“¡Me diste, Fat, me diste, mi vale!”

Esta es la historia del rapero de Barranquilla que mató a su mejor amigo mientras grababan un video musical.  
“¡Me diste, Fat, me diste, mi vale!”

A nosotros el pulso no nos tiembla / con los nervios de acero y la sangre fría / mucha adrenalina y sin asco pa matar / lo mío se resuelve con un plan plan plan plan.La voz de Johnny Gregorio Giraldo, apodado el Fat, quedó suspendida mientras sostenía el revólver Llama Martial calibre 38 todavía humeante. El disparo había sonado seco, rompiendo el aire cargado de rap. Andrés Felipe Santana, mejor conocido como Felo, cayó al suelo: “Me diste, Fat, me diste, mi vale”. La cámara con la que Felo estaba grabando el video se fue al piso con él. Y Fat, incrédulo, solo atinó a cogerse la cabeza con las manos.

Como no había sangre en el piso, los amigos de ambos pensaron que el disparo apenas había rozado el escuálido cuerpo de Felo. Pero él seguía quejándose. Uno de ellos, Nath, fue quien vio el orificio por donde entró la bala, a un costado del pecho de Felo, quien comenzaba a agonizar. En esas condiciones Nath lo llevó a la Clínica Campbell.

Fat, de 29 años, entró en shock. No entendía en qué momento había apretado el gatillo. Felo, quien oficiaba como director y camarógrafo, le había explicado que apenas terminara la frase del “plan plan plan plan”, debía apuntarle a la cámara. Esa sería la última imagen del videoclip. Pero Fat, además de apuntar, accionó la carga y así le quitó la vida al amigo de toda la vida, con el que esperaba hacer algo de plata a punta de componer música y mostrarla por televisión.

Los dos habían crecido en el populoso barrio de Las Nieves, en Barranquilla, marcado por la violencia de las pandillas y la delincuencia. Apenas un par de casas los separaban. Fat entró al mundo del rap a los 14 años. Alguien en el colegio le había regalado un casete de Eazy E y de 2Pac, y se enamoró a primera vista del ritmo. Fue él quien se lo enseñó a Felo.

La calle 12 del barrio Las Nieves, a la que tantas veces le cantaron Fat y Felo, se estremeció con el disparo que rompió la tranquilidad ese lunes festivo 9 de enero. A las 10:30 de la noche, los vecinos de la casa del Pipa, donde se grababa el video, se enteraron de la tragedia. La angustia se apoderó de los otros cinco jóvenes, quienes prefirieron borrar la grabación antes de que llegara la policía.

“Yo me quería ir con él”, dice Fat con el enérgico y marcado acento de los raperos. En una casa blanca de una sola planta que le sirve de cárcel, Johnny intenta exorcizar los demonios con los que lucha desde esa noche. Clava sus ojos en el piso, se seca el sudor de la frente: “Desde que era niño yo lo cuidaba porque era muy flaquito, me tocaba defenderlo para que no se metieran con él, para que supieran que no estaba solo”.

Después de niños, cuando sintieron en el cuerpo el vértigo de la juventud, Fat y Felo alquilaron un apartamento que dedicaron a la rumba y a las mujeres. “Cada uno pasó por grupos diferentes de rap, pero yo le ayudaba a escribir, le daba consejos. Fat no era Fat sin Felo y Felo no era Felo sin Fat”, recuerda Fat.

Es un hombre grande, que pasa de los 100 kilos de peso y 1,80 metros de estatura, y entona cada frase como si estuviese rimando esas canciones con las que ha marcado la historia del rap barranquillero.

Antes de cumplir los 16, Fat ya estaba componiendo. Empezó como todos, con el puño arriba, cantándole a la inconformidad de la gente que se siente abandonada y marginada. Luego el amor, las mujeres y la cotidianidad del barrio se tomaron sus letras. Sentía que así se acercaba al público, que tal vez algún día pagarían por escuchar sus canciones. En esa búsqueda, Fat empezó a cargar sus composiciones con droga, armas, muertos. Se inspiró en la vida de los criminales, en su astucia para evadir a las autoridades, en sus ajustes de cuentas, en la “coletera”, como la terminó bautizando Felo. Fat llegó a ser el primer rapero local que sonó en los picós, desplazando la carga sexual de la champeta y el reggaeton.

El movimiento del rap quedó dividido. Los puristas, defensores de la carga social y de protesta del hip hop, criticaron a Fat por hacer apología del delito. Los demás, lo aclamaron y lo siguieron. Sus letras eran atractivas.

El gánster rap (así se llama la modalidad que interpretaban Fat y sus secuaces) nació en las comunidades negras de Los Ángeles, Estados Unidos, a finales de los 80, en rebeldía contra la represión de las autoridades policiales y la exclusión social. Y fue adaptado en Colombia gracias a grupos tan emblemáticos como NWA o Dr. Dre.

El primer éxito de Fat fue El velorio de un coleto, que llegó a ser número uno en las emisoras musicales de Barranquilla. Sin payola (dádivas a los programadores para hacer sonar las canciones en las emisoras), este tema tuvo una acogida apabullante.

