiezo a leer las noticias para conmoverme y poder transmitir lo que siento. No me interesa la especulación con el dolor humano”.

La retrospectiva “La comedia y la tragedia 1948-2010”, inaugurada en el Museo de Arte Moderno de Medellín, es el evento artístico más relevante del año. Es la oportunidad de ver más de 200 obras de la gran artista colombiana, creadora de un arte sin concesiones y dueña de una visión particular de la realidad política del país: “Para nosotros es un orgullo tenerla en Medellín”, afirma Juliana Restrepo, directora del museo. La exhibición, que hace parte de las exposiciones que el museo quiso hacer de tres grandes pintoras colombianas (Débora Arango, Beatriz González y próximamente Doris Salcedo), es un recorrido cronológico por la obra de una artista fundamental en la historia de Colombia. Una mujer que ha fluctuado entre la comedia y la tragedia para plasmar nuestras más crudas realidades y que ha pretendido sentar un precedente ético como un compromiso indeclinable: “Por sobre todo, hay una posición ética que es muy fuerte.

La ética de ella son la misma en el arte y en la vida, y eso hace que haya una mirada muy particular sobre la realidad”, opina Julián Posada, curador de la muestra. Beatriz cree en el significado del artista como generador de reflexión ética: “Me interesa que vean la exposición y que mediten alrededor de la memoria”.

En esa línea, los curadores establecieron una lógica en el orden cronológico para mostrar su trabajo. En un comienzo están sus primeras búsquedas, su formación en el expresionismo abstracto de la mano de Juan Antonio Roda y Marta Traba (quien dijo de ella en 1974: “Es el comienzo de una extraordinaria carrera artística, cuya originalidad más relevante sería la de expresar la idiosincrasia de una sociedad con agudeza, inteligencia y chispa inventiva”); también sus ejercicios de reinterpretaciones de obras maestras del arte universal y la profunda relación con los objetos y láminas de la cultura popular que iba viendo y llamaban profundamente su atención.

Durante ese proceso apareció una noticia que marcó un antes y un después en su forma de crear, porque descubrió en la prensa una de las fuentes principales de su trabajo: una pareja de enamorados que se habían lanzado al vacío. Son los protagonistas de Los suicidas del Sisga (1965), una historia que registró con profunda ternura y dolor, y que se convirtió en una pintura icónica con la que ganó el premio especial del XVII Salón Nacional de Artistas en 1966. Alejada del diseño y la arquitectura, y metida de lleno en el mundo de las artes plásticas, propuso entonces la necesidad de partir de algo dado y, de paso, dejó servida una gran polémica en las esferas artísticas de la época: “El hecho de encontrar la realidad a través de imágenes o noticias ha hecho que mi obra se encamine hacia un deseo de que el espectador encuentre pedazos del país, de nuestras costumbres y de nuestra manera de comportarnos”.

Su labor, que ha sido la de registrar y construir memoria, tiene que ver con la de un cronista, pero con una diferencia. En palabras del curador Alberto Sierra: “Un país visto por un artista es muy distinto del visto por el periodismo porque el primero fija una imagen a través de su capacidad poética”. Una característica que es común en toda su obra, bien sea referida a eventos sociales, a la crónica roja, a mujeres llorando, a los cadáveres de líderes políticos, a las masacres, a las inundaciones, a los allanamientos, a las desapariciones, a los muertos que flotan en el río… Todos dramas que hacen parte de la historia de Colombia desde la década del 70 hasta hoy. Piezas que además están impregnadas de la importancia que tienen para la artista los símbolos religiosos, el mobiliario como representación de lo doméstico, las frivolidades del poder y las contradicciones permanentes manifestadas en la belleza y en lo más cruel de la naturaleza humana: “No se trata de una exhibición macabra, sino de preguntarnos qué pasó”, dice Alberto Sierra. 

Desde 1984, no se hacía en el país una retrospectiva de su obra. Ahora, 27 años después, la maestra se dio a la tarea de mirar hacia atrás y observar con ojo de académica su prodigioso trabajo. Confiesa que se sorprende mucho cuando recuerda sus años de transgresora y que en muchos procesos creativos se convirtió en una verdadera loca.

Sierra opina que la exposición es el reflejo de una teoría muy bonita de la tragedia en el paraíso en el que están presentes los colores de su infancia en Bucaramanga. l respecto, ella le contó una vez a CROMOS: “Entrecierro los ojos y veo los colores de Bucaramanga, de lo que veía en mi niñez. Los colores de mis cuadros son los de los atardeceres que observaba con mi papá. Él solía decirme que yo era una artista”.

Una artista que hay que ver para encontrarse de frente y sin máscaras con la realidad de lo que somos: con el cinismo y la frivolidad de los poderosos; la ternura, el desamparo y la tristeza que produce una madre despojada; con la impotencia de las tumbas sin nombre... En últimas, la gran paradoja del paraíso y el horror: “La exhibición, desde el arte, nos permite reflexionar sobre nuestra postura ética frente al país y frente a la situación política que vivimos”, afirma Julián Posada.Es el trabajo de una mujer que a sus 73 años sigue vigente porque siempre tiene una nueva reflexión acerca de esa realidad que la sobrepasa. Es la exposición de una visionaria que supo hacer de su arte algo poderoso. Hoy el mundo se pregunta para qué la pintura. Ella sentencia: “para seguir reflexionando”.