Así vive Horacio Serpa en Bogotá

El político liberal se instaló en Bogotá  y se prepara oara seguir dando lora. Estuvimos en su casa.
Así vive Horacio Serpa en Bogotá

Horacio Serpa regresó a la capital luego de terminar su gestión en la gobernación de Santander. Más activo que nunca y lejos de pensar en el retiro, se prepara para seguir “dando lora” con nuevos proyectos y unas memorias que titulará El país que me tocó vivir. desempacando maletas.

Cuatro días después de terminar su gestión como gobernador de Santander, Horacio Serpa escribió una columna en El Nuevo Siglo titulada “Descansar es morir”. En ella dejó muy claro que no está dispuesto a quedarse en casa reposando, como se lo sugirieron sus hijos y su esposa Rosita, y que mientras pueda trabajará en la pasión a la que ha dedicado casi cincuenta años de vida: la política. “Ojalá no llegue a la edad de la inutilidad. Si me toca, le prohíbo a mi familia que me vista con sudadera, me ponga cachucha y me mande a pasear el perrito. ¡Mamola!”, escribió con el habitual humor que le reconocen sus amigos más cercanos.

Y es que, recién llegado de Bucaramanga a la capital del país, donde se establecerá en esta nueva etapa, este político de mil batallas ya está lleno de proyectos: en poco más de un mes asumirá como presidente de un centro de estudios llamado Sociedad Económica de Amigos del País; mientras tanto, ultima los detalles de una revista política virtual que dirigirá y termina un libro sobre sus experiencias como gobernador de Santander. “No es un texto de anécdotas –aclara, enfático–, sino una reflexión sobre la administración pública por dentro”.

Pero antes de entrar en acción deberá terminar de desempacar maletas, pues el día que conversamos fue el mismo en que regresó de su natal Bucaramanga. Venía de celebrar ese fin de semana cuatro décadas de matrimonio con su inseparable Rosita, pero en vez de festejar la fecha los cogió empacando. “No le niego que voy a extrañar muchas cosas de Santander –dice sentado en el sofá del apartamento, al norte de Bogotá, que de ahora en adelante será su centro de operaciones–. Los amigos, la vida más apacible y tranquila, el hecho de que allá todo el mundo lo conoce a uno y lo saluda con naturalidad. También extrañaremos los viajes a los pueblos cada fin de semana, la comida, la sencillez de los campesinos”.

Aunque, para ser sinceros, a Serpa le queda poco tiempo para la nostalgia. Mientras saca sus cosas de la maleta –corbatas, sacos, su tableta Samsung Galaxy y el premio que le concedieron por ser uno de los mejores mandatarios del país–, reafirma que, como escribió en su columna, no se siente agotado. Que las arrugas son de la edad y no de cansancio. Y que estando quieto jamás podrá sentirse sereno. “Mire: yo podría estar muy tranquilo recibiendo la pensión que tengo por cuenta de mis años como congresista, pero lo que pasa es que amo la política a pesar de que es una profesión tan de capa caída”.

Por eso mismo es tan difícil que en medio de la conversación se cuele un tema diferente. Después de todo, ha pasado 47 de sus 69 años metido en ella y se ha desempeñado en casi todos los cargos públicos posibles: gobernador, alcalde, representante a la Cámara, senador, procurador. Quizás su gran frustración sea la Presidencia –que intentó tres veces, y en todas perdió–, aunque él no lo vea de esa manera. “En la política uno gana y pierde –asegura–. Vea: las derrotas son difíciles, pero esa tristeza dura hasta cuando se presenta otra vez la misma oportunidad. Y las victorias, aunque satisfactorias, tampoco son permanentes”.

Difícil precisar el momento exacto en que la pasión por la política terminó absorbiéndolo, pero, cuando hace memoria, Serpa sabe que la culpa fue de esa imprenta que durante muchos años tuvo su papá en Santander. “Allá llegaban un montón de políticos que imprimían volantes, pequeños periódicos. Por esa época se fundó el MRL (Movimiento Revolucionario Liberal) y los voceros eran los mismos políticos que la visitaban”, cuenta. Años más tarde, en su época de universitario, ingresó al movimiento y conoció a Alfonso Gómez Gómez, quien lo nombró alcalde de Barrancabermeja por allá en el año 69. Ahí empezó todo.

Lo cierto es que esa imprenta le dejó, además, el amor por el periodismo, oficio que ha ejercido durante años como columnista en diversos diarios y revistas. Y claro, la pasión por las letras. “Me encanta leer historia, eso me llena de satisfacción. Leo mucho de política para tratar de seguir siendo moderno pues ya me considero un veterano en estas lides”, dice y suelta la carcajada. Ahora mismo está releyendo Rebelión en la granja, de George Orwell, un libro que leyó hace más de treinta años y que cogió otra vez cuando se lo vio a su hijo, Horacio José. “También tengo la biografía de Steve Jobs y hace nada terminé El sueño del celta, de Vargas Llosa”.

Lo de Jobs no es casualidad pues, en su afán por modernizarse, Serpa se ha vuelto un fanático –mas no esclavo– de la tecnología: ahora tiene tres celulares (uno de ellos un Blackberry), una tableta Galaxy y varios computadores. “La primera vez que vi un iPad iba para Washington, a visitar a mi hija y mis nietos, y me tocó en el puesto del lado a Óscar Córdoba, el arquero. Hablamos un par de cosas y luego cada uno se puso en lo suyo; de repente veo que él saca una tabletica y se pone a leer y a escribir en ella. Cuando llegué le conté a mi hija y le dije: ¡Yo quiero una de esas!”. La dicha le duró poco, sin embargo, porque al final su nieto se antojó tanto del aparato que terminó regalándoselo.

En uno de sus computadores –un portátil viejito, que guarda en un rincón de la biblioteca de su estudio–, cuenta que tiene grabadas sus memorias. Dice que lleva ya un buen tiempo escribiéndolas y que, aunque aún no sabe cuándo las terminará, ya tiene un título tentativo: El país que me tocó vivir. Quizás ahora, lejos ya de los cargos de elección popular, pueda sacar un espacio en su agenda para terminarlas. Eso, claro, si la política se lo permite y no vuelve a atravesarse en su camino.