Cuando yo me muera / no quiero que me lloren / hagan una fiesta con droga y licores/ que se hagan tiros, compa dame un pase / y que todas las leas canten mis canciones / así es el velorio de un coleto / que suenen los picós y rueden los baretos / sisa cole claro meto para que flower después de muerto.

La canción fue utilizada como himno por pandilleros y delincuentes, se escuchaba en toda la ciudad y en las universidades. Hasta en los barrios más pudientes la pedían en las complacencias musicales de las emisoras. De eso hace ya cuatro años.

“Yo siempre le he cantado a la gente de la calle y estoy agradecido con su apoyo. Han estado ahí cuando he necesitado, son mi público. Tal vez la sociedad no está acostumbrada a escuchar eso y se escandaliza. Los noticieros todos los días nos traen noticias de muertos, accidentes, bombas, ¿por qué no puedo decir que en el barrio Las Nieves hay un tipo que hizo dinero traficando droga y tiene el monopolio, 50 mujeres, 40 carros y vive allá y ayuda a la gente?”, se justifica Fat.

Insiste en que sus canciones no inducen a los jóvenes al consumo y al delito. “Hablo de una realidad, no influencio a nadie, no corrompo, no incito. Doy la versión que no dan los noticieros ni la Youtube. Soy un escritor que cuenta lo que pasa en la calle porque he sido testigo de muchas cosas, he convivido con el hambre, la violencia y la droga”.

En medio de esos relatos de la coletera fue que Jorge Luis Dangond, apodado El York, vocalista de su agrupación, 47 Corp, murió de cinco balazos el 28 de octubre de 2008. Fat tuvo que irse de Barranquilla por un tiempo y regresó en octubre del año pasado. De inmediato se puso a trabajar en su siguiente proyecto y quería imprimirle el sabor costeño que no encontraba en Bogotá. Lo primero que hizo fue buscar a Felo.

Felo tenía su grupo, Sangre Latina, con Nath, el amigo que lo llevó agonizante a la clínica, después del disparo; tomaba clases de mecánica en el SENA y trabajaba haciendo videos musicales en discotecas y bares. Por eso, cuando Fat lo buscó para que formaran su propio sello musical, Felo asumió la dirección del primer trabajo del colectivo, que llamaron Demencia Music.

A ese colectivo pertenecían siete raperos, los más amigos y cercanos. Fat los convenció para componer una canción y participar en Conciliato, un gremio que reúne artistas de Bogotá, Medellín y Barranquilla. “Formamos la moña, cada uno escribió su parte y el día anterior al accidente grabamos el audio. La canción se llama Nervios de acero y habla de aquellas personas que no le tienen miedo a nada. Siendo niño vi a muchos de esos como a los héroes del barrio, porque llegaban con dinero, comida y trago pa todo el mundo”.

Dice Fat que la historia de la tragedia ya estaba escrita por un poderoso libretista, porque fue Felo el que pensó en grabar un video que sirviera de preview. De hecho fue él quien les dijo a sus amigos que había visto cómo los raperos de Puerto Rico venían al país a hacer videos donde salían las prepagos y la droga de Colombia y se preguntó por qué ellos no hacían lo mismo.

Y, dice Fat, Felo se dedicó a dirigir el video de su propia muerte: alquiló las luces y la cámara, juntó a los muchachos y les explicó cómo se grabaría el clip. Ya tenía lista la promoción por internet y les pidió que lo hicieran con armas reales.

Fat niega que el revólver fuera suyo y asegura que alguien lo prestó. De hecho, en las diligencias judiciales no aceptó el cargo de porte ilegal de armas. “Cuando terminamos de grabar, se cargaron las armas para devolverlas, pero al rato alguien dijo que faltaba la toma final y sucedió lo que sucedió”.

Vuelve a clavar los ojos en el piso y vuelve a limpiarse una vez más el sudor. Acaba de completar un mes en casa por cárcel y está esperando la sentencia por el delito de homicidio, que aceptó ante un juez de Barranquilla. No ha hablado con la familia de Felo. Es difícil. Pero después de muchas noches de insomnio y de llanto, tiene su propia explicación a lo que le sucedió: “Pido perdón, no fue mi intención. Tal vez Dios me escogió para que fuese mi mano la que se lo llevara. No me gusta, pero también escogieron a Judas para traicionar a Jesús”.

Fat entra a la casa, a su cárcel, y saca una maleta repleta de cuadernos con sus letras y pinturas. “Hay que tener cuidado con lo que uno dice, las palabras tienen poder, hay que controlar la lengua”, recita, y reconoce que las letras de sus canciones cambiarán. “Ahora viene algo de más reflexión, más amor, hablo de lo que probé y de cómo salir de eso”. Y para probarlo suelta un par de rimas que le compuso a Felo:

Le pedí un favor a Dios / que el cielo sea como Las Nieves / que nunca falte la rumba, el licor y las mujeres / que pongan música reggae pa que el Felo no se aburra / no le hagan botar el chupo que a ninguno se le ocurra.