Pequeños detalles de un gran encuentro

Del pantalón castaño de Obama a la guayabera de Santos, la VI Cumbre de las Américas se vistió de todos los tonos.Esto fue lo que escuchamos dentro y fuera del protocolo.
Pequeños detalles de un gran encuentro

Lo que vio el país a las 4:30 de la tarde del viernes 13 de abril fue la llegada del famoso Air Force One al aeropuerto Rafael Núñez, de Cartagena. De allí, con su trotecito característico, se bajó el presidente Barack Obama en estricto traje de corbata. Pero lo que no vieron los cerca de cien fotógrafos y camarógrafos, ni los millones de televidentes que lo siguieron en directo, fue que un segundo avión presidencial sobrevoló el espacio aéreo cartagenero (tal cual nos han revelado las películas gringas). La otra aeronave nunca hizo aproximación, pero estuvo vigilante a 32.000 pies de altura, esperando que el hombre más poderoso del mundo tocara sin novedades suelo colombiano, para luego partir rumbo a Trinidad y Tobago, país que alojó los seis aviones que trajo el mandatario estadounidense, incluido este que lo transportó.

Una vez Obama abordó una de sus dos limusinas y partió rumbo al Hotel Hilton con la caravana compuesta por una veintena de automóviles, se activó uno de los esquemas de seguridad más complejos que se haya vivido en el país. Desde el 1º de abril, 5.285 efectivos de la Policía Nacional se habían tomado la ciudad, y ese viernes al mediodía, unos 400 hombres del Servicio Secreto estadounidense se unieron a igual número de policías colombianos para generar el primer anillo de seguridad alrededor del presidente de Estados Unidos.

Su primera escala fue el Hotel Hilton, donde le habían reservado los pisos 7, 8, 9 y 10. El sexto nivel estaba en remodelación; el resto estaba ocupado por clientes corporativos que habitualmente se hospedan allí. Mientras se preparaba para la entrevista que le concedió a Luis Carlos Vélez, de Noticias Caracol, en un salón del tercer piso, en la Base Naval el presidente Juan Manuel Santos, su anfitrión, sudaba la gota gorda tratando de que su equipo de fútbol lograra ganarle al de su par boliviano Evo Morales.

Los goles eran los protagonistas de la jornada. El de pena máxima que el exarquero del Medellín, Andrés Cadavid, le tapó al presidente boliviano, el que Caracol metió con la entrevista a Obama; el que marcó más tarde de penalti el vicepresidente Angelino Garzón para lograr el honroso empate 2-2; el que logró el grupo del ALBA al imponer en las discusiones los temas de Cuba, las Malvinas y la despenalización de la droga.

No sirvió de mucho el abrazo sudoroso entre Santos y Evo en el intermedio del partido. La suerte de la diplomacia de las Américas se jugaba en otro terreno y estaba lejos de quedar en tablas. A esa hora ya se sabía que los cancilleres de los 32 países presentes no lograrían el tan anhelado consenso para emitir un documento final, con el que Colombia se había comprometido como resultado tangible de la Cumbre. Estados Unidos y Canadá se imponían y vetaban la simple mención de estos temas, pero el resto de delegaciones se había convertido en un bloque compacto que les habló fuerte a las potencias del Norte. Y en el medio estaba Colombia que, como buen anfitrión, intentó conciliar hasta último minuto.

Tampoco sirvió de mucho el ambiente caribe y de distensión que quiso imprimir Santos en la gran gala de bienvenida, que ofreció en el castillo San Felipe esa noche. Vestida de luces, ataviada con sus mejores galas, con vallenatos y repleta con más de mil invitados, esta fortificación –cuya construcción comenzó en 1536– no logró que en sus pasillos y recovecos se lograra algún acuerdo.

De tal manera que el sábado, cuando los 30 presidentes que recorrieron la alfombra roja para ingresar a la ceremonia de instalación de la cumbre en el Centro de Convenciones, se empezaba a hablar de fracaso diplomático. A esta hora ya estaba en pleno furor el escándalo de la sanción a varios miembros del Servicio Secreto y del ejército de Estados Unidos que el miércoles anterior habían protagonizado un incidente con prostitutas cartageneras.

Aun así, la VI Cumbre de las Américas seguía con el libreto dispuesto. Juan Manuel Santos defendió su idea de discutir la lucha antidrogas y mantuvo su posición reclamando la presencia de Cuba en el próximo encuentro continental, pero apenas terminó su discurso inaugural, recibió la recriminación de la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, quien le reclamó porque se había “olvidado” de hablar de las Malvinas. Colombia le había prendido una vela a Dios y otra al diablo. El pulso de los cancilleres ya había terminado y casi llegando el mediodía les entregaron el chicharrón del desacuerdo a sus presidentes. Serían ellos los encargados de recomponer las jugadas del complejo ajedrez.

Sus esposas, lejos de las pujas por el poder, arrancaron a esa hora con su propia agenda con un almuerzo en el buque Gloria que ofreció Clemencia Rodríguez, la anfitriona. El chef Juan Felipe Camacho adornó la mesa con dos menús porque las primeras damas de Canadá, Panamá y México eran alérgicas a la comida de mar. Un pie de coco con crema de vainilla y salsa de corozo, y jugos de lulo y mango con yerbabuena refrescaron la tarde antes de que partieran a un paseo en coche por la ciudad vieja, con una parada en los sitios de artesanías.

La tarde les dio tiempo para pasar por las tiendas de las diseñadoras Ketty Tinoco, Beatriz Camacho, Silvia Tcherassi y Francesca Miranda, y de  prepararse para la cena que ofrecería el presidente Santos en la Casa de Huéspedes Ilustres.

Las miradas de los 1.400 periodistas acreditados estaban en el Centro de Convenciones. Ni el exquisito menú internacional que sirvieron los hermanos Jorge y Mark Rausch logró que los presidentes obtuvieran a manteles la mentada unidad. De hecho, hasta en la mesa del almuerzo estuvo ausente Obama, quien por seguridad no recibió alimentos diferentes a los que su propio servicio le preparaba.

El tradicional retiro presidencial,  reunión de jefes de estado sin ningún asesor previsto para el domingo, se adelantó para esa misma tarde en virtud de enderezar el entuerto, pero Evo Morales dejó el recinto y alborotó la noche en una rueda de prensa en la que habló de la dictadura de Estados Unidos y anticipó que no estaría en el retiro presidencial del domingo.

Esa fue la entrada agridulce de la esplendorosa cena de los anfitriones, que con alfombra roja, imponentes luces y un show de danza a cargo del Colegio del Cuerpo, recibieron a presidentes, jefes de Estado y cancilleres. La rumba con Carlos Vives hizo que varios saltaran a la pista de baile y hasta que se prendiera la chispa de la secretaria de Estado Hillary Clinton, quien no dudó en rematar la noche en el Café Havana pese a la mirada indiscreta de un puñado de periodistas que casualmente estaban en el lugar.

No había mucho qué agregar al desacuerdo que el domingo pondría fin a la cumbre sin declaración, así que era mejor disfrutar la noche. Ya estaba claro que los presidentes Evo Morales, Cristina Fernández y Dilma Rousseff se irían después de la foto oficial. No le harían un desplante a Colombia pero dejarían claro su descontento con lo sucedido, así que la canciller María Ángela Holguín se apresuró a trazar el que sería su plan B. El presidente Santos les pidió a sus homólogos autorización para mostrar lo que para él era el balance positivo de la Cumbre y hablar de la sinceridad con la que se abordaron los temas, a pesar de la terrible distancia que los separa.

La foto para la que se habían contratado diseñadores, periodistas y directores de cine y televisión, que trabajaron durante cuatro meses y medio midiendo la luz, pensando el fondo adecuado y cuadrando el protocolo, se logró tomar en 28 segundos. Ese fue el tiempo que los presidentes y cancilleres posaron para el centenar de medios de comunicación en una tarima de 17 metros de ancho.

Sobre la una de la tarde, el presidente Santos y su canciller, en medio de rumores de fracaso, prepararon la declaración final que con escepticismo recibió la prensa. Diez minutos después, el presidente mexicano, Felipe Calderón, respaldó a Colombia en su visión optimista. Los dos destacaron la paciencia con la que Obama escuchó los fuertes discursos de los demás mandatarios.

El aeropuerto Rafael Núñez se convirtió en un hervidero. La fila de aviones partiendo con las delegaciones retrataba el epílogo de la VI Cumbre, que pasará a la historia como la que marcó el principio del fin de este escenario que el presidente Bill Clinton se inventó para tender un diálogo con su vecindario. América Latina no era la misma que se congregó en 1994 en Miami y ahora reclama espacios diferentes con interlocutores distintos.

En contraste, el presidente Santos empezaba a esa hora un trascendental almuerzo con Barack Obama, del que saldría el anuncio que terminaría de matizar el sabor a fracaso de la Cumbre. Los anuncios sobre ampliación de visados y fecha de implementación del TLC le dieron a Colombia un respiro frente a las críticas que le llovían por la falta de maniobra de su equipo diplomático.

Un Obama sonriente, ya libre del protocolo y de los discursos de reproche, se presentó en la plaza San Pedro Claver al caer la tarde para fraternizar con la comunidad afrocolombiana. Dijo que había recordado el viaje que hizo con su familia a Ghana, donde se reencontró con su pasado africano, y les entregó títulos de propiedad colectiva a los nativos de San Basilio de Palenque al son de tambores y aplaudido por una Shakira, quien le recalcó la importancia de aportar al desarrollo de la infancia en América Latina.

Pasadas las siete de la noche Obama abandonó Cartagena siguiendo el mismo ritual de seguridad que lo había traído 50 horas atrás. Los seis aviones que transportaron en varios viajes sus 30 carros, sus 400 funcionarios entre agentes, francotiradores, personal de servicio, perros, escáneres, robots y todo tipo de equipos de última tecnología ya habían empezado la retirada. Cartagena retomaba la calma. Los hoteles recogían la parafernalia y el reguero, un suspiro colectivo invadió la ciudad. Por fin todo volvería a la normalidad.